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miércoles, 11 de marzo de 2026

Capítulo 16.

Mecha y Maite: 

                            mis queridas, mis dos grandes amores. Estoy escribiendo esto antes de viajar a despedir a mi amada Anita. Pero no sufro. Ella tampoco. Ayer hablamos por teléfono y me dijo que los años que vivió fueron buenos y que ya es hora de irse. Además, seguro que en poco tiempo yo la seguiré porque es lo natural. La muerte no es algo a lo que hay que temer. Espero continuar con ustedes de alguna forma, aunque ya no me vean.

Pero en fin, que acá no se trata de filosofar, como diría mi hija, sino de ir al punto. 

Mecha: nunca te pude hablar de Ignacio Ruiz, tu papá. Y perdón por no poder hacerlo cara a cara, pero me es imposible. Contarte esa historia mirándote a los ojos, donde lo veo a él, en esa mirada de agua mansa, es demasiado para mí. Es como enterrarme el puñal en el pecho yo misma. Por eso lo hago así, porque no soy tan valiente como siempre creíste. Nunca le tuve miedo a nada ni a nadie: ni a los hombres,ni al escándalo, ni al qué dirán. Hasta que me encontré con tu padre y nos enamoramos. Ahí se cayeron las fortalezas que construí para sobrevivir y quedé expuesta... pero es mejor que empiece por el principio, como corresponde.  

Ignacio era el padre de uno de mis alumnos de sexto grado. Tenía mi misma edad, pero ya era papá de cuatro hijos. No se confundan, los padres de mis chicos siempre me respetaron como algo sagrado: era la señorita Magda. Ignacio se acercaba de vez en cuando a hablar de algún tema de sus hijos y nunca había llamado mi atención hasta que pasó algo que cambió el destino de los dos...

domingo, 8 de marzo de 2026

Capítulo 15.

Mientras subíamos al auto de Salvador, le propuse ir a mi casa para que conociera a mi mamá. Estaba segura de que ella estaría tan emocionada como nosotros. ¡Frecuentemente la abuela hablaba de su ahijado Pedro, de quien estaba tan orgullosa! 

Pocas veces había vuelto a su pueblo natal a visitar a Anita. Más que nada, se hablaban por teléfono y se escribían largas cartas. Así, Magda sabía de Pedro y nos lo contaba a nosotras. Recuerdo que yo era niña todavía cuando nos anunció que su ahijado había sido padre. Ni mamá ni yo llegamos a imaginar que el destino podía traer a su hijo a esta ciudad medio perdida entre las montañas, tantos años y tantos muertos después. 

Nos sentamos en el jardín, en esa noche de octubre, y yo no pude evitar decir que todo esto no era casualidad, que era un plan de la abuela. Mecha estaba por contradecirme cuando Salvador afirmó que él también pensaba que una fuerza superior nos había juntado con algún propósito. 

Nos contó que su papá recordaba poco a Magda, ya que ella se fue del pueblo cuando él era muy chico, pero que tenía fotos con ella de esa época y que su mamá se había encargado de mantenerla presente en su memoria.  

También nos dijo que cuando Anita se enfermó, Pedro se la llevó a la capital con él y Magda viajó a verla. Allí la conoció Salvador. 

-Magdalena era una mujer bellísima, pero además tenía algo especial, era distinta. Vos te parecés mucho a ella,Maite. 


Por primera vez, yo estaba mirando al doctor Menéndez como a un hombre y no como mi jefe y eso me inquietó. Los dos estábamos conmovidos por un pasado que de alguna manera nos pertenecía y volvía, porque aún quedaba algo pendiente.  

Yo no quería confundir las cosas ni empezar a hacerme fantasías en mi cabeza. 

Pero esperen, lectores, que ahora viene la mejor parte...

Antes de irse esa noche, Salvador hizo una revelación.  

-En aquella ocasión en que Magda se despidió de mi abuela, le entregó un sobre con una carta a mi papá. Esa carta estaba dirigida a ustedes: su hija y su nieta. 


