Buscar este blog

martes, 17 de marzo de 2026

Capítulo 18.

 La primavera que siguió a aquel invierno memorable fue mágica y atemorizante al mismo tiempo. 

Todos los días me levantaba de buen humor porque pensaba en Ignacio. La vida para mí se había iluminado. Y creo que para él también. Porque se presentaba puntual en la puerta de la escuela a buscar a los chicos y me saludaba con una sonrisa.  

Por supuesto, Anita no estuvo de acuerdo. 

- Salís de una y te metés en otra,Magda. Decime qué te puede gustar de un peón analfabeto,casado y con cuatro hijos. 

-Primero, ya no es analfabeto. Segundo, es bueno,inteligente y con ganas de superarse. 

-Y todos los otros obstáculos que te mencioné...¿eh?

Suspiré. 

-Ya sé que es imposible. Pero nos gustamos. Es un hecho que no se puede negar.

-Es buen mozo,te lo reconozco- dijo Anita- Pero no podés, ¿lo entendés?

Me senté en el piso con Pedrito,mientras él jugaba con sus autos.  

-Sé que no puedo. Eso me tortura. Pero no por lo que digan de mí, sino por él. En este bendito país no tenemos ley de divorcio por culpa de los curas ,y aunque Ignacio se separe de Susana, aún tiene niños chicos para mantener y educar. Solo lograríamos que me repudien públicamente, a menos que nos vayamos a vivir a otro lado...

-Y eso implicaría abandonar a sus hijos, cosa que no es factible- completó Anita. 


Así estaban dadas las cosas. El destino jugaba conmigo, no había salida.  

Pero se me había metido en el corazón y no había forma de sacarlo.  

Un día se ofreció para ir a arreglar las cañerías de mi cocina. Primero me negué, pero la verdad es que la idea de estar sola con él me recorrió el cuerpo entero, algo parecido a una corriente eléctrica. Nunca imaginé que un pensamiento tuviera tal poder. 

Mientras arreglaba, le dije que había aprendido a cebar mate. Le di uno y generosamente lo calificó de perfecto.  

Entre un mate y otro, quise saber más de él. Me contó que se casó muy joven porque Susana estaba embarazada. Que consiguió ese terreno donde, con trabajo, levantó la casa. Después del segundo hijo, su esposa había cambiado. Lo atendía como siempre pero no hubo más gestos de cariño de parte de ella. Sólo cumplía con sus deberes. Y si él le pedía sexo (usó la palabra intimidad), aceptaba, sin moverse hasta que él terminara. Un beso en la mejilla cuando Ignacio se iba al campo y otro cuando volvía: ese era todo el afecto que Susana le daba. Él no entendió qué pasó en el medio, después de la pasión de los primeros años.  

Miren, si no hubiera estado yo tanto tiempo en su casa, habría pensado que era la típica mentira de los casados, pero me constaba que todo era cierto. 

Ignacio quiso saber de mí y preguntó por la cancelación de mi casamiento con Gerardo. 

Se quedó pensando un rato después de que le conté. Luego dijo algo que nunca voy a olvidar: jamás había conocido a una mujer como usted, que no le importe casarse ni los hijos; que es capaz de cancelar un matrimonio sin preocuparse por lo que van a decir...Usted es única, Magda. En cambio, yo...soy uno más del montón.  

Me invadió una profunda sensación de ternura. 

-Usted no es uno del montón- le contesté-. Dígame qué hombre admite no saber leer y se deja enseñar por una mujer. ¿Conoce a muchos? 

-No,ninguno-respondió-. Es que a mí ese tipo de orgullo no me importa. Nunca lo tuve. Vi sufrir mucho a mi madre por los golpes de mi padre. Me juré que nunca iba a ser igual a él.  

Y ahí estaba la conexión de almas que tuvimos desde la primera conversación. 

Me acerqué y lo besé yo. Creo que él nunca se hubiera atrevido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario