Capítulo 22.
La policía no tuvo dudas de lo que había sucedido. Clara Shaw había viajado a reconocer el cuerpo de su hija y había declarado a favor de Clarice, contando lo mismo que le había relatado a Richard.
La policía fue a buscar a Martin a casa de Clarice y éste se había fugado. Pero fue encontrado dentro de los límites de la ciudad y encarcelado a la espera del juicio. Sin embargo, ese día jamás llegó, pues Martin no soportó la vida carcelaria y se suicidó, cortándose las venas con un trozo de espejo roto.
Volviendo al día de la muerte de Susan, y luego de declarar, Clarice había tenido que ser hospitalizada para controlar unas contracciones, producto de la situación vivida.
Richard se encontraba en el pasillo del hospital, esperando novedades. El médico salió de la sala y se acercó a él.
¿Usted es familiar?- preguntó
Soy su novio, doctor- aclaró Rich.
Ah, entonces puede quedarse tranquilo, el bebé está en perfectas condiciones- explicó.
¿El bebé?- preguntó Richard, confundido.
Disculpe- expresó el doctor, apenado- supuse que usted lo sabía. La señora está embarazada de más de tres meses ya.
El médico se alejó y Richard no podía creer que le había ocultado algo tan importante por todo ese tiempo. No sabía qué sentir ni qué decir en ese momento. No podía estar feliz ni triste, pues en realidad la novedad lo había tomado por sorpresa completamente.
Entró a la habitación, buscando respuestas, tal vez.
Clarice le sonrió desde la cama, sentada allí. Estaba feliz de verlo en ese momento de tanto dolor para ella, por todo lo sucedido. Pero aún había cosas que aclarar entre ellos, y Clarice lo sabía.
¿Cómo estás?- preguntó Rich, sentándose junto a ella.
Estoy bien, Richard. Gracias por haber venido a advertirme- dijo ella.
Apenas llegué, llamé a tu negocio y me atendió la empleada. Me dijo que habías llamado, avisando que ibas a la casa de Susan- explicó Richard.
Tu me salvaste la vida- dijo Clarice, extendiendo su mano para tomar la de él.
Haría eso y mucho más por ti, Clarice- contestó él- pero estoy bastante molesto porque nunca me contaste que esperabas un hijo mío.
Clarice le soltó la mano de repente. Suponía que el médico iba a decírselo y lamentó no haber sido ella quien le diera la noticia. Agachó la cabeza, buscando la respuesta más adecuada.
Nunca me diste oportunidad de que te lo dijera. La última vez que hablamos, me abandonaste- recordó.
Porque no me pareció justo lo que me hiciste, más allá de que en ese momento no sabías todo lo que sabes ahora acerca de tu marido. Pero igualmente no me diste mi lugar.
Richard- replicó ella- era mi marido y recién despertaba de un coma después de nueve años. Y fue su psicóloga quien me pidió que no le contara lo nuestro hasta que estuviera preparado- explicó Clarice- Durante todo este tiempo, nunca tuve contacto físico con él, sólo para serte fiel a ti.
A todo eso no me lo dijiste- acotó Rich, algo nervioso.
No te lo dije porque jamás me diste oportunidad, como tampoco me diste lugar para contarte que espero un hijo tuyo.
Richard permaneció en silencio. Sabía que, en algunas cosas, Clarice tenía razón. Que él había insistido con ella, sabiendo que estaba casada y lo que eso significaba. Y que, además, había estado en los últimos tiempos cegado por los celos, que no le permitían actuar con madurez o sensatez.
Mira Richard, yo creo que por un tiempo cada uno debe seguir solo, hasta que curemos las heridas- retomó la palabra Clarice.
No estoy de acuerdo, estás embarazada y pienso que debemos estar juntos ahora- afirmó él.
Pues yo necesito ese tiempo, Rich. Me acaba de pasar lo peor que me ha pasado en la vida- dijo conmovida- y necesito estar un tiempo sola para pensar y elaborar todo lo que pasó.
Estar sola va a ser peor para sobrellevar el dolor…pero si eso es lo que quieres, te respetaré- dijo Richard, poniéndose de pie.
Te llamaré cuando haya tomado una decisión- dijo Clarice.
Richard le dio un beso cálido en la boca y salió de la sala.
La única mujer que había amado en la vida se le escapaba de las manos, como los granos de arena entre los dedos. Sentía un profundo pesar en el corazón, pero pensó que era tiempo de dejarla sola para que resolviera qué hacer; ya no podía presionarla ni suplicarle, ni perseguirla. La decisión era de ella.
El tren avanzaba a paso seguro hacia Berlín. Richard iba sentado en su asiento predilecto. Viajaba sólo por distracción, pues habían pasado dos meses interminablemente agónicos. Lejos de Clarice, sin noticias siquiera de cómo iba el embarazo. A menudo, Richard imaginaba la cara del bebé, tal vez con sus ojos claros y con la sonrisa de Clarice. Lo pensaba y figuraba en su mente de mil maneras. Después de todo, no estaba mal saber que vendría al mundo alguien de su propia sangre, alguien a quien él tendría que educar y proteger. Alguien que terminaría para siempre con su aparente soledad.
Pero no sabía si Clarice quería realmente compartir ese niño con él, pues no lo había llamado jamás en esos sesenta días. Ya era inútil pensar en qué se había equivocado y en qué no. Todo estaba hecho.
El tren continuaba su curso y el día estaba nublado, pero no tan ventoso.
El altavoz del tren comenzó a dar indicaciones a los pasajeros acerca de los próximos destinos y estaciones. Richard no prestaba atención, pues para Berlín faltaba mucho todavía.
De pronto, escuchó que la voz del parlante decía: “Richard, te pregunta Clarice si va a llover”.
Dio vuelta la cabeza enseguida, abriendo los ojos y buscándola.
Yo pienso que sí va a llover- dijo detrás de él.
Rich giró y la vio otra vez, como tanto lo había anhelado durante tanto tiempo de desencuentros. Estaba hermosa como la primera vez, con su vientre ya crecido.
Pues yo creo que no- contestó él, finalmente- la presión atmosférica debe estar más baja.
Clarice se acercó a él, sonriendo. Y en el mismo lugar donde habían cruzado sus destinos por primera vez, terminaron una historia repleta de sufrimientos y empezaron otra, llena de vida.
Se sentaron, uno junto al otro, y se besaron intensamente mientras el tren se acercaba al próximo destino.
Y allí, cerca de él nuevamente, Clarice ya no lo vio como a aquél extraño que había conocido un lunes en un tren, sino como al hombre que le había devuelto la vida, en muchos sentidos. Por el contrario, tuvo la sensación de que se conocían desde hacía mucho tiempo; mucho, mucho antes de verse en el tren.
Apoyó su cabeza sobre el hombro de él…y empezó a llover.
Fin.