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lunes, 4 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 4 y 5.

 Capítulo 4.


El teléfono de Richard sonaba con insistencia. Lo sacó de su campera luego de un rato de buscarlo, sin recordar dónde lo había puesto. 

-Soy Tim, ¿dónde estás?

-Viajando en tren a Luxemburgo, tengo que resolver un asunto ahí- contestó mirando por la ventanilla. 

-¿A Luxemburgo?- preguntó Tim- ¡son muchas horas de viaje!

-Es nuestro día libre, ¿no?- sugirió Rich- además sabes que odio volar. 

-Sí, claro. Me imagino que debe ser importantísimo para que vayas hasta allí. 

Cuando cortó la comunicación, Rich se dio cuenta de que era la locura más grande que había hecho en su vida. Pero no le molestaba, algo le decía que debía ir; y Richard confiaba en su intuición más que en nada.


Clarice trabajaba en su oficina personal pero no podía concentrarse. Las palabras de su amiga, la noche anterior, habían comenzado a hacer el efecto que el mar hacía con las rocas de la orilla: esas verdades empezaron a penetrar lentamente en la oscuridad de su interior, desgastándola. 

Escribía en la computadora y atendía el teléfono pero recordar esa conversación no la dejaba en paz. De pronto, cerca de las dos de la tarde, recibió una llamada interna. 

-Clarice, recuerda que tienes cita con un cliente en el bar de la esquina- dijo la jefa del otro lado. 

-Ah, es verdad. Lo había olvidado, ya me voy.

Clarice no recordaba haber hablado por teléfono con ningún Richard, el único que conocía era el del tren a Berlín pero era imposible que fuera el mismo tipo. Igualmente se encaminó al lugar del encuentro. Tenía puesto un sweater verde y un pantalón azul con unas botas. Caminó lo más rápido que pudo para no ser impuntual. 

Entró al bar y comenzó a buscar entre las mesas, viendo si alguien le hacía algún gesto para que lo reconociera. De pronto, sintió una voz detrás de su espalda.

-Me buscas a mí, Clarice.

Ella se dio vuelta de inmediato y no podía creer a quién estaba viendo. 

-¿Pero qué haces tú aquí?- preguntó por fin- ¿me estás siguiendo? 

-No, no te estoy siguiendo- contestó Rich.

-¿Pero qué tienes en la cabeza?- exclamó Clarice- te dije que…

-Sí, sí. Sé lo que me dijiste pero quiero construirme una casa en este país y por eso llamé- comentó él, acercándose un poco más. 

-¿De verdad esperas que crea eso?- preguntó Clarice furiosa- la semana pasada me pediste mi teléfono y ahora dices que me llamas por trabajo… 

-¿Me vas a ofrecer los servicios de tu empresa sí o no?- interrumpió Richard.

Clarice se tomó la cabeza y se acomodó el pelo, intentando calmarse.

Invitó a Richard a sentarse en una de las mesas, no tenía alternativa. 

-Bien, dime qué tipo de vivienda quieres y dónde la quieres construir. 

-Pues para eso debería caminar un poco por la ciudad y fijarme, porque no conozco nada por aquí- sugirió Richard. 

-Ya sé: quieres que yo te acompañe- dijo Clarice. 

-Si no es mucha molestia- dijo él con una sonrisa. 

Clarice no podía negar que él había desarrollado una estrategia muy buena y se preguntó si en realidad no era alguien que quería tomarle el pelo. Después de todo, ella no se consideraba una mujer tan atractiva como para que un tipo hiciera todo eso por ella. 

-¿Dónde vives?- preguntó ella.

-En Londres, soy inglés.

-Me imaginaba por tu acento. Y dime una cosa-continuó ella- ¿viniste hasta Luxemburgo sólo por esto?

-Sólo por esto- remarcó él, sonriendo.

-Por la casa- dijo ella, sonriendo también.

-Exactamente- aseguró Richard sin dejar de mirarla. 

Clarice lo miró a los ojos y se perdió un instante dentro de ellos. Era innegable que era un hombre atractivo. 

-Vamos, entonces- dijo ella levantándose de la silla.

Richard se sorprendió un poco. 

- Perfecto- dijo- traje mi cámara de fotos.  

Luxemburgo era un país hermoso: tenía pequeños lagos, pues corría el río Alzette por ahí; edificios y construcciones con características medievales y góticas; bosques, colinas, lugares recreativos y playas. 

Richard no dejaba de asombrarse con cada cosa que le mostraba Clarice, que servía de guía turística. Sacaron fotos a la catedral de Notre – Dame, a los monumentos de las plazas, al lago, a los antiguos castillos un poco más alejados de la ciudad. Clarice había vuelto a sacar fotos después ocho años, su emoción por volver a las cosas simples que tan feliz la habían hecho se hacía visible en su expresión de felicidad. 

Cansados ya de tanto caminar, se sentaron finalmente en la plaza, frente a la catedral. Hacía frío y ya estaba oscureciendo. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.

-¿Y? ¿Te gustó algún lugar de los que están en venta?- preguntó Clarice.

-De hecho, sí- contestó Rich- me gustó ese que está cerca de la colina y de la playa. Sería hermoso tener una casa allí.

-Sí, pero es muy caro. ¿Viste el precio?

-No hay problema por eso, tengo el dinero. 

-Pues es mucho dinero. ¿A qué te dedicas?

-Soy músico, en una banda de rock. Toco la batería- contestó Richard.

Clarice se sorprendió un poco con esa novedad. No veía a Richard como un famoso músico, más bien lo veía como una persona simple y corriente. Ni siquiera vestía costosamente. 

Richard adivinó sus pensamientos.

-¿Te sorprendí, no?- preguntó- no tengo el perfil de una estrella y Dios me libre de tenerlo algún día. 

-Me sorprendes para bien, la verdad- dijo Clarice.

Richard le sonrió, sentado a su lado en el banco de la plaza y Clarice sintió algo muy fuerte en su interior. Algo le estaba pasando con él y no podía negarlo. 

-Gracias por la tarde que me diste, Richard. Hacía mucho que no tomaba fotografías y eso me hizo recordar quién era antes- dijo Clarice, conmovida.

-¿Antes de qué?- preguntó Rich.

-Antes del accidente. 

