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martes, 30 de junio de 2026

El balcón.

Un guiño para quienes leyeron "El amor en los tiempos del cólera". Otra historia posible. 

El balcón de Florentino permanece cerrado durante el día. El sol del Caribe es demasiado para un hombre de su edad. Cuando era joven, le gustaba dejarlo entrar y pasear libremente por toda la casa. Hoy ya no. Pero la noche es distinta. Entonces, sí abre las puertas para liberar el aire sofocante enredado con el vapor marino que llega desde la costa. 

Es por eso que ella viene por las noches. Algunos dicen que el olor de las almendras amargas la atrae y no se puede resistir. ¡Ay, si los almendros hablaran! Contarían que Fermina Daza es la reciente viuda que amó en secreto (durante más de 50 años de matrimonio con el médico del pueblo) a Florentino Ariza, su amor de la adolescencia. Ahora es libre para gritarlo si quiere, pero él proclama desde su balcón que ya la ha olvidado, que hace mucho, muchísimo, la echó de su corazón.

​Pero nunca te casaste, Florentino. Yo sé que es por mí, porque me esperabas, vocifera Fermina parada allí abajo. 

Nunca me casé porque no me volví a enamorar, contesta él, altivo. Tú me rechazaste después de haberme jurado amor eterno una y mil veces en tus cartas. 

Es que era joven, tonta, mi padre se oponía. 

¡No! Te volviste soberbia y quisiste casarte con un hombre importante. 

Por favor, suplica ella, por lo que sea, estoy arrepentida. Florentino, vámonos de viaje, comencemos otra vida.

​Todas las noches la escena se repite, palabras más, palabras menos. Y siempre termina con la negativa de quien fuera, en sus tiempos, el soltero codiciado del pueblo. El cierre dramático de las puertas destartaladas del balcón.

​¿Cómo puede esta mujer seguir obsesionada con el pasado después de tanta vida?, se pregunta Florentino Ariza ya en su cama. 

En el pueblo dicen que Fermina está loca por causa de la muerte de su marido; otros opinan que Florentino sigue despechado, incluso luego de 50 años, y por eso no da el brazo a torcer.

 Y en ese ir y venir del carajo, en ese amor teñido de nostalgia y de todo lo que no fue, alimentado por una loca pasión juvenil, vivieron sus últimos años. Alguien, alguna vez, osó preguntar por qué. La respuesta fue simple: hay amores que pertenecen y deben quedar en la fantasía, ahí donde son perfectos. El tiempo no corrompe, la rutina no existe, y es el único caso en que el amor le gana la carrera a la muerte: en la invocación de todo lo que nunca fue.


viernes, 19 de junio de 2026

Abuela.

 

Tengo cuarenta años y te estoy mirando. No es un sueño, no morí. Es mi espectro que salió por un rato de mi cuerpo. Me fatiga la carnalidad, estos huesos cargados de músculos y ausencias que a veces se me hacen una prisión. Pero ahora me liberé. Vaga mi espíritu por aquel jardín lleno de rosas rojas, blancas y amarillas. 

Tierra recién trabajada, manos enguantadas y callosas, manos de mujer. 

Te observo y me veo: ahora tengo ocho años y me asalta un pensamiento que no entiendo, me toma y lo tengo que decir: un día vas a formar parte de este jardín, vas a ser la vida de tus plantas, el recuerdo de los que te amaron. Manda a todos al carajo. No te sacrifiques más por nadie. No vale la pena, ni la vida. 

Ella detiene su labor, se queda perpleja, congelada. El espectro vuelve a su lugar. Descansa.

 Un día después, me levanto para ir a trabajar y recibo un mensaje de mi abuela en el celular. Pienso que es una broma al principio. Me espanto enseguida cuando llegan más textos que remiten indudablemente a ella. 

Es imposible, murió hace mucho. Sus cenizas están en su jardín, lo sé. 

Tengo 40 años y ahora no estoy segura de nada; se conmueven los cimientos de una vida de mentira, de silencios, de sacrificios inútiles.

 Llego a la casa de mi niñez y ahí está ella, viva, sana y feliz. Me recibe con un beso y un mate como de costumbre. 

Ya sé, no me aclares. Es un universo paralelo, es lo que podría haber sido nuestra vida. Es como una voz del futuro que anticipa, que advierte. Ahora la escucho con claridad. 

La sigo.

Voy.


domingo, 7 de junio de 2026

Extraños. Final.

 Capítulo 22. 

La policía no tuvo dudas de lo que había sucedido. Clara Shaw había viajado a reconocer el cuerpo de su hija y había declarado a favor de Clarice, contando lo mismo que le había relatado a Richard. 

La policía fue a buscar a Martin a casa de Clarice y éste se había fugado. Pero fue encontrado dentro de los límites de la ciudad y encarcelado a la espera del juicio. Sin embargo, ese día jamás llegó, pues Martin no soportó la vida carcelaria y se suicidó, cortándose las venas con un trozo de espejo roto. 

Volviendo al día de la muerte de Susan, y luego de declarar, Clarice había tenido que ser hospitalizada para controlar unas contracciones, producto de la situación vivida. 

 Richard se encontraba en el pasillo del hospital, esperando novedades. El médico salió de la sala y se acercó a él. 

¿Usted es familiar?- preguntó

Soy su novio, doctor- aclaró Rich. 

Ah, entonces puede quedarse tranquilo, el bebé está en perfectas condiciones- explicó. 

¿El bebé?- preguntó Richard, confundido. 

Disculpe- expresó el doctor, apenado- supuse que usted lo sabía. La señora está embarazada de más de tres meses ya. 

El médico se alejó y Richard no podía creer que le había ocultado algo tan importante por todo ese tiempo. No sabía qué sentir ni qué decir en ese momento. No podía estar feliz ni triste, pues en realidad la novedad lo había tomado por sorpresa completamente. 

Entró a la habitación, buscando respuestas, tal vez. 

Clarice le sonrió desde la cama, sentada allí. Estaba feliz de verlo en ese momento de tanto dolor para ella, por todo lo sucedido. Pero aún había cosas que aclarar entre ellos, y Clarice lo sabía. 

¿Cómo estás?- preguntó Rich, sentándose junto a ella. 

Estoy bien, Richard. Gracias por haber venido a advertirme- dijo ella.

Apenas llegué, llamé a tu negocio y me atendió la empleada. Me dijo que habías llamado, avisando que ibas a la casa de Susan- explicó Richard. 

Tu me salvaste la vida- dijo Clarice, extendiendo su mano para tomar la de él. 

Haría eso y mucho más por ti, Clarice- contestó él- pero estoy bastante molesto porque nunca me contaste que esperabas un hijo mío. 

Clarice le soltó la mano de repente. Suponía que el médico iba a decírselo y lamentó no haber sido ella quien le diera la noticia. Agachó la cabeza, buscando la respuesta más adecuada. 

Nunca me diste oportunidad de que te lo dijera. La última vez que hablamos, me abandonaste- recordó. 

Porque no me pareció justo lo que me hiciste, más allá de que en ese momento no sabías todo lo que sabes ahora acerca de tu marido. Pero igualmente no me diste mi lugar. 

Richard- replicó ella- era mi marido y recién despertaba de un coma después de nueve años. Y fue su psicóloga quien me pidió que no le contara lo nuestro hasta que estuviera preparado- explicó Clarice- Durante todo este tiempo, nunca tuve contacto físico con él, sólo para serte fiel a ti. 

A todo eso no me lo dijiste- acotó Rich, algo nervioso. 

No te lo dije porque jamás me diste oportunidad, como tampoco me diste lugar para contarte que espero un hijo tuyo. 

Richard permaneció en silencio. Sabía que, en algunas cosas, Clarice tenía razón. Que él había insistido con ella, sabiendo que estaba casada y lo que eso significaba. Y que, además, había estado en los últimos tiempos cegado por los celos, que no le permitían actuar con madurez o sensatez. 

Mira Richard, yo creo que por un tiempo cada uno debe seguir solo, hasta que curemos las heridas- retomó la palabra Clarice. 

No estoy de acuerdo, estás embarazada y pienso que debemos estar juntos ahora- afirmó él.

Pues yo necesito ese tiempo, Rich. Me acaba de pasar lo peor que me ha pasado en la vida- dijo conmovida- y necesito estar un tiempo sola para pensar y elaborar todo lo que pasó. 

Estar sola va a ser peor para sobrellevar el dolor…pero si eso es lo que quieres, te respetaré- dijo Richard, poniéndose de pie. 

Te llamaré cuando haya tomado una decisión- dijo Clarice. 

Richard le dio un beso cálido en la boca y salió de la sala. 

La única mujer que había amado en la vida se le escapaba de las manos, como los granos de arena entre los dedos. Sentía un profundo pesar en el corazón, pero pensó que era tiempo de dejarla sola para que resolviera qué hacer; ya no podía presionarla ni suplicarle, ni perseguirla. La decisión era de ella. 

El tren avanzaba a paso seguro hacia Berlín. Richard iba sentado en su asiento predilecto. Viajaba sólo por distracción, pues habían pasado dos meses interminablemente agónicos. Lejos de Clarice, sin noticias siquiera de cómo iba el embarazo. A menudo, Richard imaginaba la cara del bebé, tal vez con sus ojos claros y con la sonrisa de Clarice. Lo pensaba y figuraba en su mente de mil maneras. Después de todo, no estaba mal saber que vendría al mundo alguien de su propia sangre, alguien a quien él tendría que educar y proteger. Alguien que terminaría para siempre con su aparente soledad. 

Pero no sabía si Clarice quería realmente compartir ese niño con él, pues no lo había llamado jamás en esos sesenta días. Ya era inútil pensar en qué se había equivocado y en qué no. Todo estaba hecho. 

El tren continuaba su curso y el día estaba nublado, pero no tan ventoso. 

El altavoz del tren comenzó a dar indicaciones a los pasajeros acerca de los próximos destinos y estaciones. Richard no prestaba atención, pues para Berlín faltaba mucho todavía.

De pronto, escuchó que la voz del parlante decía: “Richard, te pregunta Clarice si va a llover”.

 Dio vuelta la cabeza enseguida, abriendo los ojos y buscándola. 

Yo pienso que sí va a llover- dijo detrás de él. 

Rich giró y la vio otra vez, como tanto lo había anhelado durante tanto tiempo de desencuentros. Estaba hermosa como la primera vez, con su vientre ya crecido. 

Pues yo creo que no- contestó él, finalmente- la presión atmosférica debe estar más baja. 

Clarice se acercó a él, sonriendo. Y en el mismo lugar donde habían cruzado sus destinos por primera vez, terminaron una historia repleta de sufrimientos y empezaron otra, llena de vida. 

Se sentaron, uno junto al otro, y se besaron intensamente mientras el tren se acercaba al próximo destino. 

Y allí, cerca de él nuevamente, Clarice ya no lo vio como a aquél extraño que había conocido un lunes en un tren, sino como al hombre que le había devuelto la vida, en muchos sentidos. Por el contrario, tuvo la sensación de que se conocían desde hacía mucho tiempo; mucho, mucho antes de verse en el tren. 

Apoyó su cabeza sobre el hombro de él…y empezó a llover. 

                          

                                                     Fin.

 


sábado, 6 de junio de 2026

Extraños. Capítulo 21.

 Capítulo 21

Mientras caminaba hacia la casa de Susan, no pensaba en qué iba a decirle o cómo se lo iba a decir. Tan sólo pensaba en que había vivido durante tantos años con dos desconocidos, con dos extraños; con dos personas que habían sido las más importantes de su vida en un momento, y a quienes hoy desconocía. Era increíble como se podía vivir engañado, ciego y sordo durante tanto tiempo. Clarice sabía que Susan nunca había vuelto a ser la misma después de la violación. Ella se había dado cuenta de que el psiquiatra no le hacía bien pero Susan jamás había querido comentarle nada acerca de él. Su aparición repentina en la ciudad, aduciendo problemas con su madre, también la había inquietado, como su insistencia en que se casara con Martin. Clarice no entendía por qué, si verdaderamente Susan estaba enamorada de Martin, había puesto tanto empeño en que ellos se casaran. Tan sólo podía pensar una cosa, en una respuesta que le congelaba la respiración: venganza. Susan buscaba venganza, sin dudas. 

Llegó casi temblando a la casa, tenía miedo, y estaba desilusionada, herida. Un puñal en el medio del pecho le hubiera dolido menos que la traición de su mejor amiga. 

Tocó el timbre y ella abrió la puerta, saludándola como de costumbre. A Clarice se le notaba en la cara todo lo que le pasaba por dentro, parecía que un tren la había arrollado, dejándola en pedazos. 

¿Qué pasa?- preguntó Susan, parada frente a ella. 

Clarice contuvo el llanto como pudo. 

Quiero la verdad- dijo finalmente. 

Susan la miró y guardó silencio. 

Entiendes de lo que te hablo- siguió Clarice- tu eres Lucy, ¿no?

El rostro de Susan cambió inmediatamente. Clarice volvió a ver, por un instante, la cara de esa niña violada, la que había visto aquélla noche. 

Susan caminó hacia la ventana. El viento era cada vez más fuerte y ya era de noche. La luna se había escondido detrás de los nubarrones. Susan miraba hacia fuera, a través del vidrio. Clarice esperaba, de pie en la sala. Hacía lo posible por contener las lágrimas. 

Después de lo que…pasó- dijo Susan- quise morir muchas veces, imaginé mil formas de suicidarme pero siempre fui cobarde para tomar la decisión. Mirando hacia atrás, hubiera sido lo mejor- continuó- cuando Martin empezó a atenderme, me dio una nueva razón para vivir y esa fue la de vengarme de ti.

Espera- interrumpió Clarice

Ya sé lo que vas a preguntar- retomó la palabra Susan- Martin era mi psiquiatra. Falso, por supuesto. No sé a quién le compró el título. Igual, eso lo supe años después, cuando ya éramos pareja. 

Clarice sentía que era un personaje dentro de una novela de terror, se sentía manipulada, manejada como un títere al antojo de sus dos personas más cercanas. 

Sigue- pidió Clarice, simplemente. 

Martin me convenció de robarle los ahorros a mi madre y fugarnos; un amigo le cambió el apellido del documento para que la policía no lo encontrara. Así que vinimos a la ciudad, donde preparé todo para que te conocieras con él y después te casaras. 

¿Con el objetivo de hacerme la vida imposible?- preguntó Clarice.

Sí.

Pues te salió mal, porque el que estuvo casi nueve años en coma fue Martin, no yo- acotó Clarice. 

Es verdad- volvió a decir Susan- esa vez me salió mal. 

Clarice no podía contener el llanto. Se le escapaba sin que pudiera evitarlo, purgando el dolor inconmensurable que se apoderaba de su cuerpo, como un cáncer. 

Yo no fui la culpable de que te violaran, Susan. La idea de ir al lago fue tuya; yo te tomé del brazo y te ayudé a escapar todo lo que pude…pero al final me fue imposible. 

Ya no tiene sentido hablar de eso- interrumpió Susan, mirándola otra vez- aunque no fueras culpable, ya no puedo detenerme ahora. Acumulé tanto odio y resentimiento que no puedo parar. Supongo que Lucy me ganó. 

No me sigas persiguiendo, Susan- advirtió Clarice en un tono más áspero- no quiero volver a verte ni a ti, ni a Martin. No me obligues a denunciarlos a los dos. 

No nos vas a denunciar- dijo acercándose peligrosamente a Clarice. 

Clarice retrocedió unos pasos, presa del miedo. 

De repente, sus pies se toparon con la escalera. No teniendo otra vía de escape, subió de prisa los escalones. Susan subió detrás de ella. 

¡Susan soy tu amiga, por Dios!- gritó Clarice- no es conmigo con quien debes estar enojada, sino con Martin. Él te manipuló para que te convirtieras en un monstruo. 

De Martin también me voy a ocupar- acotó Susan, acercándose cada vez más. 

Clarice retrocedía sin saber qué hacer o a quién pedir ayuda. 

De pronto, el timbre empezó a sonar insistentemente. Susan no iba a atender pero la insistencia de quien tocaba, la empezó a perturbar. 

Nerviosa, quiso pegarle a Clarice y ésta la esquivó, propiciando que Susan cayera estrepitosamente por las escaleras. 

Richard abrió la puerta al escuchar el golpe y vio a Susan en el suelo de la sala, tirada boca arriba y muerta, sobre un charco espeso de sangre. 

Clarice bajó inmediatamente y abrazó a Richard, llorando nerviosamente. 

Lloró con angustia la muerte de su mejor amiga, pues así quería recordarla. 

Sintió alivio por la muerte de Lucy y un profundo dolor en el corazón por haber perdido a Susan. 





miércoles, 3 de junio de 2026

Extraños. Capítulo 20.

 Capítulo 20. 


Marcaba con desesperación y erróneamente el número de la aerolínea. No podía coordinar, se había quedado en blanco y después horrorizado con lo que Clara Shaw le había relatado. Parecía que Clarice había estado inmersa todos esos años en una película de terror, en la que Martin y Susan habían sido los guionistas y directores. Todavía pálido y espantado, al fin pudo marcar bien el número y lo atendieron. 

Buenas noches, quisiera saber cuándo sale el próximo vuelo a Luxemburgo- preguntó con voz ronca. 

Mañana por la tarde, señor- contestó la operadora.

Bien, resérveme un pasaje.

Al colgar, comenzó a preparar su maleta. A los demás les había dicho que iría a buscar a Clarice, pero había omitido voluntariamente contarles lo que descubriera; era demasiado complicado para que lo entendieran. Ni siquiera él lograba comprenderlo del todo, aunque se lo propusiera. 

No podía creer lo estúpido que había sido al dejar a Clarice con ese hombre, sin permitirle explicarle nada ni respetar sus decisiones. Pero ahora sabía que ella estaba en peligro y tenía que ir a advertirle. 


Clarice había estado todo el día pensando en la cita, ella no sentía nada por Martin y le importaba un comino que tuviera una amante. Lo que sinceramente le dolía era que le había mentido otra vez, que le había jurado cambiar y que otra vez estaba con esa mujer, que tanto dolor y sufrimiento les había ocasionado. Pero fue paciente y esperó a encontrarlo con ella para poder echarlo de la casa, por fin. Ya no le importaba nada más que su hijo y había decidido que lo criaría sola. No iba a llamar a Richard. De hecho, y no sin llorar, había borrado su número telefónico de su agenda. Clarice no podía entender cómo tanto amor se había ido por la pendiente ante la primera amenaza, tal vez ella había cometido errores…pero ya era tarde para repararlos. 

Esperó hasta las 18.30 h. Martin había salido de la casa media hora antes, diciendo que iría a ver a un amigo. Eso le terminó de confirmar a Clarice que mentía. 

Se encaminó hasta el puente. Por alguna razón, se dio cuenta de que era el puente del parque cercano al río y no otro. Ya no había hojas para pisar, el invierno las había barrido a todas hacia otro lugar. La tarde era gris y ventosa. Tal vez el paisaje pintaba perfectamente cómo se sentía Clarice por dentro. Mientras se acercaba al lugar, comenzó a tener un presentimiento oscuro y su piel se erizó un momento. Pero no era tiempo de detenerse, ya no había retorno. Avanzó y los vio discutiendo sobre el puente. 

Clarice hizo un gesto espontáneo de horror, como si hubiera visto un fantasma. Se tapó la boca, intentando contener el grito que quería escapársele y se escondió detrás de un árbol. 


Te dije que me dejes en paz- cortó Martin- no quiero saber nada más contigo. 

Nosotros estamos unidos de por vida, querido- dijo Susan- no lo olvides. 

¡No juegues conmigo loca perturbada!- dijo él, abofeteándola- no querrás que vaya a la policía y les diga que quien cortó los frenos de mi auto fuiste tú- sugirió.

¿Y Por qué no lo hiciste ya?- replicó ella, limpiándose la sangre del labio- tal vez porque yo contaría muchas cosas que no te convienen. 

Martin guardó silencio, sabía que ella lo tenía en un puño. 

Así me gusta más- dijo Susan- deberías ser más amable, cariño. Recuerda que no estás preso gracias a mí; yo le pagué a ese hombre para que te falsificara el documento, ¿no?

Martin continuó en silencio. Susan o Lucy, como él la llamaba, tenía razón. Martin había sido siempre un estafador, ejerciendo ilegalmente la medicina y la psiquiatría, después. Cobraba cantidades exorbitantes de dinero a sus pacientes- víctimas, los medicaba y, en ocasiones, habían terminado peor que al empezar el tratamiento. Ya tenía varias denuncias por mala praxis cuando el caso de Susan llegó a él. Susan parecía desprotegida y maltrecha cuando entró allí la primera vez. Al saber que su madre tenía mucho dinero, Martin había aprovechado para manipular la mente de la pobre muchacha, convenciéndola de buscar un culpable de su violación. Así ella empezó a culpar a Clarice por ello y Martin fomentó en ella el deseo de venganza. De esa manera, al verla cada vez peor, su madre seguiría pagando el tratamiento por años. Su siguiente paso fue seducir a Susan. Le cambió el nombre por Lucy, una canción de los Beatles que él adoraba, y le hizo varios regalos. De ese modo, comenzaron un romance y después de unos cuantos años, Martin vio el momento oportuno para sugerirle a Susan que le robara el dinero a su madre para huir juntos. 

Susan fue detrás de de Clarice, decidida a vengarse y planeó que se encontrara con Martin en aquél club nocturno. Desde ese día, ambos se habían encargado de hacerle la vida imposible. Susan había acumulado odio y rencor todos esos años, que la habían terminado por enloquecer. Ya no sabía ni quién era. 

Lo único que sé- siguió hablando Susan- es que a ti te busca la policía por estafador y que gracias a mi, no te encontraron hasta ahora. Así que empieza a respetarme un poco más. 

Mira, Lucy, yo lo único que te digo es que quiero estar con Clarice, ella es la mujer que quiero- dijo Martin, más calmado- sólo pretendo que nos dejes en paz. 

Tú me recalcaste que ella es la culpable de lo que me pasó, ¿por qué la dejaría en paz?

Porque ya no tiene sentido, entiéndelo. Eso ya pasó- sentenció él. 

Para mi no pasó, yo lo recuerdo cada noche, cada día- dijo ella, conmovida- alguien tuvo la culpa. 

Para mí sería fácil matarte y tirarte al río, Lucy- dijo Martin, con una calma inquietante- No tienes familia, nadie te extrañaría y nadie podría relacionarte conmigo. 

Pues yo digo exactamente lo mismo- replicó Susan, con una sonrisa burlona. 

Martin dio media vuelta y se alejó caminando por el puente. 

El teléfono celular de Susan sonó en ese instante. 

Hola- respondió.

Soy yo- dijo Clarice del otro lado y observándola de lejos- ¿dónde estás?

Estoy en mi trabajo, ¿qué pasa?

¿Puedo pasar por tu casa dentro de un rato?- preguntó Clarice. 

Sí, seguro. ¿Pasa algo, Clarice? Tienes una voz rara- dijo Susan. 

Sí, pasa algo grave, pero tengo que decírtelo en persona. 

Clarice colgó el teléfono y vomitó inmediatamente junto al árbol. Parecía que estaba siendo exorcizada, pues no paraba de vomitar. 

Quizás era eso lo que estaba sucediendo; tal vez su cuerpo estaba por fin expulsando las mentiras y la podredumbre de adentro. Al fin estaba preparada para enfrentarse con la verdad. 


lunes, 1 de junio de 2026

Extraños. Capítulo 19.

 Capítulo 19.

La soledad lo golpeaba salvajemente. A pesar de que muchas veces en la vida había estado solo, sin pareja o incluso sin amigos, Richard sentía por primera vez que el dolor le ganaba; sentía un inmenso hueco en el pecho que nada más podía enmendar el amor de una mujer. Su sonrisa, el recuerdo de su voz, su perfume natural…todo permanecía intacto en sus sentidos, todo estaba inalterable dentro de él, salvo porque Clarice ya no estaba más en su vida. Él la había echado torpemente, cegado por sus celos y su egoísmo, tal vez. Ya no importaba, daba exactamente igual en qué circunstancias sus destinos se habían separado. El hecho puntual era que ya no la veía, ni escuchaba, ni tocaba, ni besaba…Richard se encontraba cada vez más perdido e indiferente. La vida para él, ahora se tornaba grisácea e insípida. Nada lo conformaba, ni lo colmaba.

Sus amigos le decían que había estado mal con Clarice y que la llamara para disculparse, pero él no sabía cómo hacerlo; no era capaz de encontrar las palabras para pedirle perdón y suplicarle que volviera con él, decirle que su vida sin ella se reducía a la misma nada. 

Era el último día de la gira europea, al fin se terminaba, pues todos estaban esperando el momento para volver a casa. Richard estaba tirado en su cama del hotel, luego del último show. Miraba fijamente al techo cuando golpeó la puerta Tom. 

¿Qué pasa?- preguntó sin abrir la puerta.

-Hay una exposición de arte en el hotel, en la sala de conferencias. ¿Quieres bajar?- preguntó Tom, desde el pasillo.

-No, vayan ustedes- contestó. 

-Te va a gustar, Rich- insistió Tom- además con Tim estábamos pensando en ver la muestra para renovarnos un poco para el próximo disco. 

-¿Quién expone?- preguntó sin ganas.

-Una artista internacional, Clara Shaw- señaló Tom

Richard se sentó en la cama, de un salto. Era la madre de Susan. 

Se incorporó y le respondió a Tom que ya bajaba. Nunca supo por qué hizo eso, por qué le despertó curiosidad conocer a la madre de Susan. Simplemente, se vistió y bajó. 

Clarice seguía viviendo con Martin, aunque todavía se negaba a tener relaciones íntimas con él. Martin no le reprochaba nada, conciente de que era necesario esperar a que las cosas se calmaran y que Clarice entendiera que él era la única persona que ella tenía en el mundo. A menudo, había querido averiguar quién era Richard pero ella no hablaba del tema. 

Clarice seguía adelante con su vida y con Martin, sólo por su hijo. Ese bebé era su única razón de ser y lamentaba que nunca conociera a su verdadero padre, pero el niño necesitaría uno y Martin se había ofrecido a serlo. Clarice sabía que no sería lo mismo, pero Richard no había querido escucharla y ella se convenció de que él no la amaba tanto como lo proclamaba, pues de haber sido así, la hubiera esperado hasta resolver su situación. 

Así pasaban sus semanas, entre su trabajo y su casa. 

Esa noche, revisaba los bolsillos de la campera de Martin para meterla al lavarropas, cuando encontró una pequeña nota adentro. Iba a tirarla, pero instintivamente la abrió y leyó: “Te espero mañana, en el puente, a las 7 de la tarde. Lucy”. Clarice tambaleó un poco y abrió los ojos para releer sin poder creerlo… ¡otra vez esa mujer! Se llenó de indignación contra su marido y pensó en armarle un escándalo cuando volviera…pero luego reflexionó y llegó a la conclusión de que sería mejor encontrarlos juntos para terminar de una buena vez con esa pesadilla. 

Volvió a guardar la nota en el bolsillo de la campera y simuló frente a Martin que todo seguía igual. 


La exposición era sumamente interesante. Se notaba que la señora Shaw era un artista con una percepción muy especial acerca del mundo y, sobre todo, del caos, como se llamaba una de sus esculturas. 

Los tres paseaban por las galerías y comentaban sus impresiones, pero Richard estaba concentrado en la señora Shaw, que se encontraba hablando con algunos asistentes, en un rincón. Cuando se quedó sola, Rich vio el momento oportuno para acercarse. 

-¿Cómo está señora Shaw?- dijo extendiendo su mano- soy Richard Hughes. 

-Encantada, Richard. Y llámeme Clara, por favor- pidió con una modesta sonrisa. 

-Clara- repitió Rich- sus creaciones son asombrosas. Sigo su trabajo desde hace años. 

-Es muy amable, Richard- respondió Clara- ¿siempre le ha interesado el arte? 

-Así es, soy músico y también fotógrafo aficionado- contestó él. 

-Ah, pues yo lo felicito a usted. Para ser fotógrafo se necesitan percepciones especiales, ver cosas que otros no ven. Había una niña en mi pueblo que amaba la fotografía- recordó la señora. 

-¿Clarice Beckett? 

La mujer se sorprendió.

-¿Cómo lo sabe?

La conozco desde hace un tiempo- contestó Rich- como también conozco a su hija, Susan. 

El rostro de Clara mutó inmediatamente, pasando del asombro al espanto en un segundo. Permaneció en silencio, hasta que Richard la interrumpió. 

-¿Dije algo inapropiado?

-No- contestó la mujer- pasa que hace mucho tiempo que nadie me nombra a mi hija. 

Miró fijamente a un punto, como recordando algo, y luego retomó la palabra, sobresaltada. 

-¿Acaso Susan sigue siendo amiga de Clarice?

-Así es- dijo Rich- es su única amiga, de hecho. 

Richard miraba a Clara pero no entendía absolutamente nada, no comprendía la reacción de esa mujer, evidentemente en contra de su hija. 

-Disculpe, ¿hay algo malo en eso?- preguntó Rich. 

-Dígale a Clarice que se aleje de Susan cuanto antes- respondió la mujer, ya con la voz trastornada- cuanto antes. 

-No la entiendo- respondió Rich, confundido. 

-Nunca pensé que Susan iría detrás de Clarice- decía Clara, que parecía estar hablando consigo misma

-¿Me puede decir qué pasa?- intervino Richard. 

-Hace once años que no veo a Susan, porque es un monstruo- explicó, tomándose la cabeza- cuando ella tenía catorce años…

-Está bien, Clarice ya me lo contó todo- interrumpió Rich. 

-Todo no- dijo Clara, mirándolo fijamente- luego de ese día, Susan empezó a culpar a Clarice por haber dejado que la violaran. Claro que ella no tenía culpa alguna, pero Susan estaba cegada. Prometió, cada día, que se vengaría de Clarice. Se convirtió en un monstruo, sin moral- continuó- la mandé al psiquiatra pero terminó siendo peor. 

-¿Cómo pudo ser peor?- preguntó Rich- ¿no era un buen profesional?

-No era un profesional- corrigió Clara- era un estafador que había comprado el título. Lo supe mucho después. 

-¿Y usted echó a Susan de su casa?- preguntó Richard, cada vez más espantado por la historia. 

-No, ella se fue- continuó Clara, con la voz invadida por la angustia- se fugó con el falso psiquiatra, luego de robarme todos los ahorros de mi vida de mi caja fuerte. Nunca más la vi. 

-¿Y por qué dice que Clarice debe alejarse de ella?

Porque Susan juró que iba a vengarse de ella y lo va a hacer, tarde o temprano. Tiene que advertírselo- casi suplicó Clara- Susan es capaz de cualquier cosa. Recuerdo que cuando iba a terapia con ese farsante volvía diciendo que en el consultorio el tipo la llamaba de otra manera, por una canción de los Beatles que él escuchaba. Me parece que era…Lucy. 

Richard quedó pasmado y sin habla. Tragó saliva un momento y tenía temor de hacer la última pregunta. 

-¿Cómo se llamaba el falso psiquiatra, Clara? 

Clara lo miró un momento, dándose cuenta de que Rich había descubierto algo. 

-Martin, Martin Lane. 

Richard soltó el vaso que sostenía en su mano y el vidrio se deshizo en mil pedazos contra el piso. 


viernes, 29 de mayo de 2026

Extraños. Capítulo 18.

 Capítulo 18. 

Fijemos prioridades, en medio de este caos- dijo Susan, frente a Clarice, en el negocio de su amiga. 

Bien- dijo Clarice- ¿qué sería una prioridad?

Una prioridad ahora es tu embarazo, ¿cómo te sientes con respecto a eso?

Estoy feliz, feliz de estar embarazada y de que el padre sea Richard, pero…- vaciló Clarice.

Pero está Martin también- acotó Susan. 

Sí- dijo Clarice- y hay algo peor: Rich me dijo que no quiere tener hijos y no sé cómo tomará la novedad. 

Bueno, hasta que se lo digas, no lo sabremos- reflexionó Susan- ¿qué dijo el médico?

Que estoy de menos de dos meses. 

Pues yo te aconsejaría que esperaras para contarlo, incluso a Richard. Igual no sería justo que él se enterara después que Martin.

No, claro que no- contestó Clarice- yo voy a juntar fuerzas y se lo voy a decir a Rich. 

Clarice tomó un sorbo de té y observó a todos los niños corriendo en la pequeña plaza de enfrente. 

¿Y con Martin qué vas a hacer?- preguntó Susan. 

Martin se está recuperando bien, así que en cualquier momento hablo con él para decirle que quiero separarme. 

¿Te dejará la casa?

No se, pero no me importa, Susan- afirmó Clarice- lo único que quiero es ser libre para irme con Richard a cualquier parte. 


Llegó a casa de noche, como siempre. Martin no estaba, le había dejado una nota diciendo que estaría de visita en casa de un amigo. 

Clarice dejó sus cosas y se sentó. Sabía que había llegado el momento de hacerlo, no tenía más escapatorias. 

Tomó el teléfono y marcó el número de Richard. Esperó hasta que él atendió. Se saludaron demasiado fríamente y, a pesar de la atmósfera de hielo que se respiraba en ambos lados del teléfono, Clarice tomó valor. 

Hay algo que quiero decirte, Richard, es importante.

No me digas que te casas por segunda vez con Martin- ironizó él.

No sea cruel conmigo, Rich- pidió ella- sabes que te amo.

No, la verdad que no lo sé- dijo Rich, bastante enojado. 

¡Te lo he demostrado!- exclamó Clarice.

¿Volviendo con tu marido? ¿durmiendo con él?- preguntaba Richard, cada vez más irritado.

No duermo con él y no volví con él, te lo expliqué muchas veces- replicó ella. 

Pues a mí no me bastan tus explicaciones, quiero hechos concretos- dijo él, siempre con tono áspero. 

 Sí, mi amor, ya lo sé- dijo Clarice, más amorosa- lo voy a dejar, le voy a pedir el divorcio. 

¿Cuándo?- preguntó Rich, rápidamente. 

En cuanto él esté listo pero no falta mucho…

¡Basta!- interrumpió Richard- me cansé de darte tiempo, tú no piensas en mí, en lo que yo sufro…

¡Todos los días de mi vida pienso en ti, Richard!- interrumpió Clarice, ya llorando. 

No me lo demuestras- continuó él. 

Por favor, mi amor, llamé para decirte algo importante…

¿Si? Pues yo tengo algo más importante para decirte: se terminó- dijo modulando especialmente la última frase. 

Richard, por favor…- suplicó Clarice, ya estallando en lágrimas. 

Se terminó, Clarice. No existes más para mí- concluyó él. 

Richard apretó los dientes y cortó justo antes de echarse a llorar. Se tiró en la cama, deseando morir o desmayarse para no seguir sintiendo esa punzada tremenda de dolor en el alma. Nada iba a tener sentido sin ella, de allí en más. Y su voz, que tanto lo cautivaba, ahora sería un recuerdo borroso y distante. 

Clarice lloraba, abrazando la almohada. No podía creer que Rich la había dejado, justo en ese momento. Que no le había permitido decirle que esperaba un hijo suyo, que estaba sola, sin él, perdida. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo se lo iba a explicar a Martin?

Martin entró justamente en ese momento. 

Te escuché llorar desde la sala- dijo, preocupado- ¿qué ocurre?

Nada- dijo ella, secándose las lágrimas.

Por favor, Clarice, dímelo- pidió Martin.

No puedo, no va a gustarte lo que tengo que decir- contestó Clarice, todavía llorando. 

No importa, me lo imagino. Así que dímelo- dijo Martin. 

Clarice lo miró profundamente a los ojos y se dio cuenta de que él ya lo sabía o, por lo menos, lo imaginaba. 

Hace un tiempo, casi un año atrás, conocí a un hombre en el tren a Berlín. Antes de eso, yo jamás me había fijado en nadie, ni te había sido infiel- se apuró a aclarar- pero de él me enamoré y no pude evitarlo. 

Hizo silencio, esperando la respuesta de Martin. Éste permaneció impasible, quieto. 

Continúa- pidió.

Bueno- dijo ella, tomando aire- el asunto es que…estoy embarazada de él. 

Martin vaciló un momento y luego se sentó a su lado, en la cama. 

Y ahora estás llorando porque te dejó- dijo, finalmente.

Ni siquiera me dio tiempo de decirle lo del bebé- dijo Clarice, llorando otra vez. 

No importa lo que hiciste, Clarice. Yo puedo entenderte, de verdad- afirmó Martin, con una tranquilidad sorpresiva. 

¿De verdad?- preguntó Clarice, confundida. 

Sí, y si tú quieres, yo voy a ser el padre de ese bebé. Yo te amo, Clarice- continuó Martin. 

Estás loco, es una locura lo que dices- balbuceó ella. 

No es una locura, déjame ser el padre de ese niño. 

Clarice lo miró y siguió llorando. Martin la abrazó profundamente y ella sintió algo de consuelo en el corazón herido. Tal vez la propuesta de Martin no era tan descabellada, después de todo.  




miércoles, 27 de mayo de 2026

Extraños. Capítulo 17.

 Capítulo 17. 

Martin dejó el hospital diez días después, acompañado de Clarice. Los médicos determinaron que no sufría alteraciones mentales, más allá del impacto que le había provocado enterarse de la cantidad de años que había estado en coma. Físicamente, estaba en perfecto estado. Durante esos días, Clarice lo había acompañado, contándole todo lo que había sucedido en esos casi nueve años. Claro que, había omitido, adrede, los acontecimientos más cercanos, los que incluían a Richard. 

Clarice había hablado por teléfono con Rich en esos días, comentándole las cosas que iban pasando. Pero indiscutiblemente algo había pasado entre ellos, algo se había roto, pues ya no eran la pareja que se prodigaba sólo amor y ternura; eran, más bien, dos personas alejadas hablando de lo que no querían hablar. 

Richard seguía en la gira por compromiso, pero estaba cada vez peor: pasaba de la tristeza a la irritación y la rabia, sin escalas. Todos estaban preocupados por su situación y habían evaluado la posibilidad de suspender algunas fechas, pero él se había negado tenazmente: era un profesional y no podía defraudar al público que había comprado las entradas para ver a la banda. 

Ella sólo te está pidiendo que le des tiempo, Richard- le decía Tim en la habitación del hotel.

Es que no puedo soportarlo más- dijo Rich, tirado sobre la cama- no soporto más los celos, no creo que pueda darle más tiempo. 

Tu sabías que esto podía pasar, sabias desde el principio que ella era casada e igual insististe- lo enfrentó Tim

Lo sabía, sabía que el tipo podía despertar…pero pensaba que nunca iba a suceder, no sé si me entiendes…

Sí, claro. Pero ahora pasó- continuó Tim- y es lógico que si se despierta después de nueve años, ella no va a decirle: ‘Bueno, ahora arréglate solo porque me enamoré de otro’. 

El tipo ese le fue infiel siempre y la subestimaba y maltrataba- contestó Richard- no merece que Clarice le tenga consideración. 

Pero Clarice no lo cree así y si tú la amas, deberás tener paciencia- completó Tim

No quiero, no voy a tener paciencia- negó Rich- ¿cómo sé que no duerme con él?

Tendrás que confiar en ella.




Llegaron a su casa de Luxemburgo los dos. Martin entró silenciosamente y lloró al sentarse en su silla mecedora, su preferida. Cada rincón de la casa le traía recuerdos que le parecían demasiado cercanos, como si todo hubiese pasado el día anterior y no nueve años atrás. Todo le parecía increíble, casi inexplicable. La casa estaba igual, con pocos cambios. Los olores eran reconocibles: allí estaba el aroma de las violetas del jardín, que tanto le gustaba, también estaba el olor del rocío sobre el césped y el olor a madera de pino, el que tenían todos los muebles. 

Entraron a la habitación y abrió el placard, comprobando que todo seguía en el lugar, tal y como lo había dejado aquél domingo fatal. Si tan sólo hubiera escuchado a Clarice ese día…Lucy, su amante, había cortado los frenos del auto. Él lo sabía…claro que, seguramente, su idea había sido matar a Clarice y no lo había conseguido. Martin estaba arrepentido de haberle seguido el juego a Lucy tantas veces, de haber engañado a Clarice con ella todos esos años. Ya no quería saber nada más, tan sólo deseaba iniciar una nueva vida junto a su esposa y reparar así sus errores del pasado, tener un niño quizás…hacerla feliz.

De repente, vio que ella tomaba su ropa de dormir y se iba de la habitación.

¿Qué haces, Clarice?

Voy a dormir en la otra habitación, me parece mejor por ahora- respondió Clarice. 

¿Mejor por qué?- dijo Martin, confundido- todavía estamos casados…

Sí, claro…pero pasó mucho tiempo y muchas cosas. Yo prefiero que durmamos separados- explicó Clarice. 

Está bien- se resignó él- buenas noches. 

Martin se acercó y le dio un beso en la boca. Clarice ni siquiera abrió los labios para besarlo. Se alejó de él y cerró la puerta. 

Al separarse, ambos sintieron un frío estremecedor en la piel y se dieron cuenta de que ya no eran una pareja, sino dos extraños. Dos personas que podrían vivir en ciudades diferentes sin siquiera mirarse… dos desconocidos viviendo en mundos separados. 




lunes, 25 de mayo de 2026

Extraños. Capítulo 16.

 Capítulo 16.

¿Cuántas cosas pueden hacerse en nueve años? Casarse, tener más de dos hijos, cambiar de trabajo, de carrera, de esposo o esposa. Se puede cambiar la apariencia, cambiar de casa o de estilo de vida. Se puede cambiar el cuerpo o la mente, mudarse, amigarse o pelearse con alguien miles de veces…o se puede poner la vida en espera. Eso había hecho Clarice esos nueve años: ponerle una pausa a su vida. Hasta el día en que conoció a Richard en el tren, claro. 

Esta vez tomó un avión para llegar rápidamente a Berlín. Esta vez tenía prisa, angustia, miedo y desesperación. Sentía que la vida se le caía encima como un pesado almohadón de plomo. A la noticia del embarazo, se le sumaba otra novedad que había esperado por años, pero que justamente en ese momento no hubiera querido recibir. 

¡Tantos años caminando por los pasillos blancos y con olor a alcohol del hospital! Pero ese día era diferente, ese día era casi trágico. Nada era como lo había soñado, nada era siquiera parecido a lo que había imaginado para el día en que Martin despertara. ¿Cómo se suponía que le explicaría que estaba embarazada de otro hombre? ¿Cómo le diría, además, que amaba con todo su ser a ese hombre y que quería el divorcio? Era demasiado para una persona que acababa de despertar de la muerte. 

Siguió avanzando lentamente, no estaba apurada…no sabía qué demonios iba a decir. Ya se había olvidado de su voz, de su risa, de sus gestos…hasta tenía miedo de volver a verlo con vida. Tenía la sensación de que estaba yendo a encontrarse con un muerto que ha resucitado. 

Llegó hasta la puerta de la habitación y se encontró con el médico. Éste la abrazó, emocionado. Clarice también lo abrazó y temblaba. 

¿Tiene miedo, Clarice?

La verdad que sí, doctor- dijo ella

Es natural- contestó el médico- no ha querido hablar con nosotros, inmediatamente pidió que estuviera usted aquí. 

¿Pero cómo fue?- preguntó Clarice

Simplemente despertó. La enfermera que estaba allí no lo podía creer. 

¿Y cómo está?

Físicamente está muy bien. Veremos qué dicen las pruebas psicológicas. Pase- dijo, abriéndole la puerta. 

Clarice entró, todavía temblando. Se aproximó a la cama con lentitud, como quien camina rumbo al cadalso. 

Martin estaba sentado, ahí. Con los ojos abiertos, moviéndose… estaba vivo. Clarice se acercó a él, muy conmovida, con lágrimas en los ojos. Martin la miró y también empezó a llorar. Clarice lo abrazó sinceramente y soltó toda la angustia que llevaba por dentro, contenida. 

Cuando se separaron, ella se sentó, sosteniéndole la mano. Martin fue quien comenzó el diálogo. 

Fue espantoso el accidente. 

Si, Martin- dijo ella con voz muy suave- lo fue. Pero ya estás bien. 

Tendría que haberte escuchado, Clarice- dijo él con voz algo ronca- cuando me advertiste que los frenos fallaban.

No pienses en eso ahora, Martin. Lo importante es que estás vivo- dijo apretándole más la mano. 

Es verdad, mi amor. ¿Me perdonas por todo?

No es el momento…

Para mi sí- la interrumpió él- para mí sí es el momento, Clarice. Necesito que me perdones por todo lo que te hice- suplicó.

Ya te perdoné hace mucho tiempo, Martin. En serio. 

Gracias, mi amor- continuó él- ¿cómo va tu embarazo?

Clarice abrió exageradamente los ojos y se quedó tiesa. ¿Cómo podía saberlo?

¿Por qué te sorprendes así?- preguntó Martin, confundido- ¿Qué pasó con el bebé? ¿Ya nació?

Clarice se dio cuenta de lo que le estaba diciendo. 

Martin, ¿qué año crees que es?- preguntó

El 2000- afirmó él. 

Clarice lo miró sin decir una palabra. Evidentemente, nadie se había encargado de decirle la verdad. 

Es el año 2009, Martin- dijo cuidadosamente- estamos en el mes de octubre. 

Me estás mintiendo, Clarice. No puede ser- negó Martin.

Clarice continuó mirándolo, no sabía qué hacer. 

¡Mientes, mientes!- comenzó a gritar una y otra vez. 

Clarice se paró de la silla y vinieron los médicos a sedarlo. 



Se cruzó al café de enfrente.

No sabía qué iba a hacer, no sabía si contarle a Richard que estaba embarazada. Si se lo contaba, Richard iba a mover cielo y tierra para que ella se divorciara de Martin cuanto antes. Pero Clarice pensaba que no podía abandonarlo simplemente e irse. Eso no estaba bien, Martin no tenía a nadie más que a ella y no podía dejarlo a su suerte en una situación así. 

Mart se acercó con el café. 

¿Problemas, Clarice?- preguntó. 

No, ninguno- respondió. 

Aunque por dentro pensó “un millón”. 

Su celular comenzó a sonar, al mirar el identificador, observó la llamada que tanto temía: era Richard. Tenía miedo de atender y no saber qué decir o cómo decirlo, así que no lo hizo. La música del teléfono chillaba sin parar y los clientes de las mesas contiguas se daban vuelta para mirar por qué esa mujer no contestaba de una vez. 

Al fin, no tuvo más remedio que responder, Rich iba a preocuparse. 

Hola, Rich- dijo inexpresivamente

Hola, mi vida- saludó él- me preocupé porque no atendías. 

Tenía el celular dentro del bolso- mintió

¿Qué te pasa Clarice?- preguntó Rich, dándose cuenta al instante de la situación

Es que no sé cómo decirlo…- dudó ella.

Dilo-pidió él. 

Rich, estoy en Berlín…Martin despertó- dijo por fin.

Un silencio conmovedor se escuchó del otro lado. La respiración de Richard se cortó por un momento. 

¿Sigues ahí?- preguntó Clarice.

Si- contestó él, dubitativo- es que no puedo creerlo…no puede ser. 

Yo tampoco lo creía hasta que hablé con él, hace un rato. Fue muy fuerte verlo vivo otra vez- afirmó. 

¿Y qué te dijo?- preguntó Richard, ya con temor.

Me pidió perdón por las cosas que pasaron, yo le dije que ya lo había perdonado. 

Bueno, dime tú cómo sigue esto- dijo él, luego de otro silencio. 

Por el momento, esperaré a ver qué dicen los médicos y cuándo sale del hospital. Después veremos, Richard. 

Richard cortó la comunicación sintiendo que alguien había venido, de repente, a hacer polvo todas sus ilusiones y sueños. 

Lo que más le importaba en la vida era el amor de Clarice, todo lo demás era secundario y banal si ella no estaba… si no podía cautivarse con su voz cada vez que la escuchaba.




viernes, 22 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 14 y 15.

 Capítulo 14.

Los días en América habían pasado casi como un soplo para Richard. Nunca había imaginado antes que le costaría tanto separarse de una mujer y que extrañaría tanto su presencia. La ausencia de Clarice se le había hecho casi insuperable durante esos pocos días. Todas las cosas que veía o escuchaba le recordaban a ella. La llamaba por teléfono para escuchar su voz y su calidez lo envolvía por completo, como la fragancia de las rosas en la primavera. 

Ni bien llegó a Londres tomó el tren a Luxemburgo, el primero que encontró. Su prisa por verla se acrecentaba a medida que el tren se acercaba a la ciudad pero no le había contado nada a Clarice de su inminente llegada; Rich quería darle la sorpresa. 

Descendió a eso de las 11 de la noche. A pesar de ser verano, no había tanta gente en las calles pues se trataba de un día laborable. 

Richard tomó un taxi y llegó a la casa de Clarice. Las luces estaban encendidas, señal de que ella estaba allí. Tocó el timbre y se escondió detrás de un árbol que había en la entrada. Clarice abrió la puerta y se extrañó por no ver a nadie, miró hacia todos lados y cuando dio media vuelta para volver a entrar, Richard la tomó de la cintura por detrás y ambos cayeron al piso entre risas. 

Clarice le dio un beso de bienvenida allí mismo, sobre la alfombra. 

¡Me has engañado!- le dijo ella- creía que todavía estabas en América. 

Quise darte la sorpresa- dijo él, levantándose del piso.

Pues lo lograste. 

Se sentaron en uno de los sillones y empezaron a hablar de todo lo ocurrido en esos días. Richard contó que el disco ya estaba terminado y que tendrían un periodo de vacaciones de pocas semanas. Clarice se alegró por esa novedad y le confesó cuánto lo había extrañado. El diálogo comenzó a ponerse un tanto más ríspido cuando ella comenzó a hablar de sus visitas a Berlín. 

No te entiendo Clarice- dijo Richard- ¿estás conmigo o todavía con él?

Yo no te entiendo a ti- manifestó ella- ya te dije lo que siento por ti y sabes que estamos juntos. Pero él es todavía mi esposo- dijo en cambio- y no tiene a nadie que se preocupe por él ni vaya a verlo. Sería muy desagradable de mi parte que lo abandonara ahora. 

Richard guardó silencio. Sabía, internamente, que ella tenía razón pero no podía con sus celos. 

- ¿Y qué pasaría si él despertara?- se atrevió a preguntar por fin.

- No puedo ver el futuro, Rich…pero te aseguro que, a su tiempo, hablaría con él para decirle que ya no hay nada entre nosotros. 

- ¿En verdad harías eso?

- Te lo aseguro- aseveró Clarice. 

Richard sabía que ella era sincera, que su amor era verdadero. Podía leer en sus ojos que él era el único hombre que le importaba, más allá de cualquier otra cosa. 

Sintió el calor que provenía de la piel de Clarice y se aproximó a ella para envolverse otra vez en ese intenso suspiro de pasión en el que se encontraban. Sus manos se unieron y sus labios también, buscando avivar el deseo que los había estado torturando esos días separados. 

Clarice apagó la única luz que se encontraba encendida en la casa y volvió a unirse con él en el sillón. Richard le acarició el cuerpo ya desnudo, sintiendo cada espacio de su piel como propio, intensamente.

La luz de la luna, colándose por los ventanales, le agregaba quizás un toque místico al encuentro amoroso. Clarice se aferró a la espalda de él y cerró los ojos para experimentar mejor el sinfín de sensaciones que Rich le provocaba. 

Permanecieron los dos desnudos, sobre el sillón. La luz de la luna seguía iluminándolos. 

¿Te gustaría tener hijos algún día, amor?- preguntó Clarice después de mucho tiempo de silencio. 

Mira, siempre dije que no quería tener hijos. Si te pones a pensarlo, es una locura traer niños a este mundo enfermo. 

Pues a mí sí me gustaría tener un hijo, Richard- dijo ella, algo decepcionada- un hijo es un milagro. 

Bueno, no te pongas así- pidió él- ya habrá tiempo para hablar de eso. Además- dijo, cambiando de tema- te traje lo que te prometí. 

Richard se incorporó y volvió a vestirse; Clarice hizo lo mismo. 

Te traje las cámaras fotográficas- afirmó, sacándolas del bolso. 

Clarice estaba feliz y se dispuso a probar cada una de las cámaras. Se sacó infinidad de fotos con Richard y él le enseñó cómo manejar funciones de algunas más sofisticadas. Con esas cámaras, Clarice imaginó que sería cuestión de poco tiempo tener su propio estudio fotográfico y dejar por fin ese trabajo aburrido. 

Eran las dos de la mañana y, sin embargo, Clarice llamó a Susan por teléfono para contarle las novedades. Habló un buen rato, ante el asombro de Richard, y después colgó.  

Mi amor, entiendo que sea tu mejor amiga, ¿pero te atiende a las dos de la madrugada?- preguntó asombrado. 

Sí, ella sufre de insomnio- dijo Clarice- así que no tiene problema. 

¿Tampoco tiene una pareja que se moleste por eso?

No, nunca le conocí una pareja formal a Su, todos fueron ocasionales- respondió Clarice. 

Es raro…- reflexionó Richard.

No si sabes lo que le pasó…

Richard la miró, intrigado. 

Fue una noche de verano, teníamos catorce años- empezó Clarice- y permiso de nuestras madres para salir, pero debíamos volver temprano. Después de bailar, insistí para irnos a casa pero Susan dijo que podíamos ir un rato al lago a fumar. La idea no me gustaba, pero finalmente me convenció y fuimos- Clarice apretó las manos- Allí estuvimos bastante tiempo…y cuando nos íbamos apareció un tipo con un arma que nos obligó a desnudarnos…Susan lloraba y se sacaba la ropa, mientras que yo no me movía, no me desvestía…de verdad que estaba paralizada por el miedo. Así que el tipo se acercó más a mí y me gritaba que me desvistiera o me mataría. En esa locura, soltó su arma y quiso usar la fuerza, entonces empecé a correr y agarré a Susan del brazo- Clarice lo contaba con los ojos cerrados, como reviviendo cada escena- corrimos y corrimos, hasta que ella se tropezó, quise levantarla y no pude. El tipo se tiró sobre nosotras y sólo yo pude escapar…

¿Y la violó?- preguntó Richard, con temor. 

Clarice afirmó con un gesto. 

Yo fui a pedir ayuda, pero cuando llegamos ya era tarde- contestó llorando. 

Y qué mas podías hacer- acotó Rich, conmovido- ¿por lo menos atraparon al desgraciado? 

Sí- dijo ella- todavía está preso. Pero Susan no ha podido conformar una pareja nunca. Se la ha pasado en el psicólogo desde entonces. 

Pobre mujer, imagino que debe ser algo espantoso- reflexionó él. 

Pero en ese momento, Richard no imaginaba hasta qué punto esa revelación que acababa de hacerle Clarice iba a ser crucial para la vida de ambos. No sabía que detrás de toda la historia de Susan y Clarice se escondían secretos aún más oscuros y profundos que ése. 



Capítulo 15.

Dos meses después…


Se acercaba el final del verano cuando Clarice terminó de montar su propio negocio. Richard la había ayudado a conseguir el lugar y el precio más conveniente. Susan había decorado todo con colores opacos, como a Clarice le gustaba. Todo iba de maravillas: ya la habían contratado para sacar fotografías en una convención de salud muy importante de Luxemburgo y diferentes artistas se habían mostrado interesados en su técnica para tomar fotos. Clarice se especializaba en tomar fotografías artísticas o que expresaran algo más allá de lo visible u obvio. 

Hablaba por teléfono todos los días con Richard, que se encontraba en una larga gira por Europa. A pesar de extrañarlo horriblemente, Clarice se sentía feliz con su nuevo emprendimiento y así pasaban calmadamente sus días. 

A Berlín ya no iba los martes sino el día en que su nuevo trabajo se lo permitiera. Martin continuaba en la misma situación y Clarice ya no esperaba cambios ni soñaba con que despertara. Se habían acercado de un diario para pedirle su testimonio acerca de él pero ella se negó rotundamente. El doctor había vuelto a insinuar la posibilidad de desconectar el respirador, pero Clarice respondió con la misma negativa. Ella pensaba que no tenía derecho a decidir sobre la vida de Martin, y creía que su muerte debía ser natural, sin intervenciones humanas. 

Era un día lunes cuando el final de esta historia comenzó a tejerse. Clarice estaba en su negocio, tomando café, con una temperatura ambiente de 15 grados y el otoño sintiéndose cada vez más cerca. Estaba nublado y ventoso, cerca de las cinco de la tarde. 

Susan entró y dejó su bufanda colgada. 

¡Hace tanto frío! – exclamó

Sí, realmente- dijo Clarice. 

¿Te pasa algo?- preguntó Susan, observándola bien

No, nada- dijo Clarice- sólo tengo un malestar estomacal, creo que me cayó mal el almuerzo. 

Estás pálida- observó Susan- ¿por qué no te vas a tu casa?

No, no puedo cerrar el negocio hasta las 8- respondió Clarice- podrían venir clientes. 

Yo me quedaré- afirmó Susan- y si vienen clientes, me fijaré en tu agenda tus horarios y arreglaré todo. 

Clarice dudó un poco pero Susan insistió y tuvo que aceptar. Le agradeció a su amiga por cubrirla y salió del negocio. 

**********************************************

Pisaba las hojas del parque con las botas, a medida que se acercaba a casa. Siempre le había gustado hacerlo, desde niña. Le encantaba el crujir de las hojas secas bajo los pies, la remontaba a su infancia, a sus calles. Pensó en qué estaría haciendo Richard en ese momento…rogaba que no encontrara a otra mujer para reemplazarla y era inevitable para ella convivir con los celos, pero trataba de no pensar en ello. Aunque era imposible no pensar en Richard en ese instante o en esa circunstancia…

Antes de llegar a su casa, pasó por la farmacia. Lo había postergado durante semanas, pero era el momento de hacerlo. 

Llegó a casa y dejó sus cosas, al tiempo que encendía las luces. Extrajo la pequeña caja que había comprado y leyó cuidadosamente las instrucciones. Se dirigió al baño y cumplió con todos los pasos a seguir. Estaba sentada allí, esperando…pero no sabía lo que esperaba, no sabía lo que quería. Ella quería tener un hijo pero Richard no; ya se lo había dejado claro. ¿Y qué pasaría entonces si ella estaba embarazada? ¿Qué haría él? Los minutos transcurrían con una lentitud desesperante. 

Finalmente, extrajo la muestra y observó, temblando y conteniendo el aliento, las dos líneas. Estaba embarazada. Pensó mil cosas al mismo tiempo, y todas ellas fueron interrumpidas por el sonido del teléfono. 

Con la muestra todavía en la mano, se dirigió a contestar. 

Hola- dijo inexpresivamente

¡Hola Clarice!- exclamó un hombre del otro lado

¿Quién habla?- contestó confundida

Soy el doctor Shelley

Ah, doctor… ¿pasó algo con Martin? 

¡Sí!- exclamó el médico- ¡despertó, Clarice! Martin ha despertado

Permaneció boquiabierta, sin poder reaccionar, hasta que la vista se le empezó a nublar. La casa completa comenzó a dar vueltas a su alrededor y Clarice se desplomó sobre el piso, desmayada. 

Aún sostenía la prueba de embarazo en la mano. 



miércoles, 20 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 12 y 13.

 Capítulo 12.

El día era perfecto: soleado y con una temperatura más que agradable. Caminaban de la mano, recorriendo la ciudad y regalándose mutuamente todo el amor que por tanto tiempo habían reprimido. 

Clarice bromeó acerca de la capacidad de Richard de pronosticar el tiempo, preguntándole si ese día llovería o no. Él siempre tenía una salida inteligente y graciosa para responderle, lo que los llevaba inevitablemente a soltar una carcajada espontánea. 

Clarice nunca se había sentido tan plena y dichosa, no recordaba haberse sentido de esa forma ni siquiera con Martin. 

Richard se daba cuenta de que tampoco había sentido nunca algo parecido por ninguna otra mujer. Él había salido con muchas, algunas ocasionales y otras, formales; pero lo que sentía por Clarice era abismalmente diferente y superior. Rich sabía que él siempre debería convivir con el miedo de que Martin despertara, pero prefería asumir ese riesgo a perderla. 

Llegaron hasta una feria de artesanos y comenzaron a caminar por todos los puestos. 

¿Y vas a comprarte el terreno que vimos aquélla vez?- preguntó Clarice. 

Si, creo que sí. ¿Tú quieres que lo compre?- dijo él, sonriendo. 

-Podrías comprarlo, así estamos más cerca- contestó ella, rodeándole el cuello con los brazos. 

-Bueno, tampoco vamos a vivir toda la vida separados, ¿no?- dijo él, mientras la abrazaba por la cintura- algún día vamos a vivir juntos…

-Supongo que sí- dijo Clarice. 

Hizo una pausa, mirándolo a los ojos. 

-Te voy a extrañar cuando te vayas esta noche, Rich.

-Yo también, mi amor- respondió él- pero me tengo que ir con la banda a Estados Unidos, es inevitable. 

-Sí, ya lo se- dijo ella, resignada- y yo tendré que volver a mi trabajo mañana. 

-Pues yo creo que ya es hora de que dejes ese trabajo que odias y pongas un estudio fotográfico, ¿o no?

Clarice volvió a sonreír. 

-No sé…no es mala idea, pero tendría que conseguir un buen lugar y máquinas más profesionales. 

-Máquinas es lo que tengo de sobra en casa. La próxima, te las traigo.  

-¿Y cuánto vas a tardar en volver?- preguntó ella. 

-Una semana o diez días a más tardar- contestó Richard- pero te prometo que lo primero que voy a hacer es venir a verte. 

Una hora más tarde, se dieron un largo e intenso beso de despedida aguardando la partida del tren. En avión era mucho más corto el viaje, pero Rich odiaba volar. 

El tren se alejó, por fin, y Clarice se sintió algo vacía sin él, pero sabía que tendría que acostumbrarse a aquella vida si deseaba permanecer a su lado por mucho tiempo. 


Llegó el lunes por fin. Costaba levantarse y despojarse de todas las emociones vividas en el fin de semana para volver a la rutina. Clarice entró a la oficina con un semblante nuevo y definitivamente con otra actitud. Ese lunes sería muy diferente desde el comienzo hasta el final y ella sabía, íntimamente, que al día siguiente le tocaría enfrentar una situación no muy grata, pero necesaria. 

Trabajó normalmente hasta las 20. 30 h y se dirigió, como cada lunes, a tomar el tren a Berlín. Iba triste, tal vez melancólica, pero no dio un paso atrás. Mientras el tren avanzaba, Clarice pensaba que ya era hora de pensar un poco en ella, aunque aquello sonara egoísta. Lo que le había pasado a Martin era espantoso, horrible… pero ella no tenía la culpa. Ella no había cortado los frenos del automóvil, ella no había inventado que él veía a otra mujer. En realidad, lo que Clarice había imaginado, durante casi nueve años, era que Martin y ella eran el matrimonio perfecto, que él era fiel, que no le mentía, ni la maltrataba. El dolor por haber perdido a su hijo y el accidente de su esposo, la habían llevado a crear un mundo de fantasía, ideal, pero que sólo había existido en su cabeza durante ese tiempo. A cualquier persona que Clarice veía en el hospital o en su trabajo, le contaba lo buen esposo que Martin había sido, lo mucho que se amaban…pero en el rincón más profundo de su ser, ella sabía que mentía; que había mentido una y otra vez, de forma conciente y reiterada, hasta creerse ella misma esa mentira, hasta convencerse a sí misma de esa fantasía. 

La realidad era, precisamente, que Martin y Clarice se habían conocido en un bar nocturno, que habían intercambiado números telefónicos y que ella se había sentido atraída por él, tal vez por ser de mayor edad. Que en poco tiempo, él decidió que se casarían y que ella lo aceptó. Que Martin no quería tener hijos, armó un escándalo cuando supo que Clarice estaba embarazada, y que, además, nunca había dejado de frecuentar a su exmujer. 

Mientras el tren seguía avanzando, Clarice lloraba de rabia y de dolor, al recordar cómo habían sido las cosas en realidad. Pero dejó la tristeza a un lado cuando recordó que ahora tenía a alguien que la había devuelto a la vida y a la realidad, alguien a quien amaba profundamente. Por primera vez y de verdad. 

Capítulo 13.

Llegó al hospital el martes muy temprano. Caminó de forma segura y decidida, esta vez no sería como las anteriores,  habría un antes y un después. 

Entró a la habitación, donde una enfermera estaba terminando de acomodar la cama. La mujer la saludó cordialmente y le preguntó cómo había estado el viaje, como de costumbre. Cuando la enfermera dejó la habitación, Clarice dejó su bolso y se sentó en la silla, junto a la cama. Ella sabía que Martin podía escucharla, el doctor se lo había repetido todo ese tiempo. Le tomó la mano, gélida y pálida. 

Hola Martin- empezó a hablar- Todo ha ido bien esta semana, hubo algunos cambios, algunas cosas pasaron…en este último tiempo hubo cosas que modificaron mi vida, de muchas maneras-Clarice cerró los ojos y guardó silencio un minuto- Quiero decirte que te perdono por todo lo que pasó, por lo que me hiciste. Que nadie se merece lo que te está pasando a ti, yo lo sé- dijo escapándosele una lágrima- pero que yo debo seguir con mi vida. Tengo que continuar, Martin, aunque me cueste- apretó un poco más la mano de él y continuó- yo voy a seguir viniendo todos los martes, igual. Quiero que sepas que no te voy a abandonar, voy a seguir aquí firme, junto a ti. 

Martin permanecía igual, impasible. Sin mostrar rasgos de vida, de asombro o de dolor.

Ese día Clarice se fue de Berlín más temprano que de costumbre. Ya no se quedaría hasta entrada la tarde, como solía hacerlo. 

Cuando volvía en el tren a Luxemburgo, sintió que había hecho lo correcto, lo que debía hacer. No sabía si era verdad que él la escuchaba pero al menos tenía el consuelo de haber expresado sus sentimientos de forma genuina. 

Dio un suspiro de alivio y se durmió con el ruido del viento que silbaba estruendosamente a su alrededor. 


Al día siguiente, Clarice y Susan tomaban el té en un bar, en las afueras de la ciudad. Susan no salía de su asombro al escuchar a Clarice contar su encuentro sexual con Richard en un cine destruido. 

¡No puedo creer que hiciste eso!- le decía entre risas. 

No te rías tanto- pidió Clarice- me avergüenza un poco haberlo hecho. 

No tienes de qué avergonzarte, por favor- pidió Susan- hiciste lo que tenías ganas de hacer. 

El mozo trajo más té y las interrumpió un momento. 

¿Fuiste a Berlín ayer?- retomó la palabra Susan 

Si.

¿Y?

-Todo sigue igual- respondió Clarice- pero a partir de lo de Richard me di cuenta de que no podía seguir engañándome, pretendiendo que todo estaba bien. 

-No te entiendo.

-Tú sabes bien que Martin y yo nunca fuimos felices, siempre con esa mujer acechando. Sabes que le dije mil veces que la denunciara, que dejara de darle dinero, que dejara de verla, y nunca me hizo caso. 

-Me acuerdo perfectamente- dijo Susan- yo viví todo eso contigo. Como también recuerdo el escándalo que armó cuando quedaste embarazada y te gritó que no lo quería tener. 

Clarice bajó la cabeza, volviendo al dolor de ese momento. 

-Ayer le dije que lo perdono- retomó la palabra- que lo perdono y que voy a seguir yendo a verlo. Pero que mi vida sigue y que el amor con él se acabó. 

-Me parece perfecto, Clarice. Es lo que tendrías que haber hecho hace bastante tiempo- remarcó Susan- lo que no entiendo es por qué te empeñaste todos estos años en verlo como a un dios. 

-No se, Susan- contestó Clarice- tal vez porque me sentía responsable del accidente. 

-¿Vas a empezar con eso otra vez?- cortó Susan.

-Es que hay algo que nunca te dije…- insinuó Clarice.

Susan la miró...

-El día del accidente, por la mañana, salí a hacer compras en el auto de Martin. Cuando salí del negocio donde había parado, vi que en el vidrio delantero habían escrito “Puta” con lápiz labial. Me imaginé inmediatamente que era esa mujer y borré la inscripción con un poco de alcohol- siguió Clarice- cuando volvía a casa, noté que los frenos fallaban…

-¿Pero cómo no te pasó nada, entonces?- interrumpió Susan, horrorizada. 

-Porque conducía muy lentamente y había poco tránsito. Llegué a casa de milagro y choqué contra la puerta de nuestro garage. No fue nada, en sí. 

¿Y no le dijiste a Martin lo de los frenos?- preguntó Susan.

-Claro que le dije, le conté todo. Pero él dijo que eran inventos míos para justificar que había chocado, y empezó a gritarme que no sabía manejar, que era una inútil, y todo lo demás.

-Pues entonces, ¿qué culpa tienes tu? ¡ninguna!- exclamó Susan- merecido tiene lo que le pasó, por subestimarte. 

¡Susan!- exclamó Clarice, reprobando ese comentario

 Sabes que tengo razón- acotó ella- ¿y a la policía se lo dijiste? 

-Si, pero no me hicieron caso. Concluyeron en que fue un accidente y punto. 

-Bueno, lo importante es que esa mujer no volvió a molestarte, ¿no?

-No, nunca. Martin siempre la nombraba, creo que se llamaba Lucy- recordó Clarice. 

-Bueno, eso ahora ya pasó. Lo importante es tu presente, ¿verdad?

Clarice sonrió nuevamente al recordar a su amor… ¿qué estaría haciendo en América? 

Donde se encontrara, lo único que  deseaba era que estuviera pensando en ella.