Capítulo 2.
El tren llegó a Berlín aún de noche. Clarice había dormido mal y casi nada, como le pasaba siempre. Descendió y tomó un taxi allí. La ciudad aún dormía pero había gente en las calles, ruido de tránsito y pasos de los transeúntes que se dirigían a sus respectivos trabajos. Clarice miraba por la ventana del auto y pensaba en el hombre del tren… ¿Richard se llamaba? Sí, Richard. Richard… ¡qué hermoso nombre! Se encontró pensando de repente. El taxi se detuvo. Clarice pagó lo mismo de siempre y bajó. Entró al hospital, conociendo de memoria cada pasillo, cada recoveco, cada rostro. Ingresó a la sala pausadamente y se acercó a la cama: allí estaba, al igual que todos los días. Dormía profundamente, un respirador artificial lo asistía. Clarice le tomó la mano y sintió el frío pavoroso y seco que tanto odiaba; ese frío que le comunicaba implacablemente, cada vez que ella se presentaba allí, que Martin estaba más muerto que vivo. Y ella un poco estaba así…después de todo Clarice también estaba más muerta que viva. ¿O acaso se podía llamar vida a eso que ella llevaba adelante? Clarice no tenía planes, proyectos ni hijos. Había abandonado su profesión de fotógrafa para hundirse en una oficina repleta de papeles fríos y caras rígidas, había dejado todo lo que la hacía feliz para convertirse en una sombra, en un fantasma, para sufrir casi en carne propia lo que Martin estaba sufriendo.
El médico entró a la sala.
Hola Clarice- saludó- hace frío ¿cierto?
Hola doctor. Sí, hace mucho frío el día de hoy- hizo una pausa- Por lo que veo, todo sigue igual- dijo mirando a Martin.
Sí, no tengo novedades para ti. Todo sigue igual.
Clarice ya no se desesperaba, ni se decepcionaba, ya no preguntaba por qué. Había aprendido a aceptar las cosas tal y como estaban dadas. Tan sólo se quedó allí, sentada junto a él, hablándole al vacío.
Trabajaban en el nuevo proyecto en un estudio de Berlín, una ciudad enigmática y brillante. Para los músicos y artistas era el lugar más inspirador, la ciudad que guardaba más secretos en sus calles y en su historia. Tom estaba trabajando con su voz en otra parte del estudio y Tim hacía lo suyo con su computadora. Richard decidió salir un momento a tomar un café. Mientras caminaba hacia el bar más cercano recordaba a la chica del tren y se asombraba de sí mismo por estar pensando en una extraña. Richard sabía que el corazón se regía por inverosímiles razones; cosas que, para cualquiera que intentara razonarlas, serían absurdas. La idea de que él se hubiera enamorado a primera vista era lo más ridículo que podía pasársele por la cabeza.
Entró al bar y, cuando se acercaba a la barra, vio a Clarice sentada en una de las mesas, sola. Rich se quedó tieso. No sabía si podría acercarse, después de cómo lo había tratado en el tren. Al fin, su impulso lo llevó directo a ella.
Hola…-hizo una pausa, fingiendo no recordar su nombre- ¿Clarice?
Si, hola Richard- contestó ella muy sorprendida.
Richard se alegró de que recordara su nombre.
Qué casualidad encontrarnos aquí, ¿verdad?- acotó él.
Es cierto, Berlín es una ciudad muy grande.
Clarice tomaba su café fingiendo que no le importaba que él estuviera ahí.
¿Puedo…?- preguntó Rich señalando la silla vacía.
Si, claro- le contestó ella.
Richard se sentó y observó algo que hasta el momento no había notado: el anillo en la mano de Clarice.
¿Vives en Berlín?- preguntó.
No, vivo en Luxemburgo. Vengo aquí todos los martes, porque es mi único día libre en la oficina- explicó Clarice.
Richard observó la inmensa paz que tenía ella cuando hablaba, las leves sonrisas que esbozaba, lo perfecta que era su nariz, el cansancio que había en sus ojos.
¿Me estás escuchando?- preguntó ella.
Claro que sí. ¿Y vienes por algo en especial?
Si, mi esposo está internado aquí enfrente. Como aquí tenían mejores equipos médicos, decidieron que se quedara en este hospital.
Richard iba a seguir preguntando pero se detuvo, algo le decía que no ahondara en ese tema. Se hizo un silencio, Clarice lo miraba disimuladamente pero no podía negar que era agradable y que tenía unos ojos muy bellos.
¿No vas a pedirte un café? Tienes cara de que te gusta el café- dijo ella.
Soy adicto al café- repuso Rich, sorprendido
Pasa que puedo leer la mente de las personas, tengo ese poder- bromeó Clarice.
No podía creer que estaba bromeando con alguien después de tanto tiempo.
Y bien, ¿qué estoy pensando ahora?- continuó el juego él.
Estás pensando en seguir la conversación y pedirme mi teléfono después, pero no te lo voy a dar- advirtió.