Richard supo que algo estaba por salir del interior de Clarice pero consideró prudente callar en ese momento. El silencio fue largo, los automóviles pasaban por la calle con prisa, las personas volvían a sus casas. Ya estaba la noche instalada. Pero Clarice sentía, por primera vez, que era el momento de que se disipara la oscuridad de su vida y así empezar a confiar en alguien. 

-Pasó hace ocho años pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer- empezó a relatar- En realidad, Martin y yo nos conocimos en una fiesta, poco después de que yo llegara a esta ciudad para estudiar. Él era mayor que yo, unos diez años. Todo fue rápido, empezamos a salir y al poco tiempo me pidió matrimonio. En ese momento, no dudé. Lo quería. Todo iba perfecto hasta que quedé embarazada y él no se puso muy contento. Discutíamos todos los días porque Martin seguía viendo a su exmujer, a escondidas. Según él, porque ella tenía muchos problemas. El día del accidente volvimos a discutir por lo mismo y yo salí de casa hecha una furia, tomé las llaves de la camioneta y me fui. Manejaba como una loca, desesperada, fuera de mí. Martin me siguió en su auto y al parecer sus frenos fallaron y el auto cayó por una pendiente. Llamé inmediatamente a una ambulancia. Como había sucedido cerca de la frontera con Alemania, lo llevaron al hospital más cercano de ese país y luego, al de Berlín. Nunca más lo pude traer a Luxemburgo porque sería peligroso para él- Clarice hizo una pausa para contener la emoción- ha estado en coma desde entonces. Los médicos dicen que puede estar así para siempre o que algún día puede despertar, no se sabe- terminó. 

-¿Y el bebé que esperabas, Clarice?- preguntó Rich, también conmovido por el relato.

Lo perdí- dijo bajando la cabeza- ese mismo día me dio una hemorragia y lo perdí.   

-Y ahora te sientes culpable por lo que le sucedió a tu esposo, ¿verdad? Y también al bebé…- dijo Richard

-Cada día de mi vida- contestó ella- lo llevé directo a la muerte y lo que es peor: a la muerte en vida. Y además, por eso perdí a mi hijo- dijo tomándose la cabeza- yo fui la culpable de todo. 

-Pues yo no creo que tengas la culpa, Clarice. Tú no podías saber lo que iba a pasar, ¿o sí? Además, tu marido no colaboró con la situación ni te cuidó, con todo ese asunto de su ex. 

-Puede ser…pero ahora el que está en esa cama es él, no yo. 


Richard se dio cuenta de que era imposible tratar de convencerla en ese momento. En cambio, dijo que su tren a Londres partiría en breve y que se tenía que ir. 

Se despidieron allí, en la plaza.

-Perdón por agobiarte con mis problemas- pidió Clarice.

-No me molestaste, al contrario: me halaga que hayas confiado en mi, Clarice. ¿Podemos seguir en contacto?- preguntó- si no te incomoda, claro.

Clarice tenía que tomar una decisión en ese mismo instante y dudó…

-Seguro, podemos- dijo al final.

Extrajo una pequeña libreta de su bolso y anotó ahí su teléfono celular. Le extendió el papel a Richard. 

Él se subió a un taxi y finalmente se fue.

Clarice volvió caminando a su casa y se convenció de que un hombre tan maravilloso y lleno de vida, jamás iba mezclarse con alguien como ella. Eso sólo pasaba en los cuentos, en las historias de ficción. No en la vida real. 


Capítulo 5.

El tren avanzaba hacia Londres otra vez. Era de noche y Richard quería concentrarse en escribir una canción en un pequeño anotador que llevaba, pero la historia que le había contado Clarice se le presentaba continuamente, como uno de esos recuerdos que vienen a la cabeza una y otra vez, sin que podamos evitarlos. Nunca hubiera esperado que las cosas se plantearan así. Ahora entendía el por qué de sus desplantes y reacciones; lo que le había pasado a su esposo era muy grave. Sin duda, ella se encontraba unida a él más por la culpa que por el amor y ese sentimiento de responsabilidad por lo que había pasado que tenía Clarice, no sería fácil de vencer. Más bien,imposible. Intentaba ponerse en el lugar de ella y no podía, no se lo imaginaba. 

En este punto, Richard comenzó a replantearse si sería conveniente seguir desarrollando algún tipo de relación con Clarice. No quería salir herido y tampoco quería que ella sufriera más todavía. ¿Qué haría? En sus sentimientos más íntimos y escondidos, sabía que sentía por ella algo muy distinto, algo especial, pues Clarice era una mujer especial. Lo que no sabía era hasta dónde ese sentimiento lo iba a llevar o hasta dónde él iba a poder controlarlo.


Llegó a su casa a las nueve de la noche. Aquél no había sido un día corriente o común…Clarice pensó que era sorprendente cómo la vida se proyectaba: durante años es posible vivir de la misma manera sin que nada nos emocione, nos cambie, o nos reavive…y de pronto, con la misma ligereza y fuerza con que se aviva una llama de fuego, así nos sorprende el destino. Nunca había planeado su encuentro con Richard en el tren, ni luego su breve diálogo en el bar. Jamás había imaginado que él haría semejante viaje sólo para verla a ella y, muy a su pesar, Clarice se daba cuenta de que tenía con él una conexión muy especial, que trascendía las superficiales fronteras de la atracción física y se movía hacia el terreno de los sentimientos. Nunca había conocido a nadie como él, con ese sentido del humor mezclado con convicciones fuertes acerca de la realidad y del mundo. 

Se tiró arriba de la cama, vestida como estaba, y cerró los ojos. Se dio cuenta de que ya no había marcha atrás…pensó que, aunque quisiera, ya no podría rechazar su compañía pues un poco de él ya se había metido dentro de ella. Era lo más extraño que Clarice había sentido jamás por alguien y eso la asustó un poco…después de muchos minutos en silencio, empezó a pensar en sus labios y en qué sentiría si los tocara, si los besara…

El teléfono sonó y la devolvió a la realidad.

Hola- contestó Clarice.

Hola, soy yo- dijo Susan del otro lado- Clarice me quedé muy mal después de nuestra charla de anoche, te quiero pedir perdón, de verdad.

No te preocupes, no me pidas perdón- dijo Clarice- tú me quieres ayudar y yo te entiendo. 

¿De verdad? ¡No sabes el alivio que siento!

Sí, de verdad. Hoy estuve pensando en lo que me dijiste, durante todo el día y la verdad es que puede que tengas razón- concedió Clarice. 

Me alegra que lo hayas pensado, Clarice. Y dime, ¿el cambio se debe sólo a mis palabras o hay algo más?- preguntó Susan.

¿Qué más puede haber, Susan?- mintió Clarice- es sólo eso.


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Dos semanas después.


Iban camino a Berlín otra vez, en el tren. Richard no hablaba, los demás reían y comentaban diferentes cosas a su alrededor pero él se mantenía en silencio, pensando. Pensaba en que en esas dos semanas no se había atrevido a llamar a Clarice. No les había contado nada a sus amigos todavía, pues le parecía que primero debía meditarlo él para después pedir una opinión ajena. Los demás notaban su hermetismo de las últimas semanas pero ya lo conocían y sabían que pronto contaría lo que le estaba pasando. 

De pronto, los altavoces del tren anunciaron Luxemburgo. Richard pareció salir de su ensimismamiento. 

¿Qué día es hoy?- preguntó dando un salto en el asiento. 

Hoy es lunes, Rich- contestó Tim algo sorprendido.

Richard miró inmediatamente hacia el lugar donde estaba subiendo la gente…y la vio. Para él era como una aparición, como un espejismo. A veces sentía que ella no era real, porque de otra manera no se explicaba qué magnetismo secreto o invisible fuerza lo llevaba hasta Clarice. Con ninguna mujer le había pasado jamás eso. 

Mientras él sentía todo eso; Clarice se acomodó en su asiento habitual. Estaba triste otra vez, sola. Sus pronósticos se habían cumplido, pues Richard no había llamado nunca. Odiaba la idea de extrañarlo, porque él no era más que un desconocido con el que había pasado una linda tarde...y todo se había quedado en eso y nada más. Por otro lado, le parecía mejor que así fuera.

Clarice sintió que alguien la estaba observando y cuando levantó la cabeza, vio a Richard. Experimentó una rara alegría en su interior por volver a verlo pero no lo exteriorizó en su expresión: apenas lo saludó moviendo la cabeza. Richard le devolvió el saludo y le agregó una leve sonrisa. Clarice desvió la mirada. 

Al cabo de unos quince minutos, Rich se decidió y se paró de su asiento. Fue hasta donde estaba ella y se sentó en el asiento contiguo, que estaba vacío. Clarice lo miró sin decir nada. 

Hola, Clarice, ¿cómo has estado?- preguntó.

Muy bien ¿y tú?

Bien. Perdóname por no haberte llamado pero he estado ocupado- se excusó Rich.

No te preocupes- dijo ella. 

Traigo conmigo las fotos que sacamos- dijo él, extrayéndolas del bolsillo de su campera. 

Clarice empezó a mirar las fotos y a sonreír recordando los momentos en que las habían sacado. Se aproximaban cada vez más sus cuerpos mientras miraban las fotos, uno muy cerca del otro.  

De verdad que eres muy buena sacando fotos- comentó Richard bastante impresionado. 

Clarice giró la cabeza para agradecerle y sus rostros quedaron casi juntos.

No hay mucha ciencia- dijo ella, tragando un poco de saliva- estudié fotografía.

Pero eso no es todo, además tienes que ser creativo y tener otra mirada de las cosas- contestó él, mirándola a los ojos. 

Es verdad, Richard. Y yo creo firmemente que tú tienes otra mirada de las cosas.

¿Sí?- preguntó Rich.

Sí, absolutamente. No te conozco casi…pero podría jurar que tú eres alguien que busca más allá de las cosas aparentes, que ves todo de otra manera. 

Richard continuaba mirándola pero no sabía qué contestarle, ni siquiera podía pensar en algo inteligente para decir en ese momento y que lo hiciera quedar bien ante los ojos de ella. Clarice no era ese tipo de mujer, no necesitaba que un hombre la impresionara, sino que fuera auténtico. Y Richard se encontraba atontado por la presencia de ella, sintiendo un vehemente deseo de besarla hasta quitarle el aliento. 

Bien- dijo Clarice alejándose un poco de él- gracias por mostrarme las fotos. 

¿Quieres tomar café, Clarice?- invitó Rich.

Está bien- concedió ella- y puedes contarme algo más de ti, de paso. 

Richard sonrió ampliamente y fue a buscar el café. 

Charlaron durante horas y parecía que la conversación nunca se terminaba. Cuando el tren se detuvo en Berlín, cada cual tomó su rumbo; pero una cosa era cierta: sus caminos en la vida se habían cruzado y nada iba a poder detener ya esa fusión.   


viernes, 1 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 2 y 3.

 Capítulo 2.

El tren llegó a Berlín aún de noche. Clarice había dormido mal y casi nada, como le pasaba siempre. Descendió y tomó un taxi allí. La ciudad aún dormía pero había gente en las calles, ruido de tránsito y pasos de los transeúntes que se dirigían a sus respectivos trabajos. Clarice miraba por la ventana del auto y pensaba en el hombre del tren… ¿Richard se llamaba? Sí, Richard. Richard… ¡qué hermoso nombre! Se encontró pensando de repente. El taxi se detuvo. Clarice pagó lo mismo de siempre y bajó. Entró al hospital, conociendo de memoria cada pasillo, cada recoveco, cada rostro. Ingresó a la sala pausadamente y se acercó a la cama: allí estaba, al igual que todos los días. Dormía profundamente, un respirador artificial lo asistía. Clarice le tomó la mano y sintió el frío pavoroso y seco que tanto odiaba; ese frío que le comunicaba implacablemente, cada vez que ella se presentaba allí, que Martin estaba más muerto que vivo. Y ella un poco estaba así…después de todo Clarice también estaba más muerta que viva. ¿O acaso se podía llamar vida a eso que ella llevaba adelante? Clarice no tenía planes, proyectos ni hijos. Había abandonado su profesión de fotógrafa para hundirse en una oficina repleta de papeles fríos y caras rígidas, había dejado todo lo que la hacía feliz para convertirse en una sombra, en un fantasma, para sufrir casi en carne propia lo que Martin estaba sufriendo. 

El médico entró a la sala.

Hola Clarice- saludó- hace frío ¿cierto?

Hola doctor. Sí, hace mucho frío el día de hoy- hizo una pausa- Por lo que veo, todo sigue igual- dijo mirando a Martin. 

Sí, no tengo novedades para ti. Todo sigue igual.

Clarice ya no se desesperaba, ni se decepcionaba, ya no preguntaba por qué. Había aprendido a aceptar las cosas tal y como estaban dadas. Tan sólo se quedó allí, sentada junto a él, hablándole al vacío. 



Trabajaban en el nuevo proyecto en un estudio de Berlín, una ciudad enigmática y brillante. Para los músicos y artistas era el lugar más inspirador, la ciudad que guardaba más secretos en sus calles y en su historia. Tom estaba trabajando con su voz en otra parte del estudio y Tim hacía lo suyo con su computadora. Richard decidió salir un momento a tomar un café. Mientras caminaba hacia el bar más cercano recordaba a la chica del tren y se asombraba de sí mismo por estar pensando en una extraña. Richard sabía que el corazón se regía por inverosímiles razones; cosas que, para cualquiera que intentara razonarlas, serían absurdas. La idea de que él se hubiera enamorado a primera vista era lo más ridículo que podía pasársele por la cabeza.

Entró al bar y, cuando se acercaba a la barra, vio a Clarice sentada en una de las mesas, sola. Rich se quedó tieso. No sabía si podría acercarse, después de cómo lo había tratado en el tren. Al fin, su impulso lo llevó directo a ella. 

Hola…-hizo una pausa, fingiendo no recordar su nombre- ¿Clarice?

Si, hola Richard- contestó ella muy sorprendida. 

Richard se alegró de que recordara su nombre.

Qué casualidad encontrarnos aquí, ¿verdad?- acotó él.

Es cierto, Berlín es una ciudad muy grande. 

Clarice tomaba su café fingiendo que no le importaba que él estuviera ahí. 

¿Puedo…?- preguntó Rich señalando la silla vacía. 

Si, claro- le contestó ella. 

Richard se sentó y observó algo que hasta el momento no había notado: el anillo en la mano de Clarice. 

¿Vives en Berlín?- preguntó.

No, vivo en Luxemburgo. Vengo aquí todos los martes, porque es mi único día libre en la oficina- explicó Clarice.

Richard observó la inmensa paz que tenía ella cuando hablaba, las leves sonrisas que esbozaba, lo perfecta que era su nariz, el cansancio que había en sus ojos. 

¿Me estás escuchando?- preguntó ella.

Claro que sí. ¿Y vienes por algo en especial?

Si, mi esposo está internado aquí enfrente. Como aquí tenían mejores equipos médicos, decidieron que se quedara en este hospital.

Richard iba a seguir preguntando pero se detuvo, algo le decía que no ahondara en ese tema. Se hizo un silencio, Clarice lo miraba disimuladamente pero no podía negar que era agradable y que tenía unos ojos muy bellos. 

¿No vas a pedirte un café? Tienes cara de que te gusta el café- dijo ella.

Soy adicto al café- repuso Rich, sorprendido

Pasa que puedo leer la mente de las personas, tengo ese poder- bromeó Clarice. 

No podía creer que estaba bromeando con alguien después de tanto tiempo. 

Y bien, ¿qué estoy pensando ahora?- continuó el juego él. 

Estás pensando en seguir la conversación y pedirme mi teléfono después, pero no te lo voy a dar- advirtió. 

No quiero el teléfono, con el número me conformo- dijo Rich, bromeando.

Clarice tragó el café de golpe y soltó una carcajada. 

Gracias por hacerme reír, Rich- dijo levantándose- me tengo que ir. 

¿Y el número?- preguntó él, incorporándose también. 

Lo lamento, pero no va a poder ser- contestó ella, mostrándole el anillo en el dedo. 

Tomó su cartera y salió del bar. 

Richard no iba a darse por vencido; que fuera casada era un obstáculo pero intuía que ella no era muy feliz en su matrimonio. Probablemente, si la seguía no iba a conseguir nada, parecía muy firme. ¿Qué podía hacer? La vio entrar al hospital y se acercó a pedir el café a la barra. Mientras lo tomaba, se le ocurrió preguntarle al camarero:

La chica con la que yo hablaba, ¿la conoces?

Sí, Richard- afirmó el camarero, con quien ya se conocía- es Clarice, viene siempre aquí. ¿Te gusta?- preguntó sonriendo.

Ni siquiera la conozco, no digas tonterías- contestó Richard 

Sé que el marido está internado aquí enfrente y ella sólo vive por él. 

¿Y qué le pasó al tipo? ¿tú sabes?

No lo sé bien, ella no habla mucho de eso. Sólo sé que este bar abrió hace un año y ella ya frecuentaba el hospital para visitar a su marido. 

¡Un año!- exclamó Rich- debe ser grave lo que tiene.

Richard no deseaba aprovecharse de esa situación, que era delicada, pero la veía tan mal que tenía curiosidad por saber qué pasaba en su vida. 

No te recomiendo que te involucres con ella, creo que es demasiado complicada su situación- completó el camarero, adivinando lo que pasaba por la cabeza de Rich. 

Si había algo que caracterizaba a Richard era que siempre tenía claro lo que quería.

Pues no pienso hacer eso, porque me intriga saber qué le pasa, Mart- contestó- y tú me vas a ayudar.

Mart hizo un gesto de sorpresa. 

Sí, tú- continuó Rich- tú le vas a preguntar a Clarice dónde trabaja, que te de el número de su trabajo, de lo demás me encargo yo.

¿Estás loco?- preguntó Mart mientras sacaba más café de la máquina- ¿con qué excusa le voy a sacar esa información?

Vamos, algo se te tiene que ocurrir. 

Mart vaciló un momento. 

Bien, veré qué puedo hacer- concedió finalmente. 



Clarice se encontraba otra vez junto a la cama de Martin, como todos los martes. Pero esta vez veía un pequeño sol en la oscuridad, ese martes en particular no estaba triste. Se encontró sonriendo en soledad, recordando su encuentro con Richard. 

De pronto, su semblante volvió a cambiar y miró a su esposo en la cama. No podía, no, no…había hecho bien. Ella sólo vivía por Martin y nadie se iba a interponer entre ellos. 


Capítulo 3.


Richard volvió a su casa una semana después. Por trabajo tenía que estar en la casa de Londres, pero hubiera deseado irse al campo lo más pronto posible. Le cansaba un poco la vida ajetreada de la ciudad, él era más reflexivo, más pacífico. Sin embargo, no podía quejarse. Las cosas con el nuevo disco estaban yendo de maravilla y pronto empezarían a grabar oficialmente. 

