El domingo, Magda aún no había terminado de guardar el vestido cuando tocaron el timbre.
Se imaginó quién era y tomó aire. No sabía qué le iba a decir, ni a qué atenerse. En el tren, por el camino de regreso, casi no habló. Sabía que se enfrentaba a un dilema pero necesitaba mirar a Gerardo a los ojos para entender su magnitud.
Abrió la puerta y ahí estaba. Se saludaron con un tímido hola y él entró.
Se sentó en el sillón del living, después de ella.
-Estuve mal. Perdoname, mi amor- dijo el novio sin preámbulos.
- Es que es violento lo que hiciste. Sabías dónde estaba y con quién. No entiendo qué te pasa.
-Lo sé, lo sé... es que te imaginé allá en la capital, paseando, vos tan linda...a cualquiera hombre le podés gustar. Y no pude evitar los celos.
-La fantasía de los celos- lo corrigió Magda-. Y que por esa idea tan absurda me faltes el respeto y me des órdenes como si yo fuera tu mandadera, eso es lo que más me indignó.
- Dame otra oportunidad. Te juro que nunca se va a repetir.
En sus ojos, ella veía arrepentimiento. Pero no estaba tan segura de que no iba a volver a pasar. ¿Cómo podía prometer controlar algo como los celos?
-Está bien- concedió Magda-. Estás disculpado. Falta un mes para la boda y queda mucho por hacer todavía.
Gerardo se incorporó y la abrazó.
Te voy a hacer feliz, te lo prometo, le dijo al oído.
Ella cerró los ojos y quiso creerle. Se obligó a callar esa voz interna que le decía que desconfiara, que ella ya lo venía presintiendo y que él había dejado ver, por fin, algo de lo que se escondía detrás de esa sonrisa impecable.
El gran día se acercaba, casi todo estaba listo. Gerardo se comportaba como el mejor de los novios, la casa de Magda estaba llena de flores y notitas de amor que él le dejaba. Ella y Anita estaban metiendo las pertenencias de Magda en cajas. Después del casamiento, ella iría a vivir a la casa de él.
-¿Al final no viene tu padre,ni tus parientes de Santa Fe?
-No, se excusaron todos.
-¡Qué vergüenza! ¿Qué va a pensar la gente?
Magda la miró.
-Sí, ya sé que no te importa eso.
Las dos mujeres siguieron trabajando hasta que el calor de diciembre las obligó a salir al jardín a tomar un jugo fresco.
Magda cerró los ojos para aspirar el olor de los jazmines y las rosas que tanto le gustaban a su madre. Todavía recordaba las charlas con ella en ese mismo lugar, cuando tomaban mate y ella soñaba con ir a la Facultad. Algo muy difícil para las mujeres en ese momento.
¿Cuándo dejé de soñar,Anita?
Pensaba en voz alta.
-Ya no sé si me enamoré de Gerardo o de alguien que yo creé en mi cabeza. Pero sentada acá, pareciera que estoy despertando de una fantasía.
-Magda, no te podés arrepentir ahora...
-Claro que puedo. Vos sabés bien que no me importan las apariencias.
-¡Pero sería un escándalo!
-¡No entendés lo que me pasa,Anita! Después de aquel incidente, ya no pude volver a sentir lo mismo cuando lo veo. Es como si se me hubiera caído un velo de los ojos.
Ana permaneció en silencio. Luego habló.
-Es inevitable que el sentimiento cambie, Magda. Nos pasa a todos. Pero si lo querés de verdad, el amor permanece.
Magda suspiró. Ahora sí que no sabía qué hacer.