Al día siguiente, lo primero que hice fue ir a ver a Anita. Hacía mucho que no nos veíamos y tuve que contarle todo, con lágrimas en el medio y ya liberada de la necesidad de esconder mi embarazo. Esa mañana seca, helada, estábamos solas.
Mi amiga lloró conmigo, fueron muchas cosas que tuvo que entender de un momento a otro.
Magda, estoy feliz de que estés embarazada, pero justo de él...
Lo sé, también para mí es una bendición y al mismo tiempo una amargura.
Me sequé las lágrimas.
Hasta ayer estaba feliz porque mi casa ya está vendida y el plan era irnos con Ignacio a Buenos Aires...
¿Y sus hijos? , me preguntó Anita, queriendo disimular su reprobación ante esa decisión.
La idea era que le girara dinero a Susana cada mes y que después haría lo posible por verlos todo lo que pudiera. Pero, ¿sabés qué? Ayer, cuando estaba en su casa, con el nene enfermo, me di cuenta de que no puedo pasar por encima de esos chicos solo porque estoy enamorada, eso sería traicionar todo lo que soy y en lo que creo.
¿Y él qué piensa?
Él no sabe que me voy sola. Acá te dejo una carta para que se la entregues cuando me haya ido. ¿Podés hacer eso por mí?
Por supuesto...Pero vos...Magda, tu hijo también va a querer conocer a su padre, también lo va a necesitar.
Lo sé, pero esto es lo único que puedo hacer, por ahora.
¿A dónde vas?, me preguntó Anita entre lágrimas y un té que se enfriaba.
Hace tiempo me habían ofrecido un puesto en un pueblo de Córdoba. Ahí también hay una casa para la maestra que se haga cargo. Mientras me llega la designación, voy a cubrir los gastos con mi dinero.
¿Qué más les puedo contar? Ese día nos abrazamos y prometimos que nos mandaríamos cartas todos los meses. Me fui de Los Álamos y no volví jamás.
Apenas llegué a este pueblo, donde pronto moriré, le mandé a mi amiga un telegrama para que supiera que Mecha y yo estábamos bien. A esa altura del embarazo ya intuía que ibas a ser una nena.
Anita le entregó la carta a Ignacio, que me anduvo buscando por todos lados. Durante un tiempo insistió para que le dijera dónde estaba yo, pero ella se mantuvo firme en que no podía decirle. Supongo que con el tiempo, tu padre se resignó y continuó con su vida. Supe que hace unos veinte años finalmente se divorció. Fue abuelo de muchos nietos y murió en su casa del campo.
Esa es la historia de tu papá, Mecha. Seguramente hice un montón de cosas mal, pero no quise exponerte al sufrimiento de que todos te señalaran como bastarda y que te dijeran que tu madre era una puta. Espero que puedas perdonarme. Ahora ya sabés que sos fruto del amor más lindo que conocí. Sos igual a él, querida hija.
Maite, mi preciosa nieta. No te conformes en ese matrimonio sin amor, no te conviertas en ese ser ausente, que deja de vivir. Sé lo que vos quieras. Muchas veces te dije que yo te iba a ayudar, en este mundo o en el otro. Creelo.
Las amo.
Magdalena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario