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domingo, 21 de julio de 2019

Prólogo de mi primera novela.

Prólogo. Septiembre de 2019. Las sierras de Córdoba, Argentina. La nieve cayendo con intensidad. El paisaje pintado de blanco y ligeramente salpicado con un gris de nostalgia. Salir al aire libre no parece ser la mejor opción para esa tarde, dada la temperatura. Pero hay un hombre que camina en soledad por las calles de La Falda. Las sierras, donde tanta paz encontró alguna vez, le parecen monstruosas, le recuerdan lo que una vez tuvo y perdió. No parece percibir lo gélido de la nieve sobre la hierba cuando decide sentarse, ni el frío del invierno cordobés colándose por sus poros. Ya había demasiado hielo en su alma. Demasiado silencio, demasiado caos. Los pensamientos culposos lo atormentaban: si no se hubiera obsesionado con ella, si no se hubiera enamorado, si nunca la hubiera conocido…entonces, ¿qué habría pasado? ¿Acaso no es la pregunta que todos nos hacemos alguna vez? ¿Qué hubiera sucedido si en aquel momento tomaba otra decisión? Nunca lo sabría. Mientras la desolación lo ensombrecía, Julián comenzó a recordar esa noche de verano en Córdoba, tres años antes, de madrugada, cuando no podía conciliar el sueño y solo escuchaba el canto de los grillos y del viento. Tenía que trabajar pronto en un nuevo libro pero no lograba escribir nada que le satisficiera. De pronto, una idea surgió como un fuego que se enciende inesperadamente. Se levantó, encendió la computadora y comenzó a escribir casi de forma automática, para no perder la súbita inspiración: Hay una mujer transparente como la espuma, blanca como la sal. Su cabello es negro como el abismo y sus ojos son profundos como el infinito. No puede hablar pero necesita que la ayuden, implora por alguien que la arranque del laberinto de su mente, de su propia oscuridad, de sus miedos. Julián todavía hoy no comprendía de dónde había surgido esa historia. En aquel entonces, también ignoraba que esa mujer, que él describía tan vivamente, en verdad existía y que se encontraba en Buenos Aires, internada en un neuropsiquiátrico. Todo lo que pasó después de que escribiera esas líneas fue tan vertiginoso como increíble. Y, curiosamente, fueron los años en los que sintió con toda seguridad que realmente estaba vivo y no solo que existía. Ella se lo había enseñado. Eva. Comenzó a nevar con más intensidad. Julián sintió que el llanto se le agolpaba en la garganta y no podía hacer nada por reprimirlo. El empleado del cementerio se acercó en ese momento: - Disculpe, señor. ¿Qué tumba me dijo que quería encontrar? Julián respiró profundo antes de contestar.

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