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domingo, 15 de marzo de 2026

Capítulo 17.

 Empecé a visitar a Feliciano (el hijo menor de Ignacio) para enseñarle en casa. Hubo un invierno con una epidemia fuerte de gripe y el nene no pudo ir a la escuela por meses. Generalmente, iba otra maestra a cumplir esta tarea, pero ese año no había nadie más que yo. Así que dos tardes por semana, iba a su casa. Allí conocí a la mamá. La esposa de Ignacio era una mujer seria, me servía un café y me trataba con respeto. Enseguida se iba a seguir atendiendo a los otros chicos. 

Ignacio trabajaba en el campo todo el día y llegaba a la casa junto conmigo. Al rato, se presentaba en la cocina ya bañado y con el mate listo. Nunca nos interrumpía pero yo me daba cuenta de que prestaba atención a la clase. Ignacio era morocho, alto y tenía ojos verdes como los tuyos, Mecha. 

Un día, mientras el nene resolvía unas cuentas, me ofreció un mate, si no me ofendía. Yo jamás había tomado mate hasta ese momento, pero se lo acepté. 

-Es rico, aunque sea amargo- comenté. 

-Mire lo que se perdía, señorita Magda- dijo él, con una sonrisa que vi por primera vez. Tan auténtica.  

Creo que nos quedamos por un momento viéndonos y ahí los dos sentimos que algo cambió.  

En esos meses, Ignacio aprendió a leer y a escribir junto con su hijo. No le daba vergüenza decir que no sabía. No hubo tiempo de aprender, me confesó. Familia numerosa y trabajo duro desde niño. 

En cambio, usted, señorita Magda, tuvo suerte. 

No se crea, le contesté una vez que caminábamos hacia mi casa. Tuve dinero y privilegios pero viví un infierno dentro de casa, con mi padre. Era un hombre cruel. 


Mi viejo también era malo, nos pegaba a todos. Pero lo tomamos como normal, él decía que nos estaba educando. Simplemente, sobrevivíamos. Pero no con eso quiero decir que lo que sufrió usted fue menos importante, señorita Magda. El dolor no se puede medir ni comparar.  

Gracias, Ignacio. Y por favor, llámeme Magda nada más. 

Magda...dijo,con timidez. Como si fuera un pecado llamarme por mi nombre. 

No podíamos ser más distintos. Vidas e historias completamente opuestas, pero en algún lugar nos conectamos.  

Con el paso de las semanas, me di cuenta de que Ignacio era muy inteligente. Aprendía rápido. Una vez,Feliciano estaba leyendo un libro en voz alta y su padre leía en silencio detrás del nene. Le dije que tomara el libro y se animara a leer también. Se puso nervioso y se negó, pero Feli le insistió: no le puede decir que no a la señorita, papá. Ignacio obedeció y empezó a leer de corrido. 

No les puedo explicar el orgullo que sentí en ese momento. Me acuerdo que entró su esposa a la cocina y puso cara de asombro. Él dejó el libro enseguida. Vaya para adentro, Feliciano, que ya es la hora, le ordenó Susana a su hijo. 

Yo tomé mis cosas y me fui. Ignacio hizo el intento de acompañarme y le dije que no, que no pasaba nada por irme un día sola. 

Otro día, él me confesó que a su esposa no le parecía bien que aprendiera a leer y escribir, que un peón de campo no necesitaba eso. 

-¿Y usted qué piensa,Ignacio?  

- A mí me gusta aprender. Hay algunos libros en casa y ya empecé a leer uno. Me hubiera gustado ir a la escuela, Magda. 

-Usted es muy joven. Siempre hay tiempo para aprender. Lo felicito.  

Una de las últimas veces que fui a su casa me regaló un libro. Cuando llegué a casa y lo abrí, tenía dentro un papel escrito con letra temblorosa: Gracias Magda. 


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