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jueves, 15 de octubre de 2020

Déjà vu, segunda parte.

    Le costó volver a conciliar el sueño, como siempre le sucedía. La luz de la mañana despejó tibiamente sus fantasmas; era imposible que Aldo la encontrara ahí, en ese lugar recóndito.

    Se levantó, se vistió y se preparó para comenzar la rutina diaria: recorría en bicicleta quince calles hasta el bar donde trabajaba y al que había llegado un año antes. En ese momento había fabricado una historia cuidadosamente estudiada, convincente: se llamaba Inés Achával, tenía veinticinco años y, luego de la muerte de sus  padres en un accidente, se había quedado sola en el mundo. Por ese fatal motivo, había resuelto cargar sus cosas y su melancolía en un baúl y partir hacia el sur del país, a comenzar una vida nueva. En esa vida nueva, ella era una persona solitaria, reservada, parca. Y no podía ser menos. Tener una amistad implicaría que, en algún momento, la mentira se desmoronara y se descubriera la verdad. Y eso no podía pasar. Nadie debía enterarse de que ella era, en verdad, Martina Montes; una mujer feliz, independiente, con un trabajo estable, familia y amigos…hasta que el destino urdió la telaraña donde quedó atrapada. Aldo era un hombre atractivo, inteligente y posesivo; ingeniero en sistemas, además. Martina se deslumbró inmediatamente con él y, ahogando las señales de alerta que su voz interior profería, se entregó por completo a una relación tan enfermiza como para matar lentamente a cualquiera: celos irrisorios, desconfianza, violencia. Cuando ella decidió terminar el noviazgo, fue todavía peor. Aldo comenzó a acecharla hasta convertir su vida en una novela negra, digna de una historia de Agatha Christie: amenazas, teléfonos sonando a toda hora, mensajes por debajo de la puerta, apariciones repentinas en su trabajo. Pero la estocada final fue la bomba casera que colocó en casa de los padres de Martina. La detonó en un momento en que ellos no se encontraban; su objetivo de provocar terror era claro. 

   Acudir a la policía fue inútil: no había pruebas y por las amenazas solo le impusieron una restricción perimetral.  Martina sabía que nunca iba a detenerse. Pero cuando la desesperación la estaba encerrando en un callejón sin salida, un amigo le sugirió que despareciera sin dejar rastro. Por lo menos por un tiempo. Él mismo le ofreció conseguirle un documento de identidad falso, puesto que tenía algún contacto en el registro civil que podía tramitarlo. Al principio, la idea de dejar toda su vida, trabajo, casa, padres, amigos, le parecía descabellada y extrema. Pero con el correr de los días, entendió que no había más solución. Sacó un pasaje en micro a Bahía Blanca, por internet. Luego, metió su ropa en una valija, dejó una nota sobre  la mesa explicando a sus padres (que seguro irían a buscarla) su decisión de irse lejos y sin rumbo, advirtiendo que ella misma se comunicaría. Dejó su celular, computadora y un telegrama de renuncia listo, con instrucciones para ser enviado.  Cerró la puerta tras de sí, ignorando que sería la última vez que estaría en ese lugar, y se fue en un taxi a la terminal. Ya en Bahía Blanca, decidió, sin pensarlo demasiado, irse a Tierra del Fuego. Pagó en efectivo el boleto para no dejar rastros con la tarjeta de crédito. Cuando llegó a su destino, destruyó todas las credenciales que la identificaban como Martina Montes pero conservó su verdadero documento de identidad. Tal vez porque era su refugio en medio de tanta mentira, su única atadura a  una vida que soñaba con recuperar algún día.


jueves, 8 de octubre de 2020

Fragmento de mi cuento "Déjà vu".

 


    Un grito pavoroso resonó en la madrugada gélida de Río Grande. Hizo eco en el Mar Argentino y volvió, como en una curva elíptica, a su dueña. A pesar del frío invernal de Tierra del Fuego, Inés estaba empapada en sudor, en su cama. Pero era un sudor frío que le perlaba el rostro. La pesadilla siempre se repetía: Aldo la encontraba allí, la perseguía por la costa y la asesinaba arriba del puente, arrojando luego su cuerpo inerte al mar. El detalle más alarmante de tan terrible sueño era que no la llamaba Inés, sino Martina, que era su nombre real. Y cuando él pronunciaba ese nombre, ella sabía que había sido descubierta, que su farsa forzosa había acabado, que tenía los minutos justos para despedirse de la vida. ¿Pero qué era real y qué era fantasía, bruma, ensoñación? Ya no lo sabía. 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Strangeland.

Vago por una tierra extraña persiguiendo a una luciérnaga. Una oscuridad dominante me rodea. Pero a lo lejos veo ese brillo, esa luz cautivadora. Es tu alma. Radiante, libre, inmensa. Es tu luz cegadora en medio de una espesa niebla, pendiendo sobre un abismo.

Un día.

