Buscar este blog

jueves, 30 de abril de 2026

We might as well be strangers.



I don’t know your face no more or feel your touch that I adore”

Capítulo 1. 

Clarice salió del trabajo corriendo como todos los lunes, a las 9 en punto de la noche. Llevaba a cuestas unas cuantas carpetas, un maletín de la oficina y unas botas que le dificultaban correr, pero que debía usar para estar presentable en el trabajo. Continuó corriendo, topándose con los mismos rostros de todos los lunes por la noche, esquivando casi los mismos autos, sintiendo el mismo vértigo y cansancio de siempre, el cansancio de la vida. La vida…la vida no había sido justa con Clarice, si por justicia entendemos esa correspondencia entre lo que hacemos y lo que recibimos a cambio, lo que sembramos y lo que cosechamos, que en realidad difícilmente sea lo mismo siempre. Clarice era un buen ejemplo de eso: su vida había rodado cuesta abajo por una colina ocho años atrás y ella sentía que seguía yéndose abajo cada día, en el medio de ese abismo de soledad y oscuridad, sin que nada pudiera detener la tragedia. A veces deseaba que por una vez, alguien volviera el tiempo atrás para corregir las equivocaciones, cambiar un par de decisiones, uno o dos nombres propios…pero no…el tiempo era para Clarice su enemigo infalible y, a la vez, su mejor aliado. 

Pero es necesario que volvamos a la historia, a ese lunes que parecía insignificante pero que traería el cambio que Clarice esperaba como un prisionero a su libertad. 

Llegó a la estación donde paraba el tren, allí en Luxemburgo. Según ella tenía entendido, provenía de París y recorría gran parte de Europa. El tren se detuvo, hacía mucho frío. La puerta se abrió y Clarice entregó su boleto y subió. Se acomodó en el mismo asiento de siempre y dejó sus cosas allí, en el asiento contiguo. Conocía los rostros de casi todos los pasajeros, luego de años de viajar en ese tren. Sabía que la señora de enfrente tenía un hijo viviendo en otra ciudad, que la mujer que estaba más atrás viajaba por trabajo, que el hombre que se sentaba a su izquierda viajaba por placer. Clarice siguió inspeccionando las caras de los pasajeros hasta que descubrió a cuatro jóvenes que nunca había visto hasta entonces y algo más le llamó la atención: uno de ellos llevaba una cámara de fotos. 


Yo quería que trajeras la digital- dijo Tom, en pose de niño caprichoso- con esta hay que esperar a que reveles las fotos. 

Pues a mí me encanta revelar las fotos- contestó Richard, sacándole la cámara de las manos. 

Richard llevaba puesto un pantalón de jean, sus zapatillas preferidas, abrigo y una bufanda. Se encontraba algo cansado pero feliz de compartir esa nueva experiencia con la música y la banda a la que pertenecía. A menudo, Rich reflexionaba acerca de su vida y veía que había acertado en casi todas sus decisiones: era un profesor de Geografía y defensor de los derechos humanos y la naturaleza, vegetariano por elección pero, fundamentalmente, Richard era un músico y eso era algo primordial y hasta necesario en su vida. Sin embargo, y con mucha frecuencia, Rich también se cuestionaba si la música era lo único que podía llenarle el alma, si el amor de una mujer o tal vez de un hijo, no podría tomar ese lugar algún día. Pero el amor siempre había sido para él un espejismo, Rich se daba cuenta de que el amor ideal era sólo un cuento de los románticos, armonioso, pero cuento al fin. 

Tom lo sacó de sus cavilaciones. 

¿Por qué te mira tanto esa mujer?- preguntó señalando disimuladamente hacia su izquierda- ¿la conoces?

Rich volvió la cabeza para mirar y vio a una mujer de unos treinta años, de cabello oscuro y tez blanca. No era precisamente hermosa, ni tampoco tenía atractivos a simple vista, pero había algo en su forma de mirar que le llamó la atención. 

No la conozco- dijo por fin.

Pero te mira fijamente- acotó Tim

Pero estoy seguro de que no la conozco- dijo Rich volviendo a mirarla.

Quizás quiere decirte algo pero no se atreve- arriesgó Tom- ¿por qué no vas y le preguntas?

¿Y qué se supone que le diga?- preguntó Rich, un poco irritado por la insistencia.

‘¿Me miras porque soy demasiado atractivo?’- lo imitó Tom

¡Eso es lo que tú dirías!- exclamó Rich.

Los demás rieron con la broma pero Richard continuaba perturbado por la insistencia de esa mujer. Se levantó de su asiento, pretendiendo ir al baño. Caminó en dirección a ella, quien dejó de mirarlo inmediatamente, como saliendo de un trance. Clarice hizo lo posible por disimular y mirar por la ventanilla. Richard pasó a su lado y siguió su camino hacia el baño. Al volver, no pudo contenerse y se paró frente a ella. 

Hola- saludó.

Clarice lo miró y tardó en contestar. 

Hola- dijo tímidamente. .

Me estabas mirando hace un rato. ¿Acaso nos conocemos?

Ah, no, no- balbuceó ella, aturdida por la vergüenza- es que…yo…no te miraba a ti, sino a tu cámara de fotos. Es igual a la que yo tengo-explicó. 

¿Y crees que te la robé?- contestó Rich, riendo.

No, claro que no- repuso Clarice- es que hace años yo me dedicaba a la fotografía, de forma profesional y ver tu cámara me llevó otra vez al pasado. Discúlpame, por favor- pidió. 

No, no te preocupes…- Rich hizo una pausa esperando a que ella dijera su nombre.

Clarice, Clarice Beckett. 

Richard Hughes- dijo extendiendo su mano para estrechar la de Clarice.

Al apretar su mano, Rich sintió dentro de él un fuego desconocido y enigmático. Jamás había pensado que el tacto y la mirada de una perfecta extraña podían despertarle esa curiosidad, ese deseo de conocerla. Clarice era sencilla y sin maquillaje, su rostro se veía cansado después de todo un día de trabajo pero Richard veía algo más allá de lo superfluo o aparente, aunque no sabía qué era. 

Clarice soltó la mano de Rich.

Lamento haberte molestado- dijo

No me molestaste, Clarice- respondió Rich- y creo que ambos compartimos la pasión por la fotografía, ¿o no?

No- cortó ella- yo ya no me dedico a eso; y si me disculpas, preferiría dormir ahora. 

Rich se quedó un momento paralizado por la reacción de ella y luego se encaminó a su asiento otra vez. 

¿y? ¿Quién era?- preguntó Tim.

Fue una confusión, nada más- dijo Rich, acomodándose en su lugar. 

Clarice fingía dormir pero no podía. Su cabeza trabajaba al ritmo de un caballo desbocado. No podía permitir que ningún hombre se le acercara, no lo había permitido en esos años. Su fidelidad hacia Martin era lo único que le quedaba, lo único que le daba algo de sentido a su vida maltrecha y sin un camino seguro. 

Lo que Clarice no se imaginaba era hasta dónde ese encuentro fortuito cambiaría el curso de toda su existencia; lo que Richard no podía ver en ese instante era que el destino le estaba poniendo por fin y delante de sus ojos a quien siempre había esperado. 


miércoles, 29 de abril de 2026

Novedades

Hola,espero que se encuentren bien! 
Les cuento que voy a publicar una historia inédita, que escribí hace unos 18 años. 
Se llama como una de mis canciones favoritas:  We might as well be strangers (traducida como Podríamos ser dos desconocidos). 
Ojalá les guste! 

domingo, 26 de abril de 2026

El monstruo del campamento.

 

La piel en el fogón. Quemada, cuarteada, herida. Nadie hizo nada para detenerla, todos miraron con pasividad y hasta con gracia. Festejaron incluso.

Estaban tomando mate una noche, en un campamento de verano. Ese era SU momento, lo sentía, lo imaginaba desde hacía años. El fuego, su crepitar, su color anaranjado, ese calor abismal que invitaba a hundirse, le dieron el coraje que necesitaba. Iba a exponerlo, a vociferar lo que el monstruo le había hecho. Cómo no tenía paz desde aquel momento, cómo esas imágenes la acechaban, sobre todo por la noche, en su cama.  Pero ya no. Estaba dispuesta a quitarle la máscara a Mr. Hyde, costara lo que costara. Entonces algo pasó en la ronda, su madre se levantó, la tomó del brazo y se lo acercó al fogón; ella aulló de dolor, gritó mientras la piel se chamuscaba y el olor de la carne quemada invadía el campo, el aire, el río. El brazo se convirtió en cenizas mientras su madre sonreía y los demás espectadores aplaudían como idiotas, como autómatas.

 Incapaz de emitir un sonido, sintió el toque en su brazo, ahora intacto, que la devolvió a la noche. Miró la pava en el fogón y el alma se le tornó en hielo. No me vas a felicitar, preguntó su madre. Ella la miró con ojos vacíos, húmedos; se tocó la piel del brazo para comprobar que estaba allí.

