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jueves, 30 de abril de 2026

We might as well be strangers.



I don’t know your face no more or feel your touch that I adore”

Capítulo 1. 

Clarice salió del trabajo corriendo como todos los lunes, a las 9 en punto de la noche. Llevaba a cuestas unas cuantas carpetas, un maletín de la oficina y unas botas que le dificultaban correr, pero que debía usar para estar presentable en el trabajo. Continuó corriendo, topándose con los mismos rostros de todos los lunes por la noche, esquivando casi los mismos autos, sintiendo el mismo vértigo y cansancio de siempre, el cansancio de la vida. La vida…la vida no había sido justa con Clarice, si por justicia entendemos esa correspondencia entre lo que hacemos y lo que recibimos a cambio, lo que sembramos y lo que cosechamos, que en realidad difícilmente sea lo mismo siempre. Clarice era un buen ejemplo de eso: su vida había rodado cuesta abajo por una colina ocho años atrás y ella sentía que seguía yéndose abajo cada día, en el medio de ese abismo de soledad y oscuridad, sin que nada pudiera detener la tragedia. A veces deseaba que por una vez, alguien volviera el tiempo atrás para corregir las equivocaciones, cambiar un par de decisiones, uno o dos nombres propios…pero no…el tiempo era para Clarice su enemigo infalible y, a la vez, su mejor aliado. 

Pero es necesario que volvamos a la historia, a ese lunes que parecía insignificante pero que traería el cambio que Clarice esperaba como un prisionero a su libertad. 

Llegó a la estación donde paraba el tren, allí en Luxemburgo. Según ella tenía entendido, provenía de París y recorría gran parte de Europa. El tren se detuvo, hacía mucho frío. La puerta se abrió y Clarice entregó su boleto y subió. Se acomodó en el mismo asiento de siempre y dejó sus cosas allí, en el asiento contiguo. Conocía los rostros de casi todos los pasajeros, luego de años de viajar en ese tren. Sabía que la señora de enfrente tenía un hijo viviendo en otra ciudad, que la mujer que estaba más atrás viajaba por trabajo, que el hombre que se sentaba a su izquierda viajaba por placer. Clarice siguió inspeccionando las caras de los pasajeros hasta que descubrió a cuatro jóvenes que nunca había visto hasta entonces y algo más le llamó la atención: uno de ellos llevaba una cámara de fotos. 


Yo quería que trajeras la digital- dijo Tom, en pose de niño caprichoso- con esta hay que esperar a que reveles las fotos. 

Pues a mí me encanta revelar las fotos- contestó Richard, sacándole la cámara de las manos. 

Richard llevaba puesto un pantalón de jean, sus zapatillas preferidas, abrigo y una bufanda. Se encontraba algo cansado pero feliz de compartir esa nueva experiencia con la música y la banda a la que pertenecía. A menudo, Rich reflexionaba acerca de su vida y veía que había acertado en casi todas sus decisiones: era un profesor de Geografía y defensor de los derechos humanos y la naturaleza, vegetariano por elección pero, fundamentalmente, Richard era un músico y eso era algo primordial y hasta necesario en su vida. Sin embargo, y con mucha frecuencia, Rich también se cuestionaba si la música era lo único que podía llenarle el alma, si el amor de una mujer o tal vez de un hijo, no podría tomar ese lugar algún día. Pero el amor siempre había sido para él un espejismo, Rich se daba cuenta de que el amor ideal era sólo un cuento de los románticos, armonioso, pero cuento al fin. 

Tom lo sacó de sus cavilaciones. 

¿Por qué te mira tanto esa mujer?- preguntó señalando disimuladamente hacia su izquierda- ¿la conoces?

Rich volvió la cabeza para mirar y vio a una mujer de unos treinta años, de cabello oscuro y tez blanca. No era precisamente hermosa, ni tampoco tenía atractivos a simple vista, pero había algo en su forma de mirar que le llamó la atención. 

No la conozco- dijo por fin.

Pero te mira fijamente- acotó Tim

Pero estoy seguro de que no la conozco- dijo Rich volviendo a mirarla.

Quizás quiere decirte algo pero no se atreve- arriesgó Tom- ¿por qué no vas y le preguntas?

¿Y qué se supone que le diga?- preguntó Rich, un poco irritado por la insistencia.

