“I don’t know your face no more or feel your touch that I adore”
Capítulo 1.
Clarice salió del trabajo corriendo como todos los lunes, a las 9 en punto de la noche. Llevaba a cuestas unas cuantas carpetas, un maletín de la oficina y unas botas que le dificultaban correr, pero que debía usar para estar presentable en el trabajo. Continuó corriendo, topándose con los mismos rostros de todos los lunes por la noche, esquivando casi los mismos autos, sintiendo el mismo vértigo y cansancio de siempre, el cansancio de la vida. La vida…la vida no había sido justa con Clarice, si por justicia entendemos esa correspondencia entre lo que hacemos y lo que recibimos a cambio, lo que sembramos y lo que cosechamos, que en realidad difícilmente sea lo mismo siempre. Clarice era un buen ejemplo de eso: su vida había rodado cuesta abajo por una colina ocho años atrás y ella sentía que seguía yéndose abajo cada día, en el medio de ese abismo de soledad y oscuridad, sin que nada pudiera detener la tragedia. A veces deseaba que por una vez, alguien volviera el tiempo atrás para corregir las equivocaciones, cambiar un par de decisiones, uno o dos nombres propios…pero no…el tiempo era para Clarice su enemigo infalible y, a la vez, su mejor aliado.
Pero es necesario que volvamos a la historia, a ese lunes que parecía insignificante pero que traería el cambio que Clarice esperaba como un prisionero a su libertad.
Llegó a la estación donde paraba el tren, allí en Luxemburgo. Según ella tenía entendido, provenía de París y recorría gran parte de Europa. El tren se detuvo, hacía mucho frío. La puerta se abrió y Clarice entregó su boleto y subió. Se acomodó en el mismo asiento de siempre y dejó sus cosas allí, en el asiento contiguo. Conocía los rostros de casi todos los pasajeros, luego de años de viajar en ese tren. Sabía que la señora de enfrente tenía un hijo viviendo en otra ciudad, que la mujer que estaba más atrás viajaba por trabajo, que el hombre que se sentaba a su izquierda viajaba por placer. Clarice siguió inspeccionando las caras de los pasajeros hasta que descubrió a cuatro jóvenes que nunca había visto hasta entonces y algo más le llamó la atención: uno de ellos llevaba una cámara de fotos.
Yo quería que trajeras la digital- dijo Tom, en pose de niño caprichoso- con esta hay que esperar a que reveles las fotos.
Pues a mí me encanta revelar las fotos- contestó Richard, sacándole la cámara de las manos.
Richard llevaba puesto un pantalón de jean, sus zapatillas preferidas, abrigo y una bufanda. Se encontraba algo cansado pero feliz de compartir esa nueva experiencia con la música y la banda a la que pertenecía. A menudo, Rich reflexionaba acerca de su vida y veía que había acertado en casi todas sus decisiones: era un profesor de Geografía y defensor de los derechos humanos y la naturaleza, vegetariano por elección pero, fundamentalmente, Richard era un músico y eso era algo primordial y hasta necesario en su vida. Sin embargo, y con mucha frecuencia, Rich también se cuestionaba si la música era lo único que podía llenarle el alma, si el amor de una mujer o tal vez de un hijo, no podría tomar ese lugar algún día. Pero el amor siempre había sido para él un espejismo, Rich se daba cuenta de que el amor ideal era sólo un cuento de los románticos, armonioso, pero cuento al fin.
Tom lo sacó de sus cavilaciones.
¿Por qué te mira tanto esa mujer?- preguntó señalando disimuladamente hacia su izquierda- ¿la conoces?
Rich volvió la cabeza para mirar y vio a una mujer de unos treinta años, de cabello oscuro y tez blanca. No era precisamente hermosa, ni tampoco tenía atractivos a simple vista, pero había algo en su forma de mirar que le llamó la atención.
No la conozco- dijo por fin.
Pero te mira fijamente- acotó Tim
Pero estoy seguro de que no la conozco- dijo Rich volviendo a mirarla.
Quizás quiere decirte algo pero no se atreve- arriesgó Tom- ¿por qué no vas y le preguntas?
¿Y qué se supone que le diga?- preguntó Rich, un poco irritado por la insistencia.
‘¿Me miras porque soy demasiado atractivo?’- lo imitó Tom
¡Eso es lo que tú dirías!- exclamó Rich.
Los demás rieron con la broma pero Richard continuaba perturbado por la insistencia de esa mujer. Se levantó de su asiento, pretendiendo ir al baño. Caminó en dirección a ella, quien dejó de mirarlo inmediatamente, como saliendo de un trance. Clarice hizo lo posible por disimular y mirar por la ventanilla. Richard pasó a su lado y siguió su camino hacia el baño. Al volver, no pudo contenerse y se paró frente a ella.
Hola- saludó.
Clarice lo miró y tardó en contestar.
Hola- dijo tímidamente. .
Me estabas mirando hace un rato. ¿Acaso nos conocemos?
Ah, no, no- balbuceó ella, aturdida por la vergüenza- es que…yo…no te miraba a ti, sino a tu cámara de fotos. Es igual a la que yo tengo-explicó.
¿Y crees que te la robé?- contestó Rich, riendo.
No, claro que no- repuso Clarice- es que hace años yo me dedicaba a la fotografía, de forma profesional y ver tu cámara me llevó otra vez al pasado. Discúlpame, por favor- pidió.
No, no te preocupes…- Rich hizo una pausa esperando a que ella dijera su nombre.
Clarice, Clarice Beckett.
Richard Hughes- dijo extendiendo su mano para estrechar la de Clarice.
Al apretar su mano, Rich sintió dentro de él un fuego desconocido y enigmático. Jamás había pensado que el tacto y la mirada de una perfecta extraña podían despertarle esa curiosidad, ese deseo de conocerla. Clarice era sencilla y sin maquillaje, su rostro se veía cansado después de todo un día de trabajo pero Richard veía algo más allá de lo superfluo o aparente, aunque no sabía qué era.
Clarice soltó la mano de Rich.
Lamento haberte molestado- dijo
No me molestaste, Clarice- respondió Rich- y creo que ambos compartimos la pasión por la fotografía, ¿o no?
No- cortó ella- yo ya no me dedico a eso; y si me disculpas, preferiría dormir ahora.
Rich se quedó un momento paralizado por la reacción de ella y luego se encaminó a su asiento otra vez.
¿y? ¿Quién era?- preguntó Tim.
Fue una confusión, nada más- dijo Rich, acomodándose en su lugar.
Clarice fingía dormir pero no podía. Su cabeza trabajaba al ritmo de un caballo desbocado. No podía permitir que ningún hombre se le acercara, no lo había permitido en esos años. Su fidelidad hacia Martin era lo único que le quedaba, lo único que le daba algo de sentido a su vida maltrecha y sin un camino seguro.
Lo que Clarice no se imaginaba era hasta dónde ese encuentro fortuito cambiaría el curso de toda su existencia; lo que Richard no podía ver en ese instante era que el destino le estaba poniendo por fin y delante de sus ojos a quien siempre había esperado.
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