Volverá.
“La mayor parte de la espantosa noche había transcurrido, y la que estuviera muerta se movió de nuevo, ahora con más fuerza que antes”
“Ligeia”, Edgar Allan Poe.
No me gusta festejar mi cumpleaños. ¿A quién puede agradarle la idea de volverse un año más viejo y esa estúpida frase hecha de que hay que dar gracias por estar vivo? ¿A nadie más se le ocurre pensar que cada año que pasa es un peldaño que descendemos hacia la tumba? En fin, nunca me agradó. Desde niño ya odiaba los globos, los payasos, los bonetes y los invitados insoportables. La torta me resultaba asquerosa porque nunca mi madre me preguntó cómo me gustaba; todo lo hacía según su parecer y placer. Así que no me pidan ahora que celebre mi cumpleaños número treinta como si fuese todo un acontecimiento. Brindo, simplemente, por esta noche de junio, de tormenta y de profecías.
Luego de este inesperado e inquietante discurso, Tomás Weller alzó la copa de cristal que sostenía con su mano derecha e inspiró a sus invitados a hacer lo mismo. Eran solo cuatro: Camila, Diego, Luz y José. Amigos de la infancia, del barrio; luego, compañeros de primaria y secundaria. Más adelante, cada uno había tomado rumbos distintos y no se habían visto ni hablado en los últimos doce años. Por eso, el llamado de la novia de Tomás invitándolos a su cena de cumpleaños los había tomado por sorpresa. Ella les aclaró que se presentaría en la casa más tarde, para darle una sorpresa al novio. Aceptaron por la idea de que un reencuentro después de tanto tiempo prometía diversión. La velada había sido correcta, algo aburrida, a decir verdad. Los temas de charla se habían agotado rápidamente. No habían tenido en cuenta que, en estos casos, siempre se finge que la vida va bien (a pesar de todo). Así que, para el momento del brindis, sonrieron pensando en que pronto se irían, excusándose con alguna frase típica. Sin embargo, las palabras del anfitrión los asustaron un poco. La lluvia que caía copiosamente en aquella noche de invierno, tampoco ayudaba a despojarlos de esa sombra de temor que parecía pender sobre ellos, como una espada encima de sus cabezas. ¿Profecías? , preguntó Luz. No te entiendo, dijo José. Diego y Camila esbozaron una sonrisa, pensando que pronto Tomás también reiría. Pero no. Permanecía absorto, tomando algún sorbo de champagne. Después de un minuto que pareció eterno, dejó la copa sobre la mesa y prosiguió a explicarse: Sí, una profecía. En mi fiesta de cumpleaños número quince, ¿se acuerdan? ¿Recuerdan también que jugamos al juego de la copa? Sí, ¿quién podría olvidar aquella noche?... En fin, el espíritu que invocamos me hizo una profecía…-Ella volverá- lo interrumpió Camila. Exacto- continuó Tomás- ella volverá dentro de quince inviernos. Miró hacia fuera un momento, por la ventana que daba al balcón, y contempló la oscuridad sin miedo.- ¿Es decir…hoy?- vaciló Diego. El dueño de casa solo asintió. Los invitados querían mantener la calma, aferrándose a la idea de que Tomás estaba jugándoles una broma. Ella- retomó la palabra- Clara. No me digan que no los persigue en sus sueños, que no piensan en ella, que no los tortura recordar… -¡Basta, Tomás!- gritó José, levantándose de la silla- no sé qué te pasa pero no es mi problema. Me voy. Se dirigió a la puerta y los demás lo siguieron, pero no pudieron abrirla. Ya sin paciencia, y con todos a punto de sufrir un colapso nervioso, Diego sacudió a Tomás, exigiéndole que abriera. -Es que ustedes no entienden- dijo el dueño de casa- ella quería que estuviéramos todos aquí, esta noche.
-¡Solo era un juego!- gritó Luz, fuera de sí. -Sí, un juego-la interrumpió Tomás- Pero la encerramos en esa caja y murió de un infarto, porque resultó ser claustrofóbica. La sacamos cuando ya no oímos más sus gritos y luego empezamos a gritar nosotros, cuando vimos que había muerto. Vinieron mis padres y a mí se me ocurrió decir que se había desvanecido de la nada. El forense lo declaró como una muerte súbita. Solo nosotros cinco sabemos lo que pasó. Ella va a volver hoy- sentenció- Y lo sé porque ustedes se pusieron de acuerdo para venir, aunque yo no los haya invitado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario