Alguna vez te dije que lo nuestro era para siempre, que no había vuelta atrás. Asentiste tímidamente. Claro: te daba miedo entregarte a un amor pasional, furioso, como nunca lo habías conocido. Yo podía ver la vacilación en tus ojos, que siempre fueron tan auténticos, tan de decir la verdad. Pero sabía que me amabas y que era cuestión de tiempo (¡vaya frase hecha!) para que lo aceptaras.
Y un día lo hiciste. Apareciste en mi casa con las valijas en la mano y la adrenalina en el cuerpo. “Lo hice”, me dijiste. Te abracé con fuerza, me aferré a vos con el impulso de la sangre que me estallaba en las venas.
Después, cuando los otoños fueron pasando como en una película, vinieron los enojos, las crisis. Ya no te deleitabas escuchando mi risa, ya no te parecía de otro mundo mi mirada. No podía soportar tu ausencia estando allí, a mi lado. Pero muy dentro de mí, comprendía que miraras atrás, que añoraras tanto como yo esa fantasía, ese espejismo que nos unió.
Un día, llegó lo inevitable: me dijiste que te ibas, que ya tu corazón no lo toleraba más. Quise convencerte, ¡cómo lo intenté! Pero no hubo caso, ya lo habías decidido. Tanto te conocía que supe que no podría disuadirte. Así que hice lo único que podía hacer… ¿acaso tenía otra salida? ¿Alguien puede culparme?
Axel contemplaba el cuerpo de Clara en el ataúd. Todos se acercaban a darle las condolencias. “¿Por qué hizo esto?”, preguntó una de sus amigas, con pesar. “No lo sé”, le contestó él. “Ella no estaba bien este último tiempo”, dijo otra conocida. “¿No te dejó una nota, nada?”, le volvieron a preguntar al viudo.
“Nada”, contestó él, apretujando la carta en su bolsillo. La que él había escrito.
Días atrás le había encargado a Clara que comprara el veneno más potente que existiera contra las ratas. Ella accedió con tal de no comenzar otra pelea inútil, de las tantas que tenían en el último tiempo; pero la verdad era que nunca había visto ratas en la casa.
Antes de que cerraran el féretro, Axel le dedicó una última mirada llena de conmiseración. Besó su frente helada y susurró…te dije que era para siempre.
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