Mecha y yo nos miramos. Mamá habló: 

-Pero eso fue hace como quince años...

-Sí, en ese momento Magdalena le dijo a mi viejo que escribió en ese papel lo que nunca había sido capaz de decirles cara a cara.  

Hizo una pausa y continuó. 

-Le dijo que él (mi papá) iba a encontrar el momento justo para entregársela a ustedes. Que lo iba a saber. Papá guardó el sobre, pero no tuvo tiempo de volver a pensar en ello, ya que murió la abuela y poco después se enfermó él.  

Cuando papá también falleció, encontré el sobre entre sus cosas. Díganme ustedes si este es el momento al que se refería Magda. El momento justo para que sepan la verdad. 


Mamá y yo estábamos llorando y nos tomamos de la mano. Cuando enfrentas tus temores, tu pasado y todo lo que te duele, el mundo a tu alrededor se empieza a acomodar y recibís esos regalos del cielo que siempre esperaste. 

Salvador me entregó el sobre al día siguiente. No puedo negar que temblaba cuando lo tuve en las manos. Era la letra de la abuela.  

viernes, 6 de marzo de 2026

Capítulo 14.

Salvador era un médico nuevo en la clínica, aunque no en la profesión. Era un cirujano experimentado que venía de Buenos Aires a instalarse en aquella pequeña ciudad entre las sierras. 

El verano se estaba acercando y los últimos vestigios de nieve se veían en los altos picos. La ciudad, con su sol inigualable y sus árboles floreciendo, parecía un cuadro pintado. Algo parecido a la esperanza, a la alegría, se percibía en el aire. 

Maite era ahora enfermera asistente del quirófano y había trabajado ya en varias intervenciones con el doctor Menéndez.  

Ambos hablaban con frecuencia, sobre todo después de las cirugías. Salvador le contó que buscaba alejarse de la gran ciudad capital, luego de un fallido matrimonio y la muerte de sus padres, con poca diferencia de tiempo.  

Maite ya había pasado por el caos del divorcio muchos años antes y lo entendía. 

 Por suerte, mi madre vive. Y a mi padre no lo vi nunca más desde que nos dejó cuando era niña. Pero no es una herida ya. No me interesa saber de él.

Mis padres siempre estuvieron juntos y se querían mucho, recordó Salvador con algo de nostalgia. Mi viejo se fue del pueblo donde nació para estudiar en la capital. Era ingeniero. 

Mi abuela Magdalena también era de un pueblo: Los Álamos. 

¿Magadalena? No puede ser...

El doctor se quedó casi petrificado mientras terminaba de juntar sus cosas. Maite lo miró con extrañeza. 

Sí, Magdalena Uribe

Salvador reaccionó con emoción. 

¿Magda

Maite asintió. 

Era la madrina de mi papá, Pedro. 

¿Pedro? - preguntó Maite- ¿El hijo de Anita? 

Salvador sonrió. 

Sí, mi abuela. No puedo creer que seas la nieta de Magda. 

Maite estaba tan emocionada como él.  

Creo que tenemos mucho de qué hablar, dijo él. ¿Por qué no vamos a tomar un café? 

martes, 3 de marzo de 2026

Capítulo 13.

Maite se apuraba para cambiarse después del turno de la mañana en la clínica. De allí se iba al conservatorio, a su clase de piano. 

 Al principio, había sentido algo de vergüenza. Ella tenía más de cuarenta años y sus compañeros eran más jóvenes. Además, en las primeras clases "no pegaba una nota" como solía bromear después. Varias veces quiso abandonar, pero su madre la animaba a seguir. Ningún comienzo es fácil, Maite. Si te gusta, tenés que perseverar. Así que continuó.  

Pasados los meses, había avanzado bastante y eso la motivaba. 

Era invierno y la nieve caía sobre las sierras de Córdoba. Antes de dormir, madre e hija estaban compartiendo un café. Desde que arreglaron sus diferencias, Mecha parecía estar más sensible. Maite se animó a preguntar:

- ¿Todavía le guardas rencor a la abuela Magda por no dejarte conocer a tu padre?  

-No, hija. Me resigné. Aunque mamá me dio su nombre, unos días antes de morir. Dijo que había sido el amor de su vida pero que era imposible. Lo busqué en lo que quedó de "Los Álamos", el pueblo donde vivían, pero nadie supo decirme nada de su paradero o si tenía parientes vivos. Imaginate que si tenía la edad de mamá, ¡ahora tendría cien años! 

Se hizo un silencio. La nieve golpeaba las ventanas. Parecía que los fantasmas querían entrar.  

-A mí nunca me contó la historia completa tampoco. La guardó para sí misma- reflexionó Maite. 

-Tal vez se la contó a Anita, pero ella también murió. Años antes que mamá- respondió Mecha. 

Los caminos parecían cerrados. Pero no por mucho tiempo... el espíritu de Magda (que,según Maite, guiaba y acomodaba todas las cosas) les tenía preparado un último regalo. 

sábado, 28 de febrero de 2026

Capítulo 12.

 

 Pedro ya tenía dos años. Corría por el jardín con torpeza y se apuraba más cuando veía que llegaba su madrina, con el guardapolvos y el maletín de la escuela. 

Ana preparaba café, era época otoñal pero el frío se sentía como un invierno temprano.  

Las dos amigas se sentaban al calor del sol en esas tardes de marzo y aunque todo alrededor parecía calmo, la vida de Magda estaba revolucionada desde hacía meses. 

Finalmente, una semana antes de la fecha, ella había cancelado la boda. El detonante para su decisión fue una despedida que le hicieron sus compañeras de la escuela. A ella le pareció un gesto agradable y sonreía hasta que todas empezaron a despedirse. 

No es para tanto, solo me voy a casar. En marzo nos vemos. 

Pero...Gerardo le contó a todo el mundo que no vas a trabajar más después de casarte, que van a buscar un bebé. 

 A Magda se le transformó el rostro, todos se dieron cuenta y cambiaron de tema como pudieron. 

Media hora más tarde, estaban discutiendo en la casa de él.  

-Jamás me escuchaste, Gerardo. ¡Te importa un carajo lo que yo quiero! Vos no te enamoraste de mí, te enamoraste de una mujer ideal a la que le fuiste encontrando "defectos", porque la mujer perfecta no sale de su casa, cría hijos y soporta cuernos. No piensa, solo obedece y sobrevive. Me niego a vivir esa vida de mierda y vos planeás obligarme,parece. 

-Magdalena, bajá la voz y calmate. La gente puede oír- dijo con tono sereno pero algo amenazante-. Yo no puedo creer que mires esta casa y todo a tu alrededor y digas que esta vida de lujos es una mierda. 

-Además sos superficial-contestó Magda, más resignada que enojada-. El dinero no tapa los huecos que dejan el desamor y la falta de respeto. Eso lo aprendí desde chica. 

-Por favor, nunca te falté el respeto, Magda. En unos días nos casamos...

- Error. Yo no me caso. No quiero volver a verte. 

Gerardo quedó petrificado. 

Magda aprovechó para salir y decirle que mandaría a alguien a buscar sus cosas y que publicaría en el diario local la novedad, así no tendrían que excusarse con los invitados uno por uno. 

Ahora, unos meses después, sentada en el jardín con Anita, la maestra está angustiada. 

-¿Cuántas veces te fue a buscar esta semana? 

-Dos. Estoy harta. Ya ni le hablo pero ahí sigue. De la súplica, pasó al reproche, al llanto y después al odio. Ahora dice que me quiere destruir. 

- ¡Dios! Da miedo - Anita se persignó.

- No le tengo miedo, Anita. Tengo miedo de matarlo.  

-¡Callate! Ni lo digas. Te arruinarías la vida y solo tenés 30 años. 

