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lunes, 3 de agosto de 2026

Watch how you go.

 Mientras mas no apuramos, menos hacemos. Nunca vi cuando te alejabas.
Mientras mas giramos, menos nos movemos. Nunca ví tu espiritu romperse.
Desearia ser el final de tu viaje pero tú solo estabas de paso. No me corresponde interponerme en tu camino, te deseo el bien en todo lo que hagas.

Solo dí que andarás con cuidado, sé generoso  con tu luz y  que los años sean amables. 
Solo dí que te cuidarás en el camino. Las cosas que hemos compartido, pronto quedarán en el pasado.

Espero que sepas que eres un alma agraciada. Llenas la habitación de esperanza y luz.
 Es justo que  tengas que seguir por tu camino porque nada es eterno.

Solo dí que andarás con cuidado, sé generoso con tu luz y que los años sean amables. 
Solo dí que te cuidarás en el camino. Las cosas que hemos compartido, pronto quedarán en el pasado.
                                      Keane.

sábado, 25 de julio de 2026

La culpa.

 ¿Usted se da cuenta de que nadie quiere hacerse cargo de la parte que le toca? La culpa siempre es del otro. Por ejemplo, yo quiero bajar del colectivo y toco el timbre, el chofer no escucha porque va charlando con el pasajero del primer asiento y detiene el micro dos cuadras después. "La culpa es de usted, tocó tarde", me dice. 

Voy al supermercado apurada, faltan quince minutos para que cierre y me prohíben el paso. Es inútil argumentar que llegué a horario. "Es su culpa, hubiera venido más temprano". 

Llego a casa y mi hijo adolescente me está esperando para que firme una nota del colegio, ha sacado 1 en el examen de Química. "Es tu culpa, mamá. Vos me obligaste a ir a lo de los abuelos el domingo y no pude estudiar". Y yo pensé en explicarle pacientemente que debe asumir su responsabilidad, también barajé la alternativa de estrangularlo hasta que se pusiera pálido. Pero no hice nada de eso. Firmé la nota y listo. 

Aunque el colmo fue mi marido. Anoche se estaba bañando y empezaron a llegar mensajes a su celular, obviamente eran de una mujer. Cuando lo confronté, ni siquiera se esforzó en negarlo. El muy patético dijo que era mi culpa, por descuidarlo. ¡Descuidarlo! ¿Se imagina,doctor? Ahí estallé, fui a buscar el arma, le apunté entre ceja y ceja y le dije "vos vas a asumir la culpa ahora mismo, porque si no, te reviento la cabeza". ¡Lo hubiera visto! Lloraba y suplicaba mientras reconocía su maldad. Creo que confesó hasta los vueltos que les robaba a sus padres en la adolescencia. 

El psiquiatra escuchaba sin dejar de mirar el revólver que Mirta tenía en la mano. No quería moverse por temor a lo que su paciente podría hacer. Jamás le había parecido peligrosa, hasta ese día que sacó el arma de la cartera. 

Y usted -continuó ella - deje de decirme que lo que me pasa es culpa mía. ¡Yo no elegí a los padres de mierda que tuve! 

Por supuesto - replicó el doctor,con cautela - Pero entienda que yo tengo que reportar que usted tiene un arma. 

Mirta solo asintió y la guardó. 

La policía llegó y por consejo del médico, la derivaron al psiquiátrico. 

Un plan perfecto: su hijo ahora tendría que hacerse cargo de su fracaso, su marido tendría que trabajar el doble para mantener a todos, su psiquiatra aprendería a bajarse de su nube de soberbia y Mirta solo descansaba. 

Ah, lo último: el revólver jamás había tenido balas. 



domingo, 12 de julio de 2026

Acá no...

 La luz partida de sur a norte

Es una torre cayendo 

Es el sueño que termina      

 no pude despertar a tiempo... 

Ese vapor de rosas muertas

No me dejó ver la verdad

Me cegué

 tengo que pagar. 

El tiempo no regresa ni para.

Pero cobra. Devuelve. 

Me pide por cada ilusión una lágrima 

Por cada mirada ,un temblor de invierno

El gusano perfora el corazón 

Me arrastro entre mi sangre viscosa

Y te veo desaparecer

Sin ensuciarte...

ni una mancha en tu cuerpo,

nada...

El abismo me mira desde ese charco 

No...acá no voy a morir. 


martes, 30 de junio de 2026

El balcón.

Un guiño para quienes leyeron "El amor en los tiempos del cólera". Otra historia posible. 

El balcón de Florentino permanece cerrado durante el día. El sol del Caribe es demasiado para un hombre de su edad. Cuando era joven, le gustaba dejarlo entrar y pasear libremente por toda la casa. Hoy ya no. Pero la noche es distinta. Entonces, sí abre las puertas para liberar el aire sofocante enredado con el vapor marino que llega desde la costa. 

Es por eso que ella viene por las noches. Algunos dicen que el olor de las almendras amargas la atrae y no se puede resistir. ¡Ay, si los almendros hablaran! Contarían que Fermina Daza es la reciente viuda que amó en secreto (durante más de 50 años de matrimonio con el médico del pueblo) a Florentino Ariza, su amor de la adolescencia. Ahora es libre para gritarlo si quiere, pero él proclama desde su balcón que ya la ha olvidado, que hace mucho, muchísimo, la echó de su corazón.

​Pero nunca te casaste, Florentino. Yo sé que es por mí, porque me esperabas, vocifera Fermina parada allí abajo. 

Nunca me casé porque no me volví a enamorar, contesta él, altivo. Tú me rechazaste después de haberme jurado amor eterno una y mil veces en tus cartas. 

Es que era joven, tonta, mi padre se oponía. 

¡No! Te volviste soberbia y quisiste casarte con un hombre importante. 

Por favor, suplica ella, por lo que sea, estoy arrepentida. Florentino, vámonos de viaje, comencemos otra vida.