No quiero el teléfono, con el número me conformo- dijo Rich, bromeando.
Clarice tragó el café de golpe y soltó una carcajada.
Gracias por hacerme reír, Rich- dijo levantándose- me tengo que ir.
¿Y el número?- preguntó él, incorporándose también.
Lo lamento, pero no va a poder ser- contestó ella, mostrándole el anillo en el dedo.
Tomó su cartera y salió del bar.
Richard no iba a darse por vencido; que fuera casada era un obstáculo pero intuía que ella no era muy feliz en su matrimonio. Probablemente, si la seguía no iba a conseguir nada, parecía muy firme. ¿Qué podía hacer? La vio entrar al hospital y se acercó a pedir el café a la barra. Mientras lo tomaba, se le ocurrió preguntarle al camarero:
La chica con la que yo hablaba, ¿la conoces?
Sí, Richard- afirmó el camarero, con quien ya se conocía- es Clarice, viene siempre aquí. ¿Te gusta?- preguntó sonriendo.
Ni siquiera la conozco, no digas tonterías- contestó Richard
Sé que el marido está internado aquí enfrente y ella sólo vive por él.
¿Y qué le pasó al tipo? ¿tú sabes?
No lo sé bien, ella no habla mucho de eso. Sólo sé que este bar abrió hace un año y ella ya frecuentaba el hospital para visitar a su marido.
¡Un año!- exclamó Rich- debe ser grave lo que tiene.
Richard no deseaba aprovecharse de esa situación, que era delicada, pero la veía tan mal que tenía curiosidad por saber qué pasaba en su vida.
No te recomiendo que te involucres con ella, creo que es demasiado complicada su situación- completó el camarero, adivinando lo que pasaba por la cabeza de Rich.
Si había algo que caracterizaba a Richard era que siempre tenía claro lo que quería.
Pues no pienso hacer eso, porque me intriga saber qué le pasa, Mart- contestó- y tú me vas a ayudar.
Mart hizo un gesto de sorpresa.
Sí, tú- continuó Rich- tú le vas a preguntar a Clarice dónde trabaja, que te de el número de su trabajo, de lo demás me encargo yo.
¿Estás loco?- preguntó Mart mientras sacaba más café de la máquina- ¿con qué excusa le voy a sacar esa información?
Vamos, algo se te tiene que ocurrir.
Mart vaciló un momento.
Bien, veré qué puedo hacer- concedió finalmente.
Clarice se encontraba otra vez junto a la cama de Martin, como todos los martes. Pero esta vez veía un pequeño sol en la oscuridad, ese martes en particular no estaba triste. Se encontró sonriendo en soledad, recordando su encuentro con Richard.
De pronto, su semblante volvió a cambiar y miró a su esposo en la cama. No podía, no, no…había hecho bien. Ella sólo vivía por Martin y nadie se iba a interponer entre ellos.
Capítulo 3.
Richard volvió a su casa una semana después. Por trabajo tenía que estar en la casa de Londres, pero hubiera deseado irse al campo lo más pronto posible. Le cansaba un poco la vida ajetreada de la ciudad, él era más reflexivo, más pacífico. Sin embargo, no podía quejarse. Las cosas con el nuevo disco estaban yendo de maravilla y pronto empezarían a grabar oficialmente.
Se cercioró de que todo estuviera en orden, de que hubieran alimentado bien a sus mascotas durante su ausencia, y se tiró en el sillón de la sala a escuchar música. No era precisamente el disco, ni la música, ni la política lo que ocupaba su mente en ese momento; era una mujer. Una mujer enigmática, algo misteriosa, hermosa. Pero no con la belleza establecida por los patrones sociales, sino una belleza más profunda; algo que él había visto y que le había bastado para empezar a pensar en Clarice día y noche. “Para colmo Mart no me consiguió nada” pensó mientras sonaba su teléfono celular. Se fijó en la pantalla y era un mensaje de texto de Mart, justamente. “El número de la oficina es 0245879315442. Me debes una”
Richard sonrió de satisfacción. Se incorporó inmediatamente y tomó el teléfono. Era una llamada internacional, pues era Luxemburgo. Empezó a marcar pero después dejó el teléfono. ¿Qué iba a preguntar? Se acordaba perfectamente de su nombre y apellido, pero no sabía a dónde demonios estaba llamando ni qué puesto ocupaba ella ahí. Dejó el teléfono y dudó un momento: no estaba bien lo que hacía, no podía confundirla con la situación que estaba viviendo ella, pero al mismo tiempo, tampoco sabía cómo era la historia en realidad…y Clarice le gustaba. “No puedo abandonar todo ahora”, pensó. Tomó nuevamente el teléfono y marcó. Esperó a que le contestaran y lo hizo una máquina. Marcó la opción para recibir instrucciones en inglés y ahí se enteró de que era una empresa constructora de viviendas. Esperó a ser atendido por algún empleado, mientras pensaba qué iba a decir. Una voz con un trabajado acento inglés contestó luego de un minuto.
