Mecha y Maite:
mis queridas, mis dos grandes amores. Estoy escribiendo esto antes de viajar a despedir a mi amada Anita. Pero no sufro. Ella tampoco. Ayer hablamos por teléfono y me dijo que los años que vivió fueron buenos y que ya es hora de irse. Además, seguro que en poco tiempo yo la seguiré porque es lo natural. La muerte no es algo a lo que hay que temer. Espero continuar con ustedes de alguna forma, aunque ya no me vean.
Pero en fin, que acá no se trata de filosofar, como diría mi hija, sino de ir al punto.
Mecha: nunca te pude hablar de Ignacio Ruiz, tu papá. Y perdón por no poder hacerlo cara a cara, pero me es imposible. Contarte esa historia mirándote a los ojos, donde lo veo a él, en esa mirada de agua mansa, es demasiado para mí. Es como enterrarme el puñal en el pecho yo misma. Por eso lo hago así, porque no soy tan valiente como siempre creíste. Nunca le tuve miedo a nada ni a nadie: ni a los hombres,ni al escándalo, ni al qué dirán. Hasta que me encontré con tu padre y nos enamoramos. Ahí se cayeron las fortalezas que construí para sobrevivir y quedé expuesta... pero es mejor que empiece por el principio, como corresponde.
Ignacio era el padre de uno de mis alumnos de sexto grado. Tenía mi misma edad, pero ya era papá de cuatro hijos. No se confundan, los padres de mis chicos siempre me respetaron como algo sagrado: era la señorita Magda. Ignacio se acercaba de vez en cuando a hablar de algún tema de sus hijos y nunca había llamado mi atención hasta que pasó algo que cambió el destino de los dos...
No hay comentarios:
Publicar un comentario