​Todas las noches la escena se repite, palabras más, palabras menos. Y siempre termina con la negativa de quien fuera, en sus tiempos, el soltero codiciado del pueblo. El cierre dramático de las puertas destartaladas del balcón.

​¿Cómo puede esta mujer seguir obsesionada con el pasado después de tanta vida?, se pregunta Florentino Ariza ya en su cama. 

En el pueblo dicen que Fermina está loca por causa de la muerte de su marido; otros opinan que Florentino sigue despechado, incluso luego de 50 años, y por eso no da el brazo a torcer.

 Y en ese ir y venir del carajo, en ese amor teñido de nostalgia y de todo lo que no fue, alimentado por una loca pasión juvenil, vivieron sus últimos años. Alguien, alguna vez, osó preguntar por qué. La respuesta fue simple: hay amores que pertenecen y deben quedar en la fantasía, ahí donde son perfectos. El tiempo no corrompe, la rutina no existe, y es el único caso en que el amor le gana la carrera a la muerte: en la invocación de todo lo que nunca fue.


viernes, 19 de junio de 2026

Abuela.

 

Tengo cuarenta años y te estoy mirando. No es un sueño, no morí. Es mi espectro que salió por un rato de mi cuerpo. Me fatiga la carnalidad, estos huesos cargados de músculos y ausencias que a veces se me hacen una prisión. Pero ahora me liberé. Vaga mi espíritu por aquel jardín lleno de rosas rojas, blancas y amarillas. 

Tierra recién trabajada, manos enguantadas y callosas, manos de mujer. 

Te observo y me veo: ahora tengo ocho años y me asalta un pensamiento que no entiendo, me toma y lo tengo que decir: un día vas a formar parte de este jardín, vas a ser la vida de tus plantas, el recuerdo de los que te amaron. Manda a todos al carajo. No te sacrifiques más por nadie. No vale la pena, ni la vida. 

Ella detiene su labor, se queda perpleja, congelada. El espectro vuelve a su lugar. Descansa.

 Un día después, me levanto para ir a trabajar y recibo un mensaje de mi abuela en el celular. Pienso que es una broma al principio. Me espanto enseguida cuando llegan más textos que remiten indudablemente a ella. 

Es imposible, murió hace mucho. Sus cenizas están en su jardín, lo sé. 

Tengo 40 años y ahora no estoy segura de nada; se conmueven los cimientos de una vida de mentira, de silencios, de sacrificios inútiles.

 Llego a la casa de mi niñez y ahí está ella, viva, sana y feliz. Me recibe con un beso y un mate como de costumbre. 

Ya sé, no me aclares. Es un universo paralelo, es lo que podría haber sido nuestra vida. Es como una voz del futuro que anticipa, que advierte. Ahora la escucho con claridad. 

La sigo.

Voy.


domingo, 7 de junio de 2026

Extraños. Final.

 Capítulo 22. 

La policía no tuvo dudas de lo que había sucedido. Clara Shaw había viajado a reconocer el cuerpo de su hija y había declarado a favor de Clarice, contando lo mismo que le había relatado a Richard. 

La policía fue a buscar a Martin a casa de Clarice y éste se había fugado. Pero fue encontrado dentro de los límites de la ciudad y encarcelado a la espera del juicio. Sin embargo, ese día jamás llegó, pues Martin no soportó la vida carcelaria y se suicidó, cortándose las venas con un trozo de espejo roto. 

Volviendo al día de la muerte de Susan, y luego de declarar, Clarice había tenido que ser hospitalizada para controlar unas contracciones, producto de la situación vivida. 

 Richard se encontraba en el pasillo del hospital, esperando novedades. El médico salió de la sala y se acercó a él. 

¿Usted es familiar?- preguntó

Soy su novio, doctor- aclaró Rich. 

Ah, entonces puede quedarse tranquilo, el bebé está en perfectas condiciones- explicó. 

¿El bebé?- preguntó Richard, confundido. 

Disculpe- expresó el doctor, apenado- supuse que usted lo sabía. La señora está embarazada de más de tres meses ya. 

El médico se alejó y Richard no podía creer que le había ocultado algo tan importante por todo ese tiempo. No sabía qué sentir ni qué decir en ese momento. No podía estar feliz ni triste, pues en realidad la novedad lo había tomado por sorpresa completamente. 

Entró a la habitación, buscando respuestas, tal vez. 

Clarice le sonrió desde la cama, sentada allí. Estaba feliz de verlo en ese momento de tanto dolor para ella, por todo lo sucedido. Pero aún había cosas que aclarar entre ellos, y Clarice lo sabía. 

¿Cómo estás?- preguntó Rich, sentándose junto a ella. 

Estoy bien, Richard. Gracias por haber venido a advertirme- dijo ella.

Apenas llegué, llamé a tu negocio y me atendió la empleada. Me dijo que habías llamado, avisando que ibas a la casa de Susan- explicó Richard. 

Tu me salvaste la vida- dijo Clarice, extendiendo su mano para tomar la de él. 

Haría eso y mucho más por ti, Clarice- contestó él- pero estoy bastante molesto porque nunca me contaste que esperabas un hijo mío. 

Clarice le soltó la mano de repente. Suponía que el médico iba a decírselo y lamentó no haber sido ella quien le diera la noticia. Agachó la cabeza, buscando la respuesta más adecuada. 

Nunca me diste oportunidad de que te lo dijera. La última vez que hablamos, me abandonaste- recordó. 

Porque no me pareció justo lo que me hiciste, más allá de que en ese momento no sabías todo lo que sabes ahora acerca de tu marido. Pero igualmente no me diste mi lugar. 

Richard- replicó ella- era mi marido y recién despertaba de un coma después de nueve años. Y fue su psicóloga quien me pidió que no le contara lo nuestro hasta que estuviera preparado- explicó Clarice- Durante todo este tiempo, nunca tuve contacto físico con él, sólo para serte fiel a ti. 

A todo eso no me lo dijiste- acotó Rich, algo nervioso. 

No te lo dije porque jamás me diste oportunidad, como tampoco me diste lugar para contarte que espero un hijo tuyo. 

Richard permaneció en silencio. Sabía que, en algunas cosas, Clarice tenía razón. Que él había insistido con ella, sabiendo que estaba casada y lo que eso significaba. Y que, además, había estado en los últimos tiempos cegado por los celos, que no le permitían actuar con madurez o sensatez. 

Mira Richard, yo creo que por un tiempo cada uno debe seguir solo, hasta que curemos las heridas- retomó la palabra Clarice. 

No estoy de acuerdo, estás embarazada y pienso que debemos estar juntos ahora- afirmó él.

Pues yo necesito ese tiempo, Rich. Me acaba de pasar lo peor que me ha pasado en la vida- dijo conmovida- y necesito estar un tiempo sola para pensar y elaborar todo lo que pasó. 

Estar sola va a ser peor para sobrellevar el dolor…pero si eso es lo que quieres, te respetaré- dijo Richard, poniéndose de pie. 

Te llamaré cuando haya tomado una decisión- dijo Clarice. 

Richard le dio un beso cálido en la boca y salió de la sala. 

La única mujer que había amado en la vida se le escapaba de las manos, como los granos de arena entre los dedos. Sentía un profundo pesar en el corazón, pero pensó que era tiempo de dejarla sola para que resolviera qué hacer; ya no podía presionarla ni suplicarle, ni perseguirla. La decisión era de ella. 

El tren avanzaba a paso seguro hacia Berlín. Richard iba sentado en su asiento predilecto. Viajaba sólo por distracción, pues habían pasado dos meses interminablemente agónicos. Lejos de Clarice, sin noticias siquiera de cómo iba el embarazo. A menudo, Richard imaginaba la cara del bebé, tal vez con sus ojos claros y con la sonrisa de Clarice. Lo pensaba y figuraba en su mente de mil maneras. Después de todo, no estaba mal saber que vendría al mundo alguien de su propia sangre, alguien a quien él tendría que educar y proteger. Alguien que terminaría para siempre con su aparente soledad. 

Pero no sabía si Clarice quería realmente compartir ese niño con él, pues no lo había llamado jamás en esos sesenta días. Ya era inútil pensar en qué se había equivocado y en qué no. Todo estaba hecho. 

El tren continuaba su curso y el día estaba nublado, pero no tan ventoso. 

El altavoz del tren comenzó a dar indicaciones a los pasajeros acerca de los próximos destinos y estaciones. Richard no prestaba atención, pues para Berlín faltaba mucho todavía.

De pronto, escuchó que la voz del parlante decía: “Richard, te pregunta Clarice si va a llover”.

 Dio vuelta la cabeza enseguida, abriendo los ojos y buscándola. 

Yo pienso que sí va a llover- dijo detrás de él. 

Rich giró y la vio otra vez, como tanto lo había anhelado durante tanto tiempo de desencuentros. Estaba hermosa como la primera vez, con su vientre ya crecido. 

Pues yo creo que no- contestó él, finalmente- la presión atmosférica debe estar más baja. 

Clarice se acercó a él, sonriendo. Y en el mismo lugar donde habían cruzado sus destinos por primera vez, terminaron una historia repleta de sufrimientos y empezaron otra, llena de vida. 

Se sentaron, uno junto al otro, y se besaron intensamente mientras el tren se acercaba al próximo destino. 

Y allí, cerca de él nuevamente, Clarice ya no lo vio como a aquél extraño que había conocido un lunes en un tren, sino como al hombre que le había devuelto la vida, en muchos sentidos. Por el contrario, tuvo la sensación de que se conocían desde hacía mucho tiempo; mucho, mucho antes de verse en el tren. 

Apoyó su cabeza sobre el hombro de él…y empezó a llover. 

                          

                                                     Fin.

 


sábado, 6 de junio de 2026

Extraños. Capítulo 21.

 Capítulo 21

Mientras caminaba hacia la casa de Susan, no pensaba en qué iba a decirle o cómo se lo iba a decir. Tan sólo pensaba en que había vivido durante tantos años con dos desconocidos, con dos extraños; con dos personas que habían sido las más importantes de su vida en un momento, y a quienes hoy desconocía. Era increíble como se podía vivir engañado, ciego y sordo durante tanto tiempo. Clarice sabía que Susan nunca había vuelto a ser la misma después de la violación. Ella se había dado cuenta de que el psiquiatra no le hacía bien pero Susan jamás había querido comentarle nada acerca de él. Su aparición repentina en la ciudad, aduciendo problemas con su madre, también la había inquietado, como su insistencia en que se casara con Martin. Clarice no entendía por qué, si verdaderamente Susan estaba enamorada de Martin, había puesto tanto empeño en que ellos se casaran. Tan sólo podía pensar una cosa, en una respuesta que le congelaba la respiración: venganza. Susan buscaba venganza, sin dudas. 

Llegó casi temblando a la casa, tenía miedo, y estaba desilusionada, herida. Un puñal en el medio del pecho le hubiera dolido menos que la traición de su mejor amiga. 

Tocó el timbre y ella abrió la puerta, saludándola como de costumbre. A Clarice se le notaba en la cara todo lo que le pasaba por dentro, parecía que un tren la había arrollado, dejándola en pedazos. 

¿Qué pasa?- preguntó Susan, parada frente a ella. 

Clarice contuvo el llanto como pudo. 

Quiero la verdad- dijo finalmente. 

Susan la miró y guardó silencio. 

Entiendes de lo que te hablo- siguió Clarice- tu eres Lucy, ¿no?

El rostro de Susan cambió inmediatamente. Clarice volvió a ver, por un instante, la cara de esa niña violada, la que había visto aquélla noche. 

Susan caminó hacia la ventana. El viento era cada vez más fuerte y ya era de noche. La luna se había escondido detrás de los nubarrones. Susan miraba hacia fuera, a través del vidrio. Clarice esperaba, de pie en la sala. Hacía lo posible por contener las lágrimas. 

Después de lo que…pasó- dijo Susan- quise morir muchas veces, imaginé mil formas de suicidarme pero siempre fui cobarde para tomar la decisión. Mirando hacia atrás, hubiera sido lo mejor- continuó- cuando Martin empezó a atenderme, me dio una nueva razón para vivir y esa fue la de vengarme de ti.

Espera- interrumpió Clarice

Ya sé lo que vas a preguntar- retomó la palabra Susan- Martin era mi psiquiatra. Falso, por supuesto. No sé a quién le compró el título. Igual, eso lo supe años después, cuando ya éramos pareja. 

Clarice sentía que era un personaje dentro de una novela de terror, se sentía manipulada, manejada como un títere al antojo de sus dos personas más cercanas. 

Sigue- pidió Clarice, simplemente. 

Martin me convenció de robarle los ahorros a mi madre y fugarnos; un amigo le cambió el apellido del documento para que la policía no lo encontrara. Así que vinimos a la ciudad, donde preparé todo para que te conocieras con él y después te casaras. 

¿Con el objetivo de hacerme la vida imposible?- preguntó Clarice.

Sí.

Pues te salió mal, porque el que estuvo casi nueve años en coma fue Martin, no yo- acotó Clarice. 

Es verdad- volvió a decir Susan- esa vez me salió mal. 

Clarice no podía contener el llanto. Se le escapaba sin que pudiera evitarlo, purgando el dolor inconmensurable que se apoderaba de su cuerpo, como un cáncer. 

Yo no fui la culpable de que te violaran, Susan. La idea de ir al lago fue tuya; yo te tomé del brazo y te ayudé a escapar todo lo que pude…pero al final me fue imposible. 

Ya no tiene sentido hablar de eso- interrumpió Susan, mirándola otra vez- aunque no fueras culpable, ya no puedo detenerme ahora. Acumulé tanto odio y resentimiento que no puedo parar. Supongo que Lucy me ganó. 

No me sigas persiguiendo, Susan- advirtió Clarice en un tono más áspero- no quiero volver a verte ni a ti, ni a Martin. No me obligues a denunciarlos a los dos. 

No nos vas a denunciar- dijo acercándose peligrosamente a Clarice. 

Clarice retrocedió unos pasos, presa del miedo. 

De repente, sus pies se toparon con la escalera. No teniendo otra vía de escape, subió de prisa los escalones. Susan subió detrás de ella. 

¡Susan soy tu amiga, por Dios!- gritó Clarice- no es conmigo con quien debes estar enojada, sino con Martin. Él te manipuló para que te convirtieras en un monstruo. 

De Martin también me voy a ocupar- acotó Susan, acercándose cada vez más. 

Clarice retrocedía sin saber qué hacer o a quién pedir ayuda. 

De pronto, el timbre empezó a sonar insistentemente. Susan no iba a atender pero la insistencia de quien tocaba, la empezó a perturbar. 

Nerviosa, quiso pegarle a Clarice y ésta la esquivó, propiciando que Susan cayera estrepitosamente por las escaleras. 

Richard abrió la puerta al escuchar el golpe y vio a Susan en el suelo de la sala, tirada boca arriba y muerta, sobre un charco espeso de sangre. 

Clarice bajó inmediatamente y abrazó a Richard, llorando nerviosamente. 

Lloró con angustia la muerte de su mejor amiga, pues así quería recordarla. 

Sintió alivio por la muerte de Lucy y un profundo dolor en el corazón por haber perdido a Susan. 





miércoles, 3 de junio de 2026

Extraños. Capítulo 20.

 Capítulo 20. 


Marcaba con desesperación y erróneamente el número de la aerolínea. No podía coordinar, se había quedado en blanco y después horrorizado con lo que Clara Shaw le había relatado. Parecía que Clarice había estado inmersa todos esos años en una película de terror, en la que Martin y Susan habían sido los guionistas y directores. Todavía pálido y espantado, al fin pudo marcar bien el número y lo atendieron. 

Buenas noches, quisiera saber cuándo sale el próximo vuelo a Luxemburgo- preguntó con voz ronca. 

Mañana por la tarde, señor- contestó la operadora.

Bien, resérveme un pasaje.

Al colgar, comenzó a preparar su maleta. A los demás les había dicho que iría a buscar a Clarice, pero había omitido voluntariamente contarles lo que descubriera; era demasiado complicado para que lo entendieran. Ni siquiera él lograba comprenderlo del todo, aunque se lo propusiera. 

No podía creer lo estúpido que había sido al dejar a Clarice con ese hombre, sin permitirle explicarle nada ni respetar sus decisiones. Pero ahora sabía que ella estaba en peligro y tenía que ir a advertirle. 


Clarice había estado todo el día pensando en la cita, ella no sentía nada por Martin y le importaba un comino que tuviera una amante. Lo que sinceramente le dolía era que le había mentido otra vez, que le había jurado cambiar y que otra vez estaba con esa mujer, que tanto dolor y sufrimiento les había ocasionado. Pero fue paciente y esperó a encontrarlo con ella para poder echarlo de la casa, por fin. Ya no le importaba nada más que su hijo y había decidido que lo criaría sola. No iba a llamar a Richard. De hecho, y no sin llorar, había borrado su número telefónico de su agenda. Clarice no podía entender cómo tanto amor se había ido por la pendiente ante la primera amenaza, tal vez ella había cometido errores…pero ya era tarde para repararlos. 

Esperó hasta las 18.30 h. Martin había salido de la casa media hora antes, diciendo que iría a ver a un amigo. Eso le terminó de confirmar a Clarice que mentía. 

