Magdalena recordaba el cumpleaños de su ahijado como un día de sol pleno. Habían trabajado muchísimo con Anita para que todo, desde la decoración hasta el menú, quedara perfecto. El marido de su amiga decía que había comida como para una semana. Y es que antiguamente el dicho popular era mejor que sobre y no que falte.
Las mesas estaban en el jardín y mientras los adultos conversaban, los niños jugaban alrededor.
Magda recordaba también que alguien le había presentado al abogado Gerardo Insúa, un hombre elegante, alto,joven y simpático. Él la cautivó desde ese momento, como nunca antes le había pasado con otro hombre. Y a Gerardo le pasó lo mismo con ella, rubia y con esa mirada fiera y serena al mismo tiempo. Entre otras cosas, ese día Magda le comentó que todavía estaba terminando de poner en regla documentos de la herencia de su madre y de la casa. Él le dio la dirección de su bufete, que estaba en su domicilio, y se puso a su disposición.
Esta vez, el chispazo,la pasión fueron instantáneos. Magdalena se sentía enamorada, con ganas de sonreír, de vivir. Gerardo la llevaba a cenar, le hacía regalos y la colmaba de elogios.
Meses después, Magda le mostraba, feliz, el anillo de compromiso a su amiga. Después de las felicitaciones y los abrazos, Anita preguntó por la fecha de la boda.
En el verano, así coincidía con sus vacaciones de la escuela.
Todo era perfecto, tanto que ella misma desconfiaba. Pero trataba de alejar ese pensamiento. Por fin había encontrado al hombre con el que siempre había soñado y no iba a arruinarlo.
Magda,Anita y el bebé fueron a la capital un fin de semana de noviembre a comprar el vestido de novia, a una boutique. Gerardo paga todo, comentó Magadalena ya en el hotel, pero al vestido lo pago yo.
-¡Es espectacular, Magda!- contestó su amiga mientras hacía dormir a Pedro-. Esta tarde, cuando te lo vi puesto, no lo podía creer. Va a ser difícil que haya una novia más hermosa que vos.
Magda sonrió ampliamente.
-Nunca pensé que me iba a casar (vos sabés) pero él es perfecto...
Su semblante cambió por un momento.
-Eso es lo único que me molesta. O sea, nunca discutimos por nada,nunca se enoja, no le conozco mal humor, no sé...pienso que no puede ser, que oculta algo.
-Ay no,¡ te lo pido por favor! No empieces a buscar fantasmas donde no los hay.
-¡Hablá más bajo que el nene se durmió, Ana!
Hubo un momento de silencio. Magda observó los últimos vestigios de sol que se filtraban por la ventana del hotel esa tarde.
-No busco fantasmas. Pero todas las personas tenemos defectos y me pregunto por qué Gerardo se esfuerza tanto por ocultar los suyos.
Dos toques en la puerta la interrumpieron.
Magdalena fue a abrir.
-Señorita, hoy por la tarde su prometido la llamó tres veces- dijo el empleado.
Magda le agradeció y le dijo que lo llamaría enseguida.
Anita también se asustó, ambas pensaban que había sucedido algo malo para que Gerardo llamara con tanta insistencia
-Hola,mi amor, ¿pasó algo?- preguntó Magda cuando él respondió.
-¿Por qué no estabas en el hotel,Magdalena?
-Porque fuimos a comprar el vestido-Magda miró a Ana.
-Pero estuviste toda la tarde en la calle, ¿qué hiciste además de comprar el vestido? - su tono era áspero.
-Paseamos un rato con el nene...pero, ¿qué te pasa,Gerardo? No entiendo.
-Seguro te entretuviste mucho en la calle, ¿te gustó algún vendedor ambulante?- profirió con ironía.
-Respetame-pidió ella-, nunca te di motivos para que te pusieras celoso o desconfiaras de mí.
-Quiero que vuelvas a casa ahora- ordenó él.
-Tenemos el pasaje del tren para mañana, no nos vamos a ir ahora- dijo Magda con firmeza.
-Pero yo quiero que vuelvas ahora...
-Pero yo no- lo interrumpió- no veo el motivo y no lo voy a hacer. Que te quede claro que no vas a hacer conmigo lo que quieras.
-¡Magadalena! - alcanzó a gritar cuando ella colgaba.
Antes de que Anita preguntara algo, volvió a levantar el teléfono para llamar a la recepción y pedir que no pasaran ninguna llamada más a su habitación, bajo ninguna circunstancia.
Magda caminó hacia la ventana y empezó a respirar para calmarse, se había quedado temblando.
-Todos los hombres son así, celosos. Quieren saber dónde está su mujer, no quieren que nos llamen callejeras- dijo su amiga, por fin.
-Tal vez. Eso no significa que esté bien o que yo tenga que aceptar su falta de respeto.
-A duras penas mi marido me dejó acompañarte. Él siempre me recalca que tengo que estar en casa, que eso hace una mujer decente.
Magda estuvo un largo rato en silencio. La desilusión que tanto temía le había caído encima como una nube funesta.
-Así que esto es lo que me espera cuando me case...
-Por lo menos no te golpea, hay mujeres a las que les toca algo peor.
-Qué consuelo- respondió casi con tristeza.
-Es la vida de las mujeres. Es injusto, como vos decís, pero nosotras no podemos cambiar costumbres ancestrales, Magda.
-Ahora no. Pero algún día lo vamos a hacer. Como lo hicieron en Francia.
Esa noche, los tres se durmieron temprano. Magdalena lloró su decepción con amargura, pero se prometió que esas iban a ser las únicas lágrimas que derramaría por Gerardo.