Se cercioró de que todo estuviera en orden, de que hubieran alimentado bien a sus mascotas durante su ausencia, y se tiró en el sillón de la sala a escuchar música. No era precisamente el disco, ni la música, ni la política lo que ocupaba su mente en ese momento; era una mujer. Una mujer enigmática, algo misteriosa, hermosa. Pero no con la belleza establecida por los patrones sociales, sino una belleza más profunda; algo que él había visto y que le había bastado para empezar a pensar en Clarice día y noche. “Para colmo Mart no me consiguió nada” pensó mientras sonaba su teléfono celular. Se fijó en la pantalla y era un mensaje de texto de Mart, justamente. “El número de la oficina es 0245879315442. Me debes una” 

Richard sonrió de satisfacción. Se incorporó inmediatamente y tomó el teléfono. Era una llamada internacional, pues era Luxemburgo. Empezó a marcar pero después dejó el teléfono. ¿Qué iba a preguntar? Se acordaba perfectamente de su nombre y apellido, pero no sabía a dónde demonios estaba llamando ni qué puesto ocupaba ella ahí. Dejó el teléfono y dudó un momento: no estaba bien lo que hacía, no podía confundirla con la situación que estaba viviendo ella, pero al mismo tiempo, tampoco sabía cómo era la historia en realidad…y Clarice le gustaba. “No puedo abandonar todo ahora”, pensó. Tomó nuevamente el teléfono y marcó. Esperó a que le contestaran y lo hizo una máquina. Marcó la opción para recibir instrucciones en inglés y ahí se enteró de que era una empresa constructora de viviendas. Esperó a ser atendido por algún empleado, mientras pensaba qué iba a decir. Una voz con un trabajado acento inglés contestó luego de un minuto.

Ventas. ¿En qué lo puedo ayudar?

Buenas tardes. Mi nombre es...Richard. Hace un tiempo llamé para pedir un presupuesto y me atendió otra empleada, la señora Beckett, ¿puede ser?

¿Clarice? No puede ser, ella no trabaja en ventas sino en promociones.

¡Ah! -exclamó Rich- exactamente, con ‘promociones’ hablé.

Bien, ¿y dice que ella le ofreció un plan de pagos?

Algo así, sí. En realidad, yo lo tendría que hablar con ella. ¿Me la puede pasar?- pidió.

Desafortunadamente, hoy es el día libre de la señora Beckett, señor. Pero puedo arreglarle un encuentro con ella, si quiere. Ella puede ir a su casa.

Richard no podía creer que todo le estaba saliendo tan bien. 

El problema es que yo vivo en Londres y no creo que ella venga hasta aquí- contestó- será mejor que yo vaya para allí. ¿Le avisa que iré mañana?

Perfecto, señor. Le daré la dirección de la oficina.




Era martes por la noche y Clarice recién llegaba a casa. Estaba destruida luego de su vuelta de Berlín, comprobando que no había avances, que todo seguía como siempre. 

Arrojó el bolso arriba de una silla y se metió inmediatamente a la ducha. Al salir, se disponía a cocinar cuando sonó su teléfono. 

Hola, soy Susan , ¿cómo te fue en Berlín, Clarice?

Igual que siempre, amiga. Todo sigue igual- respondió Clarice con tristeza.

Me imaginaba- casi suspiró Susan- ¿qué te parece si voy para tu casa y cenamos?

Me encantaría, te espero- colgó Clarice. 

Susan era la mejor amiga de Clarice desde la infancia. Ambas se querían y no se ocultaban nada. Susan había sido un apoyo y soporte fundamental para ella cuando había sucedido la tragedia. Era su única amiga, en realidad. 

Clarice preparó algo de cenar y Susan tocó la puerta una hora después. 

Mientras comían, Clarice contaba acerca de su viaje de todos los martes y su amiga escuchaba atentamente. 

¿Pero qué dijo el médico en concreto?- intervino Susan.

Que no hay certezas, que no hay nada, como de costumbre.

¿Nunca te dan una esperanza?

Dicen que no me quieren mentir- aseguró Clarice- que puede que se despierte mañana, la semana que viene, dentro de 20 años o nunca. Insisten en desconectar el respirador pero yo no se los permito- afirmó- ni lo haré, nunca.

Susan escuchaba todo lo que decía. La veía llena de dolor, viviendo por inercia.

Escúchame bien Clarice, ¿te has puesto a pensar en que quizás Martin nunca se despierte?

Sí, lo pienso pero tengo la esperanza de que sí despierte y entonces…

¿Y entonces qué, Clarice? 

Y entonces volveremos a amarnos como antes y…

¡Por el amor de Dios! ¡Despiértate de una vez!- exclamó Susan- pongamos las cartas sobre la mesa, Clarice: Martin hace ocho años que está en coma, inconciente o como quieras llamarle. Habiendo pasado ocho años, es más probable que nunca despierte a que lo haga, ¿o no?

Es posible…-asintió con amargura.

Tú tienes 30 años ahora, ¿hasta cuándo te vas a condenar en vida por lo que pasó con Martin?

¿Adónde quieres llegar, Susan?

A que empieces a vivir de nuevo, que vuelvas a sacar fotos, que conozcas a un hombre, que vuelvas a lo que te hace feliz.

No, de ninguna manera. ¿Cómo le voy a ser infiel a mi esposo?- se enardeció Clarice.

Enójate conmigo, adelante. Pero te estoy diciendo la verdad: si Martin nunca se despierta, habrás muerto sola e infeliz, desperdiciando tu vida; y si despierta, serán como dos extraños. Podrían ser perfectamente dos extraños viviendo en mundos separados.

¡¿Pero qué sabes tú?!- estalló Clarice de rabia. 

¿De verdad piensas que un tipo que estuvo muerto ocho años va a volver a ser el mismo, así por arte de magia?

Susan, vete de mi casa- dijo Clarice entre lágrimas

Me voy, pero sé que cuando se te pase el odio, vas a pensar en lo que te dije.

Tomó su bolso y salió de la casa.

Clarice se desplomó sobre el sillón y lloró todo lo que tenía contenido en su interior desde aquél momento. Un sinfín de dolor y desesperación comenzó a brotar de sus ojos verdosos. Aunque odiaba admitirlo, Susan tenía razón. Pero Clarice no se atrevía a cruzar la barrera, no quería vivir, no tenía el valor para continuar con su vida olvidándose del pasado. 

Se aferró a los almohadones del sillón y se quedó dormida, pensando en lo aburrido y rutinario que sería el día siguiente en la oficina. 

