Un guiño para quienes leyeron "El amor en los tiempos del cólera". Otra historia posible.
El balcón de Florentino permanece cerrado durante el día. El sol del Caribe es demasiado para un hombre de su edad. Cuando era joven, le gustaba dejarlo entrar y pasear libremente por toda la casa. Hoy ya no. Pero la noche es distinta. Entonces, sí abre las puertas para liberar el aire sofocante enredado con el vapor marino que llega desde la costa.
Es por eso que ella viene por las noches. Algunos dicen que el olor de las almendras amargas la atrae y no se puede resistir. ¡Ay, si los almendros hablaran! Contarían que Fermina Daza es la reciente viuda que amó en secreto (durante más de 50 años de matrimonio con el médico del pueblo) a Florentino Ariza, su amor de la adolescencia. Ahora es libre para gritarlo si quiere, pero él proclama desde su balcón que ya la ha olvidado, que hace mucho, muchísimo, la echó de su corazón.
Pero nunca te casaste, Florentino. Yo sé que es por mí, porque me esperabas, vocifera Fermina parada allí abajo.
Nunca me casé porque no me volví a enamorar, contesta él, altivo. Tú me rechazaste después de haberme jurado amor eterno una y mil veces en tus cartas.
Es que era joven, tonta, mi padre se oponía.
¡No! Te volviste soberbia y quisiste casarte con un hombre importante.
Por favor, suplica ella, por lo que sea, estoy arrepentida. Florentino, vámonos de viaje, comencemos otra vida.
Todas las noches la escena se repite, palabras más, palabras menos. Y siempre termina con la negativa de quien fuera, en sus tiempos, el soltero codiciado del pueblo. El cierre dramático de las puertas destartaladas del balcón.
¿Cómo puede esta mujer seguir obsesionada con el pasado después de tanta vida?, se pregunta Florentino Ariza ya en su cama.
En el pueblo dicen que Fermina está loca por causa de la muerte de su marido; otros opinan que Florentino sigue despechado, incluso luego de 50 años, y por eso no da el brazo a torcer.
Y en ese ir y venir del carajo, en ese amor teñido de nostalgia y de todo lo que no fue, alimentado por una loca pasión juvenil, vivieron sus últimos años. Alguien, alguna vez, osó preguntar por qué. La respuesta fue simple: hay amores que pertenecen y deben quedar en la fantasía, ahí donde son perfectos. El tiempo no corrompe, la rutina no existe, y es el único caso en que el amor le gana la carrera a la muerte: en la invocación de todo lo que nunca fue.
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