Tu mamá y yo nos vamos a casar, dijo el monstruo.

domingo, 19 de abril de 2026

La primera.


Llegó temprano porque estaba nerviosa y no quería padecer las miradas filosas de los hombres que estaban convencidos de que ese no era lugar para una mujer. Clara estaba dispuesta a enfrentarlos, pero era ella sola contra el mundo... o eso parecía. Porque ese primer día se asemejaba al mundo, al todo. El todo o la nada.

 Sentada allí, tensa, veía el gesto de sorpresa en los ingresantes cada vez que hacían contacto visual con su figura apostada en un extremo del salón. Clara cerraba momentáneamente los ojos y pensaba en su madre que siempre la había animado a expresar sus pensamientos y a seguir sus intuiciones. Uno a uno se fueron acomodando. Murmuraban. Un joven se acercó a explicarle que se había confundido, que allí no se reunían las mujeres de la Caridad sino en el salón del edificio contiguo. Clara solo respondió que estaba en el lugar correcto. Enfundado en un traje acorde a la ocasión entró al salón el hombre que todos esperaban. Se paró frente al grupo, saludó y la vio. Quiso echarla pero no podía. Ya la había visto en la lista, con la certeza de que era un error de administración. Pero no. Allí estaba. La primera mujer en la Facultad de Medicina.






domingo, 12 de abril de 2026

Libre.

 Alguna vez seré una mirada borrosa

un recuerdo mal contado, 

un tajo en el corazón 

que no volvió a ser igual. 

La memoria de la niña

atormentada,

 caminó 

de la mano de las fantasías.  

En este universo

donde es tan chiquito el tiempo 

seré la añoranza 

del amor

de los ojos que reflejaste

de las manos que no tomaste.

Seré ese cuerpo marcado 

por el dolor del invierno

y del rechazo. 

También la raíz,

el amor que sembré 

el alma eterna 

el fuego indómito

la luz 

de lo divino

y lo profano. 

Seré tan mía

como pueda...

Allí mis cenizas 

atravesarán el puente

y volveré 

en otro tiempo 

en otra vida

liviana por fuera 

y por dentro. 

Libre.






miércoles, 1 de abril de 2026

Capítulo 22 (Final).

 Queridos lectores, si llegaron hasta acá, tienen que saber que mamá releyó la carta de la abuela Magda muchas veces. La primera vez lloramos juntas. Después, ella sola, cada vez que revivía toda esa historia en su cabeza. Y no es para menos, era la historia de sus padres, la que su mamá jamás se había atrevido a contar en vida. Tuvo que ser muy fuerte para ella. 

Mi mamá también fue una persona distinta a partir de esa verdad. Disfrutaba más de la vida, salía a caminar con sus amigas (a las que había dejado de ver años atrás), se reía y ya no estaba con cara de amargada. Y pensar que yo siempre la juzgué por eso y tuve que pedirle perdón, porque tomé dimensión de su dolor solo después de la carta de la abuela. 

Eso me lleva al principio de mi narración ¿Los convencí de que el espíritu de Magda intervino para que nos pasara todo esto? 

Bueno, de todos modos, ustedes son libres de creer lo que deseen. 

Solo me resta contarles que Salvador y yo somos pareja y de verdad. No hubo titubeos, dudas,ni medias tintas. Porque el amor es algo recíproco y busca el bien del otro. Y no se busca; se construye y crece cuando estamos dispuestos a seguir ese llamado que viene de adentro. Así como le pasó a la abuela, que amó a un hombre y tuvo que elegirse a ella primero. Pero jamás se arrepintió de ese amor. Y es que, cuando es sincero, el amor nunca puede ser descartable.  

FIN. 

lunes, 30 de marzo de 2026

Agradecimiento.

 Queridos lectores y visitantes del blog: 

Quiero agradecerles por leer esta historia tan querida por mí y tan distinta a lo que he escrito antes.  Como saben,  "Amor descartable" es una canción de los 80 que se me ocurrió como el título de una síntesis perfecta de esta narración. 

Hoy más que nunca necesitamos dejar de ver los vínculos como desechables y a las personas como objetos.  Al retratar a dos generaciones tan distintas, como la de Magda y Maite, me propuse indagar en las decisiones, a veces imposibles,  que tenemos que tomar y cómo éstas afectan al entorno. También cómo cada época nos moldea y nos exige adaptarnos al punto de olvidar quiénes somos y qué deseamos verdaderamente. 