No sabía cuán equivocada estaba. 



jueves, 30 de abril de 2026

We might as well be strangers.



I don’t know your face no more or feel your touch that I adore”

Capítulo 1. 

Clarice salió del trabajo corriendo como todos los lunes, a las 9 en punto de la noche. Llevaba a cuestas unas cuantas carpetas, un maletín de la oficina y unas botas que le dificultaban correr, pero que debía usar para estar presentable en el trabajo. Continuó corriendo, topándose con los mismos rostros de todos los lunes por la noche, esquivando casi los mismos autos, sintiendo el mismo vértigo y cansancio de siempre, el cansancio de la vida. La vida…la vida no había sido justa con Clarice, si por justicia entendemos esa correspondencia entre lo que hacemos y lo que recibimos a cambio, lo que sembramos y lo que cosechamos, que en realidad difícilmente sea lo mismo siempre. Clarice era un buen ejemplo de eso: su vida había rodado cuesta abajo por una colina ocho años atrás y ella sentía que seguía yéndose abajo cada día, en el medio de ese abismo de soledad y oscuridad, sin que nada pudiera detener la tragedia. A veces deseaba que por una vez, alguien volviera el tiempo atrás para corregir las equivocaciones, cambiar un par de decisiones, uno o dos nombres propios…pero no…el tiempo era para Clarice su enemigo infalible y, a la vez, su mejor aliado. 

Pero es necesario que volvamos a la historia, a ese lunes que parecía insignificante pero que traería el cambio que Clarice esperaba como un prisionero a su libertad. 

Llegó a la estación donde paraba el tren, allí en Luxemburgo. Según ella tenía entendido, provenía de París y recorría gran parte de Europa. El tren se detuvo, hacía mucho frío. La puerta se abrió y Clarice entregó su boleto y subió. Se acomodó en el mismo asiento de siempre y dejó sus cosas allí, en el asiento contiguo. Conocía los rostros de casi todos los pasajeros, luego de años de viajar en ese tren. Sabía que la señora de enfrente tenía un hijo viviendo en otra ciudad, que la mujer que estaba más atrás viajaba por trabajo, que el hombre que se sentaba a su izquierda viajaba por placer. Clarice siguió inspeccionando las caras de los pasajeros hasta que descubrió a cuatro jóvenes que nunca había visto hasta entonces y algo más le llamó la atención: uno de ellos llevaba una cámara de fotos. 


Yo quería que trajeras la digital- dijo Tom, en pose de niño caprichoso- con esta hay que esperar a que reveles las fotos. 

Pues a mí me encanta revelar las fotos- contestó Richard, sacándole la cámara de las manos. 

Richard llevaba puesto un pantalón de jean, sus zapatillas preferidas, abrigo y una bufanda. Se encontraba algo cansado pero feliz de compartir esa nueva experiencia con la música y la banda a la que pertenecía. A menudo, Rich reflexionaba acerca de su vida y veía que había acertado en casi todas sus decisiones: era un profesor de Geografía y defensor de los derechos humanos y la naturaleza, vegetariano por elección pero, fundamentalmente, Richard era un músico y eso era algo primordial y hasta necesario en su vida. Sin embargo, y con mucha frecuencia, Rich también se cuestionaba si la música era lo único que podía llenarle el alma, si el amor de una mujer o tal vez de un hijo, no podría tomar ese lugar algún día. Pero el amor siempre había sido para él un espejismo, Rich se daba cuenta de que el amor ideal era sólo un cuento de los románticos, armonioso, pero cuento al fin. 

Tom lo sacó de sus cavilaciones. 

¿Por qué te mira tanto esa mujer?- preguntó señalando disimuladamente hacia su izquierda- ¿la conoces?

Rich volvió la cabeza para mirar y vio a una mujer de unos treinta años, de cabello oscuro y tez blanca. No era precisamente hermosa, ni tampoco tenía atractivos a simple vista, pero había algo en su forma de mirar que le llamó la atención. 

No la conozco- dijo por fin.

Pero te mira fijamente- acotó Tim

Pero estoy seguro de que no la conozco- dijo Rich volviendo a mirarla.

Quizás quiere decirte algo pero no se atreve- arriesgó Tom- ¿por qué no vas y le preguntas?

¿Y qué se supone que le diga?- preguntó Rich, un poco irritado por la insistencia.

‘¿Me miras porque soy demasiado atractivo?’- lo imitó Tom

¡Eso es lo que tú dirías!- exclamó Rich.

Los demás rieron con la broma pero Richard continuaba perturbado por la insistencia de esa mujer. Se levantó de su asiento, pretendiendo ir al baño. Caminó en dirección a ella, quien dejó de mirarlo inmediatamente, como saliendo de un trance. Clarice hizo lo posible por disimular y mirar por la ventanilla. Richard pasó a su lado y siguió su camino hacia el baño. Al volver, no pudo contenerse y se paró frente a ella. 

Hola- saludó.

Clarice lo miró y tardó en contestar. 

Hola- dijo tímidamente. .

Me estabas mirando hace un rato. ¿Acaso nos conocemos?

Ah, no, no- balbuceó ella, aturdida por la vergüenza- es que…yo…no te miraba a ti, sino a tu cámara de fotos. Es igual a la que yo tengo-explicó. 

¿Y crees que te la robé?- contestó Rich, riendo.

No, claro que no- repuso Clarice- es que hace años yo me dedicaba a la fotografía, de forma profesional y ver tu cámara me llevó otra vez al pasado. Discúlpame, por favor- pidió. 

No, no te preocupes…- Rich hizo una pausa esperando a que ella dijera su nombre.

Clarice, Clarice Beckett. 

Richard Hughes- dijo extendiendo su mano para estrechar la de Clarice.

Al apretar su mano, Rich sintió dentro de él un fuego desconocido y enigmático. Jamás había pensado que el tacto y la mirada de una perfecta extraña podían despertarle esa curiosidad, ese deseo de conocerla. Clarice era sencilla y sin maquillaje, su rostro se veía cansado después de todo un día de trabajo pero Richard veía algo más allá de lo superfluo o aparente, aunque no sabía qué era. 

Clarice soltó la mano de Rich.

Lamento haberte molestado- dijo

No me molestaste, Clarice- respondió Rich- y creo que ambos compartimos la pasión por la fotografía, ¿o no?

No- cortó ella- yo ya no me dedico a eso; y si me disculpas, preferiría dormir ahora. 

