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martes, 17 de noviembre de 2020

Para siempre.


Alguna vez te dije que lo nuestro era para siempre, que no había vuelta atrás. Asentiste tímidamente. Claro: te daba miedo entregarte a un amor pasional, furioso, como nunca lo habías conocido. Yo podía ver la vacilación en tus ojos, que siempre fueron tan auténticos, tan de decir la verdad. Pero sabía que me amabas y que era cuestión de tiempo (¡vaya frase hecha!) para que lo aceptaras. 

Y un día lo hiciste. Apareciste en mi casa con las valijas en la mano y la adrenalina en el cuerpo. “Lo hice”, me dijiste. Te abracé con fuerza, me aferré a vos con el impulso de la sangre que me estallaba en las venas

Después, cuando los otoños fueron pasando como en una película, vinieron los enojos, las crisis. Ya no te deleitabas escuchando mi risa, ya no te parecía de otro mundo mi mirada. No podía soportar tu ausencia estando allí, a mi lado. Pero muy dentro de mí, comprendía que miraras atrás, que añoraras tanto como yo esa fantasía, ese espejismo que nos unió. 

Un día, llegó lo inevitable: me dijiste que te ibas, que ya tu corazón no lo toleraba más. Quise convencerte, ¡cómo lo intenté! Pero no hubo caso, ya lo habías decidido. Tanto te conocía que supe que no podría disuadirte. Así que hice lo único que podía hacer… ¿acaso tenía otra salida? ¿Alguien puede culparme? 

Axel contemplaba el cuerpo de Clara en el ataúd. Todos se acercaban a darle las condolencias. “¿Por qué hizo esto?”, preguntó una de sus amigas, con pesar. “No lo sé”, le contestó él. “Ella no estaba bien este último tiempo”, dijo otra conocida. “¿No te dejó una nota, nada?”, le volvieron a preguntar al viudo. 

“Nada”, contestó él, apretujando la carta en su bolsillo. La que él había escrito. 

Días atrás le había encargado a Clara que comprara el veneno más potente que existiera contra las ratas. Ella accedió con tal de no comenzar otra pelea inútil, de las tantas que tenían en el último tiempo; pero la verdad era que nunca había visto ratas en la casa. 

Antes de que cerraran el féretro, Axel le dedicó una última mirada llena de conmiseración. Besó su frente helada y susurró…te dije que era para siempre


viernes, 6 de noviembre de 2020

Déjà vu, última parte.

 Desde esa noche, cargaba siempre el revólver en su cartera, fuera a donde fuera. Se encontraba en un estado permanente de alerta y nerviosismo. Se daba vuelta en la calle, presintiendo que alguien la seguía, mirando sobre su hombro continuamente. Se exaltaba fácilmente cada vez que se abría la puerta del bar y entraba un cliente, temiendo que fuera él. 

   El cambio en su comportamiento fue advertido enseguida por Gabriel, que no lograba sacarle una palabra acerca de lo que sucedía. Sabía que Inés ocultaba algo, siempre lo había sabido. No  tenía teléfono celular ni computadora. Usaba siempre un teléfono público de las cabinas que se encontraban frente al bar. Nunca hablaba de su vida antes de llegar a Río Grande. Y ahora, luego de escuchar el nombre de una aparente desconocida, mutaba radicalmente su conducta. A pesar de que la amaba como a nadie, Gabriel no podía tapar el sol con un dedo. Pensó que lo más sensato era empezar por investigar quién era Martina Montes. Puso ese nombre en el buscador de Facebook y encontró varias cuentas, pero una le llamó la atención: su propietaria había retirado todas las fotos personales y la cuenta estaba inactiva desde hacía un año o más. Sin embargo, varias personas escribían en su biografía preguntando dónde estaba, si se había ido voluntariamente, por qué había renunciado a su trabajo; le rogaban que contestara si, al menos, se encontraba bien. Pero no había ninguna respuesta. Las fechas de la desaparición de Martina Montes con la de la llegada de Inés a su vida coincidían increíblemente. La verdad revelada asoló todas sus ilusiones: Inés era Martina. Todas las preguntas que se hacía a sí mismo debían tener una respuesta. Y, sin dudarlo, fue a buscarlas. 

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   Cuando llegó a la casa de Martina, llamó insistentemente pero ella no salía. Todo estaba en completa oscuridad; la luz mortecina de un farol en la calle iluminaba apenas la silueta de Gabriel en la puerta. El ruido del agua del mar rompiendo contra la costa era lo único que quebrantaba el silencio lúgubre de esa noche de invierno. Un vecino que salía a sacar la basura, al verlo parado allí, le dijo que Inés había salido un rato antes, caminando rumbo a la costa. Gabriel siguió sus pasos con rapidez. El viento le golpeaba la cara a medida que avanzaba y el corazón se le agitaba en el pecho, incontenible. 

   La divisó parada sobre el puente. Algo en su interior le dijo que se apresurara. Sintió el frío de la muerte más intensamente que el del clima fueguino. Gabriel corrió gritando su nombre, el verdadero: Martina. Cuando ella lo oyó, en medio de su quebranto y la niebla nocturna, recordó inmediatamente su sueño. Se estaba cumpliendo punto por punto. El hombre que corría por la playa y gritaba Martina desesperadamente no podía ser otro que Aldo, nadie más la conocía por ese nombre. Martina tenía la perturbadora sensación de haber vivido esa escena antes, incluso mucho antes de su sueño premonitorio. De pronto, empezaron a aparecer recuerdos en su mente como flashes: una adolescente de pelo largo y mirada extraviada, parada en aquél mismo lugar. Un hombre corriendo por la playa, desesperado, gritándole que no se arrojara al mar.  Pero la muchacha del pelo color miel, saltaba. Abrumada por un dolor insoportable, se perdía entre las olas y la oscuridad. El hombre caía sobre la arena, desolado. Pero no estaba solo, una pequeña niña de tres años se encontraba a su lado y parecía no entender qué pasaba. 

   Ese recuerdo tan sombrío la perturbó. El abismo debajo de ella era tentador.

   Y saltó.

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       En el preciso instante en que golpeaba mi cuerpo el agua helada, lo recordé todo. Mi hermana se suicidó, se tiró de ese mismo puente hace veintidós años. Esa es la pesadilla que me persigue desde hace tanto tiempo, y se enredó en mi mente con todo lo que me pasó con Aldo. Mis padres nunca quisieron hablar del tema, me dijeron que Luisina había muerto en un accidente. Pero no. Yo la vi, yo la vi. Yo estaba allí con mi papá cuando ella saltó…Vivíamos aquí. Mis primeros años los pasé en esta ciudad. Cuando Luisina murió, nos fuimos a Buenos Aires. Recuerdo a mis padres llorando, diciendo a los vecinos y amigos que venían a darles las condolencias que ella no había soportado su enfermedad. Todo había quedado sepultado en la memoria, pero mientras me dejaba arrastrar por las olas, mar adentro, entendí que el destino me había traído hasta a este lugar nuevamente para que recordara, para que cerrara aquella herida lacerante.  De repente, cuando ya no tenía más oxígeno, vi una pequeña luz en el centro de aquella oscuridad. Todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Perdí la noción del tiempo y del espacio, hasta que escuché una voz detrás de mí. Escucharla era tan sublime como disfrutar de una puesta del sol en la playa. Volví a aquel día, meses atrás, cuando Gabriel me habló de amor por primera vez. 

  • Inés, ¿te quedás hoy a almorzar conmigo?

Era mi oportunidad. No iba a desperdiciarla. No iba a morir como mi hermana. No iba a seguir escapando del pasado, como mis padres. Yo iba a elegir cómo vivir. Nadie más que yo iba a decidir  cuál sería mi camino. Ni siquiera el destino. 

  • Sí, me quedo con vos- le contesté a Gabriel- Me quedo para siempre, si querés. Para vivir mil días y mil noches a tu lado, para ver caer la lluvia juntos y alguna estrella fugaz. Para decirte una y otra vez cuánto me gustan tus ojos espejados, tu sonrisa perfecta. 

Pero eso sí, antes tenés que saber muchas cosas de mí. Sentate, dale. Tengo que contarte quién soy y por qué vine hasta aquí. Tengo que enfrentarme a mi pasado para comenzar de verdad a vivir. Mirame bien: no soy Inés. Me llamo Martina. Martina Montes. 









sábado, 24 de octubre de 2020

Déjà vu, tercera parte.

