Capítulo 2.
Un pueblo de la provincia de Buenos Aires.
80 años antes.
Magdalena.
Siempre la llamaron Magda, desde que nació. Hija única de una familia no rica, pero sí con dinero y bienes. Su padre era un militar severo y rígido, nunca lo vieron sonreír. Su madre era una mujer dulce y sumisa. Perfecta para lo que se esperaba de una esposa.
Magda aprendió de los libros que existía otro mundo en alguna parte, otras formas de pensar y de vivir. La única vez que se atrevió a mencionar esas ideas en la cena familiar, su padre la reprendió y le ordenó a su esposa que vigilara lo que su hija leía. Adela desobedeció esta orden en secreto (no había otra forma de hacerlo), explicó a Magda qué podía leer, qué podía decir delante de su padre y qué no. La niña,luego adolescente, aprendió a fingir, a comportarse en el colegio y en sociedad como una señorita debía. Pero hubo algo que ella nunca olvidó de esos años de su niñez y fue la mirada de terror de su madre cada vez que su padre se quejaba o se enojaba. Yo nunca voy a mirar a nadie así, le dijo un día a Adela, así como vos lo miras a papá. Si tengo que ser la solterona de la familia, lo voy a ser. Adela contempló a su hija, ya convertida en mujer, y le sonrió. Con ese gesto, le transmitió lo orgullosa que estaba de ella.
Magdalena se recibió de maestra y obtuvo la aprobación de su padre para trabajar solo hasta que se casara. Pero entonces su madre enfermó de cáncer. Magda tuvo que dejar su trabajo en la escuela para cuidarla y lo hizo con gusto. Su madre era la única mujer que realmente la entendía, a la que amaba. Fueron a la capital, vieron a los mejores médicos pero el pronóstico fue el mismo: le quedaba poco tiempo de vida. Su padre adoptó una postura indolente, fría. Visitaba a Adela en su habitación una o dos veces por día y su hija era quien le informaba de cómo estaba su esposa. Magda la veía extinguirse en su cama cada vez más chiquita, más delgada, y en realidad veía una mujer consumida por la infelicidad. Esos pocos meses hablaron como nunca lo habían hecho y Magda volvió a jurarle que iba a tener una vida distinta, plena.
Adela murió cuando su hija tenía veinticinco años. Al poco tiempo, el viudo decidió irse a pasar una temporada a la casa de campo,en Santa Fe. Magda no lo acompañó, había vuelto a trabajar en la escuela. La ausencia de su padre fue un alivio enorme. La temporada finalmente se convirtió en para siempre, porque nunca regresó al pueblo.
Magdalena se había quedado sola.
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