Esta novela surgió de anécdotas y conversaciones con amigas. Cada una me decía:  Tenés que escribir un libro con esas historias.  

Y acá está.  

Espero que les guste el capítulo final,  que llegará en pocos días. 

Un abrazo a todos! Especialmente a quienes leen de otros países. 

Laura. 

viernes, 27 de marzo de 2026

Capítulo 21.

 Al día siguiente, lo primero que hice fue ir a ver a Anita. Hacía mucho que no nos veíamos y tuve que contarle todo, con lágrimas en el medio y ya liberada de la necesidad de esconder mi embarazo. Esa mañana seca, helada, estábamos solas.

Mi amiga lloró conmigo, fueron muchas cosas que tuvo que entender de un momento a otro. 

Magda, estoy feliz de que estés embarazada, pero justo de él...

Lo sé, también para mí es una bendición y al mismo tiempo una amargura. 

Me sequé las lágrimas. 

Hasta ayer estaba feliz porque mi casa ya está vendida y el plan era irnos con Ignacio a Buenos Aires...

¿Y sus hijos? , me preguntó Anita, queriendo disimular su reprobación ante esa decisión. 

La idea era que le girara dinero a Susana cada mes y que después haría lo posible por verlos todo lo que pudiera. Pero, ¿sabés qué? Ayer, cuando estaba en su casa, con el nene enfermo, me di cuenta de que no puedo pasar por encima de esos chicos solo porque estoy enamorada, eso sería traicionar todo lo que soy y en lo que creo

¿Y él qué piensa?

Él no sabe que me voy sola. Acá te dejo una carta para que se la entregues cuando me haya ido. ¿Podés hacer eso por mí?

Por supuesto...Pero vos...Magda, tu hijo también va a querer conocer a su padre, también lo va a necesitar. 

Lo sé, pero esto es lo único que puedo hacer, por ahora. 

¿A dónde vas?, me preguntó Anita entre lágrimas y un té que se enfriaba. 

Hace tiempo me habían ofrecido un puesto en un pueblo de Córdoba. Ahí también hay una casa para la maestra que se haga cargo. Mientras me llega la designación, voy a cubrir los gastos con mi dinero.

¿Qué más les puedo contar? Ese día nos abrazamos y prometimos que nos mandaríamos cartas todos los meses. Me fui de Los Álamos y no volví jamás. 

Apenas llegué a este pueblo, donde pronto moriré, le mandé a mi amiga un telegrama para que supiera que Mecha y yo estábamos bien. A esa altura del embarazo ya intuía que ibas a ser una nena. 

Anita le entregó la carta a Ignacio, que me anduvo buscando por todos lados. Durante un tiempo insistió para que le dijera dónde estaba yo, pero ella se mantuvo firme en que no podía decirle. Supongo que con el tiempo, tu padre se resignó y continuó con su vida. Supe que hace unos veinte años finalmente se divorció. Fue abuelo de muchos nietos y murió en su casa del campo. 

Esa es la historia de tu papá, Mecha. Seguramente hice un montón de cosas mal, pero no quise exponerte al sufrimiento de que todos te señalaran como bastarda y que te dijeran que tu madre era una puta. Espero que puedas perdonarme. Ahora ya sabés que sos fruto del amor más lindo que conocí. Sos igual a él, querida hija. 

Maite, mi preciosa nieta. No te conformes en ese matrimonio sin amor, no te conviertas en ese ser ausente, que deja de vivir. Sé lo que vos quieras. Muchas veces te dije que yo te iba a ayudar, en este mundo o en el otro. Creelo. 

Las amo.

Magdalena.

martes, 24 de marzo de 2026

Capítulo 20.

Una tarde de frío, recibí un recado de parte de Ignacio: Feliciano estaba enfermo otra vez y pedía verme. 

Me puse el abrigo más grande para disimular la pequeña panza que ya salía y fui. No me sentí cómoda entrando a su casa, ya no era lo mismo que el año anterior. Sentí una oleada de miedo y culpa al atravesar la puerta. La cara de Susana era de preocupación, me agradeció por mi visita y me explicó que Feli estaba peor que el invierno pasado, que el médico le había dado muchos remedios pero ellos no podían comprarlos a todos. 

Fui a la habitación del nene y se le iluminó la carita cuando me vio. Me senté a su lado y lo abracé. Señorita Magda,¡ gracias! Te extrañé un montón. 

Yo también, mi amor. Le contesté sinceramente.  

Ignacio entró en ese momento. Conmovido, se acercó a nosotros. 

Yo le compro los medicamentos, afirmé. Y antes de que te niegues, te aclaro que es un préstamo. Me lo pagas después, ¿sí? 

Él solo asintió.  

Feliciano se animó un poco y tomó un libro de cuentos de su repisa, le pidió a su padre que se acomodara a su lado. Empezó a leérmelo. Mientras lo escuchaba entendí todo, todo lo que no había podido ver en esos meses . No podía irme con su papá, nunca iba a poder hacerlo sin sentir que traicionaba a esos chicos y a mí misma. 

Cuando me iba, Susana me volvió a agradecer, también por prestarles el dinero. Vi sus ojos cansados. Supe que la dureza que esa joven aparentaba no era frialdad, era supervivencia.  

Lloré toda la noche. No por mí, al fin y al cabo yo tenía recursos para empezar de cero. Lloré por todas las personas frágiles del mundo a las que no se les permitía romperse, solo seguir, sobrevivir un día más. En los ojos de Susana ya no vi a la mujer fría y desapegada, vi en cierto modo a mi madre. Y ustedes se preguntarán cómo, si esas mujeres no podían ser más distintas. Aún así algo tenían en común: el peso invisible de una vida que no querían vivir. 

Esa noche decidí que me iba, pero sola. 


sábado, 21 de marzo de 2026

Capítulo 19.

 Desde ese día fuimos inseparables. Nos veíamos casi siempre de noche, en mi casa. No podíamos dejar de mirarnos ni de tocarnos. Yo le contaba acerca de lo que pasaba en el mundo y él me hablaba de su trabajo diario en el campo. Comíamos y hacíamos el amor. Fueron meses de mucha felicidad. Pero no quiero caer en la trampa de la nostalgia, de que el tiempo pasado fue mejor o que nunca volví a ser tan feliz, porque no es cierto. He vivido lo suficiente como para decirles que todo se supera y que siempre se encuentra una forma de volver a empezar, aún con el corazón roto. 

Pero volvamos a aquel momento...Obviamente, Susana supo que su marido tenía una amante, aunque no sabía que era yo. Él no pudo mentir mucho tiempo y un día le dijo que se había enamorado de otra mujer, pero que a ella la seguía respetando como madre de sus hijos. Ella solo le dijo que manejara el asunto con discreción. Y no quiso saber nada más.  

Ignacio entraba siempre por la puerta del callejón, donde no había vecinos. 

Ninguno de los dos sentía culpa ni pensaba que estaba dañando a alguien. Más cuando Susana lo supo y no le importó.  

Yo era tan feliz que no me había percatado de que tenía un retraso de un par de semanas. Cuando fui a mi médico de toda la vida me dijo lo que ya intuía: El embarazo es reciente,Magda. Pocas semanas. 

Te confieso,hija, que me dio mucha felicidad la noticia pero recién cuando me senté a sopesar las consecuencias de tener un hijo con Ignacio, me cayó todo el problema encima. 

Me guardé el secreto. Por lo menos hasta decidir qué hacer. 

Una noche de viento y lluvia (la recuerdo como si estuviera pasando ahora) estábamos abrazados en el sillón y le hice algunas preguntas del tipo ¿qué vamos a hacer? , ¿crees que podemos vivir escondidos toda la vida?

-No creas que no lo pienso todos los días,Magda. Quisiera encontrar una solución porque ya no creo poder vivir sin vos. No sabía lo que era el amor hasta que te conocí.  

-¿Y si yo quedara embarazada...?

-Me iría con vos. A cualquier lugar, donde no nos conozcan. Y tendría que arreglármelas para entregarle el dinero a Susana para ella y los chicos.  

-Mi amor, vos la conocés. No te va a permitir verlos. 

-Esa será una lucha que tendré que dar,llegado el caso. Pero nunca te dejaría sola con un hijo nuestro. 

-Pero si te vas conmigo, tus hijos igual van a sufrir...

-Magda, te conozco. Esto no es suposición. ¿Vos estás embarazada? 

Ignacio me miró a los ojos y no hizo falta que le respondiera. Me abrazó con fuerza pero no le salieron las palabras.  

Ustedes deben saber que en esa época no teníamos opciones, no era separarse y listo, como ahora. 

Pero tu papá,Mecha, estaba decidido a hacerlo. Nos iríamos a vivir a la capital, juntos. 