-Ya sé. Tengo que pensar algo para que me deje en paz. 


Magda estaba atormentada. El acoso de Gerardo parecía escalar en lugar de amedrentarse. Ya había intentado razonar,hasta le había pedido perdón en un intento vano de que olvidara la obsesión por ella al fin. Parecía que no iba a detenerse con nada.  

Una noche,  le pidió ayuda a su madre,le rezó para que le diera una solución, una buena idea. A las dos de la madrugada se sentó a escribirle una carta a su padre,pidiéndole ayuda. Él todavia tenía amigos cercanos al poder, tal vez podía hacer algo. 

Nunca recibió respuesta,pero veinte días después, al abogado le llegó una notificación urgente de la capital, alguien lo demandaba y tenía que hacerse presente. Así que Gerardo se fue. 

Magda esperó, no quería cantar victoria porque temía que volviera en cualquier momento. Hasta que fue a comer a la casa de unos amigos y le contaron que Gerardo estaba metido en un problema legal grave y que tenía que defenderse en Buenos Aires. Solo así se quedó tranquila.  

Jamás volvió a verlo

martes, 24 de febrero de 2026

Capítulo 11.

 Queridos lectores, sé que están impacientes por saber más de los romances de mi abuela Magda, pero antes tienen que entender que, a través de su ejemplo, yo también empecé a sanar mi historia y mis relaciones. En primer lugar, el vínculo con mi propia madre. Entendí que ella no era como mi abuela y que no tenía por qué serlo. Magdalena la crió sola por decisión propia y le negó conocer a su padre. Claro, ella tenía sus razones, decía que la estaba protegiendo, pero Mecha nunca lo entendió así.

 Una noche le pedí perdón a mi vieja por no haber intentado siquiera comprenderla, por ponerme siempre del lado de la abuela. Ella lloró y también me pidió que la perdonara por obligarme a casarme. En aquel momento también pensó que era lo mejor para mí. Y ese es el error que cometemos los padres y las madres: decidir por nuestros hijos.  

Y hablando de ellos, comenzaron a venir a casa más seguido, los fines de semana y en las vacaciones. También hablamos mucho y dejamos en el pasado toda la bronca y la incomprensión. Cuando pasábamos esas noches de verano en el patio, siempre me pedían que tocara el piano. Y mamá nos acompañaba. 

Fueron los momentos más auténticos y felices que tuvimos como familia. Esta vez no nos mirábamos con recelo, no guardábamos viejos odios como una flor putrefacta en el corazón. No. Los rencores terminaron.  

Un día me encontré en mi trabajo tan en paz, tan contenta,que me pregunté si de verdad necesitaba una pareja. Y es que yo, como todos, alguna vez quise conocer al amor de mi vida. Pero llegué a entender que eso puede ser tan efímero como la misma vida. Nadie puede prometer amor eterno, porque uno no manda sobre los sentimientos.  

De manera que entendí que así estaba bien y que si el destino tenía un amor para mí, llegaría sin buscarlo. Exactamente como le pasó a la abuela.  


jueves, 19 de febrero de 2026

Capítulo 10.

 El domingo, Magda aún no había terminado de guardar el vestido cuando tocaron el timbre. 

Se imaginó quién era y tomó aire. No sabía qué le iba a decir, ni a qué atenerse. En el tren, por el camino de regreso, casi no habló. Sabía que se enfrentaba a un dilema pero necesitaba mirar a Gerardo a los ojos para entender su magnitud. 

Abrió la puerta y ahí estaba. Se saludaron con un tímido hola y él entró. 

Se sentó en el sillón del living, después de ella. 

-Estuve mal. Perdoname, mi amor- dijo el novio sin preámbulos. 

- Es que es violento lo que hiciste. Sabías dónde estaba y con quién. No entiendo qué te pasa.

-Lo sé, lo sé... es que te imaginé allá en la capital, paseando, vos tan linda...a cualquiera hombre le podés gustar. Y no pude evitar los celos.