Rich se quedó un momento paralizado por la reacción de ella y luego se encaminó a su asiento otra vez. 

¿y? ¿Quién era?- preguntó Tim.

Fue una confusión, nada más- dijo Rich, acomodándose en su lugar. 

Clarice fingía dormir pero no podía. Su cabeza trabajaba al ritmo de un caballo desbocado. No podía permitir que ningún hombre se le acercara, no lo había permitido en esos años. Su fidelidad hacia Martin era lo único que le quedaba, lo único que le daba algo de sentido a su vida maltrecha y sin un camino seguro. 

Lo que Clarice no se imaginaba era hasta dónde ese encuentro fortuito cambiaría el curso de toda su existencia; lo que Richard no podía ver en ese instante era que el destino le estaba poniendo por fin y delante de sus ojos a quien siempre había esperado. 


miércoles, 29 de abril de 2026

Novedades

Hola,espero que se encuentren bien! 
Les cuento que voy a publicar una historia inédita, que escribí hace unos 18 años. 
Se llama como una de mis canciones favoritas:  We might as well be strangers (traducida como Podríamos ser dos desconocidos). 
Ojalá les guste! 

domingo, 26 de abril de 2026

El monstruo del campamento.

 

La piel en el fogón. Quemada, cuarteada, herida. Nadie hizo nada para detenerla, todos miraron con pasividad y hasta con gracia. Festejaron incluso.

Estaban tomando mate una noche, en un campamento de verano. Ese era SU momento, lo sentía, lo imaginaba desde hacía años. El fuego, su crepitar, su color anaranjado, ese calor abismal que invitaba a hundirse, le dieron el coraje que necesitaba. Iba a exponerlo, a vociferar lo que el monstruo le había hecho. Cómo no tenía paz desde aquel momento, cómo esas imágenes la acechaban, sobre todo por la noche, en su cama.  Pero ya no. Estaba dispuesta a quitarle la máscara a Mr. Hyde, costara lo que costara. Entonces algo pasó en la ronda, su madre se levantó, la tomó del brazo y se lo acercó al fogón; ella aulló de dolor, gritó mientras la piel se chamuscaba y el olor de la carne quemada invadía el campo, el aire, el río. El brazo se convirtió en cenizas mientras su madre sonreía y los demás espectadores aplaudían como idiotas, como autómatas.

 Incapaz de emitir un sonido, sintió el toque en su brazo, ahora intacto, que la devolvió a la noche. Miró la pava en el fogón y el alma se le tornó en hielo. No me vas a felicitar, preguntó su madre. Ella la miró con ojos vacíos, húmedos; se tocó la piel del brazo para comprobar que estaba allí.

Tu mamá y yo nos vamos a casar, dijo el monstruo.

domingo, 19 de abril de 2026

La primera.


Llegó temprano porque estaba nerviosa y no quería padecer las miradas filosas de los hombres que estaban convencidos de que ese no era lugar para una mujer. Clara estaba dispuesta a enfrentarlos, pero era ella sola contra el mundo... o eso parecía. Porque ese primer día se asemejaba al mundo, al todo. El todo o la nada.

 Sentada allí, tensa, veía el gesto de sorpresa en los ingresantes cada vez que hacían contacto visual con su figura apostada en un extremo del salón. Clara cerraba momentáneamente los ojos y pensaba en su madre que siempre la había animado a expresar sus pensamientos y a seguir sus intuiciones. Uno a uno se fueron acomodando. Murmuraban. Un joven se acercó a explicarle que se había confundido, que allí no se reunían las mujeres de la Caridad sino en el salón del edificio contiguo. Clara solo respondió que estaba en el lugar correcto. Enfundado en un traje acorde a la ocasión entró al salón el hombre que todos esperaban. Se paró frente al grupo, saludó y la vio. Quiso echarla pero no podía. Ya la había visto en la lista, con la certeza de que era un error de administración. Pero no. Allí estaba. La primera mujer en la Facultad de Medicina.






domingo, 12 de abril de 2026

Libre.

 Alguna vez seré una mirada borrosa

un recuerdo mal contado, 

un tajo en el corazón 

que no volvió a ser igual. 

La memoria de la niña

atormentada,

 caminó 

de la mano de las fantasías.  

En este universo

donde es tan chiquito el tiempo 

seré la añoranza 

del amor

de los ojos que reflejaste

de las manos que no tomaste.

Seré ese cuerpo marcado 

por el dolor del invierno

y del rechazo. 

También la raíz,

el amor que sembré 

el alma eterna 

el fuego indómito

la luz 

de lo divino

y lo profano. 

Seré tan mía

como pueda...

Allí mis cenizas 

atravesarán el puente

y volveré 

en otro tiempo 

en otra vida

liviana por fuera 

y por dentro. 

Libre.






miércoles, 1 de abril de 2026

Capítulo 22 (Final).

 Queridos lectores, si llegaron hasta acá, tienen que saber que mamá releyó la carta de la abuela Magda muchas veces. La primera vez lloramos juntas. Después, ella sola, cada vez que revivía toda esa historia en su cabeza. Y no es para menos, era la historia de sus padres, la que su mamá jamás se había atrevido a contar en vida. Tuvo que ser muy fuerte para ella. 

Mi mamá también fue una persona distinta a partir de esa verdad. Disfrutaba más de la vida, salía a caminar con sus amigas (a las que había dejado de ver años atrás), se reía y ya no estaba con cara de amargada. Y pensar que yo siempre la juzgué por eso y tuve que pedirle perdón, porque tomé dimensión de su dolor solo después de la carta de la abuela. 

Eso me lleva al principio de mi narración ¿Los convencí de que el espíritu de Magda intervino para que nos pasara todo esto? 

Bueno, de todos modos, ustedes son libres de creer lo que deseen. 

Solo me resta contarles que Salvador y yo somos pareja y de verdad. No hubo titubeos, dudas,ni medias tintas. Porque el amor es algo recíproco y busca el bien del otro. Y no se busca; se construye y crece cuando estamos dispuestos a seguir ese llamado que viene de adentro. Así como le pasó a la abuela, que amó a un hombre y tuvo que elegirse a ella primero. Pero jamás se arrepintió de ese amor. Y es que, cuando es sincero, el amor nunca puede ser descartable.  

FIN. 

lunes, 30 de marzo de 2026

Agradecimiento.

