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sábado, 25 de julio de 2026

La culpa.

 ¿Usted se da cuenta de que nadie quiere hacerse cargo de la parte que le toca? La culpa siempre es del otro. Por ejemplo, yo quiero bajar del colectivo y toco el timbre, el chofer no escucha porque va charlando con el pasajero del primer asiento y detiene el micro dos cuadras después. "La culpa es de usted, tocó tarde", me dice. 

Voy al supermercado apurada, faltan quince minutos para que cierre y me prohíben el paso. Es inútil argumentar que llegué a horario. "Es su culpa, hubiera venido más temprano". 

Llego a casa y mi hijo adolescente me está esperando para que firme una nota del colegio, ha sacado 1 en el examen de Química. "Es tu culpa, mamá. Vos me obligaste a ir a lo de los abuelos el domingo y no pude estudiar". Y yo pensé en explicarle pacientemente que debe asumir su responsabilidad, también barajé la alternativa de estrangularlo hasta que se pusiera pálido. Pero no hice nada de eso. Firmé la nota y listo. 

Aunque el colmo fue mi marido. Anoche se estaba bañando y empezaron a llegar mensajes a su celular, obviamente eran de una mujer. Cuando lo confronté, ni siquiera se esforzó en negarlo. El muy patético dijo que era mi culpa, por descuidarlo. ¡Descuidarlo! ¿Se imagina,doctor? Ahí estallé, fui a buscar el arma, le apunté entre ceja y ceja y le dije "vos vas a asumir la culpa ahora mismo, porque si no, te reviento la cabeza". ¡Lo hubiera visto! Lloraba y suplicaba mientras reconocía su maldad. Creo que confesó hasta los vueltos que les robaba a sus padres en la adolescencia. 

El psiquiatra escuchaba sin dejar de mirar el revólver que Mirta tenía en la mano. No quería moverse por temor a lo que su paciente podría hacer. Jamás le había parecido peligrosa, hasta ese día que sacó el arma de la cartera. 

Y usted -continuó ella - deje de decirme que lo que me pasa es culpa mía. ¡Yo no elegí a los padres de mierda que tuve! 

Por supuesto - replicó el doctor,con cautela - Pero entienda que yo tengo que reportar que usted tiene un arma. 

Mirta solo asintió y la guardó. 

La policía llegó y por consejo del médico, la derivaron al psiquiátrico. 

Un plan perfecto: su hijo ahora tendría que hacerse cargo de su fracaso, su marido tendría que trabajar el doble para mantener a todos, su psiquiatra aprendería a bajarse de su nube de soberbia y Mirta solo descansaba. 

Ah, lo último: el revólver jamás había tenido balas. 



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