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miércoles, 1 de abril de 2026

Capítulo 22 (Final).

 Queridos lectores, si llegaron hasta acá, tienen que saber que mamá releyó la carta de la abuela Magda muchas veces. La primera vez lloramos juntas. Después, ella sola, cada vez que revivía toda esa historia en su cabeza. Y no es para menos, era la historia de sus padres, la que su mamá jamás se había atrevido a contar en vida. Tuvo que ser muy fuerte para ella. 

Mi mamá también fue una persona distinta a partir de esa verdad. Disfrutaba más de la vida, salía a caminar con sus amigas (a las que había dejado de ver años atrás), se reía y ya no estaba con cara de amargada. Y pensar que yo siempre la juzgué por eso y tuve que pedirle perdón, porque tomé dimensión de su dolor solo después de la carta de la abuela. 

Eso me lleva al principio de mi narración ¿Los convencí de que el espíritu de Magda intervino para que nos pasara todo esto? 

Bueno, de todos modos, ustedes son libres de creer lo que deseen. 

Solo me resta contarles que Salvador y yo somos pareja y de verdad. No hubo titubeos, dudas,ni medias tintas. Porque el amor es algo recíproco y busca el bien del otro. Y no se busca; se construye y crece cuando estamos dispuestos a seguir ese llamado que viene de adentro. Así como le pasó a la abuela, que amó a un hombre y tuvo que elegirse a ella primero. Pero jamás se arrepintió de ese amor. Y es que, cuando es sincero, el amor nunca puede ser descartable.  

FIN. 

viernes, 27 de marzo de 2026

Capítulo 21.

 Al día siguiente, lo primero que hice fue ir a ver a Anita. Hacía mucho que no nos veíamos y tuve que contarle todo, con lágrimas en el medio y ya liberada de la necesidad de esconder mi embarazo. Esa mañana seca, helada, estábamos solas.

Mi amiga lloró conmigo, fueron muchas cosas que tuvo que entender de un momento a otro. 

Magda, estoy feliz de que estés embarazada, pero justo de él...

Lo sé, también para mí es una bendición y al mismo tiempo una amargura. 

Me sequé las lágrimas. 

Hasta ayer estaba feliz porque mi casa ya está vendida y el plan era irnos con Ignacio a Buenos Aires...

¿Y sus hijos? , me preguntó Anita, queriendo disimular su reprobación ante esa decisión. 

La idea era que le girara dinero a Susana cada mes y que después haría lo posible por verlos todo lo que pudiera. Pero, ¿sabés qué? Ayer, cuando estaba en su casa, con el nene enfermo, me di cuenta de que no puedo pasar por encima de esos chicos solo porque estoy enamorada, eso sería traicionar todo lo que soy y en lo que creo

¿Y él qué piensa?

Él no sabe que me voy sola. Acá te dejo una carta para que se la entregues cuando me haya ido. ¿Podés hacer eso por mí?

Por supuesto...Pero vos...Magda, tu hijo también va a querer conocer a su padre, también lo va a necesitar. 

Lo sé, pero esto es lo único que puedo hacer, por ahora. 

¿A dónde vas?, me preguntó Anita entre lágrimas y un té que se enfriaba. 

Hace tiempo me habían ofrecido un puesto en un pueblo de Córdoba. Ahí también hay una casa para la maestra que se haga cargo. Mientras me llega la designación, voy a cubrir los gastos con mi dinero.

¿Qué más les puedo contar? Ese día nos abrazamos y prometimos que nos mandaríamos cartas todos los meses. Me fui de Los Álamos y no volví jamás. 

Apenas llegué a este pueblo, donde pronto moriré, le mandé a mi amiga un telegrama para que supiera que Mecha y yo estábamos bien. A esa altura del embarazo ya intuía que ibas a ser una nena. 

Anita le entregó la carta a Ignacio, que me anduvo buscando por todos lados. Durante un tiempo insistió para que le dijera dónde estaba yo, pero ella se mantuvo firme en que no podía decirle. Supongo que con el tiempo, tu padre se resignó y continuó con su vida. Supe que hace unos veinte años finalmente se divorció. Fue abuelo de muchos nietos y murió en su casa del campo. 

Esa es la historia de tu papá, Mecha. Seguramente hice un montón de cosas mal, pero no quise exponerte al sufrimiento de que todos te señalaran como bastarda y que te dijeran que tu madre era una puta. Espero que puedas perdonarme. Ahora ya sabés que sos fruto del amor más lindo que conocí. Sos igual a él, querida hija. 

Maite, mi preciosa nieta. No te conformes en ese matrimonio sin amor, no te conviertas en ese ser ausente, que deja de vivir. Sé lo que vos quieras. Muchas veces te dije que yo te iba a ayudar, en este mundo o en el otro. Creelo. 

Las amo.

Magdalena.

martes, 24 de marzo de 2026

Capítulo 20.

Una tarde de frío, recibí un recado de parte de Ignacio: Feliciano estaba enfermo otra vez y pedía verme. 

Me puse el abrigo más grande para disimular la pequeña panza que ya salía y fui. No me sentí cómoda entrando a su casa, ya no era lo mismo que el año anterior. Sentí una oleada de miedo y culpa al atravesar la puerta. La cara de Susana era de preocupación, me agradeció por mi visita y me explicó que Feli estaba peor que el invierno pasado, que el médico le había dado muchos remedios pero ellos no podían comprarlos a todos. 

Fui a la habitación del nene y se le iluminó la carita cuando me vio. Me senté a su lado y lo abracé. Señorita Magda,¡ gracias! Te extrañé un montón. 

Yo también, mi amor. Le contesté sinceramente.  

Ignacio entró en ese momento. Conmovido, se acercó a nosotros. 

Yo le compro los medicamentos, afirmé. Y antes de que te niegues, te aclaro que es un préstamo. Me lo pagas después, ¿sí? 

Él solo asintió.  

Feliciano se animó un poco y tomó un libro de cuentos de su repisa, le pidió a su padre que se acomodara a su lado. Empezó a leérmelo. Mientras lo escuchaba entendí todo, todo lo que no había podido ver en esos meses . No podía irme con su papá, nunca iba a poder hacerlo sin sentir que traicionaba a esos chicos y a mí misma. 

Cuando me iba, Susana me volvió a agradecer, también por prestarles el dinero. Vi sus ojos cansados. Supe que la dureza que esa joven aparentaba no era frialdad, era supervivencia.  

Lloré toda la noche. No por mí, al fin y al cabo yo tenía recursos para empezar de cero. Lloré por todas las personas frágiles del mundo a las que no se les permitía romperse, solo seguir, sobrevivir un día más. En los ojos de Susana ya no vi a la mujer fría y desapegada, vi en cierto modo a mi madre. Y ustedes se preguntarán cómo, si esas mujeres no podían ser más distintas. Aún así algo tenían en común: el peso invisible de una vida que no querían vivir. 

Esa noche decidí que me iba, pero sola. 


martes, 17 de marzo de 2026

Capítulo 18.

 La primavera que siguió a aquel invierno memorable fue mágica y atemorizante al mismo tiempo. 

Todos los días me levantaba de buen humor porque pensaba en Ignacio. La vida para mí se había iluminado. Y creo que para él también. Porque se presentaba puntual en la puerta de la escuela a buscar a los chicos y me saludaba con una sonrisa.  