Pero más de un año había pasado ya de todo eso y la idea de convertirse para siempre en Inés Achával se estaba haciendo cada vez más fuerte. 

   Llegó al bar como todos los días, pero sintiendo una extraña, inquietante sensación en el estómago. No era nuevo el sentimiento. Lo tenía desde que había percibido que Gabriel, el dueño de la cafetería, la miraba de un modo distinto. Los intentos de Inés por asfixiar ese sentimiento, que se alimentaba de miradas, palabras y elocuentes silencios, resultaron inútiles. Para ella, aceptar que estaba enamorada era catastrófico. Ocupar el corazón de otro fingiendo ser alguien más  era una ficción con fecha de caducidad. 

   Inés saludó a Gabriel, dejó sus cosas y comenzó a preparar las mesas. Era muy temprano y el viento azotaba los ventanales que contemplaban al imponente mar. 

  • Hoy al mediodía me gustaría que te quedaras a almorzar conmigo- la voz de Gabriel se asemejó a un eco que quiebra repentinamente  el silencio.

   Inés se dio vuelta y lo miró ridículamente nerviosa. 

  • Está bien- asintió, simplemente. 

   La mañana transcurrió casi eternamente para ambos. Gabriel le encargó a la cocinera que dejara preparados dos platos de pasta y un postre, antes de que la mujer se retirara. El local cerró a las dos de la tarde. Cuando ambos se sentaron, uno frente a otro, él comenzó a hacer realidad en palabras lo que ella tanto temía (y deseaba). Le dijo que no podía apartarla de su pensamiento, que la amaba, que estaba convencido de que ella era la mujer de su vida. Inés se perdió en su mirada profunda, celeste, clara como el cielo de verano. Y cuando se besaron, se dijo que era posible que Martina muriera para siempre, que era necesario matarla dentro suyo de una vez. Porque Inés quería ser feliz con Gabriel y nada iba a impedírselo. Nadie. Ni siquiera sus padres, a quienes llamaba una vez por semana desde un teléfono público pero nunca les decía dónde estaba. Ellos se habían acostumbrado y ya no preguntaban. Le rogaban que volviera, le contaban que nunca habían vuelto a saber de Aldo desde que ella desapareciera. Pero ella no se fiaba de él. Y ahora mucho menos pensaba en volver. En Río Grande había encontrado al amor de su vida y no estaba en sus planes renunciar. 

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   Los días pasaban y se convertían en meses, pero ya no eran iguales o rutinarios. Cada uno de ellos, junto a Gabriel, era un mundo por descubrir. Una sensación de plenitud que ninguno de los dos había experimentado jamás. Una noche, en casa de Inés y siendo ya tarde, él dijo algo que la dejó pasmada:

  • Sabés, mi amor, que ya van tres o cuatro veces que llaman al bar y preguntan por una tal Martina Montes. No sé quién es el ridículo que no se cansa de molestar. Ya le dije bien claro que no conozco a nadie con ese nombre.

La expresión inefable en el rostro de ella, su nerviosismo, pusieron en alerta a Gabriel. Martina estaba asomando en el rostro de Inés; aterrada, temblorosa.

  • No me digas que vos sabés quién es…- atinó a decir él, sorprendido. 

  • No, claro que no- respondió ella, recomponiéndose un poco- Lo que me extraña es que alguien llame siempre por lo mismo, no parece una broma. ¿Decís que es un hombre? ¿Es siempre  la misma voz?- inquirió.

  • Sí, es el mismo tipo. 

   Inés se excusó con su novio, aduciendo cansancio. Cuando él se fue, se derrumbó sobre la cama y, después de llorar un buen rato, comenzó a pensar en las opciones que tenía. No eran muchas: ir a la policía (algo que ya había intentado sin conseguir nada), volver a desparecer sin dejar rastro (imposible que estuviera huyendo toda la vida)…No. Su única posibilidad de retomar su vida era  asesinar a Aldo. Y si él la estaba vigilando, cercando, ella estaría preparada.  Había comprado un arma, un revólver, cuando vivía en Buenos Aires, para protegerse de él. La había llevado consigo en el viaje al sur y la conservaba aún. 


jueves, 15 de octubre de 2020

Déjà vu, segunda parte.