‘¿Me miras porque soy demasiado atractivo?’- lo imitó Tom

¡Eso es lo que tú dirías!- exclamó Rich.

Los demás rieron con la broma pero Richard continuaba perturbado por la insistencia de esa mujer. Se levantó de su asiento, pretendiendo ir al baño. Caminó en dirección a ella, quien dejó de mirarlo inmediatamente, como saliendo de un trance. Clarice hizo lo posible por disimular y mirar por la ventanilla. Richard pasó a su lado y siguió su camino hacia el baño. Al volver, no pudo contenerse y se paró frente a ella. 

Hola- saludó.

Clarice lo miró y tardó en contestar. 

Hola- dijo tímidamente. .

Me estabas mirando hace un rato. ¿Acaso nos conocemos?

Ah, no, no- balbuceó ella, aturdida por la vergüenza- es que…yo…no te miraba a ti, sino a tu cámara de fotos. Es igual a la que yo tengo-explicó. 

¿Y crees que te la robé?- contestó Rich, riendo.

No, claro que no- repuso Clarice- es que hace años yo me dedicaba a la fotografía, de forma profesional y ver tu cámara me llevó otra vez al pasado. Discúlpame, por favor- pidió. 

No, no te preocupes…- Rich hizo una pausa esperando a que ella dijera su nombre.

Clarice, Clarice Beckett. 

Richard Hughes- dijo extendiendo su mano para estrechar la de Clarice.

Al apretar su mano, Rich sintió dentro de él un fuego desconocido y enigmático. Jamás había pensado que el tacto y la mirada de una perfecta extraña podían despertarle esa curiosidad, ese deseo de conocerla. Clarice era sencilla y sin maquillaje, su rostro se veía cansado después de todo un día de trabajo pero Richard veía algo más allá de lo superfluo o aparente, aunque no sabía qué era. 

Clarice soltó la mano de Rich.

Lamento haberte molestado- dijo

No me molestaste, Clarice- respondió Rich- y creo que ambos compartimos la pasión por la fotografía, ¿o no?

No- cortó ella- yo ya no me dedico a eso; y si me disculpas, preferiría dormir ahora. 

Rich se quedó un momento paralizado por la reacción de ella y luego se encaminó a su asiento otra vez. 

¿y? ¿Quién era?- preguntó Tim.

Fue una confusión, nada más- dijo Rich, acomodándose en su lugar. 

Clarice fingía dormir pero no podía. Su cabeza trabajaba al ritmo de un caballo desbocado. No podía permitir que ningún hombre se le acercara, no lo había permitido en esos años. Su fidelidad hacia Martin era lo único que le quedaba, lo único que le daba algo de sentido a su vida maltrecha y sin un camino seguro. 

Lo que Clarice no se imaginaba era hasta dónde ese encuentro fortuito cambiaría el curso de toda su existencia; lo que Richard no podía ver en ese instante era que el destino le estaba poniendo por fin y delante de sus ojos a quien siempre había esperado. 


miércoles, 29 de abril de 2026

Novedades

Hola,espero que se encuentren bien! 
Les cuento que voy a publicar una historia inédita, que escribí hace unos 18 años. 
Se llama como una de mis canciones favoritas:  We might as well be strangers (traducida como Podríamos ser dos desconocidos). 
Ojalá les guste! 

domingo, 26 de abril de 2026

El monstruo del campamento.

 

La piel en el fogón. Quemada, cuarteada, herida. Nadie hizo nada para detenerla, todos miraron con pasividad y hasta con gracia. Festejaron incluso.

Estaban tomando mate una noche, en un campamento de verano. Ese era SU momento, lo sentía, lo imaginaba desde hacía años. El fuego, su crepitar, su color anaranjado, ese calor abismal que invitaba a hundirse, le dieron el coraje que necesitaba. Iba a exponerlo, a vociferar lo que el monstruo le había hecho. Cómo no tenía paz desde aquel momento, cómo esas imágenes la acechaban, sobre todo por la noche, en su cama.  Pero ya no. Estaba dispuesta a quitarle la máscara a Mr. Hyde, costara lo que costara. Entonces algo pasó en la ronda, su madre se levantó, la tomó del brazo y se lo acercó al fogón; ella aulló de dolor, gritó mientras la piel se chamuscaba y el olor de la carne quemada invadía el campo, el aire, el río. El brazo se convirtió en cenizas mientras su madre sonreía y los demás espectadores aplaudían como idiotas, como autómatas.