Se encaminó hasta el puente. Por alguna razón, se dio cuenta de que era el puente del parque cercano al río y no otro. Ya no había hojas para pisar, el invierno las había barrido a todas hacia otro lugar. La tarde era gris y ventosa. Tal vez el paisaje pintaba perfectamente cómo se sentía Clarice por dentro. Mientras se acercaba al lugar, comenzó a tener un presentimiento oscuro y su piel se erizó un momento. Pero no era tiempo de detenerse, ya no había retorno. Avanzó y los vio discutiendo sobre el puente. 

Clarice hizo un gesto espontáneo de horror, como si hubiera visto un fantasma. Se tapó la boca, intentando contener el grito que quería escapársele y se escondió detrás de un árbol. 


Te dije que me dejes en paz- cortó Martin- no quiero saber nada más contigo. 

Nosotros estamos unidos de por vida, querido- dijo Susan- no lo olvides. 

¡No juegues conmigo loca perturbada!- dijo él, abofeteándola- no querrás que vaya a la policía y les diga que quien cortó los frenos de mi auto fuiste tú- sugirió.

¿Y Por qué no lo hiciste ya?- replicó ella, limpiándose la sangre del labio- tal vez porque yo contaría muchas cosas que no te convienen. 

Martin guardó silencio, sabía que ella lo tenía en un puño. 

Así me gusta más- dijo Susan- deberías ser más amable, cariño. Recuerda que no estás preso gracias a mí; yo le pagué a ese hombre para que te falsificara el documento, ¿no?

Martin continuó en silencio. Susan o Lucy, como él la llamaba, tenía razón. Martin había sido siempre un estafador, ejerciendo ilegalmente la medicina y la psiquiatría, después. Cobraba cantidades exorbitantes de dinero a sus pacientes- víctimas, los medicaba y, en ocasiones, habían terminado peor que al empezar el tratamiento. Ya tenía varias denuncias por mala praxis cuando el caso de Susan llegó a él. Susan parecía desprotegida y maltrecha cuando entró allí la primera vez. Al saber que su madre tenía mucho dinero, Martin había aprovechado para manipular la mente de la pobre muchacha, convenciéndola de buscar un culpable de su violación. Así ella empezó a culpar a Clarice por ello y Martin fomentó en ella el deseo de venganza. De esa manera, al verla cada vez peor, su madre seguiría pagando el tratamiento por años. Su siguiente paso fue seducir a Susan. Le cambió el nombre por Lucy, una canción de los Beatles que él adoraba, y le hizo varios regalos. De ese modo, comenzaron un romance y después de unos cuantos años, Martin vio el momento oportuno para sugerirle a Susan que le robara el dinero a su madre para huir juntos. 

Susan fue detrás de de Clarice, decidida a vengarse y planeó que se encontrara con Martin en aquél club nocturno. Desde ese día, ambos se habían encargado de hacerle la vida imposible. Susan había acumulado odio y rencor todos esos años, que la habían terminado por enloquecer. Ya no sabía ni quién era. 

Lo único que sé- siguió hablando Susan- es que a ti te busca la policía por estafador y que gracias a mi, no te encontraron hasta ahora. Así que empieza a respetarme un poco más. 

Mira, Lucy, yo lo único que te digo es que quiero estar con Clarice, ella es la mujer que quiero- dijo Martin, más calmado- sólo pretendo que nos dejes en paz. 

Tú me recalcaste que ella es la culpable de lo que me pasó, ¿por qué la dejaría en paz?

Porque ya no tiene sentido, entiéndelo. Eso ya pasó- sentenció él. 

Para mi no pasó, yo lo recuerdo cada noche, cada día- dijo ella, conmovida- alguien tuvo la culpa. 

Para mí sería fácil matarte y tirarte al río, Lucy- dijo Martin, con una calma inquietante- No tienes familia, nadie te extrañaría y nadie podría relacionarte conmigo. 

Pues yo digo exactamente lo mismo- replicó Susan, con una sonrisa burlona. 

Martin dio media vuelta y se alejó caminando por el puente. 

El teléfono celular de Susan sonó en ese instante. 

Hola- respondió.

Soy yo- dijo Clarice del otro lado y observándola de lejos- ¿dónde estás?

Estoy en mi trabajo, ¿qué pasa?

¿Puedo pasar por tu casa dentro de un rato?- preguntó Clarice. 

Sí, seguro. ¿Pasa algo, Clarice? Tienes una voz rara- dijo Susan. 

Sí, pasa algo grave, pero tengo que decírtelo en persona. 

Clarice colgó el teléfono y vomitó inmediatamente junto al árbol. Parecía que estaba siendo exorcizada, pues no paraba de vomitar. 

Quizás era eso lo que estaba sucediendo; tal vez su cuerpo estaba por fin expulsando las mentiras y la podredumbre de adentro. Al fin estaba preparada para enfrentarse con la verdad. 


lunes, 1 de junio de 2026

Extraños. Capítulo 19.

 Capítulo 19.

La soledad lo golpeaba salvajemente. A pesar de que muchas veces en la vida había estado solo, sin pareja o incluso sin amigos, Richard sentía por primera vez que el dolor le ganaba; sentía un inmenso hueco en el pecho que nada más podía enmendar el amor de una mujer. Su sonrisa, el recuerdo de su voz, su perfume natural…todo permanecía intacto en sus sentidos, todo estaba inalterable dentro de él, salvo porque Clarice ya no estaba más en su vida. Él la había echado torpemente, cegado por sus celos y su egoísmo, tal vez. Ya no importaba, daba exactamente igual en qué circunstancias sus destinos se habían separado. El hecho puntual era que ya no la veía, ni escuchaba, ni tocaba, ni besaba…Richard se encontraba cada vez más perdido e indiferente. La vida para él, ahora se tornaba grisácea e insípida. Nada lo conformaba, ni lo colmaba.

