Magia.
“Todo me sirve, nada se pierde. Yo lo transformo”. Magia, Gustavo Cerati.
Estaría bien que enfrentaras a Marcos, Camila- le dijo su psicólogo esa tarde.
Camila se retorció, nerviosa. Las manos le sudaban.
Es que yo quiero enfrentarlo. Cada vez que salimos de clase y me llama nerd, aburrida, “sin vida” y todas esas cosas que ya le conté. Todo por mi timidez y mi forma de vestir sencilla. Pero no puedo. Me quedo sin palabras, no puedo- sollozó un poco.
Camila era una paciente de veintidós años con serios problemas para enfrentar los conflictos. La imposibilidad de poner límites a su padre (quien la había sobreprotegido desde que tenía uso de razón, al punto de no dejarla decidir ni qué torta de cumpleaños quería, probablemente por la muerte temprana de su esposa, la madre de Camila) se proyectaba a sus demás relaciones.
Frustrada, llegó ese día a su casa, después de la sesión, y vio una ambulancia en la puerta. Corriendo con desesperación, entró y observó a su padre tendido en el suelo, sin vida. Un médico estaba firmando el certificado de defunción y su tía lloraba a su lado, de pie. Había tenido un infarto.
Dos días después, Camila se encontraba sola en su casa, sin saber muy bien qué hacer. De repente, tuvo que empezar a tomar decisiones obligada por las circunstancias. Y eso le infundió valor.
Eso mismo le contó a su terapeuta unos días después y el psicólogo la animó a seguir tomando pequeñas decisiones.
Un mes después de estos sucesos, se enteró por algunas compañeras de la facultad que iba a haber una fiesta el sábado en la casa de Marcos. Por supuesto, la nerd aburrida sin vida no estaba invitada. Pero ella tenía otros planes.
Ese sábado se preparó frente al espejo con una solemnidad que más bien se parecía a un ritual.
Se sintió nerviosa cuando iba llegando a casa de Marcos. Parecía que iba a tener un ataque de pánico. Pero se serenó. Finalmente, tocó el timbre. El dueño de casa abrió la puerta. Le costó reconocerla, con un pantalón ajustado, tacos y maquillada. Sus ojos color almendra se destacaban en su rostro suave, enmarcado por su pelo rubio ceniza, suelto. Marcos no fue inmune a su belleza.
- ¿Me vas a dejar pasar? - preguntó ella.
Él se hizo a un lado y la invitó a entrar con un gesto y una sonrisa. Marcos no entendía cómo había sucedido esa transformación. Hasta dudaba de que fuera ella. Pero le gustaba.
Pronto, ambos tomaron uno, dos vasos de cerveza y empezaron a bailar cada vez más cerca. Cuando Camila lo besó, él la apretó contra su cuerpo y la invitó a su habitación.
Cayeron en la cama, apasionados. Cuando Marcos intentaba quitarle la remera, ella lo detuvo.
Decime cómo me llamo- exigió, mirándolo a los ojos.
Qué importa…- suspiró él, nublado por el deseo.
Decilo.
Estaban como suspendidos en el tiempo. Él no se atrevía ni a parpadear, atrapado en la cama, debajo de ella. Por supuesto que no sabía su nombre, nunca le había importado.
Tenés un minuto para recordar cómo me llamo, si no…- su voz era grave, atemorizante.
El pequeño revólver que ella había llevado en la cartera, ahora estaba apuntando directamente al corazón de Marcos.
No hablás en serio…
Claro que sí- afirmó ella, presionando más el arma contra el pecho- tu ego ridículo no te permitió darte cuenta de que te traje directo a una trampa. Sos tan patético, que te haría un favor matándote.
Marcos temblaba sin control.
Treinta segundos- sentenció Camila.
¡Por favor! – gritó él- ¡No me acuerdo! ¡No sé! ¡Perdoname!
Escupía las palabras desesperadamente, buscando clemencia.
Por fin, ella se levantó y guardó el revólver.
No vales ni una bala- dijo, mientras abandonaba el cuarto.
Cuando Marcos se recuperó de la impresión y dejó de temblar, se levantó y llamó a la policía.
Los oficiales tocaron el timbre de Camila a eso de las seis de la mañana. Ella salió en pijama y respondió al interrogatorio diciendo que había estado durmiendo desde las once de la noche y que pensaba que Marcos le hacía esas acusaciones porque su deporte preferido era molestarla.
¿Acaso me acusó con nombre y apellido? – preguntó.
No, de hecho los amigos de él nos dieron su nombre, pero niegan que usted haya estado en esa casa. Dicen que vieron a una mujer bailando con Marcos pero que no era usted. Le pedimos disculpas por la molestia, señorita. Buenas noches.
En la clase del lunes, Marcos observaba a Camila sin atreverse a hablarle. Estaba seguro de que había sido ella… ¿o era alguien parecida?
El profesor de Filosofía hizo una pregunta. Camila levantó la mano para contestar:
Creo que la verdad y la realidad son cosas que nosotros mismos inventamos. Por ejemplo, ustedes pueden creer que la verdad es que yo soy una estudiante aburrida. Pero mi verdad puede ser que tengo una doble vida, que salgo por las noches a hacer justicia- miró deliberadamente a Marcos cuando hizo esta afirmación. Éste se puso pálido.
Camila sonreía pensando en lo fácil que era entrampar a la gente que solo miraba lo superficial en el otro. Tan sencillo como hacer un truco de magia.
Solo que no es magia.
Es metamorfosis.
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