En el turno de la madrugada, en la clínica, hay tiempo para hablar, para pensar. Maite dice que el silencio frío de los pasillos blancos apaga todo el ruido de la cabeza. Te hace replantear la vida.
Uno de los jóvenes médicos de guardia le hace bromas, busca su atención. Su compañera le pregunta por qué no le hace caso.
-¿No le viste el anillo? Está casado. Ni loca me compro ese problema.
-Pero si es para pasar un buen rato, nada más. No exageres.
-No exagero, Mari. No es lo que quiero.
-¿Y qué querés?
Buena pregunta.
Maite sabía lo que no quería...y eso era un comienzo. Por las malas lo había aprendido.
Su matrimonio había fracasado pero no por la infidelidad de su exmarido, culparlo solo a él había sido la salida más fácil en ese momento.
Pensaba en estas cosas mientras chequeaba el suero de una abuela en la 215. La señora abrió los ojos.
-Gracias por cuidarme, querida.
-Es mi trabajo- dijo la enfermera con una sonrisa.
-Pero vos tenés algo especial, Maite.
Ella la miró tendida en la cama, delgada, la vida se le escapaba de a poco, como una fuga de gas.
-Tal vez me hacés acordar a mi abuela, ella murió hace varios años. Tenía mucha fuerza y sabiduría- dijo por fin.
-Yo me enfrenté a mis hijos porque querían manejar mi plata a su antojo y me dejaron sola, ya ves. Esto es lo que valgo para ellos.
-Mis hijos se criaron bien, pero creo que siempre notaron que su padre y yo no nos amábamos. Mi abuela insistió en aquel momento en que no me casara solo porque estaba embarazada, pero mi vieja casi me obligó a que lo hiciera. Yo era muy chica.
-Entonces es verdad que tu abuela era sabia.
-Sí. Mi mamá no quería que repitiera la historia de las mujeres de la familia, que criaban solas. La abuela Magda decía que eso era preferible a casarse sin amor.
-Es que vivir tu verdad es lo único que puede darte paz. No sé si felicidad (a mí no me la dio) pero sí te da esa tranquilidad de vivir livianita, sin peso en el alma.
La señora cerró los ojos y siguió dormitando, como si ya hubiese cumplido una misión.
Sus palabras quedaron rebotando en el aire tibio de la habitación y en el corazón de Maite.
Cuando volvió a la sala de enfermeras, se sirvió un café y se preguntó cuál era su verdad.
Recordó lo que su madre le había contado días atrás, la historia de su abuela. La verdad de Magda
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