La piel en el fogón. Quemada, cuarteada, herida. Nadie hizo nada para detenerla, todos miraron con pasividad y hasta con gracia. Festejaron incluso.
Estaban tomando mate una noche, en un
campamento de verano. Ese era SU momento, lo sentía, lo imaginaba desde
hacía años. El fuego, su crepitar, su color anaranjado, ese calor abismal que
invitaba a hundirse, le dieron el coraje que necesitaba. Iba a exponerlo,
a vociferar lo que el monstruo le había hecho. Cómo
no tenía paz desde aquel momento, cómo esas imágenes la acechaban, sobre todo por la
noche, en su cama. Pero ya no. Estaba dispuesta
a quitarle la máscara a Mr.
Hyde, costara lo
que costara.
Entonces algo pasó… en
la ronda, su madre se levantó, la tomó del brazo y se lo acercó al fogón;
ella aulló de dolor, gritó mientras la piel se chamuscaba y el olor de la carne
quemada invadía el campo, el aire, el río. El brazo se convirtió en cenizas
mientras su madre sonreía y los demás espectadores aplaudían como idiotas, como
autómatas.
Incapaz
de emitir un sonido, sintió el toque en su brazo, ahora intacto, que la
devolvió a la noche. Miró la pava en el fogón y el alma se le tornó en hielo. No me
vas a felicitar,
preguntó su madre.
Ella la miró con ojos vacíos, húmedos; se tocó la piel del brazo
para comprobar que estaba allí.
Tu
mamá y yo nos vamos a casar,
dijo el monstruo.
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