Un grito pavoroso resonó en la madrugada gélida de Río Grande. Hizo eco en el Mar Argentino y volvió, como en una curva elíptica, a su dueña. A pesar del frío invernal de Tierra del Fuego, Inés estaba empapada en sudor, en su cama. Pero era un sudor frío que le perlaba el rostro. La pesadilla siempre se repetía: Aldo la encontraba allí, la perseguía por la costa y la asesinaba arriba del puente, arrojando luego su cuerpo inerte al mar. El detalle más alarmante de tan terrible sueño era que no la llamaba Inés, sino Martina, que era su nombre real. Y cuando él pronunciaba ese nombre, ella sabía que había sido descubierta, que su farsa forzosa había acabado, que tenía los minutos justos para despedirse de la vida. ¿Pero qué era real y qué era fantasía, bruma, ensoñación? Ya no lo sabía.
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