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lunes, 30 de marzo de 2026

Agradecimiento.

 Queridos lectores y visitantes del blog: 

Quiero agradecerles por leer esta historia tan querida por mí y tan distinta a lo que he escrito antes.  Como saben,  "Amor descartable" es una canción de los 80 que se me ocurrió como el título de una síntesis perfecta de esta narración. 

Hoy más que nunca necesitamos dejar de ver los vínculos como desechables y a las personas como objetos.  Al retratar a dos generaciones tan distintas, como la de Magda y Maite, me propuse indagar en las decisiones, a veces imposibles,  que tenemos que tomar y cómo éstas afectan al entorno. También cómo cada época nos moldea y nos exige adaptarnos al punto de olvidar quiénes somos y qué deseamos verdaderamente. 

Esta novela surgió de anécdotas y conversaciones con amigas. Cada una me decía:  Tenés que escribir un libro con esas historias.  

Y acá está.  

Espero que les guste el capítulo final,  que llegará en pocos días. 

Un abrazo a todos! Especialmente a quienes leen de otros países. 

Laura. 

viernes, 27 de marzo de 2026

Capítulo 21.

 Al día siguiente, lo primero que hice fue ir a ver a Anita. Hacía mucho que no nos veíamos y tuve que contarle todo, con lágrimas en el medio y ya liberada de la necesidad de esconder mi embarazo. Esa mañana seca, helada, estábamos solas.

Mi amiga lloró conmigo, fueron muchas cosas que tuvo que entender de un momento a otro. 

Magda, estoy feliz de que estés embarazada, pero justo de él...

Lo sé, también para mí es una bendición y al mismo tiempo una amargura. 

Me sequé las lágrimas. 

Hasta ayer estaba feliz porque mi casa ya está vendida y el plan era irnos con Ignacio a Buenos Aires...

¿Y sus hijos? , me preguntó Anita, queriendo disimular su reprobación ante esa decisión. 

La idea era que le girara dinero a Susana cada mes y que después haría lo posible por verlos todo lo que pudiera. Pero, ¿sabés qué? Ayer, cuando estaba en su casa, con el nene enfermo, me di cuenta de que no puedo pasar por encima de esos chicos solo porque estoy enamorada, eso sería traicionar todo lo que soy y en lo que creo

¿Y él qué piensa?

Él no sabe que me voy sola. Acá te dejo una carta para que se la entregues cuando me haya ido. ¿Podés hacer eso por mí?

Por supuesto...Pero vos...Magda, tu hijo también va a querer conocer a su padre, también lo va a necesitar. 

Lo sé, pero esto es lo único que puedo hacer, por ahora. 

¿A dónde vas?, me preguntó Anita entre lágrimas y un té que se enfriaba. 

Hace tiempo me habían ofrecido un puesto en un pueblo de Córdoba. Ahí también hay una casa para la maestra que se haga cargo. Mientras me llega la designación, voy a cubrir los gastos con mi dinero.

¿Qué más les puedo contar? Ese día nos abrazamos y prometimos que nos mandaríamos cartas todos los meses. Me fui de Los Álamos y no volví jamás. 

Apenas llegué a este pueblo, donde pronto moriré, le mandé a mi amiga un telegrama para que supiera que Mecha y yo estábamos bien. A esa altura del embarazo ya intuía que ibas a ser una nena. 

Anita le entregó la carta a Ignacio, que me anduvo buscando por todos lados. Durante un tiempo insistió para que le dijera dónde estaba yo, pero ella se mantuvo firme en que no podía decirle. Supongo que con el tiempo, tu padre se resignó y continuó con su vida. Supe que hace unos veinte años finalmente se divorció. Fue abuelo de muchos nietos y murió en su casa del campo. 

Esa es la historia de tu papá, Mecha. Seguramente hice un montón de cosas mal, pero no quise exponerte al sufrimiento de que todos te señalaran como bastarda y que te dijeran que tu madre era una puta. Espero que puedas perdonarme. Ahora ya sabés que sos fruto del amor más lindo que conocí. Sos igual a él, querida hija. 

Maite, mi preciosa nieta. No te conformes en ese matrimonio sin amor, no te conviertas en ese ser ausente, que deja de vivir. Sé lo que vos quieras. Muchas veces te dije que yo te iba a ayudar, en este mundo o en el otro. Creelo. 

Las amo.

Magdalena.

martes, 24 de marzo de 2026

Capítulo 20.

Una tarde de frío, recibí un recado de parte de Ignacio: Feliciano estaba enfermo otra vez y pedía verme. 

Me puse el abrigo más grande para disimular la pequeña panza que ya salía y fui. No me sentí cómoda entrando a su casa, ya no era lo mismo que el año anterior. Sentí una oleada de miedo y culpa al atravesar la puerta. La cara de Susana era de preocupación, me agradeció por mi visita y me explicó que Feli estaba peor que el invierno pasado, que el médico le había dado muchos remedios pero ellos no podían comprarlos a todos. 

Fui a la habitación del nene y se le iluminó la carita cuando me vio. Me senté a su lado y lo abracé. Señorita Magda,¡ gracias! Te extrañé un montón. 

Yo también, mi amor. Le contesté sinceramente.  

Ignacio entró en ese momento. Conmovido, se acercó a nosotros. 

Yo le compro los medicamentos, afirmé. Y antes de que te niegues, te aclaro que es un préstamo. Me lo pagas después, ¿sí? 

Él solo asintió.  

Feliciano se animó un poco y tomó un libro de cuentos de su repisa, le pidió a su padre que se acomodara a su lado. Empezó a leérmelo. Mientras lo escuchaba entendí todo, todo lo que no había podido ver en esos meses . No podía irme con su papá, nunca iba a poder hacerlo sin sentir que traicionaba a esos chicos y a mí misma. 

Cuando me iba, Susana me volvió a agradecer, también por prestarles el dinero. Vi sus ojos cansados. Supe que la dureza que esa joven aparentaba no era frialdad, era supervivencia.  

Lloré toda la noche. No por mí, al fin y al cabo yo tenía recursos para empezar de cero. Lloré por todas las personas frágiles del mundo a las que no se les permitía romperse, solo seguir, sobrevivir un día más. En los ojos de Susana ya no vi a la mujer fría y desapegada, vi en cierto modo a mi madre. Y ustedes se preguntarán cómo, si esas mujeres no podían ser más distintas. Aún así algo tenían en común: el peso invisible de una vida que no querían vivir. 

Esa noche decidí que me iba, pero sola. 


sábado, 21 de marzo de 2026

Capítulo 19.

 Desde ese día fuimos inseparables. Nos veíamos casi siempre de noche, en mi casa. No podíamos dejar de mirarnos ni de tocarnos. Yo le contaba acerca de lo que pasaba en el mundo y él me hablaba de su trabajo diario en el campo. Comíamos y hacíamos el amor. Fueron meses de mucha felicidad. Pero no quiero caer en la trampa de la nostalgia, de que el tiempo pasado fue mejor o que nunca volví a ser tan feliz, porque no es cierto. He vivido lo suficiente como para decirles que todo se supera y que siempre se encuentra una forma de volver a empezar, aún con el corazón roto. 

Pero volvamos a aquel momento...Obviamente, Susana supo que su marido tenía una amante, aunque no sabía que era yo. Él no pudo mentir mucho tiempo y un día le dijo que se había enamorado de otra mujer, pero que a ella la seguía respetando como madre de sus hijos. Ella solo le dijo que manejara el asunto con discreción. Y no quiso saber nada más.  

Ignacio entraba siempre por la puerta del callejón, donde no había vecinos. 

Ninguno de los dos sentía culpa ni pensaba que estaba dañando a alguien. Más cuando Susana lo supo y no le importó.  

Yo era tan feliz que no me había percatado de que tenía un retraso de un par de semanas. Cuando fui a mi médico de toda la vida me dijo lo que ya intuía: El embarazo es reciente,Magda. Pocas semanas. 

Te confieso,hija, que me dio mucha felicidad la noticia pero recién cuando me senté a sopesar las consecuencias de tener un hijo con Ignacio, me cayó todo el problema encima. 

Me guardé el secreto. Por lo menos hasta decidir qué hacer. 

Una noche de viento y lluvia (la recuerdo como si estuviera pasando ahora) estábamos abrazados en el sillón y le hice algunas preguntas del tipo ¿qué vamos a hacer? , ¿crees que podemos vivir escondidos toda la vida?

-No creas que no lo pienso todos los días,Magda. Quisiera encontrar una solución porque ya no creo poder vivir sin vos. No sabía lo que era el amor hasta que te conocí.  

-¿Y si yo quedara embarazada...?

-Me iría con vos. A cualquier lugar, donde no nos conozcan. Y tendría que arreglármelas para entregarle el dinero a Susana para ella y los chicos.  

-Mi amor, vos la conocés. No te va a permitir verlos. 

-Esa será una lucha que tendré que dar,llegado el caso. Pero nunca te dejaría sola con un hijo nuestro. 

-Pero si te vas conmigo, tus hijos igual van a sufrir...

-Magda, te conozco. Esto no es suposición. ¿Vos estás embarazada? 

Ignacio me miró a los ojos y no hizo falta que le respondiera. Me abrazó con fuerza pero no le salieron las palabras.  

Ustedes deben saber que en esa época no teníamos opciones, no era separarse y listo, como ahora. 

Pero tu papá,Mecha, estaba decidido a hacerlo. Nos iríamos a vivir a la capital, juntos. 

Empezamos a hacer planes en secreto,ni siquiera a Anita le conté. Yo pedí licencia por tiempo indeterminado en mi trabajo. Ignacio seguía trabajando como siempre y yo averigüé todo lo relacionado con el banco y el giro de cheques para, llegado el tiempo, enviar dinero para su familia. 

Le pedí a mi abogado que me ayudara con la venta de mi casa, que era una herencia de mi madre. 

Un par de meses después todo estaba listo. 

Aunque, como se lo imaginan, algo pasó que cambió todos los planes. Por lo menos, los míos. 


martes, 17 de marzo de 2026

Capítulo 18.

 La primavera que siguió a aquel invierno memorable fue mágica y atemorizante al mismo tiempo. 

Todos los días me levantaba de buen humor porque pensaba en Ignacio. La vida para mí se había iluminado. Y creo que para él también. Porque se presentaba puntual en la puerta de la escuela a buscar a los chicos y me saludaba con una sonrisa.  

Por supuesto, Anita no estuvo de acuerdo. 

- Salís de una y te metés en otra,Magda. Decime qué te puede gustar de un peón analfabeto,casado y con cuatro hijos. 

-Primero, ya no es analfabeto. Segundo, es bueno,inteligente y con ganas de superarse. 

-Y todos los otros obstáculos que te mencioné...¿eh?

Suspiré. 

-Ya sé que es imposible. Pero nos gustamos. Es un hecho que no se puede negar.

-Es buen mozo,te lo reconozco- dijo Anita- Pero no podés, ¿lo entendés?

Me senté en el piso con Pedrito,mientras él jugaba con sus autos.  

-Sé que no puedo. Eso me tortura. Pero no por lo que digan de mí, sino por él. En este bendito país no tenemos ley de divorcio por culpa de los curas ,y aunque Ignacio se separe de Susana, aún tiene niños chicos para mantener y educar. Solo lograríamos que me repudien públicamente, a menos que nos vayamos a vivir a otro lado...

-Y eso implicaría abandonar a sus hijos, cosa que no es factible- completó Anita. 


Así estaban dadas las cosas. El destino jugaba conmigo, no había salida.  

Pero se me había metido en el corazón y no había forma de sacarlo.  

Un día se ofreció para ir a arreglar las cañerías de mi cocina. Primero me negué, pero la verdad es que la idea de estar sola con él me recorrió el cuerpo entero, algo parecido a una corriente eléctrica. Nunca imaginé que un pensamiento tuviera tal poder. 

Mientras arreglaba, le dije que había aprendido a cebar mate. Le di uno y generosamente lo calificó de perfecto.  

Entre un mate y otro, quise saber más de él. Me contó que se casó muy joven porque Susana estaba embarazada. Que consiguió ese terreno donde, con trabajo, levantó la casa. Después del segundo hijo, su esposa había cambiado. Lo atendía como siempre pero no hubo más gestos de cariño de parte de ella. Sólo cumplía con sus deberes. Y si él le pedía sexo (usó la palabra intimidad), aceptaba, sin moverse hasta que él terminara. Un beso en la mejilla cuando Ignacio se iba al campo y otro cuando volvía: ese era todo el afecto que Susana le daba. Él no entendió qué pasó en el medio, después de la pasión de los primeros años.  

Miren, si no hubiera estado yo tanto tiempo en su casa, habría pensado que era la típica mentira de los casados, pero me constaba que todo era cierto. 

Ignacio quiso saber de mí y preguntó por la cancelación de mi casamiento con Gerardo. 

Se quedó pensando un rato después de que le conté. Luego dijo algo que nunca voy a olvidar: jamás había conocido a una mujer como usted, que no le importe casarse ni los hijos; que es capaz de cancelar un matrimonio sin preocuparse por lo que van a decir...Usted es única, Magda. En cambio, yo...soy uno más del montón.  