Por supuesto, Anita no estuvo de acuerdo. 

- Salís de una y te metés en otra,Magda. Decime qué te puede gustar de un peón analfabeto,casado y con cuatro hijos. 

-Primero, ya no es analfabeto. Segundo, es bueno,inteligente y con ganas de superarse. 

-Y todos los otros obstáculos que te mencioné...¿eh?

Suspiré. 

-Ya sé que es imposible. Pero nos gustamos. Es un hecho que no se puede negar.

-Es buen mozo,te lo reconozco- dijo Anita- Pero no podés, ¿lo entendés?

Me senté en el piso con Pedrito,mientras él jugaba con sus autos.  

-Sé que no puedo. Eso me tortura. Pero no por lo que digan de mí, sino por él. En este bendito país no tenemos ley de divorcio por culpa de los curas ,y aunque Ignacio se separe de Susana, aún tiene niños chicos para mantener y educar. Solo lograríamos que me repudien públicamente, a menos que nos vayamos a vivir a otro lado...

-Y eso implicaría abandonar a sus hijos, cosa que no es factible- completó Anita. 


Así estaban dadas las cosas. El destino jugaba conmigo, no había salida.  

Pero se me había metido en el corazón y no había forma de sacarlo.  

Un día se ofreció para ir a arreglar las cañerías de mi cocina. Primero me negué, pero la verdad es que la idea de estar sola con él me recorrió el cuerpo entero, algo parecido a una corriente eléctrica. Nunca imaginé que un pensamiento tuviera tal poder. 

Mientras arreglaba, le dije que había aprendido a cebar mate. Le di uno y generosamente lo calificó de perfecto.  

Entre un mate y otro, quise saber más de él. Me contó que se casó muy joven porque Susana estaba embarazada. Que consiguió ese terreno donde, con trabajo, levantó la casa. Después del segundo hijo, su esposa había cambiado. Lo atendía como siempre pero no hubo más gestos de cariño de parte de ella. Sólo cumplía con sus deberes. Y si él le pedía sexo (usó la palabra intimidad), aceptaba, sin moverse hasta que él terminara. Un beso en la mejilla cuando Ignacio se iba al campo y otro cuando volvía: ese era todo el afecto que Susana le daba. Él no entendió qué pasó en el medio, después de la pasión de los primeros años.  

Miren, si no hubiera estado yo tanto tiempo en su casa, habría pensado que era la típica mentira de los casados, pero me constaba que todo era cierto. 

Ignacio quiso saber de mí y preguntó por la cancelación de mi casamiento con Gerardo. 

Se quedó pensando un rato después de que le conté. Luego dijo algo que nunca voy a olvidar: jamás había conocido a una mujer como usted, que no le importe casarse ni los hijos; que es capaz de cancelar un matrimonio sin preocuparse por lo que van a decir...Usted es única, Magda. En cambio, yo...soy uno más del montón.  

Me invadió una profunda sensación de ternura. 

-Usted no es uno del montón- le contesté-. Dígame qué hombre admite no saber leer y se deja enseñar por una mujer. ¿Conoce a muchos? 

-No,ninguno-respondió-. Es que a mí ese tipo de orgullo no me importa. Nunca lo tuve. Vi sufrir mucho a mi madre por los golpes de mi padre. Me juré que nunca iba a ser igual a él.  

Y ahí estaba la conexión de almas que tuvimos desde la primera conversación. 

Me acerqué y lo besé yo. Creo que él nunca se hubiera atrevido.

domingo, 15 de marzo de 2026

Capítulo 17.

 Empecé a visitar a Feliciano (el hijo menor de Ignacio) para enseñarle en casa. Hubo un invierno con una epidemia fuerte de gripe y el nene no pudo ir a la escuela por meses. Generalmente, iba otra maestra a cumplir esta tarea, pero ese año no había nadie más que yo. Así que dos tardes por semana, iba a su casa. Allí conocí a la mamá. La esposa de Ignacio era una mujer seria, me servía un café y me trataba con respeto. Enseguida se iba a seguir atendiendo a los otros chicos. 

Ignacio trabajaba en el campo todo el día y llegaba a la casa junto conmigo. Al rato, se presentaba en la cocina ya bañado y con el mate listo. Nunca nos interrumpía pero yo me daba cuenta de que prestaba atención a la clase. Ignacio era morocho, alto y tenía ojos verdes como los tuyos, Mecha. 

Un día, mientras el nene resolvía unas cuentas, me ofreció un mate, si no me ofendía. Yo jamás había tomado mate hasta ese momento, pero se lo acepté. 

-Es rico, aunque sea amargo- comenté. 

-Mire lo que se perdía, señorita Magda- dijo él, con una sonrisa que vi por primera vez. Tan auténtica.  

Creo que nos quedamos por un momento viéndonos y ahí los dos sentimos que algo cambió.  

En esos meses, Ignacio aprendió a leer y a escribir junto con su hijo. No le daba vergüenza decir que no sabía. No hubo tiempo de aprender, me confesó. Familia numerosa y trabajo duro desde niño. 

En cambio, usted, señorita Magda, tuvo suerte. 

No se crea, le contesté una vez que caminábamos hacia mi casa. Tuve dinero y privilegios pero viví un infierno dentro de casa, con mi padre. Era un hombre cruel. 


Mi viejo también era malo, nos pegaba a todos. Pero lo tomamos como normal, él decía que nos estaba educando. Simplemente, sobrevivíamos. Pero no con eso quiero decir que lo que sufrió usted fue menos importante, señorita Magda. El dolor no se puede medir ni comparar.  

Gracias, Ignacio. Y por favor, llámeme Magda nada más. 

Magda...dijo,con timidez. Como si fuera un pecado llamarme por mi nombre. 

No podíamos ser más distintos. Vidas e historias completamente opuestas, pero en algún lugar nos conectamos.  

Con el paso de las semanas, me di cuenta de que Ignacio era muy inteligente. Aprendía rápido. Una vez,Feliciano estaba leyendo un libro en voz alta y su padre leía en silencio detrás del nene. Le dije que tomara el libro y se animara a leer también. Se puso nervioso y se negó, pero Feli le insistió: no le puede decir que no a la señorita, papá. Ignacio obedeció y empezó a leer de corrido. 

No les puedo explicar el orgullo que sentí en ese momento. Me acuerdo que entró su esposa a la cocina y puso cara de asombro. Él dejó el libro enseguida. Vaya para adentro, Feliciano, que ya es la hora, le ordenó Susana a su hijo. 

Yo tomé mis cosas y me fui. Ignacio hizo el intento de acompañarme y le dije que no, que no pasaba nada por irme un día sola. 

Otro día, él me confesó que a su esposa no le parecía bien que aprendiera a leer y escribir, que un peón de campo no necesitaba eso. 

-¿Y usted qué piensa,Ignacio?  

- A mí me gusta aprender. Hay algunos libros en casa y ya empecé a leer uno. Me hubiera gustado ir a la escuela, Magda. 

-Usted es muy joven. Siempre hay tiempo para aprender. Lo felicito.  

Una de las últimas veces que fui a su casa me regaló un libro. Cuando llegué a casa y lo abrí, tenía dentro un papel escrito con letra temblorosa: Gracias Magda. 


domingo, 8 de marzo de 2026

Capítulo 15.

Mientras subíamos al auto de Salvador, le propuse ir a mi casa para que conociera a mi mamá. Estaba segura de que ella estaría tan emocionada como nosotros. ¡Frecuentemente la abuela hablaba de su ahijado Pedro, de quien estaba tan orgullosa! 

Pocas veces había vuelto a su pueblo natal a visitar a Anita. Más que nada, se hablaban por teléfono y se escribían largas cartas. Así, Magda sabía de Pedro y nos lo contaba a nosotras. Recuerdo que yo era niña todavía cuando nos anunció que su ahijado había sido padre. Ni mamá ni yo llegamos a imaginar que el destino podía traer a su hijo a esta ciudad medio perdida entre las montañas, tantos años y tantos muertos después. 

Nos sentamos en el jardín, en esa noche de octubre, y yo no pude evitar decir que todo esto no era casualidad, que era un plan de la abuela. Mecha estaba por contradecirme cuando Salvador afirmó que él también pensaba que una fuerza superior nos había juntado con algún propósito. 

Nos contó que su papá recordaba poco a Magda, ya que ella se fue del pueblo cuando él era muy chico, pero que tenía fotos con ella de esa época y que su mamá se había encargado de mantenerla presente en su memoria.  

También nos dijo que cuando Anita se enfermó, Pedro se la llevó a la capital con él y Magda viajó a verla. Allí la conoció Salvador. 

-Magdalena era una mujer bellísima, pero además tenía algo especial, era distinta. Vos te parecés mucho a ella,Maite. 


Por primera vez, yo estaba mirando al doctor Menéndez como a un hombre y no como mi jefe y eso me inquietó. Los dos estábamos conmovidos por un pasado que de alguna manera nos pertenecía y volvía, porque aún quedaba algo pendiente.  

Yo no quería confundir las cosas ni empezar a hacerme fantasías en mi cabeza. 

Pero esperen, lectores, que ahora viene la mejor parte...

Antes de irse esa noche, Salvador hizo una revelación.  

-En aquella ocasión en que Magda se despidió de mi abuela, le entregó un sobre con una carta a mi papá. Esa carta estaba dirigida a ustedes: su hija y su nieta. 


Mecha y yo nos miramos. Mamá habló: 

-Pero eso fue hace como quince años...

-Sí, en ese momento Magdalena le dijo a mi viejo que escribió en ese papel lo que nunca había sido capaz de decirles cara a cara.  

Hizo una pausa y continuó. 

-Le dijo que él (mi papá) iba a encontrar el momento justo para entregársela a ustedes. Que lo iba a saber. Papá guardó el sobre, pero no tuvo tiempo de volver a pensar en ello, ya que murió la abuela y poco después se enfermó él.  

Cuando papá también falleció, encontré el sobre entre sus cosas. Díganme ustedes si este es el momento al que se refería Magda. El momento justo para que sepan la verdad. 


Mamá y yo estábamos llorando y nos tomamos de la mano. Cuando enfrentas tus temores, tu pasado y todo lo que te duele, el mundo a tu alrededor se empieza a acomodar y recibís esos regalos del cielo que siempre esperaste. 

Salvador me entregó el sobre al día siguiente. No puedo negar que temblaba cuando lo tuve en las manos. Era la letra de la abuela.  

viernes, 6 de marzo de 2026

Capítulo 14.

Salvador era un médico nuevo en la clínica, aunque no en la profesión. Era un cirujano experimentado que venía de Buenos Aires a instalarse en aquella pequeña ciudad entre las sierras. 

El verano se estaba acercando y los últimos vestigios de nieve se veían en los altos picos. La ciudad, con su sol inigualable y sus árboles floreciendo, parecía un cuadro pintado. Algo parecido a la esperanza, a la alegría, se percibía en el aire. 

Maite era ahora enfermera asistente del quirófano y había trabajado ya en varias intervenciones con el doctor Menéndez.  

Ambos hablaban con frecuencia, sobre todo después de las cirugías. Salvador le contó que buscaba alejarse de la gran ciudad capital, luego de un fallido matrimonio y la muerte de sus padres, con poca diferencia de tiempo.  

Maite ya había pasado por el caos del divorcio muchos años antes y lo entendía. 

 Por suerte, mi madre vive. Y a mi padre no lo vi nunca más desde que nos dejó cuando era niña. Pero no es una herida ya. No me interesa saber de él.

Mis padres siempre estuvieron juntos y se querían mucho, recordó Salvador con algo de nostalgia. Mi viejo se fue del pueblo donde nació para estudiar en la capital. Era ingeniero. 

Mi abuela Magdalena también era de un pueblo: Los Álamos. 

¿Magadalena? No puede ser...

El doctor se quedó casi petrificado mientras terminaba de juntar sus cosas. Maite lo miró con extrañeza. 

Sí, Magdalena Uribe

Salvador reaccionó con emoción. 

¿Magda

Maite asintió. 

Era la madrina de mi papá, Pedro. 

¿Pedro? - preguntó Maite- ¿El hijo de Anita? 

Salvador sonrió. 

Sí, mi abuela. No puedo creer que seas la nieta de Magda. 

Maite estaba tan emocionada como él.  

Creo que tenemos mucho de qué hablar, dijo él. ¿Por qué no vamos a tomar un café? 

sábado, 28 de febrero de 2026

Capítulo 12.

 

 Pedro ya tenía dos años. Corría por el jardín con torpeza y se apuraba más cuando veía que llegaba su madrina, con el guardapolvos y el maletín de la escuela. 

Ana preparaba café, era época otoñal pero el frío se sentía como un invierno temprano.  

Las dos amigas se sentaban al calor del sol en esas tardes de marzo y aunque todo alrededor parecía calmo, la vida de Magda estaba revolucionada desde hacía meses. 

Finalmente, una semana antes de la fecha, ella había cancelado la boda. El detonante para su decisión fue una despedida que le hicieron sus compañeras de la escuela. A ella le pareció un gesto agradable y sonreía hasta que todas empezaron a despedirse. 

No es para tanto, solo me voy a casar. En marzo nos vemos. 

Pero...Gerardo le contó a todo el mundo que no vas a trabajar más después de casarte, que van a buscar un bebé. 

 A Magda se le transformó el rostro, todos se dieron cuenta y cambiaron de tema como pudieron. 

Media hora más tarde, estaban discutiendo en la casa de él.  

-Jamás me escuchaste, Gerardo. ¡Te importa un carajo lo que yo quiero! Vos no te enamoraste de mí, te enamoraste de una mujer ideal a la que le fuiste encontrando "defectos", porque la mujer perfecta no sale de su casa, cría hijos y soporta cuernos. No piensa, solo obedece y sobrevive. Me niego a vivir esa vida de mierda y vos planeás obligarme,parece. 

-Magdalena, bajá la voz y calmate. La gente puede oír- dijo con tono sereno pero algo amenazante-. Yo no puedo creer que mires esta casa y todo a tu alrededor y digas que esta vida de lujos es una mierda. 

-Además sos superficial-contestó Magda, más resignada que enojada-. El dinero no tapa los huecos que dejan el desamor y la falta de respeto. Eso lo aprendí desde chica. 

