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domingo, 26 de abril de 2026

El monstruo del campamento.

 

La piel en el fogón. Quemada, cuarteada, herida. Nadie hizo nada para detenerla, todos miraron con pasividad y hasta con gracia. Festejaron incluso.

Estaban tomando mate una noche, en un campamento de verano. Ese era SU momento, lo sentía, lo imaginaba desde hacía años. El fuego, su crepitar, su color anaranjado, ese calor abismal que invitaba a hundirse, le dieron el coraje que necesitaba. Iba a exponerlo, a vociferar lo que el monstruo le había hecho. Cómo no tenía paz desde aquel momento, cómo esas imágenes la acechaban, sobre todo por la noche, en su cama.  Pero ya no. Estaba dispuesta a quitarle la máscara a Mr. Hyde, costara lo que costara. Entonces algo pasó en la ronda, su madre se levantó, la tomó del brazo y se lo acercó al fogón; ella aulló de dolor, gritó mientras la piel se chamuscaba y el olor de la carne quemada invadía el campo, el aire, el río. El brazo se convirtió en cenizas mientras su madre sonreía y los demás espectadores aplaudían como idiotas, como autómatas.

 Incapaz de emitir un sonido, sintió el toque en su brazo, ahora intacto, que la devolvió a la noche. Miró la pava en el fogón y el alma se le tornó en hielo. No me vas a felicitar, preguntó su madre. Ella la miró con ojos vacíos, húmedos; se tocó la piel del brazo para comprobar que estaba allí.

Tu mamá y yo nos vamos a casar, dijo el monstruo.

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