    Le costó volver a conciliar el sueño, como siempre le sucedía. La luz de la mañana despejó tibiamente sus fantasmas; era imposible que Aldo la encontrara ahí, en ese lugar recóndito.

    Se levantó, se vistió y se preparó para comenzar la rutina diaria: recorría en bicicleta quince calles hasta el bar donde trabajaba y al que había llegado un año antes. En ese momento había fabricado una historia cuidadosamente estudiada, convincente: se llamaba Inés Achával, tenía veinticinco años y, luego de la muerte de sus  padres en un accidente, se había quedado sola en el mundo. Por ese fatal motivo, había resuelto cargar sus cosas y su melancolía en un baúl y partir hacia el sur del país, a comenzar una vida nueva. En esa vida nueva, ella era una persona solitaria, reservada, parca. Y no podía ser menos. Tener una amistad implicaría que, en algún momento, la mentira se desmoronara y se descubriera la verdad. Y eso no podía pasar. Nadie debía enterarse de que ella era, en verdad, Martina Montes; una mujer feliz, independiente, con un trabajo estable, familia y amigos…hasta que el destino urdió la telaraña donde quedó atrapada. Aldo era un hombre atractivo, inteligente y posesivo; ingeniero en sistemas, además. Martina se deslumbró inmediatamente con él y, ahogando las señales de alerta que su voz interior profería, se entregó por completo a una relación tan enfermiza como para matar lentamente a cualquiera: celos irrisorios, desconfianza, violencia. Cuando ella decidió terminar el noviazgo, fue todavía peor. Aldo comenzó a acecharla hasta convertir su vida en una novela negra, digna de una historia de Agatha Christie: amenazas, teléfonos sonando a toda hora, mensajes por debajo de la puerta, apariciones repentinas en su trabajo. Pero la estocada final fue la bomba casera que colocó en casa de los padres de Martina. La detonó en un momento en que ellos no se encontraban; su objetivo de provocar terror era claro. 

   Acudir a la policía fue inútil: no había pruebas y por las amenazas solo le impusieron una restricción perimetral.  Martina sabía que nunca iba a detenerse. Pero cuando la desesperación la estaba encerrando en un callejón sin salida, un amigo le sugirió que despareciera sin dejar rastro. Por lo menos por un tiempo. Él mismo le ofreció conseguirle un documento de identidad falso, puesto que tenía algún contacto en el registro civil que podía tramitarlo. Al principio, la idea de dejar toda su vida, trabajo, casa, padres, amigos, le parecía descabellada y extrema. Pero con el correr de los días, entendió que no había más solución. Sacó un pasaje en micro a Bahía Blanca, por internet. Luego, metió su ropa en una valija, dejó una nota sobre  la mesa explicando a sus padres (que seguro irían a buscarla) su decisión de irse lejos y sin rumbo, advirtiendo que ella misma se comunicaría. Dejó su celular, computadora y un telegrama de renuncia listo, con instrucciones para ser enviado.  Cerró la puerta tras de sí, ignorando que sería la última vez que estaría en ese lugar, y se fue en un taxi a la terminal. Ya en Bahía Blanca, decidió, sin pensarlo demasiado, irse a Tierra del Fuego. Pagó en efectivo el boleto para no dejar rastros con la tarjeta de crédito. Cuando llegó a su destino, destruyó todas las credenciales que la identificaban como Martina Montes pero conservó su verdadero documento de identidad. Tal vez porque era su refugio en medio de tanta mentira, su única atadura a  una vida que soñaba con recuperar algún día.


jueves, 8 de octubre de 2020

Fragmento de mi cuento "Déjà vu".

 


    Un grito pavoroso resonó en la madrugada gélida de Río Grande. Hizo eco en el Mar Argentino y volvió, como en una curva elíptica, a su dueña. A pesar del frío invernal de Tierra del Fuego, Inés estaba empapada en sudor, en su cama. Pero era un sudor frío que le perlaba el rostro. La pesadilla siempre se repetía: Aldo la encontraba allí, la perseguía por la costa y la asesinaba arriba del puente, arrojando luego su cuerpo inerte al mar. El detalle más alarmante de tan terrible sueño era que no la llamaba Inés, sino Martina, que era su nombre real. Y cuando él pronunciaba ese nombre, ella sabía que había sido descubierta, que su farsa forzosa había acabado, que tenía los minutos justos para despedirse de la vida. ¿Pero qué era real y qué era fantasía, bruma, ensoñación? Ya no lo sabía. 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Strangeland.

