Llegó temprano porque estaba nerviosa y no quería padecer las miradas filosas de los hombres que estaban convencidos de que ese no era lugar para una mujer. Clara estaba dispuesta a enfrentarlos, pero era ella sola contra el mundo... o eso parecía. Porque ese primer día se asemejaba al mundo, al todo. El todo o la nada.
Sentada allí, tensa, veía el gesto de sorpresa en los ingresantes cada vez que hacían contacto visual con su figura apostada en un extremo del salón. Clara cerraba momentáneamente los ojos y pensaba en su madre que siempre la había animado a expresar sus pensamientos y a seguir sus intuiciones. Uno a uno se fueron acomodando. Murmuraban. Un joven se acercó a explicarle que se había confundido, que allí no se reunían las mujeres de la Caridad sino en el salón del edificio contiguo. Clara solo respondió que estaba en el lugar correcto. Enfundado en un traje acorde a la ocasión entró al salón el hombre que todos esperaban. Se paró frente al grupo, saludó y la vio. Quiso echarla pero no podía. Ya la había visto en la lista, con la certeza de que era un error de administración. Pero no. Allí estaba. La primera mujer en la Facultad de Medicina.
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