Un día va a ser ese día… Un día va a ser ese día en que me aventure a vivir, ese día donde haya cielo abierto a pesar del invierno, donde las tempestades no obnubilen la primavera. Un día va a ser ese día...ese día en que voy a expulsar ausencia y pena, cuando el pasado sea historia y el futuro, quimera. Ese día en el que no voy a seguir mis pasos, sino mis palabras. Ese día en el que hable sin máscaras y sienta sin cadenas; cuando abrace tu mundo y vos me comprendas. Un día va a ser ese día. Una voz del futuro grita una advertencia: ¡hoy es ese día!

miércoles, 19 de febrero de 2020

Más de "Yo escribí el final"

Julio de 2017, La Falda, Córdoba. Capítulo siete. Las sierras de Córdoba nevadas parecían una pintura de museo. Así lo sentía Julián, mientras observaba, desde la ventana del estudio, cómo caía la nieve y teñía el amplio parque de blanco y gris. Se sirvió otro mate y miró a la computadora. Solo le faltaban dos capítulos para terminar la novela, pero el problema era que no encontraba un final perfecto. Sabía de la importancia del final de una historia. Entendía que éste tenía que impactar al lector. Pero primero debía convencerlo, impactarlo a él. Si no, no tenía sentido. No había caso: ninguna idea le satisfacía. Allí dedicó su primer pensamiento del día a Eva. ¿Qué tan difícil era olvidar a alguien a quien uno ha visto solo tres o cuatro veces y con quien ha intercambiado apenas algunas palabras? Todo ese asunto de la leyenda del hilo rojo que conectaba a las personas, le parecía un cuento absurdo. Porque entre él y Eva había mucho más que eso. Sus almas parecían conocerse: se entendían sin necesidad de palabras, se miraban y veían mucho más allá de la superficie.

Otro fragmento de "Yo escribí el final".

Febrero de 2017, México. Capítulo cinco. Mi voz te trajo del abismo, te llamó desde las costas del océano, desde la otra orilla. Caminaste sobre el agua para encontrarme, recorriste distancias en medio de la noche para abrazarme. Y estabas ahí, silenciosa y mágica. Nos miramos por un instante y comprendimos que estábamos hechos a la medida del otro, que habíamos atravesado una vida entera para reunirnos por fin. Sé que sentiste lo mismo que yo. Esa emoción, ese fuego interior que parece consumir hasta los huesos. Toqué tu cuerpo desnudo y contuve el aire. La sensación era abrumadora, amenazaba con desarmarme. Nos acostamos juntos e hicimos el amor hasta que solo pudimos ver el rostro del otro, hasta que solo pudimos sentir la piel caliente, salada del otro. Y entonces, no hizo falta preguntarse nada. No hubo dudas. No hubo necesidad de pararse a pensar si eso era amor o no. Simplemente, supe que el amor era vos. Así iniciaba un nuevo capítulo de la novela que Julián estaba escribiendo.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Sinopsis de "Yo escribí el final".

Los límites entre la ficción y la realidad se cruzan en esta novela. Una mujer internada en un psiquiátrico es la musa de un joven escritor: Julián Marino. Julián lo tiene todo: reconocimiento, dinero, un matrimonio feliz. Pero toda esa confianza y seguridad se derrumban cuando conoce a Eva Campbell, una joven que solo vive con un objetivo y que resignará todo lo que tiene y lo que es para cumplirlo. Enamorado, obsesionado, Julián la convierte en un personaje literario para que Eva nunca muera. Pero él sabe bien que el final de una novela no es siempre el que todos esperan.

jueves, 1 de agosto de 2019

Un fragmento de "Yo escribí el final".

- ¿Y si todo lo que estamos viviendo fuera un sueño, Julián? Si yo no fuera real…- pensó ella, en voz alta. Ni siquiera sabía de dónde provenía esa idea. Julián le tomó la mano sin pensarlo. Ambos se estremecieron al contacto. - Ese es mi miedo- respondió él, por fin-: que cuando termine de escribir te evapores, que solo existas en el mundo que yo imaginé para vos. Que el sueño que ligó mi alma a la tuya, se acabe cuando ponga la palabra “Fin”. Eva respiraba pesadamente. Nunca había conocido a un hombre como Julián. Los hombres, en general, solo habían querido acostarse con ella. La frase “sos hermosa” saliendo de ellos, le repugnaba. Pero Julián no era como el resto. Era alguien que había visto su parte más oscura, su vida degradada. Él no la había conocido en una fiesta, riendo y con un vestido escotado. No. Él la había conocido en un sanatorio para enfermos mentales. Y aun así, la había amado.

martes, 23 de julio de 2019

"Esperando"

