Salvador era un médico nuevo en la clínica, aunque no en la profesión. Era un cirujano experimentado que venía de Buenos Aires a instalarse en aquella pequeña ciudad entre las sierras.
El verano se estaba acercando y los últimos vestigios de nieve se veían en los altos picos. La ciudad, con su sol inigualable y sus árboles floreciendo, parecía un cuadro pintado. Algo parecido a la esperanza, a la alegría, se percibía en el aire.
Maite era ahora enfermera asistente del quirófano y había trabajado ya en varias intervenciones con el doctor Menéndez.
Ambos hablaban con frecuencia, sobre todo después de las cirugías. Salvador le contó que buscaba alejarse de la gran ciudad capital, luego de un fallido matrimonio y la muerte de sus padres, con poca diferencia de tiempo.
Maite ya había pasado por el caos del divorcio muchos años antes y lo entendía.
Por suerte, mi madre vive. Y a mi padre no lo vi nunca más desde que nos dejó cuando era niña. Pero no es una herida ya. No me interesa saber de él.
Mis padres siempre estuvieron juntos y se querían mucho, recordó Salvador con algo de nostalgia. Mi viejo se fue del pueblo donde nació para estudiar en la capital. Era ingeniero.
Mi abuela Magdalena también era de un pueblo: Los Álamos.
¿Magadalena? No puede ser...
El doctor se quedó casi petrificado mientras terminaba de juntar sus cosas. Maite lo miró con extrañeza.
Sí, Magdalena Uribe.
Salvador reaccionó con emoción.
¿Magda?
Maite asintió.
Era la madrina de mi papá, Pedro.
¿Pedro? - preguntó Maite- ¿El hijo de Anita?
Salvador sonrió.
Sí, mi abuela. No puedo creer que seas la nieta de Magda.
Maite estaba tan emocionada como él.
Creo que tenemos mucho de qué hablar, dijo él. ¿Por qué no vamos a tomar un café?
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