Todos estaban de pie, cerca de la puerta, menos Tomás, que se había sentado. Los cuatro amigos se miraron unos a otros, buscando la respuesta a una pregunta que nadie se atrevía a hacer. Finalmente, Camila habló, temerosa: - Tu novia nos llamó por teléfono para invitarnos. Tomás los miró y un relámpago iluminó la pequeña habitación: -Yo no tengo novia. Recibí un e- mail de ustedes, diciendo que querían venir a cenar por mi cumpleaños. Ante el terrible estupor que vio en los rostros de los invitados, Tomás arribó a la conclusión lógica: - Fue Clara. Ella nos reunió a todos aquí, para vengarse. No lo soporto más- exclamó - su fantasma me persigue como un cazador. Tengo sus gritos acá- lloró, golpeándose enérgicamente la cabeza. El pánico había comenzado a devorar los últimos vestigios de cordura que les quedaban. Ellos sabían que no habían sido tan inocentes, a pesar de tener diez años en ese entonces. Clara era la chica de la escuela de la que todos se burlaban por ser introvertida y tímida. No ayudaba que viviera sola, con un padre alcohólico. Aquel día, Tomás la había invitado a su casa con el fin de divertirse todos a costa de ella; pero se les había ido de las manos. Ahora, veinte años después de ese infausto día, el fantasma de Clara volvía, como retornan a la superficie todos los secretos que tanto nos empeñamos en ocultar.
El viento golpeó con inusitada inclemencia la puerta del balcón y las luces se apagaron. José agarró a Tomás por un brazo y le exigió que le entregara las llaves. Las mujeres gritaban y Diego intentaba calmarlas. De repente, Tomás se paró y sus ojos cambiaron de color. Espantado, José lo soltó. Los cuatro amigos se arrumbaron contra la puerta, pálidos por el terror. El cabello de Tomás también cambió de rubio a negro, como las alas de un cuervo. Habló con una voz sepulcral, pero claramente era una voz femenina: -¡Ayúdenme! ¡Déjenme salir!- exclamó, estirando un brazo hacia ellos. A partir de allí, todo fue confusión, gritos, horror. Querían salir de la casa pero el miedo los paralizaba como el veneno de una serpiente que, poco a poco, se expande por la sangre dejándonos inmóviles.
El vecino del departamento de al lado escuchó los gritos y fue a buscar al encargado del edificio. Regresaron con la llave maestra y abrieron, aunque ya no escuchaban más que silencio. Se encontraron con cinco personas tiradas en el piso, muertas, como comprobaron luego. Cuando llegó la policía y el equipo forense, declararon muerte por infarto. Los investigadores buscaron, sin éxito, pruebas durante meses de la presencia de una sexta persona esa noche, puesto que razonaban que era imposible que cinco jóvenes murieran por un paro cardíaco al mismo tiempo, sin razón aparente. Los vecinos de Tomás declararon que siempre lo veían solo, pero lo escuchaban conversar con una mujer bastante seguido. Lo curioso para la policía fue que no encontraron a ningún testigo que la hubiera visto. Cuando hicieron una investigación más exhaustiva dieron con la historia de Clara y, aunque no les pareció una coincidencia, tampoco pudieron encontrar una explicación lógica. Los muertos no vuelven. Los fantasmas no matan a nadie. Salvo, claro, los que viven dentro de nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario