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miércoles, 19 de febrero de 2020

Más de "Yo escribí el final"

Julio de 2017, La Falda, Córdoba. Capítulo siete. Las sierras de Córdoba nevadas parecían una pintura de museo. Así lo sentía Julián, mientras observaba, desde la ventana del estudio, cómo caía la nieve y teñía el amplio parque de blanco y gris. Se sirvió otro mate y miró a la computadora. Solo le faltaban dos capítulos para terminar la novela, pero el problema era que no encontraba un final perfecto. Sabía de la importancia del final de una historia. Entendía que éste tenía que impactar al lector. Pero primero debía convencerlo, impactarlo a él. Si no, no tenía sentido. No había caso: ninguna idea le satisfacía. Allí dedicó su primer pensamiento del día a Eva. ¿Qué tan difícil era olvidar a alguien a quien uno ha visto solo tres o cuatro veces y con quien ha intercambiado apenas algunas palabras? Todo ese asunto de la leyenda del hilo rojo que conectaba a las personas, le parecía un cuento absurdo. Porque entre él y Eva había mucho más que eso. Sus almas parecían conocerse: se entendían sin necesidad de palabras, se miraban y veían mucho más allá de la superficie.

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