-Por favor, nunca te falté el respeto, Magda. En unos días nos casamos...

- Error. Yo no me caso. No quiero volver a verte. 

Gerardo quedó petrificado. 

Magda aprovechó para salir y decirle que mandaría a alguien a buscar sus cosas y que publicaría en el diario local la novedad, así no tendrían que excusarse con los invitados uno por uno. 

Ahora, unos meses después, sentada en el jardín con Anita, la maestra está angustiada. 

-¿Cuántas veces te fue a buscar esta semana? 

-Dos. Estoy harta. Ya ni le hablo pero ahí sigue. De la súplica, pasó al reproche, al llanto y después al odio. Ahora dice que me quiere destruir. 

- ¡Dios! Da miedo - Anita se persignó.

- No le tengo miedo, Anita. Tengo miedo de matarlo.  

-¡Callate! Ni lo digas. Te arruinarías la vida y solo tenés 30 años. 

-Ya sé. Tengo que pensar algo para que me deje en paz. 


Magda estaba atormentada. El acoso de Gerardo parecía escalar en lugar de amedrentarse. Ya había intentado razonar,hasta le había pedido perdón en un intento vano de que olvidara la obsesión por ella al fin. Parecía que no iba a detenerse con nada.  

Una noche,  le pidió ayuda a su madre,le rezó para que le diera una solución, una buena idea. A las dos de la madrugada se sentó a escribirle una carta a su padre,pidiéndole ayuda. Él todavia tenía amigos cercanos al poder, tal vez podía hacer algo. 

Nunca recibió respuesta,pero veinte días después, al abogado le llegó una notificación urgente de la capital, alguien lo demandaba y tenía que hacerse presente. Así que Gerardo se fue. 

Magda esperó, no quería cantar victoria porque temía que volviera en cualquier momento. Hasta que fue a comer a la casa de unos amigos y le contaron que Gerardo estaba metido en un problema legal grave y que tenía que defenderse en Buenos Aires. Solo así se quedó tranquila.  

Jamás volvió a verlo

martes, 24 de febrero de 2026

Capítulo 11.

 Queridos lectores, sé que están impacientes por saber más de los romances de mi abuela Magda, pero antes tienen que entender que, a través de su ejemplo, yo también empecé a sanar mi historia y mis relaciones. En primer lugar, el vínculo con mi propia madre. Entendí que ella no era como mi abuela y que no tenía por qué serlo. Magdalena la crió sola por decisión propia y le negó conocer a su padre. Claro, ella tenía sus razones, decía que la estaba protegiendo, pero Mecha nunca lo entendió así.

 Una noche le pedí perdón a mi vieja por no haber intentado siquiera comprenderla, por ponerme siempre del lado de la abuela. Ella lloró y también me pidió que la perdonara por obligarme a casarme. En aquel momento también pensó que era lo mejor para mí. Y ese es el error que cometemos los padres y las madres: decidir por nuestros hijos.  

Y hablando de ellos, comenzaron a venir a casa más seguido, los fines de semana y en las vacaciones. También hablamos mucho y dejamos en el pasado toda la bronca y la incomprensión. Cuando pasábamos esas noches de verano en el patio, siempre me pedían que tocara el piano. Y mamá nos acompañaba. 

Fueron los momentos más auténticos y felices que tuvimos como familia. Esta vez no nos mirábamos con recelo, no guardábamos viejos odios como una flor putrefacta en el corazón. No. Los rencores terminaron.  

Un día me encontré en mi trabajo tan en paz, tan contenta,que me pregunté si de verdad necesitaba una pareja. Y es que yo, como todos, alguna vez quise conocer al amor de mi vida. Pero llegué a entender que eso puede ser tan efímero como la misma vida. Nadie puede prometer amor eterno, porque uno no manda sobre los sentimientos.  

De manera que entendí que así estaba bien y que si el destino tenía un amor para mí, llegaría sin buscarlo. Exactamente como le pasó a la abuela.  


jueves, 19 de febrero de 2026

Capítulo 10.

 El domingo, Magda aún no había terminado de guardar el vestido cuando tocaron el timbre. 

Se imaginó quién era y tomó aire. No sabía qué le iba a decir, ni a qué atenerse. En el tren, por el camino de regreso, casi no habló. Sabía que se enfrentaba a un dilema pero necesitaba mirar a Gerardo a los ojos para entender su magnitud. 

Abrió la puerta y ahí estaba. Se saludaron con un tímido hola y él entró. 

Se sentó en el sillón del living, después de ella. 

-Estuve mal. Perdoname, mi amor- dijo el novio sin preámbulos. 

- Es que es violento lo que hiciste. Sabías dónde estaba y con quién. No entiendo qué te pasa.

-Lo sé, lo sé... es que te imaginé allá en la capital, paseando, vos tan linda...a cualquiera hombre le podés gustar. Y no pude evitar los celos.

-La fantasía de los celos- lo corrigió Magda-. Y que por esa idea tan absurda me faltes el respeto y me des órdenes como si yo fuera tu mandadera, eso es lo que más me indignó. 

- Dame otra oportunidad. Te juro que nunca se va a repetir. 

En sus ojos, ella veía arrepentimiento. Pero no estaba tan segura de que no iba a volver a pasar. ¿Cómo podía prometer controlar algo como los celos? 

-Está bien- concedió Magda-. Estás disculpado. Falta un mes para la boda y queda mucho por hacer todavía.  

Gerardo se incorporó y la abrazó.  

Te voy a hacer feliz, te lo prometo, le dijo al oído. 

Ella cerró los ojos y quiso creerle. Se obligó a callar esa voz interna que le decía que desconfiara, que ella ya lo venía presintiendo y que él había dejado ver, por fin, algo de lo que se escondía detrás de esa sonrisa impecable.  


El gran día se acercaba, casi todo estaba listo. Gerardo se comportaba como el mejor de los novios, la casa de Magda estaba llena de flores y notitas de amor que él le dejaba. Ella y Anita estaban metiendo las pertenencias de Magda en cajas. Después del casamiento, ella iría a vivir a la casa de él.  

-¿Al final no viene tu padre,ni tus parientes de Santa Fe?

-No, se excusaron todos. 

-¡Qué vergüenza! ¿Qué va a pensar la gente?

Magda la miró.  

-Sí, ya sé que no te importa eso. 

Las dos mujeres siguieron trabajando hasta que el calor de diciembre las obligó a salir al jardín a tomar un jugo fresco. 

Magda cerró los ojos para aspirar el olor de los jazmines y las rosas que tanto le gustaban a su madre. Todavía recordaba las charlas con ella en ese mismo lugar, cuando tomaban mate y ella soñaba con ir a la Facultad. Algo muy difícil para las mujeres en ese momento.  

¿Cuándo dejé de soñar,Anita?

 Pensaba en voz alta. 

-Ya no sé si me enamoré de Gerardo o de alguien que yo creé en mi cabeza. Pero sentada acá, pareciera que estoy despertando de una fantasía.  

-Magda, no te podés arrepentir ahora...

-Claro que puedo. Vos sabés bien que no me importan las apariencias.  

-¡Pero sería un escándalo!  

-¡No entendés lo que me pasa,Anita! Después de aquel incidente, ya no pude volver a sentir lo mismo cuando lo veo. Es como si se me hubiera caído un velo de los ojos. 