-La fantasía de los celos- lo corrigió Magda-. Y que por esa idea tan absurda me faltes el respeto y me des órdenes como si yo fuera tu mandadera, eso es lo que más me indignó. 

- Dame otra oportunidad. Te juro que nunca se va a repetir. 

En sus ojos, ella veía arrepentimiento. Pero no estaba tan segura de que no iba a volver a pasar. ¿Cómo podía prometer controlar algo como los celos? 

-Está bien- concedió Magda-. Estás disculpado. Falta un mes para la boda y queda mucho por hacer todavía.  

Gerardo se incorporó y la abrazó.  

Te voy a hacer feliz, te lo prometo, le dijo al oído. 

Ella cerró los ojos y quiso creerle. Se obligó a callar esa voz interna que le decía que desconfiara, que ella ya lo venía presintiendo y que él había dejado ver, por fin, algo de lo que se escondía detrás de esa sonrisa impecable.  


El gran día se acercaba, casi todo estaba listo. Gerardo se comportaba como el mejor de los novios, la casa de Magda estaba llena de flores y notitas de amor que él le dejaba. Ella y Anita estaban metiendo las pertenencias de Magda en cajas. Después del casamiento, ella iría a vivir a la casa de él.  

-¿Al final no viene tu padre,ni tus parientes de Santa Fe?

-No, se excusaron todos. 

-¡Qué vergüenza! ¿Qué va a pensar la gente?

Magda la miró.  

-Sí, ya sé que no te importa eso. 

Las dos mujeres siguieron trabajando hasta que el calor de diciembre las obligó a salir al jardín a tomar un jugo fresco. 

Magda cerró los ojos para aspirar el olor de los jazmines y las rosas que tanto le gustaban a su madre. Todavía recordaba las charlas con ella en ese mismo lugar, cuando tomaban mate y ella soñaba con ir a la Facultad. Algo muy difícil para las mujeres en ese momento.  

¿Cuándo dejé de soñar,Anita?

 Pensaba en voz alta. 

-Ya no sé si me enamoré de Gerardo o de alguien que yo creé en mi cabeza. Pero sentada acá, pareciera que estoy despertando de una fantasía.  

-Magda, no te podés arrepentir ahora...

-Claro que puedo. Vos sabés bien que no me importan las apariencias.  

-¡Pero sería un escándalo!  

-¡No entendés lo que me pasa,Anita! Después de aquel incidente, ya no pude volver a sentir lo mismo cuando lo veo. Es como si se me hubiera caído un velo de los ojos. 

Ana permaneció en silencio. Luego habló. 

-Es inevitable que el sentimiento cambie, Magda. Nos pasa a todos. Pero si lo querés de verdad, el amor permanece. 

Magda suspiró. Ahora sí que no sabía qué hacer. 

martes, 17 de febrero de 2026

Capítulo 9.

Creer o reventar, dirían los viejos. El ritual de la vela funcionó. 

Pocos días después, puse toda la energía en aprender a tocar el piano, algo que siempre quise pero no me animaba. La Academia es hermosa, hasta me animo a cantar con el coro.
Qué bueno,Maite, acotó la psicóloga. ¿Y vos creés que fue tu abuela? 
Sé cómo suena, contestó un poco a la defensiva.
Parezco una mística irracional, pero...en fin...¿qué importa si fue mi abuela o mi fuerza interior? Lo importante es que dejé de responderle los mensajes a Milo y cuando se puso pesado, lo bloqueé sin arrepentirme. 
Se terminó por fin, suspiró con alivio.

Esa misma noche, Maite y sus amigas se juntaron a comer pizza. Chocaron los copones de cerveza celebrando que el pelotudo de Milo era historia. 
Lo único que faltaba, ¡aguantar a un tarado que quiere hacer lo que se le dé la gana con vos!
Maite reía. 
Pero seguí contando lo de Magda,pidieron las chicas.  Imaginamos que no se casó con Gerardo. ¿O sí?

viernes, 13 de febrero de 2026

Capítulo 8.

Magdalena recordaba el cumpleaños de su ahijado como un día de sol pleno. Habían trabajado muchísimo con Anita para que todo, desde la decoración hasta el menú, quedara perfecto. El marido de su amiga decía que había comida como para una semana. Y es que antiguamente el dicho popular era mejor que sobre y no que falte. 

Las mesas estaban en el jardín y mientras los adultos conversaban, los niños jugaban alrededor. 

Magda recordaba también que alguien le había presentado al abogado Gerardo Insúa, un hombre elegante, alto,joven y simpático. Él la cautivó desde ese momento, como nunca antes le había pasado con otro hombre. Y a Gerardo le pasó lo mismo con ella, rubia y con esa mirada fiera y serena al mismo tiempo. Entre otras cosas, ese día Magda le comentó que todavía estaba terminando de poner en regla documentos de la herencia de su madre y de la casa. Él le dio la dirección de su bufete, que estaba en su domicilio, y se puso a su disposición.  

Esta vez, el chispazo,la pasión fueron instantáneos. Magdalena se sentía enamorada, con ganas de sonreír, de vivir. Gerardo la llevaba a cenar, le hacía regalos y la colmaba de elogios. 

Meses después, Magda le mostraba, feliz, el anillo de compromiso a su amiga. Después de las felicitaciones y los abrazos, Anita preguntó por la fecha de la boda.  

En el verano, así coincidía con sus vacaciones de la escuela. 

Todo era perfecto, tanto que ella misma desconfiaba. Pero trataba de alejar ese pensamiento. Por fin había encontrado al hombre con el que siempre había soñado y no iba a arruinarlo. 

Magda,Anita y el bebé fueron a la capital un fin de semana de noviembre a comprar el vestido de novia, a una boutique. Gerardo paga todo, comentó Magadalena ya en el hotel, pero al vestido lo pago yo. 

-¡Es espectacular, Magda!- contestó su amiga mientras hacía dormir a Pedro-. Esta tarde, cuando te lo vi puesto, no lo podía creer. Va a ser difícil que haya una novia más hermosa que vos. 

Magda sonrió ampliamente. 

-Nunca pensé que me iba a casar (vos sabés) pero él es perfecto...

Su semblante cambió por un momento.  

-Eso es lo único que me molesta. O sea, nunca discutimos por nada,nunca se enoja, no le conozco mal humor, no sé...pienso que no puede ser, que oculta algo. 

-Ay no,¡ te lo pido por favor! No empieces a buscar fantasmas donde no los hay. 

-¡Hablá más bajo que el nene se durmió, Ana! 

Hubo un momento de silencio. Magda observó los últimos vestigios de sol que se filtraban por la ventana del hotel esa tarde. 

-No busco fantasmas. Pero todas las personas tenemos defectos y me pregunto por qué Gerardo se esfuerza tanto por ocultar los suyos.

Dos toques en la puerta la interrumpieron. 

Magdalena fue a abrir. 

-Señorita, hoy por la tarde su prometido la llamó tres veces- dijo el empleado. 

Magda le agradeció y le dijo que lo llamaría enseguida.  

Anita también se asustó, ambas pensaban que había sucedido algo malo para que Gerardo llamara con tanta insistencia

-Hola,mi amor, ¿pasó algo?- preguntó Magda cuando él respondió. 

-¿Por qué no estabas en el hotel,Magdalena? 

-Porque fuimos a comprar el vestido-Magda miró a Ana. 

-Pero estuviste toda la tarde en la calle, ¿qué hiciste además de comprar el vestido? - su tono era áspero. 

-Paseamos un rato con el nene...pero, ¿qué te pasa,Gerardo? No entiendo. 

-Seguro te entretuviste mucho en la calle, ¿te gustó algún vendedor ambulante?- profirió con ironía. 

-Respetame-pidió ella-, nunca te di motivos para que te pusieras celoso o desconfiaras de mí. 

-Quiero que vuelvas a casa ahora- ordenó él. 

-Tenemos el pasaje del tren para mañana, no nos vamos a ir ahora- dijo Magda con firmeza. 

-Pero yo quiero que vuelvas ahora...

-Pero yo no- lo interrumpió- no veo el motivo y no lo voy a hacer. Que te quede claro que no vas a hacer conmigo lo que quieras. 

-¡Magadalena! - alcanzó a gritar cuando ella colgaba. 

Antes de que Anita preguntara algo, volvió a levantar el teléfono para llamar a la recepción y pedir que no pasaran ninguna llamada más a su habitación, bajo ninguna circunstancia.  

Magda caminó hacia la ventana y empezó a respirar para calmarse, se había quedado temblando. 

-Todos los hombres son así, celosos. Quieren saber dónde está su mujer, no quieren que nos llamen callejeras- dijo su amiga, por fin.

-Tal vez. Eso no significa que esté bien o que yo tenga que aceptar su falta de respeto. 

-A duras penas mi marido me dejó acompañarte. Él siempre me recalca que tengo que estar en casa, que eso hace una mujer decente. 

Magda estuvo un largo rato en silencio. La desilusión que tanto temía le había caído encima como una nube funesta. 

-Así que esto es lo que me espera cuando me case...

-Por lo menos no te golpea, hay mujeres a las que les toca algo peor. 

-Qué consuelo- respondió casi con tristeza. 

-Es la vida de las mujeres. Es injusto, como vos decís, pero nosotras no podemos cambiar costumbres ancestrales, Magda. 

-Ahora no. Pero algún día lo vamos a hacer. Como lo hicieron en Francia. 

Esa noche, los tres se durmieron temprano. Magdalena lloró su decepción con amargura, pero se prometió que esas iban a ser las únicas lágrimas que derramaría por Gerardo. 


miércoles, 11 de febrero de 2026

7. Maite.

Vivir en coherencia con mi verdad no me era fácil. Primero, no sabía cuál era esa verdad, qué era lo que realmente deseaba. Eso es difícil de descubrir, me lo dijo mi terapeuta. Ah, sí... empecé terapia porque sentí que me hacía falta ayuda para desentrañar ese misterio. Justo en esa época conocí a Milo en una fiesta de fin de año del trabajo. Él era parte del personal de la clínica pero en otro sector, por eso no nos habíamos cruzado antes. Enseguida nos gustamos y, como suele suceder, todo fue sencillo y excitante los primeros meses. Él me hacía sentir especial, me escuchaba, se interesaba por saber de mis hijos, pasábamos los fines de semana juntos. Hasta que (sí, porque siempre existe un "hasta que...") llegó la pregunta inevitable: ¿qué somos? 

-¿Acaso no estamos bien así, Maite? Sin etiquetas. 

-A mí me gustan las etiquetas, Mecha las quería elegir por mí cuando iba a la escuela y nunca la dejé, las rompía y después yo compraba otras.  

-No te hagas la graciosa, reina. ¿Y qué es esa manía de decirle Mecha y no mamá?  

-Eso es entre ella y yo. No me cambies el tema. No somos pendejos,Milo. 

Bueno, lectores, no vale la pena seguir contando una discusión que no llevó a nada más que a distanciarnos de a poco. Él se alejaba y yo estaba aferrada a la idea de no quedarme sola otra vez. Empezó a dejarme en visto por horas y después por días. Lo intenté todo para recuperarlo. Harté a mi terapeuta, a mis amigas,a Mecha. Estuve meses en ese estado de angustia y de bucle mental. Quería bloquearlo y olvidarme pero había una parte de mí que no, que me decía que él iba a cambiar de actitud, que me quería.  

Ese es el complejo de salvadora, decían mis amigas.  

Y ustedes qué van a saber, argumentaba yo. 

Mirá cómo estás, Maite. Estás flaca, apagada, monotemática. Mirate en el espejo porque el cuerpo no miente y los ojos tampoco. No es sano que sigas con esa obsesión.  

Tenían razón, yo lo sabía. Pero me sentía atrapada como la rata en el laberinto.  

Un viernes a la noche prendí una vela: Abuela Magda, ayudame. Vos dejaste atrás al amor de tu vida porque era imposible. Ayudame a olvidarme de este estúpido del que me enamoré. 

  

miércoles, 4 de febrero de 2026

6. Magda.

 Está sentada después de clase, el salón quedó vacío. Es viernes pero no se decide a emprender el regreso a casa aún. Piensa. Piensa en Carlos. En lo que siente por él, en cómo cambiaron las cosas en estos meses que llevan de novios. Le pidió a ella un préstamo para instalar su negocio y dejar de vender en la calle, Magda le prestó el dinero con gusto pero el almacén de Ramos Generales no prosperó y se fundió en poco tiempo. Carlos inventó mil excusas que ella quiso creer hasta ahora, pero la verdad es que no se levantaba temprano ni se ocupaba de casi nada. Le jura que le va a devolver el dinero pero todas las noches cena en la casa de Magda y ni siquiera es capaz de levantar los platos. ¿Esto es lo que ella deseaba? Sus modos educados y su aparente bondad le hacen difícil la confrontación.  

Se levanta de la silla por fin. Es hora. 


Magda se está terminando de cambiar en su casa, dos horas después, cuando Carlos llega. Saluda y pregunta qué hay para cenar. 

 - Hoy no tengo ganas de cocinar. Hacelo vos, fijate qué hay en la cocina- le dice ella, mientras se recuesta en el sillón.  

- Ay no, mi amor. Si vos sabés que no sé cocinar. 

-Lástima. No comemos entonces. 

Carlos se inquieta, trata de convencerla pero ella no cede. Quiere saber hasta dónde llega su papel de hombre bueno cuando le dice que no. 

- Por cierto, quiero que me devuelvas la plata. No tengo ganas de mantener a nadie.  

- Vos no me mantenés, Magda. Estas diciendo cualquier cosa.  

- Ah,¿no? Comes acá todas las noches y ni siquiera traes el pan o una botella de vino. Te di mucha plata y seguramente la gastaste en otra cosa, porque tu negocio duró menos que un suspiro. ¿De verdad creés que no me doy cuenta de que sos un parásito?  

- Me estás ofendiendo gratuitamente,Magdalena. He sido muy paciente todo este tiempo con vos:nunca fuimos a la cama siquiera. 

-Ya te dije, no me voy a arriesgar a quedar embarazada y menos de vos. 

Magda se puso de pie. 

- La que tuvo demasiada condescendencia fui yo,Carlos. Sabés muy bien que no soy una de esas minas desesperadas por casarse y la verdad es que me pregunté qué es lo que vos me das ,por qué estoy con vos. Y no tiene ninguna lógica. Hacé el favor de salir de mi casa y no volver nunca. Cerrá bien la puerta. 


El hijo de Anita ya comenzaba a dar sus primeros pasos por el jardín. Magda y ella lo vigilaban de cerca mientras hablaban del tema infaltable: "te lo dije".

- Nunca me va a devolver el dinero pero no me importa. Me lo saqué de encima. 

-Si yo te lo dije desde el principio...¿y no volvió a buscarte? 

-¡Claro que sí! Se aparecía por todas partes, me rogaba volver. Al final tuve que amenazarlo para que me dejara en paz. 

-¿Qué le dijiste? 

- Que le iba a decir a la policía que me robó la plata, que yo no se la di. Y ahí se hizo humo el desgraciado- Magda soltó una carcajada y su amiga también-. Bueno...olvidémonos de eso ya. Tenemos que tener todo listo para la fiesta del primer añito de Pedro. 

Las dos mujeres observaron con ternura al bebé que se paraba aferrándose a la cerca. 

Magda no imaginaba que en esa fiesta iba a torcerse su destino...o a encaminarse.