Empezamos a hacer planes en secreto,ni siquiera a Anita le conté. Yo pedí licencia por tiempo indeterminado en mi trabajo. Ignacio seguía trabajando como siempre y yo averigüé todo lo relacionado con el banco y el giro de cheques para, llegado el tiempo, enviar dinero para su familia. 

Le pedí a mi abogado que me ayudara con la venta de mi casa, que era una herencia de mi madre. 

Un par de meses después todo estaba listo. 

Aunque, como se lo imaginan, algo pasó que cambió todos los planes. Por lo menos, los míos. 


martes, 17 de marzo de 2026

Capítulo 18.

 La primavera que siguió a aquel invierno memorable fue mágica y atemorizante al mismo tiempo. 

Todos los días me levantaba de buen humor porque pensaba en Ignacio. La vida para mí se había iluminado. Y creo que para él también. Porque se presentaba puntual en la puerta de la escuela a buscar a los chicos y me saludaba con una sonrisa.  

Por supuesto, Anita no estuvo de acuerdo. 

- Salís de una y te metés en otra,Magda. Decime qué te puede gustar de un peón analfabeto,casado y con cuatro hijos. 

-Primero, ya no es analfabeto. Segundo, es bueno,inteligente y con ganas de superarse. 

-Y todos los otros obstáculos que te mencioné...¿eh?

Suspiré. 

-Ya sé que es imposible. Pero nos gustamos. Es un hecho que no se puede negar.

-Es buen mozo,te lo reconozco- dijo Anita- Pero no podés, ¿lo entendés?

Me senté en el piso con Pedrito,mientras él jugaba con sus autos.  

-Sé que no puedo. Eso me tortura. Pero no por lo que digan de mí, sino por él. En este bendito país no tenemos ley de divorcio por culpa de los curas ,y aunque Ignacio se separe de Susana, aún tiene niños chicos para mantener y educar. Solo lograríamos que me repudien públicamente, a menos que nos vayamos a vivir a otro lado...

-Y eso implicaría abandonar a sus hijos, cosa que no es factible- completó Anita. 


Así estaban dadas las cosas. El destino jugaba conmigo, no había salida.  

Pero se me había metido en el corazón y no había forma de sacarlo.  

Un día se ofreció para ir a arreglar las cañerías de mi cocina. Primero me negué, pero la verdad es que la idea de estar sola con él me recorrió el cuerpo entero, algo parecido a una corriente eléctrica. Nunca imaginé que un pensamiento tuviera tal poder. 

Mientras arreglaba, le dije que había aprendido a cebar mate. Le di uno y generosamente lo calificó de perfecto.  

Entre un mate y otro, quise saber más de él. Me contó que se casó muy joven porque Susana estaba embarazada. Que consiguió ese terreno donde, con trabajo, levantó la casa. Después del segundo hijo, su esposa había cambiado. Lo atendía como siempre pero no hubo más gestos de cariño de parte de ella. Sólo cumplía con sus deberes. Y si él le pedía sexo (usó la palabra intimidad), aceptaba, sin moverse hasta que él terminara. Un beso en la mejilla cuando Ignacio se iba al campo y otro cuando volvía: ese era todo el afecto que Susana le daba. Él no entendió qué pasó en el medio, después de la pasión de los primeros años.  

Miren, si no hubiera estado yo tanto tiempo en su casa, habría pensado que era la típica mentira de los casados, pero me constaba que todo era cierto. 

Ignacio quiso saber de mí y preguntó por la cancelación de mi casamiento con Gerardo. 

Se quedó pensando un rato después de que le conté. Luego dijo algo que nunca voy a olvidar: jamás había conocido a una mujer como usted, que no le importe casarse ni los hijos; que es capaz de cancelar un matrimonio sin preocuparse por lo que van a decir...Usted es única, Magda. En cambio, yo...soy uno más del montón.  

Me invadió una profunda sensación de ternura. 

-Usted no es uno del montón- le contesté-. Dígame qué hombre admite no saber leer y se deja enseñar por una mujer. ¿Conoce a muchos? 

-No,ninguno-respondió-. Es que a mí ese tipo de orgullo no me importa. Nunca lo tuve. Vi sufrir mucho a mi madre por los golpes de mi padre. Me juré que nunca iba a ser igual a él.  

Y ahí estaba la conexión de almas que tuvimos desde la primera conversación. 

Me acerqué y lo besé yo. Creo que él nunca se hubiera atrevido.