Esperando. “Y antes de partir, confieso, que acertaste si creías que han sido un sueño mis días”. “Un sueño dentro de un sueño”, Edgar Allan Poe. Caminaba por la plaza con paso lento, las hojas crujían debajo de sus botas. El otoño era su estación preferida. Se deleitaba viendo a los árboles cada vez más desnudos, escuchando la canción del viento a través de ellos. Se sentó en el mismo banco de aquel día, tan lejano ahora. Veinticinco años habían pasado, pero el recuerdo estaba tan claro en su memoria, que casi le asustaba. Se acordaba de la música que sonaba en la radio aquel día de primavera, del olor de las tostadas por la mañana, que se mezclaba con el de los jazmines de la entrada. Recordaba el sabor del mate recién hecho, que se le había revuelto en el estómago con la ansiedad que sentía por verlo. Hasta se veía a sí misma poniéndose los pantalones y la camisa rosada y después caminando hacia la plaza. Había esperado una hora en aquella ocasión pero él nunca había llegado a la cita. Esperó y esperó en vano. Él nunca apareció. Ahora, tantos y tantos años después de aquella mañana de septiembre, estaba otra vez allí, en el mismo banco, con otra ropa pero con el mismo sentimiento. De repente, vio a un hombre de unos cincuenta años que se acercaba a ella. Lo reconoció de inmediato y tuvo que respirar profundo para controlar la emoción. - ¿Cómo estás?- dijo él, al sentarse a su lado. - Bien- contestó ella, simplemente. - Sé que esto es incómodo- dijo él- pero no voy a andar con rodeos. Te busqué y te pedí que nos encontráramos porque necesito un favor. Y vos sos la única que me puede ayudar. Ella guardó silencio, esperando a que continuara. - Sé que me diste en adopción cuando era un bebé. Cuando crecí, me buscaste pero nunca quise que formaras parte de mi vida. Fue una decisión mía. Pero ahora…ahora tengo que saber…hace años que sueño con explosiones, gritos y gente huyendo- trató de explicarse- y cuando me despierto, esos gritos me parecen tan reales que los sigo escuchando. ¿Es solo un sueño o es un recuerdo?- preguntó finalmente. Ella lo miró profundamente. En los ojos de su hijo había preguntas, pena pero, sobre todo, había dolor. - Para responderte, tengo que hablarte de una chica muy joven, viviendo en un país en guerra- le contestó- y de cómo su pueblo fue bombardeado una noche y tuvo que salir de allí con su hijo en brazos. De repente, Ingrid se despertó. Estaba en su cama, la misma de siempre. Miró el reloj y vio que eran las cuatro de la madrugada. Al menos en su sueño, ella le contaba la verdad. Al menos en su sueño, su hijo la escuchaba. No la dejaba sola en una plaza, con la terrible sensación de pasar la vida esperando por un momento que nunca llegaría. Cerró los ojos, esperando volver a soñar con él. Esperando el abrazo que nunca le dio. Esperando que aquel sueño fuera posible. Esperando. Esperando.

domingo, 21 de julio de 2019

Prólogo de mi primera novela.

Prólogo. Septiembre de 2019. Las sierras de Córdoba, Argentina. La nieve cayendo con intensidad. El paisaje pintado de blanco y ligeramente salpicado con un gris de nostalgia. Salir al aire libre no parece ser la mejor opción para esa tarde, dada la temperatura. Pero hay un hombre que camina en soledad por las calles de La Falda. Las sierras, donde tanta paz encontró alguna vez, le parecen monstruosas, le recuerdan lo que una vez tuvo y perdió. No parece percibir lo gélido de la nieve sobre la hierba cuando decide sentarse, ni el frío del invierno cordobés colándose por sus poros. Ya había demasiado hielo en su alma. Demasiado silencio, demasiado caos. Los pensamientos culposos lo atormentaban: si no se hubiera obsesionado con ella, si no se hubiera enamorado, si nunca la hubiera conocido…entonces, ¿qué habría pasado? ¿Acaso no es la pregunta que todos nos hacemos alguna vez? ¿Qué hubiera sucedido si en aquel momento tomaba otra decisión? Nunca lo sabría. Mientras la desolación lo ensombrecía, Julián comenzó a recordar esa noche de verano en Córdoba, tres años antes, de madrugada, cuando no podía conciliar el sueño y solo escuchaba el canto de los grillos y del viento. Tenía que trabajar pronto en un nuevo libro pero no lograba escribir nada que le satisficiera. De pronto, una idea surgió como un fuego que se enciende inesperadamente. Se levantó, encendió la computadora y comenzó a escribir casi de forma automática, para no perder la súbita inspiración: Hay una mujer transparente como la espuma, blanca como la sal. Su cabello es negro como el abismo y sus ojos son profundos como el infinito. No puede hablar pero necesita que la ayuden, implora por alguien que la arranque del laberinto de su mente, de su propia oscuridad, de sus miedos. Julián todavía hoy no comprendía de dónde había surgido esa historia. En aquel entonces, también ignoraba que esa mujer, que él describía tan vivamente, en verdad existía y que se encontraba en Buenos Aires, internada en un neuropsiquiátrico. Todo lo que pasó después de que escribiera esas líneas fue tan vertiginoso como increíble. Y, curiosamente, fueron los años en los que sintió con toda seguridad que realmente estaba vivo y no solo que existía. Ella se lo había enseñado. Eva. Comenzó a nevar con más intensidad. Julián sintió que el llanto se le agolpaba en la garganta y no podía hacer nada por reprimirlo. El empleado del cementerio se acercó en ese momento: - Disculpe, señor. ¿Qué tumba me dijo que quería encontrar? Julián respiró profundo antes de contestar.