Me invadió una profunda sensación de ternura. 

-Usted no es uno del montón- le contesté-. Dígame qué hombre admite no saber leer y se deja enseñar por una mujer. ¿Conoce a muchos? 

-No,ninguno-respondió-. Es que a mí ese tipo de orgullo no me importa. Nunca lo tuve. Vi sufrir mucho a mi madre por los golpes de mi padre. Me juré que nunca iba a ser igual a él.  

Y ahí estaba la conexión de almas que tuvimos desde la primera conversación. 

Me acerqué y lo besé yo. Creo que él nunca se hubiera atrevido.

domingo, 15 de marzo de 2026

Capítulo 17.

 Empecé a visitar a Feliciano (el hijo menor de Ignacio) para enseñarle en casa. Hubo un invierno con una epidemia fuerte de gripe y el nene no pudo ir a la escuela por meses. Generalmente, iba otra maestra a cumplir esta tarea, pero ese año no había nadie más que yo. Así que dos tardes por semana, iba a su casa. Allí conocí a la mamá. La esposa de Ignacio era una mujer seria, me servía un café y me trataba con respeto. Enseguida se iba a seguir atendiendo a los otros chicos. 

Ignacio trabajaba en el campo todo el día y llegaba a la casa junto conmigo. Al rato, se presentaba en la cocina ya bañado y con el mate listo. Nunca nos interrumpía pero yo me daba cuenta de que prestaba atención a la clase. Ignacio era morocho, alto y tenía ojos verdes como los tuyos, Mecha. 

Un día, mientras el nene resolvía unas cuentas, me ofreció un mate, si no me ofendía. Yo jamás había tomado mate hasta ese momento, pero se lo acepté. 

-Es rico, aunque sea amargo- comenté. 

-Mire lo que se perdía, señorita Magda- dijo él, con una sonrisa que vi por primera vez. Tan auténtica.  

Creo que nos quedamos por un momento viéndonos y ahí los dos sentimos que algo cambió.  

En esos meses, Ignacio aprendió a leer y a escribir junto con su hijo. No le daba vergüenza decir que no sabía. No hubo tiempo de aprender, me confesó. Familia numerosa y trabajo duro desde niño. 

En cambio, usted, señorita Magda, tuvo suerte. 

No se crea, le contesté una vez que caminábamos hacia mi casa. Tuve dinero y privilegios pero viví un infierno dentro de casa, con mi padre. Era un hombre cruel. 


Mi viejo también era malo, nos pegaba a todos. Pero lo tomamos como normal, él decía que nos estaba educando. Simplemente, sobrevivíamos. Pero no con eso quiero decir que lo que sufrió usted fue menos importante, señorita Magda. El dolor no se puede medir ni comparar.  

Gracias, Ignacio. Y por favor, llámeme Magda nada más. 

Magda...dijo,con timidez. Como si fuera un pecado llamarme por mi nombre. 

No podíamos ser más distintos. Vidas e historias completamente opuestas, pero en algún lugar nos conectamos.  

Con el paso de las semanas, me di cuenta de que Ignacio era muy inteligente. Aprendía rápido. Una vez,Feliciano estaba leyendo un libro en voz alta y su padre leía en silencio detrás del nene. Le dije que tomara el libro y se animara a leer también. Se puso nervioso y se negó, pero Feli le insistió: no le puede decir que no a la señorita, papá. Ignacio obedeció y empezó a leer de corrido. 

No les puedo explicar el orgullo que sentí en ese momento. Me acuerdo que entró su esposa a la cocina y puso cara de asombro. Él dejó el libro enseguida. Vaya para adentro, Feliciano, que ya es la hora, le ordenó Susana a su hijo. 

Yo tomé mis cosas y me fui. Ignacio hizo el intento de acompañarme y le dije que no, que no pasaba nada por irme un día sola. 

Otro día, él me confesó que a su esposa no le parecía bien que aprendiera a leer y escribir, que un peón de campo no necesitaba eso. 

-¿Y usted qué piensa,Ignacio?  

- A mí me gusta aprender. Hay algunos libros en casa y ya empecé a leer uno. Me hubiera gustado ir a la escuela, Magda. 

-Usted es muy joven. Siempre hay tiempo para aprender. Lo felicito.  

Una de las últimas veces que fui a su casa me regaló un libro. Cuando llegué a casa y lo abrí, tenía dentro un papel escrito con letra temblorosa: Gracias Magda. 


miércoles, 11 de marzo de 2026

Capítulo 16.

Mecha y Maite: 

                            mis queridas, mis dos grandes amores. Estoy escribiendo esto antes de viajar a despedir a mi amada Anita. Pero no sufro. Ella tampoco. Ayer hablamos por teléfono y me dijo que los años que vivió fueron buenos y que ya es hora de irse. Además, seguro que en poco tiempo yo la seguiré porque es lo natural. La muerte no es algo a lo que hay que temer. Espero continuar con ustedes de alguna forma, aunque ya no me vean.

Pero en fin, que acá no se trata de filosofar, como diría mi hija, sino de ir al punto. 

Mecha: nunca te pude hablar de Ignacio Ruiz, tu papá. Y perdón por no poder hacerlo cara a cara, pero me es imposible. Contarte esa historia mirándote a los ojos, donde lo veo a él, en esa mirada de agua mansa, es demasiado para mí. Es como enterrarme el puñal en el pecho yo misma. Por eso lo hago así, porque no soy tan valiente como siempre creíste. Nunca le tuve miedo a nada ni a nadie: ni a los hombres,ni al escándalo, ni al qué dirán. Hasta que me encontré con tu padre y nos enamoramos. Ahí se cayeron las fortalezas que construí para sobrevivir y quedé expuesta... pero es mejor que empiece por el principio, como corresponde.  

Ignacio era el padre de uno de mis alumnos de sexto grado. Tenía mi misma edad, pero ya era papá de cuatro hijos. No se confundan, los padres de mis chicos siempre me respetaron como algo sagrado: era la señorita Magda. Ignacio se acercaba de vez en cuando a hablar de algún tema de sus hijos y nunca había llamado mi atención hasta que pasó algo que cambió el destino de los dos...

domingo, 8 de marzo de 2026

Capítulo 15.

Mientras subíamos al auto de Salvador, le propuse ir a mi casa para que conociera a mi mamá. Estaba segura de que ella estaría tan emocionada como nosotros. ¡Frecuentemente la abuela hablaba de su ahijado Pedro, de quien estaba tan orgullosa! 

Pocas veces había vuelto a su pueblo natal a visitar a Anita. Más que nada, se hablaban por teléfono y se escribían largas cartas. Así, Magda sabía de Pedro y nos lo contaba a nosotras. Recuerdo que yo era niña todavía cuando nos anunció que su ahijado había sido padre. Ni mamá ni yo llegamos a imaginar que el destino podía traer a su hijo a esta ciudad medio perdida entre las montañas, tantos años y tantos muertos después. 

Nos sentamos en el jardín, en esa noche de octubre, y yo no pude evitar decir que todo esto no era casualidad, que era un plan de la abuela. Mecha estaba por contradecirme cuando Salvador afirmó que él también pensaba que una fuerza superior nos había juntado con algún propósito. 

Nos contó que su papá recordaba poco a Magda, ya que ella se fue del pueblo cuando él era muy chico, pero que tenía fotos con ella de esa época y que su mamá se había encargado de mantenerla presente en su memoria.  

También nos dijo que cuando Anita se enfermó, Pedro se la llevó a la capital con él y Magda viajó a verla. Allí la conoció Salvador. 

-Magdalena era una mujer bellísima, pero además tenía algo especial, era distinta. Vos te parecés mucho a ella,Maite. 


Por primera vez, yo estaba mirando al doctor Menéndez como a un hombre y no como mi jefe y eso me inquietó. Los dos estábamos conmovidos por un pasado que de alguna manera nos pertenecía y volvía, porque aún quedaba algo pendiente.  

Yo no quería confundir las cosas ni empezar a hacerme fantasías en mi cabeza. 

Pero esperen, lectores, que ahora viene la mejor parte...

Antes de irse esa noche, Salvador hizo una revelación.  

-En aquella ocasión en que Magda se despidió de mi abuela, le entregó un sobre con una carta a mi papá. Esa carta estaba dirigida a ustedes: su hija y su nieta. 


Mecha y yo nos miramos. Mamá habló: 

-Pero eso fue hace como quince años...

-Sí, en ese momento Magdalena le dijo a mi viejo que escribió en ese papel lo que nunca había sido capaz de decirles cara a cara.  

Hizo una pausa y continuó. 

-Le dijo que él (mi papá) iba a encontrar el momento justo para entregársela a ustedes. Que lo iba a saber. Papá guardó el sobre, pero no tuvo tiempo de volver a pensar en ello, ya que murió la abuela y poco después se enfermó él.  