Ventas. ¿En qué lo puedo ayudar?
Buenas tardes. Mi nombre es...Richard. Hace un tiempo llamé para pedir un presupuesto y me atendió otra empleada, la señora Beckett, ¿puede ser?
¿Clarice? No puede ser, ella no trabaja en ventas sino en promociones.
¡Ah! -exclamó Rich- exactamente, con ‘promociones’ hablé.
Bien, ¿y dice que ella le ofreció un plan de pagos?
Algo así, sí. En realidad, yo lo tendría que hablar con ella. ¿Me la puede pasar?- pidió.
Desafortunadamente, hoy es el día libre de la señora Beckett, señor. Pero puedo arreglarle un encuentro con ella, si quiere. Ella puede ir a su casa.
Richard no podía creer que todo le estaba saliendo tan bien.
El problema es que yo vivo en Londres y no creo que ella venga hasta aquí- contestó- será mejor que yo vaya para allí. ¿Le avisa que iré mañana?
Perfecto, señor. Le daré la dirección de la oficina.
Era martes por la noche y Clarice recién llegaba a casa. Estaba destruida luego de su vuelta de Berlín, comprobando que no había avances, que todo seguía como siempre.
Arrojó el bolso arriba de una silla y se metió inmediatamente a la ducha. Al salir, se disponía a cocinar cuando sonó su teléfono.
Hola, soy Susan , ¿cómo te fue en Berlín, Clarice?
Igual que siempre, amiga. Todo sigue igual- respondió Clarice con tristeza.
Me imaginaba- casi suspiró Susan- ¿qué te parece si voy para tu casa y cenamos?
Me encantaría, te espero- colgó Clarice.
Susan era la mejor amiga de Clarice desde la infancia. Ambas se querían y no se ocultaban nada. Susan había sido un apoyo y soporte fundamental para ella cuando había sucedido la tragedia. Era su única amiga, en realidad.
Clarice preparó algo de cenar y Susan tocó la puerta una hora después.
Mientras comían, Clarice contaba acerca de su viaje de todos los martes y su amiga escuchaba atentamente.
¿Pero qué dijo el médico en concreto?- intervino Susan.
Que no hay certezas, que no hay nada, como de costumbre.
¿Nunca te dan una esperanza?
Dicen que no me quieren mentir- aseguró Clarice- que puede que se despierte mañana, la semana que viene, dentro de 20 años o nunca. Insisten en desconectar el respirador pero yo no se los permito- afirmó- ni lo haré, nunca.
Susan escuchaba todo lo que decía. La veía llena de dolor, viviendo por inercia.
Escúchame bien Clarice, ¿te has puesto a pensar en que quizás Martin nunca se despierte?
Sí, lo pienso pero tengo la esperanza de que sí despierte y entonces…
¿Y entonces qué, Clarice?
Y entonces volveremos a amarnos como antes y…
¡Por el amor de Dios! ¡Despiértate de una vez!- exclamó Susan- pongamos las cartas sobre la mesa, Clarice: Martin hace ocho años que está en coma, inconciente o como quieras llamarle. Habiendo pasado ocho años, es más probable que nunca despierte a que lo haga, ¿o no?
Es posible…-asintió con amargura.
Tú tienes 30 años ahora, ¿hasta cuándo te vas a condenar en vida por lo que pasó con Martin?
¿Adónde quieres llegar, Susan?
A que empieces a vivir de nuevo, que vuelvas a sacar fotos, que conozcas a un hombre, que vuelvas a lo que te hace feliz.
No, de ninguna manera. ¿Cómo le voy a ser infiel a mi esposo?- se enardeció Clarice.
Enójate conmigo, adelante. Pero te estoy diciendo la verdad: si Martin nunca se despierta, habrás muerto sola e infeliz, desperdiciando tu vida; y si despierta, serán como dos extraños. Podrían ser perfectamente dos extraños viviendo en mundos separados.
¡¿Pero qué sabes tú?!- estalló Clarice de rabia.
¿De verdad piensas que un tipo que estuvo muerto ocho años va a volver a ser el mismo, así por arte de magia?
Susan, vete de mi casa- dijo Clarice entre lágrimas
Me voy, pero sé que cuando se te pase el odio, vas a pensar en lo que te dije.
Tomó su bolso y salió de la casa.
Clarice se desplomó sobre el sillón y lloró todo lo que tenía contenido en su interior desde aquél momento. Un sinfín de dolor y desesperación comenzó a brotar de sus ojos verdosos. Aunque odiaba admitirlo, Susan tenía razón. Pero Clarice no se atrevía a cruzar la barrera, no quería vivir, no tenía el valor para continuar con su vida olvidándose del pasado.
Se aferró a los almohadones del sillón y se quedó dormida, pensando en lo aburrido y rutinario que sería el día siguiente en la oficina.
No sabía cuán equivocada estaba.