 Incapaz de emitir un sonido, sintió el toque en su brazo, ahora intacto, que la devolvió a la noche. Miró la pava en el fogón y el alma se le tornó en hielo. No me vas a felicitar, preguntó su madre. Ella la miró con ojos vacíos, húmedos; se tocó la piel del brazo para comprobar que estaba allí.

Tu mamá y yo nos vamos a casar, dijo el monstruo.

domingo, 19 de abril de 2026

La primera.


Llegó temprano porque estaba nerviosa y no quería padecer las miradas filosas de los hombres que estaban convencidos de que ese no era lugar para una mujer. Clara estaba dispuesta a enfrentarlos, pero era ella sola contra el mundo... o eso parecía. Porque ese primer día se asemejaba al mundo, al todo. El todo o la nada.

 Sentada allí, tensa, veía el gesto de sorpresa en los ingresantes cada vez que hacían contacto visual con su figura apostada en un extremo del salón. Clara cerraba momentáneamente los ojos y pensaba en su madre que siempre la había animado a expresar sus pensamientos y a seguir sus intuiciones. Uno a uno se fueron acomodando. Murmuraban. Un joven se acercó a explicarle que se había confundido, que allí no se reunían las mujeres de la Caridad sino en el salón del edificio contiguo. Clara solo respondió que estaba en el lugar correcto. Enfundado en un traje acorde a la ocasión entró al salón el hombre que todos esperaban. Se paró frente al grupo, saludó y la vio. Quiso echarla pero no podía. Ya la había visto en la lista, con la certeza de que era un error de administración. Pero no. Allí estaba. La primera mujer en la Facultad de Medicina.






domingo, 12 de abril de 2026

Libre.

 Alguna vez seré una mirada borrosa

un recuerdo mal contado, 

un tajo en el corazón 

que no volvió a ser igual. 

La memoria de la niña

atormentada,

 caminó 

de la mano de las fantasías.  

En este universo

donde es tan chiquito el tiempo 

seré la añoranza 

del amor

de los ojos que reflejaste

de las manos que no tomaste.

Seré ese cuerpo marcado 

por el dolor del invierno

y del rechazo. 

También la raíz,

el amor que sembré 

el alma eterna 

el fuego indómito

la luz 

de lo divino

y lo profano. 

Seré tan mía

como pueda...

Allí mis cenizas 

atravesarán el puente

y volveré 

en otro tiempo 

en otra vida

liviana por fuera 

y por dentro. 

Libre.






miércoles, 1 de abril de 2026

Capítulo 22 (Final).

 Queridos lectores, si llegaron hasta acá, tienen que saber que mamá releyó la carta de la abuela Magda muchas veces. La primera vez lloramos juntas. Después, ella sola, cada vez que revivía toda esa historia en su cabeza. Y no es para menos, era la historia de sus padres, la que su mamá jamás se había atrevido a contar en vida. Tuvo que ser muy fuerte para ella. 

Mi mamá también fue una persona distinta a partir de esa verdad. Disfrutaba más de la vida, salía a caminar con sus amigas (a las que había dejado de ver años atrás), se reía y ya no estaba con cara de amargada. Y pensar que yo siempre la juzgué por eso y tuve que pedirle perdón, porque tomé dimensión de su dolor solo después de la carta de la abuela. 

Eso me lleva al principio de mi narración ¿Los convencí de que el espíritu de Magda intervino para que nos pasara todo esto? 

Bueno, de todos modos, ustedes son libres de creer lo que deseen. 

Solo me resta contarles que Salvador y yo somos pareja y de verdad. No hubo titubeos, dudas,ni medias tintas. Porque el amor es algo recíproco y busca el bien del otro. Y no se busca; se construye y crece cuando estamos dispuestos a seguir ese llamado que viene de adentro. Así como le pasó a la abuela, que amó a un hombre y tuvo que elegirse a ella primero. Pero jamás se arrepintió de ese amor. Y es que, cuando es sincero, el amor nunca puede ser descartable.  

FIN.