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viernes, 19 de junio de 2026

Abuela.

 

Tengo cuarenta años y te estoy mirando. No es un sueño, no morí. Es mi espectro que salió por un rato de mi cuerpo. Me fatiga la carnalidad, estos huesos cargados de músculos y ausencias que a veces se me hacen una prisión. Pero ahora me liberé. Vaga mi espíritu por aquel jardín lleno de rosas rojas, blancas y amarillas. 

Tierra recién trabajada, manos enguantadas y callosas, manos de mujer. 

Te observo y me veo: ahora tengo ocho años y me asalta un pensamiento que no entiendo, me toma y lo tengo que decir: un día vas a formar parte de este jardín, vas a ser la vida de tus plantas, el recuerdo de los que te amaron. Manda a todos al carajo. No te sacrifiques más por nadie. No vale la pena, ni la vida. 

Ella detiene su labor, se queda perpleja, congelada. El espectro vuelve a su lugar. Descansa.

 Un día después, me levanto para ir a trabajar y recibo un mensaje de mi abuela en el celular. Pienso que es una broma al principio. Me espanto enseguida cuando llegan más textos que remiten indudablemente a ella. 

Es imposible, murió hace mucho. Sus cenizas están en su jardín, lo sé. 

Tengo 40 años y ahora no estoy segura de nada; se conmueven los cimientos de una vida de mentira, de silencios, de sacrificios inútiles.

 Llego a la casa de mi niñez y ahí está ella, viva, sana y feliz. Me recibe con un beso y un mate como de costumbre. 

Ya sé, no me aclares. Es un universo paralelo, es lo que podría haber sido nuestra vida. Es como una voz del futuro que anticipa, que advierte. Ahora la escucho con claridad. 

La sigo.

Voy.


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