Ana permaneció en silencio. Luego habló. 

-Es inevitable que el sentimiento cambie, Magda. Nos pasa a todos. Pero si lo querés de verdad, el amor permanece. 

Magda suspiró. Ahora sí que no sabía qué hacer. 

martes, 17 de febrero de 2026

Capítulo 9.

Creer o reventar, dirían los viejos. El ritual de la vela funcionó. 

Pocos días después, puse toda la energía en aprender a tocar el piano, algo que siempre quise pero no me animaba. La Academia es hermosa, hasta me animo a cantar con el coro.
Qué bueno,Maite, acotó la psicóloga. ¿Y vos creés que fue tu abuela? 
Sé cómo suena, contestó un poco a la defensiva.
Parezco una mística irracional, pero...en fin...¿qué importa si fue mi abuela o mi fuerza interior? Lo importante es que dejé de responderle los mensajes a Milo y cuando se puso pesado, lo bloqueé sin arrepentirme. 
Se terminó por fin, suspiró con alivio.

Esa misma noche, Maite y sus amigas se juntaron a comer pizza. Chocaron los copones de cerveza celebrando que el pelotudo de Milo era historia. 
Lo único que faltaba, ¡aguantar a un tarado que quiere hacer lo que se le dé la gana con vos!
Maite reía. 
Pero seguí contando lo de Magda,pidieron las chicas.  Imaginamos que no se casó con Gerardo. ¿O sí?

viernes, 13 de febrero de 2026

Capítulo 8.

Magdalena recordaba el cumpleaños de su ahijado como un día de sol pleno. Habían trabajado muchísimo con Anita para que todo, desde la decoración hasta el menú, quedara perfecto. El marido de su amiga decía que había comida como para una semana. Y es que antiguamente el dicho popular era mejor que sobre y no que falte. 

Las mesas estaban en el jardín y mientras los adultos conversaban, los niños jugaban alrededor. 

Magda recordaba también que alguien le había presentado al abogado Gerardo Insúa, un hombre elegante, alto,joven y simpático. Él la cautivó desde ese momento, como nunca antes le había pasado con otro hombre. Y a Gerardo le pasó lo mismo con ella, rubia y con esa mirada fiera y serena al mismo tiempo. Entre otras cosas, ese día Magda le comentó que todavía estaba terminando de poner en regla documentos de la herencia de su madre y de la casa. Él le dio la dirección de su bufete, que estaba en su domicilio, y se puso a su disposición.  

Esta vez, el chispazo,la pasión fueron instantáneos. Magdalena se sentía enamorada, con ganas de sonreír, de vivir. Gerardo la llevaba a cenar, le hacía regalos y la colmaba de elogios. 

Meses después, Magda le mostraba, feliz, el anillo de compromiso a su amiga. Después de las felicitaciones y los abrazos, Anita preguntó por la fecha de la boda.  

En el verano, así coincidía con sus vacaciones de la escuela. 

Todo era perfecto, tanto que ella misma desconfiaba. Pero trataba de alejar ese pensamiento. Por fin había encontrado al hombre con el que siempre había soñado y no iba a arruinarlo. 

Magda,Anita y el bebé fueron a la capital un fin de semana de noviembre a comprar el vestido de novia, a una boutique. Gerardo paga todo, comentó Magadalena ya en el hotel, pero al vestido lo pago yo. 

-¡Es espectacular, Magda!- contestó su amiga mientras hacía dormir a Pedro-. Esta tarde, cuando te lo vi puesto, no lo podía creer. Va a ser difícil que haya una novia más hermosa que vos. 

Magda sonrió ampliamente. 

-Nunca pensé que me iba a casar (vos sabés) pero él es perfecto...

Su semblante cambió por un momento.  

-Eso es lo único que me molesta. O sea, nunca discutimos por nada,nunca se enoja, no le conozco mal humor, no sé...pienso que no puede ser, que oculta algo. 

-Ay no,¡ te lo pido por favor! No empieces a buscar fantasmas donde no los hay. 

-¡Hablá más bajo que el nene se durmió, Ana! 

Hubo un momento de silencio. Magda observó los últimos vestigios de sol que se filtraban por la ventana del hotel esa tarde. 

-No busco fantasmas. Pero todas las personas tenemos defectos y me pregunto por qué Gerardo se esfuerza tanto por ocultar los suyos.

Dos toques en la puerta la interrumpieron. 

Magdalena fue a abrir. 

-Señorita, hoy por la tarde su prometido la llamó tres veces- dijo el empleado. 

Magda le agradeció y le dijo que lo llamaría enseguida.  

Anita también se asustó, ambas pensaban que había sucedido algo malo para que Gerardo llamara con tanta insistencia

-Hola,mi amor, ¿pasó algo?- preguntó Magda cuando él respondió. 

-¿Por qué no estabas en el hotel,Magdalena? 

-Porque fuimos a comprar el vestido-Magda miró a Ana. 

-Pero estuviste toda la tarde en la calle, ¿qué hiciste además de comprar el vestido? - su tono era áspero. 

-Paseamos un rato con el nene...pero, ¿qué te pasa,Gerardo? No entiendo. 

-Seguro te entretuviste mucho en la calle, ¿te gustó algún vendedor ambulante?- profirió con ironía. 

-Respetame-pidió ella-, nunca te di motivos para que te pusieras celoso o desconfiaras de mí. 

-Quiero que vuelvas a casa ahora- ordenó él. 

-Tenemos el pasaje del tren para mañana, no nos vamos a ir ahora- dijo Magda con firmeza. 

-Pero yo quiero que vuelvas ahora...

-Pero yo no- lo interrumpió- no veo el motivo y no lo voy a hacer. Que te quede claro que no vas a hacer conmigo lo que quieras. 

-¡Magadalena! - alcanzó a gritar cuando ella colgaba. 

Antes de que Anita preguntara algo, volvió a levantar el teléfono para llamar a la recepción y pedir que no pasaran ninguna llamada más a su habitación, bajo ninguna circunstancia.  

Magda caminó hacia la ventana y empezó a respirar para calmarse, se había quedado temblando. 

-Todos los hombres son así, celosos. Quieren saber dónde está su mujer, no quieren que nos llamen callejeras- dijo su amiga, por fin.

-Tal vez. Eso no significa que esté bien o que yo tenga que aceptar su falta de respeto. 

-A duras penas mi marido me dejó acompañarte. Él siempre me recalca que tengo que estar en casa, que eso hace una mujer decente. 

Magda estuvo un largo rato en silencio. La desilusión que tanto temía le había caído encima como una nube funesta. 

-Así que esto es lo que me espera cuando me case...

-Por lo menos no te golpea, hay mujeres a las que les toca algo peor. 

-Qué consuelo- respondió casi con tristeza. 

-Es la vida de las mujeres. Es injusto, como vos decís, pero nosotras no podemos cambiar costumbres ancestrales, Magda. 

-Ahora no. Pero algún día lo vamos a hacer. Como lo hicieron en Francia. 