 Queridos lectores y visitantes del blog: 

Quiero agradecerles por leer esta historia tan querida por mí y tan distinta a lo que he escrito antes.  Como saben,  "Amor descartable" es una canción de los 80 que se me ocurrió como el título de una síntesis perfecta de esta narración. 

Hoy más que nunca necesitamos dejar de ver los vínculos como desechables y a las personas como objetos.  Al retratar a dos generaciones tan distintas, como la de Magda y Maite, me propuse indagar en las decisiones, a veces imposibles,  que tenemos que tomar y cómo éstas afectan al entorno. También cómo cada época nos moldea y nos exige adaptarnos al punto de olvidar quiénes somos y qué deseamos verdaderamente. 

Esta novela surgió de anécdotas y conversaciones con amigas. Cada una me decía:  Tenés que escribir un libro con esas historias.  

Y acá está.  

Espero que les guste el capítulo final,  que llegará en pocos días. 

Un abrazo a todos! Especialmente a quienes leen de otros países. 

Laura. 

viernes, 27 de marzo de 2026

Capítulo 21.

 Al día siguiente, lo primero que hice fue ir a ver a Anita. Hacía mucho que no nos veíamos y tuve que contarle todo, con lágrimas en el medio y ya liberada de la necesidad de esconder mi embarazo. Esa mañana seca, helada, estábamos solas.

Mi amiga lloró conmigo, fueron muchas cosas que tuvo que entender de un momento a otro. 

Magda, estoy feliz de que estés embarazada, pero justo de él...

Lo sé, también para mí es una bendición y al mismo tiempo una amargura. 

Me sequé las lágrimas. 

Hasta ayer estaba feliz porque mi casa ya está vendida y el plan era irnos con Ignacio a Buenos Aires...

¿Y sus hijos? , me preguntó Anita, queriendo disimular su reprobación ante esa decisión. 

La idea era que le girara dinero a Susana cada mes y que después haría lo posible por verlos todo lo que pudiera. Pero, ¿sabés qué? Ayer, cuando estaba en su casa, con el nene enfermo, me di cuenta de que no puedo pasar por encima de esos chicos solo porque estoy enamorada, eso sería traicionar todo lo que soy y en lo que creo

¿Y él qué piensa?

Él no sabe que me voy sola. Acá te dejo una carta para que se la entregues cuando me haya ido. ¿Podés hacer eso por mí?

Por supuesto...Pero vos...Magda, tu hijo también va a querer conocer a su padre, también lo va a necesitar. 

Lo sé, pero esto es lo único que puedo hacer, por ahora. 

¿A dónde vas?, me preguntó Anita entre lágrimas y un té que se enfriaba. 

Hace tiempo me habían ofrecido un puesto en un pueblo de Córdoba. Ahí también hay una casa para la maestra que se haga cargo. Mientras me llega la designación, voy a cubrir los gastos con mi dinero.

¿Qué más les puedo contar? Ese día nos abrazamos y prometimos que nos mandaríamos cartas todos los meses. Me fui de Los Álamos y no volví jamás. 

Apenas llegué a este pueblo, donde pronto moriré, le mandé a mi amiga un telegrama para que supiera que Mecha y yo estábamos bien. A esa altura del embarazo ya intuía que ibas a ser una nena. 

Anita le entregó la carta a Ignacio, que me anduvo buscando por todos lados. Durante un tiempo insistió para que le dijera dónde estaba yo, pero ella se mantuvo firme en que no podía decirle. Supongo que con el tiempo, tu padre se resignó y continuó con su vida. Supe que hace unos veinte años finalmente se divorció. Fue abuelo de muchos nietos y murió en su casa del campo. 

Esa es la historia de tu papá, Mecha. Seguramente hice un montón de cosas mal, pero no quise exponerte al sufrimiento de que todos te señalaran como bastarda y que te dijeran que tu madre era una puta. Espero que puedas perdonarme. Ahora ya sabés que sos fruto del amor más lindo que conocí. Sos igual a él, querida hija. 

Maite, mi preciosa nieta. No te conformes en ese matrimonio sin amor, no te conviertas en ese ser ausente, que deja de vivir. Sé lo que vos quieras. Muchas veces te dije que yo te iba a ayudar, en este mundo o en el otro. Creelo. 

Las amo.

Magdalena.

martes, 24 de marzo de 2026

Capítulo 20.

Una tarde de frío, recibí un recado de parte de Ignacio: Feliciano estaba enfermo otra vez y pedía verme. 

Me puse el abrigo más grande para disimular la pequeña panza que ya salía y fui. No me sentí cómoda entrando a su casa, ya no era lo mismo que el año anterior. Sentí una oleada de miedo y culpa al atravesar la puerta. La cara de Susana era de preocupación, me agradeció por mi visita y me explicó que Feli estaba peor que el invierno pasado, que el médico le había dado muchos remedios pero ellos no podían comprarlos a todos. 

Fui a la habitación del nene y se le iluminó la carita cuando me vio. Me senté a su lado y lo abracé. Señorita Magda,¡ gracias! Te extrañé un montón. 

Yo también, mi amor. Le contesté sinceramente.  

Ignacio entró en ese momento. Conmovido, se acercó a nosotros. 

Yo le compro los medicamentos, afirmé. Y antes de que te niegues, te aclaro que es un préstamo. Me lo pagas después, ¿sí? 

Él solo asintió.  

Feliciano se animó un poco y tomó un libro de cuentos de su repisa, le pidió a su padre que se acomodara a su lado. Empezó a leérmelo. Mientras lo escuchaba entendí todo, todo lo que no había podido ver en esos meses . No podía irme con su papá, nunca iba a poder hacerlo sin sentir que traicionaba a esos chicos y a mí misma. 

Cuando me iba, Susana me volvió a agradecer, también por prestarles el dinero. Vi sus ojos cansados. Supe que la dureza que esa joven aparentaba no era frialdad, era supervivencia.  

Lloré toda la noche. No por mí, al fin y al cabo yo tenía recursos para empezar de cero. Lloré por todas las personas frágiles del mundo a las que no se les permitía romperse, solo seguir, sobrevivir un día más. En los ojos de Susana ya no vi a la mujer fría y desapegada, vi en cierto modo a mi madre. Y ustedes se preguntarán cómo, si esas mujeres no podían ser más distintas. Aún así algo tenían en común: el peso invisible de una vida que no querían vivir. 

Esa noche decidí que me iba, pero sola.