Queridos lectores, sé que están impacientes por saber más de los romances de mi abuela Magda, pero antes tienen que entender que, a través de su ejemplo, yo también empecé a sanar mi historia y mis relaciones. En primer lugar, el vínculo con mi propia madre. Entendí que ella no era como mi abuela y que no tenía por qué serlo. Magdalena la crió sola por decisión propia y le negó conocer a su padre. Claro, ella tenía sus razones, decía que la estaba protegiendo, pero Mecha nunca lo entendió así.
Una noche le pedí perdón a mi vieja por no haber intentado siquiera comprenderla, por ponerme siempre del lado de la abuela. Ella lloró y también me pidió que la perdonara por obligarme a casarme. En aquel momento también pensó que era lo mejor para mí. Y ese es el error que cometemos los padres y las madres: decidir por nuestros hijos.
Y hablando de ellos, comenzaron a venir a casa más seguido, los fines de semana y en las vacaciones. También hablamos mucho y dejamos en el pasado toda la bronca y la incomprensión. Cuando pasábamos esas noches de verano en el patio, siempre me pedían que tocara el piano. Y mamá nos acompañaba.
Fueron los momentos más auténticos y felices que tuvimos como familia. Esta vez no nos mirábamos con recelo, no guardábamos viejos odios como una flor putrefacta en el corazón. No. Los rencores terminaron.
Un día me encontré en mi trabajo tan en paz, tan contenta,que me pregunté si de verdad necesitaba una pareja. Y es que yo, como todos, alguna vez quise conocer al amor de mi vida. Pero llegué a entender que eso puede ser tan efímero como la misma vida. Nadie puede prometer amor eterno, porque uno no manda sobre los sentimientos.
De manera que entendí que así estaba bien y que si el destino tenía un amor para mí, llegaría sin buscarlo. Exactamente como le pasó a la abuela.
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