Esa noche, los tres se durmieron temprano. Magdalena lloró su decepción con amargura, pero se prometió que esas iban a ser las únicas lágrimas que derramaría por Gerardo. 


miércoles, 11 de febrero de 2026

7. Maite.

Vivir en coherencia con mi verdad no me era fácil. Primero, no sabía cuál era esa verdad, qué era lo que realmente deseaba. Eso es difícil de descubrir, me lo dijo mi terapeuta. Ah, sí... empecé terapia porque sentí que me hacía falta ayuda para desentrañar ese misterio. Justo en esa época conocí a Milo en una fiesta de fin de año del trabajo. Él era parte del personal de la clínica pero en otro sector, por eso no nos habíamos cruzado antes. Enseguida nos gustamos y, como suele suceder, todo fue sencillo y excitante los primeros meses. Él me hacía sentir especial, me escuchaba, se interesaba por saber de mis hijos, pasábamos los fines de semana juntos. Hasta que (sí, porque siempre existe un "hasta que...") llegó la pregunta inevitable: ¿qué somos? 

-¿Acaso no estamos bien así, Maite? Sin etiquetas. 

-A mí me gustan las etiquetas, Mecha las quería elegir por mí cuando iba a la escuela y nunca la dejé, las rompía y después yo compraba otras.  

-No te hagas la graciosa, reina. ¿Y qué es esa manía de decirle Mecha y no mamá?  

-Eso es entre ella y yo. No me cambies el tema. No somos pendejos,Milo. 

Bueno, lectores, no vale la pena seguir contando una discusión que no llevó a nada más que a distanciarnos de a poco. Él se alejaba y yo estaba aferrada a la idea de no quedarme sola otra vez. Empezó a dejarme en visto por horas y después por días. Lo intenté todo para recuperarlo. Harté a mi terapeuta, a mis amigas,a Mecha. Estuve meses en ese estado de angustia y de bucle mental. Quería bloquearlo y olvidarme pero había una parte de mí que no, que me decía que él iba a cambiar de actitud, que me quería.  

Ese es el complejo de salvadora, decían mis amigas.  

Y ustedes qué van a saber, argumentaba yo. 

Mirá cómo estás, Maite. Estás flaca, apagada, monotemática. Mirate en el espejo porque el cuerpo no miente y los ojos tampoco. No es sano que sigas con esa obsesión.  

Tenían razón, yo lo sabía. Pero me sentía atrapada como la rata en el laberinto.  

Un viernes a la noche prendí una vela: Abuela Magda, ayudame. Vos dejaste atrás al amor de tu vida porque era imposible. Ayudame a olvidarme de este estúpido del que me enamoré. 

  

miércoles, 4 de febrero de 2026

6. Magda.

 Está sentada después de clase, el salón quedó vacío. Es viernes pero no se decide a emprender el regreso a casa aún. Piensa. Piensa en Carlos. En lo que siente por él, en cómo cambiaron las cosas en estos meses que llevan de novios. Le pidió a ella un préstamo para instalar su negocio y dejar de vender en la calle, Magda le prestó el dinero con gusto pero el almacén de Ramos Generales no prosperó y se fundió en poco tiempo. Carlos inventó mil excusas que ella quiso creer hasta ahora, pero la verdad es que no se levantaba temprano ni se ocupaba de casi nada. Le jura que le va a devolver el dinero pero todas las noches cena en la casa de Magda y ni siquiera es capaz de levantar los platos. ¿Esto es lo que ella deseaba? Sus modos educados y su aparente bondad le hacen difícil la confrontación.  

Se levanta de la silla por fin. Es hora. 


Magda se está terminando de cambiar en su casa, dos horas después, cuando Carlos llega. Saluda y pregunta qué hay para cenar. 

 - Hoy no tengo ganas de cocinar. Hacelo vos, fijate qué hay en la cocina- le dice ella, mientras se recuesta en el sillón.  

- Ay no, mi amor. Si vos sabés que no sé cocinar. 

-Lástima. No comemos entonces. 

Carlos se inquieta, trata de convencerla pero ella no cede. Quiere saber hasta dónde llega su papel de hombre bueno cuando le dice que no. 

- Por cierto, quiero que me devuelvas la plata. No tengo ganas de mantener a nadie.  

- Vos no me mantenés, Magda. Estas diciendo cualquier cosa.  

- Ah,¿no? Comes acá todas las noches y ni siquiera traes el pan o una botella de vino. Te di mucha plata y seguramente la gastaste en otra cosa, porque tu negocio duró menos que un suspiro. ¿De verdad creés que no me doy cuenta de que sos un parásito?  

- Me estás ofendiendo gratuitamente,Magdalena. He sido muy paciente todo este tiempo con vos:nunca fuimos a la cama siquiera. 

-Ya te dije, no me voy a arriesgar a quedar embarazada y menos de vos. 

Magda se puso de pie. 

- La que tuvo demasiada condescendencia fui yo,Carlos. Sabés muy bien que no soy una de esas minas desesperadas por casarse y la verdad es que me pregunté qué es lo que vos me das ,por qué estoy con vos. Y no tiene ninguna lógica. Hacé el favor de salir de mi casa y no volver nunca. Cerrá bien la puerta. 


El hijo de Anita ya comenzaba a dar sus primeros pasos por el jardín. Magda y ella lo vigilaban de cerca mientras hablaban del tema infaltable: "te lo dije".

- Nunca me va a devolver el dinero pero no me importa. Me lo saqué de encima. 

-Si yo te lo dije desde el principio...¿y no volvió a buscarte? 

-¡Claro que sí! Se aparecía por todas partes, me rogaba volver. Al final tuve que amenazarlo para que me dejara en paz. 

-¿Qué le dijiste? 

- Que le iba a decir a la policía que me robó la plata, que yo no se la di. Y ahí se hizo humo el desgraciado- Magda soltó una carcajada y su amiga también-. Bueno...olvidémonos de eso ya. Tenemos que tener todo listo para la fiesta del primer añito de Pedro. 

Las dos mujeres observaron con ternura al bebé que se paraba aferrándose a la cerca. 

Magda no imaginaba que en esa fiesta iba a torcerse su destino...o a encaminarse. 




jueves, 29 de enero de 2026

Capítulo 5. Maite.

 En el turno de la madrugada, en la clínica, hay tiempo para hablar, para pensar. Maite dice que el silencio frío de los pasillos blancos apaga todo el ruido de la cabeza. Te hace replantear la vida.  

Uno de los jóvenes médicos de guardia le hace bromas, busca su atención. Su compañera le pregunta por qué no le hace caso.  

-¿No le viste el anillo? Está casado. Ni loca me compro ese problema.  

-Pero si es para pasar un buen rato, nada más. No exageres.  

-No exagero, Mari. No es lo que quiero.  

-¿Y qué querés? 

Buena pregunta.  

Maite sabía lo que no quería...y eso era un comienzo. Por las malas lo había aprendido.  

Su matrimonio había fracasado pero no por la infidelidad de su exmarido, culparlo solo a él había sido la salida más fácil en ese momento.  

Pensaba en estas cosas mientras chequeaba el suero de una abuela en la 215. La señora abrió los ojos. 

-Gracias por cuidarme, querida. 

-Es mi trabajo- dijo la enfermera con una sonrisa. 

-Pero vos tenés algo especial, Maite. 

Ella la miró tendida en la cama, delgada, la vida se le escapaba de a poco, como una fuga de gas.  

-Tal vez me hacés acordar a mi abuela, ella murió hace varios años. Tenía mucha fuerza y sabiduría- dijo por fin. 

-Yo me enfrenté a mis hijos porque querían manejar mi plata a su antojo y me dejaron sola, ya ves. Esto es lo que valgo para ellos.  

-Mis hijos se criaron bien, pero creo que siempre notaron que su padre y yo no nos amábamos. Mi abuela insistió en aquel momento en que no me casara solo porque estaba embarazada, pero mi vieja casi me obligó a que lo hiciera. Yo era muy chica. 

-Entonces es verdad que tu abuela era sabia. 

-Sí. Mi mamá no quería que repitiera la historia de las mujeres de la familia, que criaban solas. La abuela Magda decía que eso era preferible a casarse sin amor.  

-Es que vivir tu verdad es lo único que puede darte paz. No sé si felicidad (a mí no me la dio) pero sí te da esa tranquilidad de vivir livianita, sin peso en el alma. 

La señora cerró los ojos y siguió dormitando, como si ya hubiese cumplido una misión. 

Sus palabras quedaron rebotando en el aire tibio de la habitación y en el corazón de Maite. 

Cuando volvió a la sala de enfermeras, se sirvió un café y se preguntó cuál era su verdad. 

Recordó lo que su madre le había contado días atrás, la historia de su abuela. La verdad de Magda

domingo, 25 de enero de 2026

Capítulo 4. Magda.

 A Magdalena le da vergüenza admitir que nunca tuvo el sueño del hogar feliz y de los hijos;aunque sabe que todos murmuran que es una solterona, no le importa. Ahora que vive sola, que trabaja tiempo completo en la escuela y está libre de la vigilancia de su padre, se siente en paz. Apenas tiene veintisiete pero en esta época todos piensan que es vieja para casarse. Sus amigas ya lo hicieron y tienen hijos, casi nunca se ven; solo le queda Anita, que tiene un bebé. Ella es su confidente. 

-Magda, tenés que casarte, ¿cómo te vas a quedar para vestir santos? ¡Con lo linda que sos! 

-Anita, no tengo ganas de someterme a un hombre, con mi trabajo y la herencia de mi madre vivo más que bien.  

-¿Y ya pensaste qué va a pasar cuando seas vieja y no tengas hijos? ¿Quién te va a cuidar? Ni hermanos tenés.  

-Le pagaré a alguien para que me cuide o capaz me muero joven, como mi mamá...¿Quién sabe? ¿Quién puede saberlo,Anita? 

-Pero es lo que Dios nos manda a las mujeres.  

-¿Sí? A mi madre, Dios le mandó a un hombre que la hizo miserable hasta su último día. Contame, ¿creés que eso es justo?  

-Es lo que nos toca, nosotras no podemos elegir.  

-Pues me niego. Rotundamente. Yo sí voy a elegir. Si me caso, va a ser por amor. 

-¡Ay,no se puede discutir con vos! 

-Entonces dejá de discutir y dale la teta al nene, que está llorando. 

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En el baile del club de los sábados, los hombres quieren bailar con la señorita Magda. Así es conocida en el pueblo. Ella se divierte y baila con todos. Más de uno aprovecha para invitarla a conocerse un poco más. Don Julio, un señor viudo y adinerado, directamente le propone matrimonio una noche, después de un tango. Magda le explica que no está en sus planes casarse y delicadamente, lo rechaza. De todos modos, en cada baile él se propone convencerla. De manera que salir la sábados deja de ser entretenido y Magda prefiere quedarse en casa escuchando la radio o leyendo. La mansión es inmensa para ella. Hay demasiado espacio y los recuerdos de su madre lo ocupan todo: el jardín, el living, las habitaciones, el cuarto de costura. A veces cree escuchar su voz de miel en las mañanas de invierno. 

Una tarde, Magda se sienta un rato en la plaza a descansar luego del trabajo. Hace frío y el muchacho que vende café en la calle, le acerca uno. Ella le agradece y le quiere pagar, pero él le dice que acepte el regalo, que notó qué ella tenía frío. Se llama Carlos y es educado y amable. El cafecito de los atardeceres se vuelve casi un ritual y a la maestra le sorprende lo agradable y romántico que puede ser su nuevo amigo. Los chismes están a la orden del día en el pueblo: los ven paseando, despidiéndose en la puerta de la casa de ella, riendo. 

Por supuesto, Anita tiene algo que acotar mientras cambia pañales y Magda controla que los fideos no se pasen de cocción. 

-No sé qué pensás. Es un pobre diablo. ¿De verdad te vas a casar con un vendedor ambulante?

-Ana, nada te viene bien. Carlos me gusta, me hace reír y sobre todo, no se opone a que trabaje, no le importa si en el futuro tenemos hijos o no. Es perfecto para mí.  

-Eso dice ahora. Vamos a ver cuando se casen. 

-No seas boba. Nadie habló de matrimonio. Por lo menos no me lo propuso. 

-¿Se besaron al menos? 

-Sí-Magda no pudo evitar la sonrisa- y fue tierno. Pero no pasional...no sé, tal vez eso es el amor. La pasión con el tiempo se esfuma. 

-Vos dijiste que no te ibas a conformar con cualquiera.  

Magda no respondió y apagó la hornalla. 

¿Eso que sentía por Carlos era amor o se estaba confundiendo? Ella no sabía qué se sentía estar enamorada.  


sábado, 17 de enero de 2026

Capítulo 3. Maite.

 

-Mi ex está loca, ¿sabés? Siempre quiere más plata, siempre tiene una pelea nueva para iniciar.  

-Yo soy madre divorciada también...

-Ya sé, pero se nota que vos sos diferente, más centrada

-¿Y notaste eso en los últimos diez minutos mientras tomábamos el café?  

Obvio! Ah, por las dudas...¿tenés cambio para pagar? Porque acá no aceptan tarjeta.  



-Mi idea es que nuestra relación sea solo sexual...

-Pero eso no es lo que dijiste cuando empezamos a chatear...

-Sí, dije que fluya, eso quiere decir que si cog** (nota de Maite: disculpen, lectores, no puedo escribir la palabra que usó el macho alfa sentado frente a mí porque si no, la IA me censura) y me gustás, lo podemos hacer con frecuencia, pero no te podés enamorar de mí...

-Hay alguna otra orden que me quieras dar o es todo por el momento?  



-Viajo por trabajo y vengo a Córdoba seguido. Me podría quedar en tu casa, ¿no? 

-No lo creo. Apenas te conozco. Además es la casa de mi vieja.  

Ah! Pero sí me podrías alcanzar comida casera, ¿verdad? No te cuesta nada



-Me quiero casar, formalizar. Y creo que vos sos la indicada, Maite. Sé que tengo veinticinco años más que vos, pero gano lo suficiente para tenerte como una reina y después te quedaría mi jubilación, ¿qué decís?



-Me separé hace unos meses y ahora me gusta conocer chicas, el amor libre, ¿viste? 

-Pero ya te dije que a mí esa onda no me va...

- Tendrías que probar, ¡te quedaste en el tiempo, Mirna! 

-Me llamo Maite. Y gracias por tus consejos, pero no.  



-¿Disfrutaste? 

-¿Qué cosa? ¡Pasó tan rápido que ni me di cuenta! 