Sus amigos le decían que había estado mal con Clarice y que la llamara para disculparse, pero él no sabía cómo hacerlo; no era capaz de encontrar las palabras para pedirle perdón y suplicarle que volviera con él, decirle que su vida sin ella se reducía a la misma nada. 

Era el último día de la gira europea, al fin se terminaba, pues todos estaban esperando el momento para volver a casa. Richard estaba tirado en su cama del hotel, luego del último show. Miraba fijamente al techo cuando golpeó la puerta Tom. 

¿Qué pasa?- preguntó sin abrir la puerta.

-Hay una exposición de arte en el hotel, en la sala de conferencias. ¿Quieres bajar?- preguntó Tom, desde el pasillo.

-No, vayan ustedes- contestó. 

-Te va a gustar, Rich- insistió Tom- además con Tim estábamos pensando en ver la muestra para renovarnos un poco para el próximo disco. 

-¿Quién expone?- preguntó sin ganas.

-Una artista internacional, Clara Shaw- señaló Tom

Richard se sentó en la cama, de un salto. Era la madre de Susan. 

Se incorporó y le respondió a Tom que ya bajaba. Nunca supo por qué hizo eso, por qué le despertó curiosidad conocer a la madre de Susan. Simplemente, se vistió y bajó. 

Clarice seguía viviendo con Martin, aunque todavía se negaba a tener relaciones íntimas con él. Martin no le reprochaba nada, conciente de que era necesario esperar a que las cosas se calmaran y que Clarice entendiera que él era la única persona que ella tenía en el mundo. A menudo, había querido averiguar quién era Richard pero ella no hablaba del tema. 

Clarice seguía adelante con su vida y con Martin, sólo por su hijo. Ese bebé era su única razón de ser y lamentaba que nunca conociera a su verdadero padre, pero el niño necesitaría uno y Martin se había ofrecido a serlo. Clarice sabía que no sería lo mismo, pero Richard no había querido escucharla y ella se convenció de que él no la amaba tanto como lo proclamaba, pues de haber sido así, la hubiera esperado hasta resolver su situación. 

Así pasaban sus semanas, entre su trabajo y su casa. 

Esa noche, revisaba los bolsillos de la campera de Martin para meterla al lavarropas, cuando encontró una pequeña nota adentro. Iba a tirarla, pero instintivamente la abrió y leyó: “Te espero mañana, en el puente, a las 7 de la tarde. Lucy”. Clarice tambaleó un poco y abrió los ojos para releer sin poder creerlo… ¡otra vez esa mujer! Se llenó de indignación contra su marido y pensó en armarle un escándalo cuando volviera…pero luego reflexionó y llegó a la conclusión de que sería mejor encontrarlos juntos para terminar de una buena vez con esa pesadilla. 

Volvió a guardar la nota en el bolsillo de la campera y simuló frente a Martin que todo seguía igual. 


La exposición era sumamente interesante. Se notaba que la señora Shaw era un artista con una percepción muy especial acerca del mundo y, sobre todo, del caos, como se llamaba una de sus esculturas. 

Los tres paseaban por las galerías y comentaban sus impresiones, pero Richard estaba concentrado en la señora Shaw, que se encontraba hablando con algunos asistentes, en un rincón. Cuando se quedó sola, Rich vio el momento oportuno para acercarse. 

-¿Cómo está señora Shaw?- dijo extendiendo su mano- soy Richard Hughes. 

-Encantada, Richard. Y llámeme Clara, por favor- pidió con una modesta sonrisa. 

-Clara- repitió Rich- sus creaciones son asombrosas. Sigo su trabajo desde hace años. 

-Es muy amable, Richard- respondió Clara- ¿siempre le ha interesado el arte? 

-Así es, soy músico y también fotógrafo aficionado- contestó él. 

-Ah, pues yo lo felicito a usted. Para ser fotógrafo se necesitan percepciones especiales, ver cosas que otros no ven. Había una niña en mi pueblo que amaba la fotografía- recordó la señora. 

-¿Clarice Beckett? 

La mujer se sorprendió.

-¿Cómo lo sabe?

La conozco desde hace un tiempo- contestó Rich- como también conozco a su hija, Susan. 

El rostro de Clara mutó inmediatamente, pasando del asombro al espanto en un segundo. Permaneció en silencio, hasta que Richard la interrumpió. 

-¿Dije algo inapropiado?

-No- contestó la mujer- pasa que hace mucho tiempo que nadie me nombra a mi hija. 

Miró fijamente a un punto, como recordando algo, y luego retomó la palabra, sobresaltada. 

-¿Acaso Susan sigue siendo amiga de Clarice?

-Así es- dijo Rich- es su única amiga, de hecho. 

Richard miraba a Clara pero no entendía absolutamente nada, no comprendía la reacción de esa mujer, evidentemente en contra de su hija. 

-Disculpe, ¿hay algo malo en eso?- preguntó Rich. 

-Dígale a Clarice que se aleje de Susan cuanto antes- respondió la mujer, ya con la voz trastornada- cuanto antes. 

-No la entiendo- respondió Rich, confundido. 

-Nunca pensé que Susan iría detrás de Clarice- decía Clara, que parecía estar hablando consigo misma

-¿Me puede decir qué pasa?- intervino Richard. 

-Hace once años que no veo a Susan, porque es un monstruo- explicó, tomándose la cabeza- cuando ella tenía catorce años…

-Está bien, Clarice ya me lo contó todo- interrumpió Rich. 

-Todo no- dijo Clara, mirándolo fijamente- luego de ese día, Susan empezó a culpar a Clarice por haber dejado que la violaran. Claro que ella no tenía culpa alguna, pero Susan estaba cegada. Prometió, cada día, que se vengaría de Clarice. Se convirtió en un monstruo, sin moral- continuó- la mandé al psiquiatra pero terminó siendo peor. 