Cuando papá también falleció, encontré el sobre entre sus cosas. Díganme ustedes si este es el momento al que se refería Magda. El momento justo para que sepan la verdad. 


Mamá y yo estábamos llorando y nos tomamos de la mano. Cuando enfrentas tus temores, tu pasado y todo lo que te duele, el mundo a tu alrededor se empieza a acomodar y recibís esos regalos del cielo que siempre esperaste. 

Salvador me entregó el sobre al día siguiente. No puedo negar que temblaba cuando lo tuve en las manos. Era la letra de la abuela.  

viernes, 6 de marzo de 2026

Capítulo 14.

Salvador era un médico nuevo en la clínica, aunque no en la profesión. Era un cirujano experimentado que venía de Buenos Aires a instalarse en aquella pequeña ciudad entre las sierras. 

El verano se estaba acercando y los últimos vestigios de nieve se veían en los altos picos. La ciudad, con su sol inigualable y sus árboles floreciendo, parecía un cuadro pintado. Algo parecido a la esperanza, a la alegría, se percibía en el aire. 

Maite era ahora enfermera asistente del quirófano y había trabajado ya en varias intervenciones con el doctor Menéndez.  

Ambos hablaban con frecuencia, sobre todo después de las cirugías. Salvador le contó que buscaba alejarse de la gran ciudad capital, luego de un fallido matrimonio y la muerte de sus padres, con poca diferencia de tiempo.  

Maite ya había pasado por el caos del divorcio muchos años antes y lo entendía. 

 Por suerte, mi madre vive. Y a mi padre no lo vi nunca más desde que nos dejó cuando era niña. Pero no es una herida ya. No me interesa saber de él.

Mis padres siempre estuvieron juntos y se querían mucho, recordó Salvador con algo de nostalgia. Mi viejo se fue del pueblo donde nació para estudiar en la capital. Era ingeniero. 

Mi abuela Magdalena también era de un pueblo: Los Álamos. 

¿Magadalena? No puede ser...

El doctor se quedó casi petrificado mientras terminaba de juntar sus cosas. Maite lo miró con extrañeza. 

Sí, Magdalena Uribe

Salvador reaccionó con emoción. 

¿Magda

Maite asintió. 

Era la madrina de mi papá, Pedro. 

¿Pedro? - preguntó Maite- ¿El hijo de Anita? 

Salvador sonrió. 

Sí, mi abuela. No puedo creer que seas la nieta de Magda. 

Maite estaba tan emocionada como él.  

Creo que tenemos mucho de qué hablar, dijo él. ¿Por qué no vamos a tomar un café? 

martes, 3 de marzo de 2026

Capítulo 13.

Maite se apuraba para cambiarse después del turno de la mañana en la clínica. De allí se iba al conservatorio, a su clase de piano. 

 Al principio, había sentido algo de vergüenza. Ella tenía más de cuarenta años y sus compañeros eran más jóvenes. Además, en las primeras clases "no pegaba una nota" como solía bromear después. Varias veces quiso abandonar, pero su madre la animaba a seguir. Ningún comienzo es fácil, Maite. Si te gusta, tenés que perseverar. Así que continuó.  

Pasados los meses, había avanzado bastante y eso la motivaba. 

Era invierno y la nieve caía sobre las sierras de Córdoba. Antes de dormir, madre e hija estaban compartiendo un café. Desde que arreglaron sus diferencias, Mecha parecía estar más sensible. Maite se animó a preguntar:

- ¿Todavía le guardas rencor a la abuela Magda por no dejarte conocer a tu padre?  

-No, hija. Me resigné. Aunque mamá me dio su nombre, unos días antes de morir. Dijo que había sido el amor de su vida pero que era imposible. Lo busqué en lo que quedó de "Los Álamos", el pueblo donde vivían, pero nadie supo decirme nada de su paradero o si tenía parientes vivos. Imaginate que si tenía la edad de mamá, ¡ahora tendría cien años! 

Se hizo un silencio. La nieve golpeaba las ventanas. Parecía que los fantasmas querían entrar.  

-A mí nunca me contó la historia completa tampoco. La guardó para sí misma- reflexionó Maite. 

-Tal vez se la contó a Anita, pero ella también murió. Años antes que mamá- respondió Mecha. 

Los caminos parecían cerrados. Pero no por mucho tiempo... el espíritu de Magda (que,según Maite, guiaba y acomodaba todas las cosas) les tenía preparado un último regalo.