-Ay, disculpame. Es que me gustás tanto que no me pude contener. Igual, ya tendrías que irte, ¿no? Digo, se te va a hacer tarde...


Todas estas experiencias (si ustedes me siguen hasta acá, muchas gracias) desquician a cualquiera. Pulverizan cualquier deseo de vincularse con alguien. Y lo peor de todo es que me sentía producto en vidriera eligiendo a otros objetos como yo, hombres a quienes ni les importaba saber quién era o cómo me sentía. Así que me harté, borré la aplicación y abrí una botella de vino.  

Esa noche llegó Mecha y le conté todo. Por supuesto, mamá no ayudó demasiado. Seguro que tus amigas te convencieron de meterte en esa mierda. Sí, mamá, pero algún hombre decente debe quedar sobre la faz de la tierra. ¿Vos qué hiciste cuando papá se fue de casa? Te crié a vos con la ayuda de la abuela y tuve algunos amores, pero yo prefería que quedaran de las puertas de esta casa para afuera.  

¿Y la abuela Magda? Ella siempre dijo que el abuelo era el amor de su vida. ¿Cómo lo encontró?  


domingo, 11 de enero de 2026

Magdalena.

Capítulo 2.

Un pueblo de la provincia de Buenos Aires

80 años antes

Magdalena

Siempre la llamaron Magda, desde que nació. Hija única de una familia no rica, pero sí con dinero y bienes. Su padre era un militar severo y rígido, nunca lo vieron sonreír. Su madre era una mujer dulce y sumisa. Perfecta para lo que se esperaba de una esposa.  

Magda aprendió de los libros que existía otro mundo en alguna parte, otras formas de pensar y de vivir. La única vez que se atrevió a mencionar esas ideas en la cena familiar, su padre la reprendió y le ordenó a su esposa que vigilara lo que su hija leía. Adela desobedeció esta orden en secreto (no había otra forma de hacerlo), explicó a Magda qué podía leer, qué podía decir delante de su padre y qué no. La niña,luego adolescente, aprendió a fingir, a comportarse en el colegio y en sociedad como una señorita debía. Pero hubo algo que ella nunca olvidó de esos años de su niñez y fue la mirada de terror de su madre cada vez que su padre se quejaba o se enojaba. Yo nunca voy a mirar a nadie así, le dijo un día a Adela, así como vos lo miras a papá. Si tengo que ser la solterona de la familia, lo voy a ser. Adela contempló a su hija, ya convertida en mujer, y le sonrió. Con ese gesto, le transmitió lo orgullosa que estaba de ella.  

Magdalena se recibió de maestra y obtuvo la aprobación de su padre para trabajar solo hasta que se casara. Pero entonces su madre enfermó de cáncer. Magda tuvo que dejar su trabajo en la escuela para cuidarla y lo hizo con gusto. Su madre era la única mujer que realmente la entendía, a la que amaba. Fueron a la capital, vieron a los mejores médicos pero el pronóstico fue el mismo: le quedaba poco tiempo de vida. Su padre adoptó una postura indolente, fría. Visitaba a Adela en su habitación una o dos veces por día y su hija era quien le informaba de cómo estaba su esposa. Magda la veía extinguirse en su cama cada vez más chiquita, más delgada, y en realidad veía una mujer consumida por la infelicidad. Esos pocos meses hablaron como nunca lo habían hecho y Magda volvió a jurarle que iba a tener una vida distinta, plena. 

Adela murió cuando su hija tenía veinticinco años. Al poco tiempo, el viudo decidió irse a pasar una temporada a la casa de campo,en Santa Fe. Magda no lo acompañó, había vuelto a trabajar en la escuela. La ausencia de su padre fue un alivio enorme. La temporada finalmente se convirtió en para siempre, porque nunca regresó al pueblo. 

Magdalena se había quedado sola.  



lunes, 5 de enero de 2026

Capítulo 1: Maite.

 Mi abuela Magda (o Magdalena) murió hace diez años. Era muy viejita,perdimos la cuenta pero rondaba los noventa. Murió en su cama, en paz. Los llevo a ustedes,lectores, a ese momento porque fue un antes y después. Claro, en ese momento yo no lo sabía. Solo lloré la muerte de mi abuela como lo haría cualquiera. Pero luego empezaron a pasar cosas tan insólitas, tan locas, que ahora pienso que las propició ella; más bien su espíritu, su fantasma... y si no me creen, sigan leyendo. 

Tres meses después sorprendí a mi marido y padre de mis hijos teniendo un romance con mi vecina. Hacía más de un año que me veían la cara de boba. Los chicos, Franchesca y Vito, estaban entrando en la adolescencia. Nos divorciamos y yo me fui a la casa de mi madre porque no podía seguir en el mismo barrio. Los pibes se rebelaron y se peleaban todo el tiempo conmigo. Quedaron en el medio de la guerra. Tengo que decir: no fui la más amable. Los chicos fueron creciendo entre una casa y la otra. Mi madre me recordaba todo el tiempo que no debía haber abandonado mi casa, así que con ella también era la batalla. No les conté que soy enfermera, es mi vocación, pero el sueldo no es exactamente cuantioso. Alquilar no podía y la casa de Mecha,mi vieja, heredada de mi abuela, era muy amplia. Con el paso de los años, Mecha dejó de quejarse, se acostumbró. Mis hijos empezaron a pasar más tiempo con su padre porque en el barrio tenían sus amigos. No es tan necesario aclarar que el amor de mi ex con la vecina duró unos meses y se terminó. Los chicos se fueron a la Facultad en Córdoba capital. Consiguieron una pensión para estudiantes y otras facilidades. 

En esos diez años recibí propuestas de conocidos o compañeros de trabajo pero no me gusta mezclar las cosas,así que rechacé todas las invitaciones a salir. Cuando Fran y Vito se fueron del pueblo, mis amigas empezaron a insistir en que saliera con alguien... pero ¿a quién iba a conocer si solo iba del trabajo a mi casa? Y ahí empezó la verdadera película épica (como yo le llamo) encontrar el amor en aplicaciones de citas.

jueves, 1 de enero de 2026

Prólogo. "Amor descartable".

 

"Tantos odios para curar, tanto amor descartable".

Virus, 1984.

 

Elegir en un catálogo. No es tan difícil. Deslizar la pantalla y apretar el corazón o la cruz, según el producto ofrecido. Tenés para todos los gustos: los que dejan claras sus intenciones, los que mienten con el cuento de “después vemos qué pasa”, los que prefieren solo virtual, los que no quieren pagar ni el café, los que quieren entrar y salir de tu casa como si fuera un hotel, los que retocan las fotos al punto de no reconocerlos, los que suben una foto que claramente no les favorece…y así podríamos seguir. Aplicaciones de citas: una jungla donde todo vale. Dejamos de ser personas y nos convertimos en mercancía en exhibición, en productos adaptados al gusto del consumidor y, si no es así, descartados. 

¿Pero este solo es un problema de nuestra era postmodernista digital? ¿Cómo se relacionaba la gente con el amor hace sesenta o setenta años?

Esta es la historia de dos generaciones antagónicas en búsqueda, pero no del amor, sino de la verdad que hay dentro de cada uno. Del deseo. Y de las decisiones difíciles.