Vago por una tierra extraña persiguiendo a una luciérnaga. Una oscuridad dominante me rodea. Pero a lo lejos veo ese brillo, esa luz cautivadora. Es tu alma. Radiante, libre, inmensa. Es tu luz cegadora en medio de una espesa niebla, pendiendo sobre un abismo.

Un día.

Un día va a ser ese día… Un día va a ser ese día en que me aventure a vivir, ese día donde haya cielo abierto a pesar del invierno, donde las tempestades no obnubilen la primavera. Un día va a ser ese día...ese día en que voy a expulsar ausencia y pena, cuando el pasado sea historia y el futuro, quimera. Ese día en el que no voy a seguir mis pasos, sino mis palabras. Ese día en el que hable sin máscaras y sienta sin cadenas; cuando abrace tu mundo y vos me comprendas. Un día va a ser ese día. Una voz del futuro grita una advertencia: ¡hoy es ese día!

miércoles, 19 de febrero de 2020

Más de "Yo escribí el final"

Julio de 2017, La Falda, Córdoba. Capítulo siete. Las sierras de Córdoba nevadas parecían una pintura de museo. Así lo sentía Julián, mientras observaba, desde la ventana del estudio, cómo caía la nieve y teñía el amplio parque de blanco y gris. Se sirvió otro mate y miró a la computadora. Solo le faltaban dos capítulos para terminar la novela, pero el problema era que no encontraba un final perfecto. Sabía de la importancia del final de una historia. Entendía que éste tenía que impactar al lector. Pero primero debía convencerlo, impactarlo a él. Si no, no tenía sentido. No había caso: ninguna idea le satisfacía. Allí dedicó su primer pensamiento del día a Eva. ¿Qué tan difícil era olvidar a alguien a quien uno ha visto solo tres o cuatro veces y con quien ha intercambiado apenas algunas palabras? Todo ese asunto de la leyenda del hilo rojo que conectaba a las personas, le parecía un cuento absurdo. Porque entre él y Eva había mucho más que eso. Sus almas parecían conocerse: se entendían sin necesidad de palabras, se miraban y veían mucho más allá de la superficie.

Otro fragmento de "Yo escribí el final".

Febrero de 2017, México. Capítulo cinco. Mi voz te trajo del abismo, te llamó desde las costas del océano, desde la otra orilla. Caminaste sobre el agua para encontrarme, recorriste distancias en medio de la noche para abrazarme. Y estabas ahí, silenciosa y mágica. Nos miramos por un instante y comprendimos que estábamos hechos a la medida del otro, que habíamos atravesado una vida entera para reunirnos por fin. Sé que sentiste lo mismo que yo. Esa emoción, ese fuego interior que parece consumir hasta los huesos. Toqué tu cuerpo desnudo y contuve el aire. La sensación era abrumadora, amenazaba con desarmarme. Nos acostamos juntos e hicimos el amor hasta que solo pudimos ver el rostro del otro, hasta que solo pudimos sentir la piel caliente, salada del otro. Y entonces, no hizo falta preguntarse nada. No hubo dudas. No hubo necesidad de pararse a pensar si eso era amor o no. Simplemente, supe que el amor era vos. Así iniciaba un nuevo capítulo de la novela que Julián estaba escribiendo.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Sinopsis de "Yo escribí el final".

Los límites entre la ficción y la realidad se cruzan en esta novela. Una mujer internada en un psiquiátrico es la musa de un joven escritor: Julián Marino. Julián lo tiene todo: reconocimiento, dinero, un matrimonio feliz. Pero toda esa confianza y seguridad se derrumban cuando conoce a Eva Campbell, una joven que solo vive con un objetivo y que resignará todo lo que tiene y lo que es para cumplirlo. Enamorado, obsesionado, Julián la convierte en un personaje literario para que Eva nunca muera. Pero él sabe bien que el final de una novela no es siempre el que todos esperan.