-¿Cómo pudo ser peor?- preguntó Rich- ¿no era un buen profesional?

-No era un profesional- corrigió Clara- era un estafador que había comprado el título. Lo supe mucho después. 

-¿Y usted echó a Susan de su casa?- preguntó Richard, cada vez más espantado por la historia. 

-No, ella se fue- continuó Clara, con la voz invadida por la angustia- se fugó con el falso psiquiatra, luego de robarme todos los ahorros de mi vida de mi caja fuerte. Nunca más la vi. 

-¿Y por qué dice que Clarice debe alejarse de ella?

Porque Susan juró que iba a vengarse de ella y lo va a hacer, tarde o temprano. Tiene que advertírselo- casi suplicó Clara- Susan es capaz de cualquier cosa. Recuerdo que cuando iba a terapia con ese farsante volvía diciendo que en el consultorio el tipo la llamaba de otra manera, por una canción de los Beatles que él escuchaba. Me parece que era…Lucy. 

Richard quedó pasmado y sin habla. Tragó saliva un momento y tenía temor de hacer la última pregunta. 

-¿Cómo se llamaba el falso psiquiatra, Clara? 

Clara lo miró un momento, dándose cuenta de que Rich había descubierto algo. 

-Martin, Martin Lane. 

Richard soltó el vaso que sostenía en su mano y el vidrio se deshizo en mil pedazos contra el piso. 


viernes, 29 de mayo de 2026

Extraños. Capítulo 18.

 Capítulo 18. 

Fijemos prioridades, en medio de este caos- dijo Susan, frente a Clarice, en el negocio de su amiga. 

Bien- dijo Clarice- ¿qué sería una prioridad?

Una prioridad ahora es tu embarazo, ¿cómo te sientes con respecto a eso?

Estoy feliz, feliz de estar embarazada y de que el padre sea Richard, pero…- vaciló Clarice.

Pero está Martin también- acotó Susan. 

Sí- dijo Clarice- y hay algo peor: Rich me dijo que no quiere tener hijos y no sé cómo tomará la novedad. 

Bueno, hasta que se lo digas, no lo sabremos- reflexionó Susan- ¿qué dijo el médico?

Que estoy de menos de dos meses. 

Pues yo te aconsejaría que esperaras para contarlo, incluso a Richard. Igual no sería justo que él se enterara después que Martin.

No, claro que no- contestó Clarice- yo voy a juntar fuerzas y se lo voy a decir a Rich. 

Clarice tomó un sorbo de té y observó a todos los niños corriendo en la pequeña plaza de enfrente. 

¿Y con Martin qué vas a hacer?- preguntó Susan. 

Martin se está recuperando bien, así que en cualquier momento hablo con él para decirle que quiero separarme. 

¿Te dejará la casa?

No se, pero no me importa, Susan- afirmó Clarice- lo único que quiero es ser libre para irme con Richard a cualquier parte. 


Llegó a casa de noche, como siempre. Martin no estaba, le había dejado una nota diciendo que estaría de visita en casa de un amigo. 

Clarice dejó sus cosas y se sentó. Sabía que había llegado el momento de hacerlo, no tenía más escapatorias. 

Tomó el teléfono y marcó el número de Richard. Esperó hasta que él atendió. Se saludaron demasiado fríamente y, a pesar de la atmósfera de hielo que se respiraba en ambos lados del teléfono, Clarice tomó valor. 

Hay algo que quiero decirte, Richard, es importante.

No me digas que te casas por segunda vez con Martin- ironizó él.

No sea cruel conmigo, Rich- pidió ella- sabes que te amo.

No, la verdad que no lo sé- dijo Rich, bastante enojado. 

¡Te lo he demostrado!- exclamó Clarice.

¿Volviendo con tu marido? ¿durmiendo con él?- preguntaba Richard, cada vez más irritado.

No duermo con él y no volví con él, te lo expliqué muchas veces- replicó ella. 

Pues a mí no me bastan tus explicaciones, quiero hechos concretos- dijo él, siempre con tono áspero. 

 Sí, mi amor, ya lo sé- dijo Clarice, más amorosa- lo voy a dejar, le voy a pedir el divorcio. 

¿Cuándo?- preguntó Rich, rápidamente. 

En cuanto él esté listo pero no falta mucho…

¡Basta!- interrumpió Richard- me cansé de darte tiempo, tú no piensas en mí, en lo que yo sufro…

¡Todos los días de mi vida pienso en ti, Richard!- interrumpió Clarice, ya llorando. 

No me lo demuestras- continuó él. 

Por favor, mi amor, llamé para decirte algo importante…

¿Si? Pues yo tengo algo más importante para decirte: se terminó- dijo modulando especialmente la última frase. 

Richard, por favor…- suplicó Clarice, ya estallando en lágrimas. 

Se terminó, Clarice. No existes más para mí- concluyó él. 

Richard apretó los dientes y cortó justo antes de echarse a llorar. Se tiró en la cama, deseando morir o desmayarse para no seguir sintiendo esa punzada tremenda de dolor en el alma. Nada iba a tener sentido sin ella, de allí en más. Y su voz, que tanto lo cautivaba, ahora sería un recuerdo borroso y distante. 

Clarice lloraba, abrazando la almohada. No podía creer que Rich la había dejado, justo en ese momento. Que no le había permitido decirle que esperaba un hijo suyo, que estaba sola, sin él, perdida. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo se lo iba a explicar a Martin?

Martin entró justamente en ese momento. 

Te escuché llorar desde la sala- dijo, preocupado- ¿qué ocurre?

Nada- dijo ella, secándose las lágrimas.

Por favor, Clarice, dímelo- pidió Martin.

No puedo, no va a gustarte lo que tengo que decir- contestó Clarice, todavía llorando. 

No importa, me lo imagino. Así que dímelo- dijo Martin. 

Clarice lo miró profundamente a los ojos y se dio cuenta de que él ya lo sabía o, por lo menos, lo imaginaba. 

Hace un tiempo, casi un año atrás, conocí a un hombre en el tren a Berlín. Antes de eso, yo jamás me había fijado en nadie, ni te había sido infiel- se apuró a aclarar- pero de él me enamoré y no pude evitarlo. 

Hizo silencio, esperando la respuesta de Martin. Éste permaneció impasible, quieto. 

Continúa- pidió.

Bueno- dijo ella, tomando aire- el asunto es que…estoy embarazada de él. 

Martin vaciló un momento y luego se sentó a su lado, en la cama. 

Y ahora estás llorando porque te dejó- dijo, finalmente.

Ni siquiera me dio tiempo de decirle lo del bebé- dijo Clarice, llorando otra vez. 

No importa lo que hiciste, Clarice. Yo puedo entenderte, de verdad- afirmó Martin, con una tranquilidad sorpresiva. 

¿De verdad?- preguntó Clarice, confundida. 

Sí, y si tú quieres, yo voy a ser el padre de ese bebé. Yo te amo, Clarice- continuó Martin. 

Estás loco, es una locura lo que dices- balbuceó ella. 

No es una locura, déjame ser el padre de ese niño. 

Clarice lo miró y siguió llorando. Martin la abrazó profundamente y ella sintió algo de consuelo en el corazón herido. Tal vez la propuesta de Martin no era tan descabellada, después de todo.  




miércoles, 27 de mayo de 2026

Extraños. Capítulo 17.

 Capítulo 17. 

Martin dejó el hospital diez días después, acompañado de Clarice. Los médicos determinaron que no sufría alteraciones mentales, más allá del impacto que le había provocado enterarse de la cantidad de años que había estado en coma. Físicamente, estaba en perfecto estado. Durante esos días, Clarice lo había acompañado, contándole todo lo que había sucedido en esos casi nueve años. Claro que, había omitido, adrede, los acontecimientos más cercanos, los que incluían a Richard. 

Clarice había hablado por teléfono con Rich en esos días, comentándole las cosas que iban pasando. Pero indiscutiblemente algo había pasado entre ellos, algo se había roto, pues ya no eran la pareja que se prodigaba sólo amor y ternura; eran, más bien, dos personas alejadas hablando de lo que no querían hablar. 

Richard seguía en la gira por compromiso, pero estaba cada vez peor: pasaba de la tristeza a la irritación y la rabia, sin escalas. Todos estaban preocupados por su situación y habían evaluado la posibilidad de suspender algunas fechas, pero él se había negado tenazmente: era un profesional y no podía defraudar al público que había comprado las entradas para ver a la banda. 

Ella sólo te está pidiendo que le des tiempo, Richard- le decía Tim en la habitación del hotel.

Es que no puedo soportarlo más- dijo Rich, tirado sobre la cama- no soporto más los celos, no creo que pueda darle más tiempo. 

Tu sabías que esto podía pasar, sabias desde el principio que ella era casada e igual insististe- lo enfrentó Tim

Lo sabía, sabía que el tipo podía despertar…pero pensaba que nunca iba a suceder, no sé si me entiendes…

Sí, claro. Pero ahora pasó- continuó Tim- y es lógico que si se despierta después de nueve años, ella no va a decirle: ‘Bueno, ahora arréglate solo porque me enamoré de otro’. 

El tipo ese le fue infiel siempre y la subestimaba y maltrataba- contestó Richard- no merece que Clarice le tenga consideración. 

Pero Clarice no lo cree así y si tú la amas, deberás tener paciencia- completó Tim

No quiero, no voy a tener paciencia- negó Rich- ¿cómo sé que no duerme con él?

Tendrás que confiar en ella.




Llegaron a su casa de Luxemburgo los dos. Martin entró silenciosamente y lloró al sentarse en su silla mecedora, su preferida. Cada rincón de la casa le traía recuerdos que le parecían demasiado cercanos, como si todo hubiese pasado el día anterior y no nueve años atrás. Todo le parecía increíble, casi inexplicable. La casa estaba igual, con pocos cambios. Los olores eran reconocibles: allí estaba el aroma de las violetas del jardín, que tanto le gustaba, también estaba el olor del rocío sobre el césped y el olor a madera de pino, el que tenían todos los muebles. 

Entraron a la habitación y abrió el placard, comprobando que todo seguía en el lugar, tal y como lo había dejado aquél domingo fatal. Si tan sólo hubiera escuchado a Clarice ese día…Lucy, su amante, había cortado los frenos del auto. Él lo sabía…claro que, seguramente, su idea había sido matar a Clarice y no lo había conseguido. Martin estaba arrepentido de haberle seguido el juego a Lucy tantas veces, de haber engañado a Clarice con ella todos esos años. Ya no quería saber nada más, tan sólo deseaba iniciar una nueva vida junto a su esposa y reparar así sus errores del pasado, tener un niño quizás…hacerla feliz.

De repente, vio que ella tomaba su ropa de dormir y se iba de la habitación.

¿Qué haces, Clarice?

Voy a dormir en la otra habitación, me parece mejor por ahora- respondió Clarice. 

¿Mejor por qué?- dijo Martin, confundido- todavía estamos casados…

Sí, claro…pero pasó mucho tiempo y muchas cosas. Yo prefiero que durmamos separados- explicó Clarice. 

Está bien- se resignó él- buenas noches. 

Martin se acercó y le dio un beso en la boca. Clarice ni siquiera abrió los labios para besarlo. Se alejó de él y cerró la puerta. 

Al separarse, ambos sintieron un frío estremecedor en la piel y se dieron cuenta de que ya no eran una pareja, sino dos extraños. Dos personas que podrían vivir en ciudades diferentes sin siquiera mirarse… dos desconocidos viviendo en mundos separados.