El candidato.
Toda la vida (o eso creía él) se había preparado para ese momento. Ya no había personas, mundos ni rutinas que se interpusieran entre ella y él.
Era un chico de pueblo, tímido y soñador; su nombre era Martín. Sus expectativas al volverse adolescente no habían ido más allá de su corto horizonte: terminar la escuela, casarse y vivir esa vida de manual, previsible y desgastante. Pero todo se transformó cuando la vio por primera vez, mudándose a la casa de enfrente, caminando con su vestido salmón y dos trenzas cayéndole prolijamente a ambos lados de la cabeza. Supo entonces que ella era su motivo para vivir, su motor, su pasión. Se enteró por su madre que se llamaba Ángela y que era hija única. Una compañera de clase le confió que Ángela era la mejor alumna, abanderada y con sueños de estudiar arte y filosofía.
Él comenzó entonces una alocada carrera hacia la obsesión: la esperaba para verla pasar a determinadas horas, la contemplaba como quien mira boquiabierto la realización de un milagro y, poco a poco, solo Ángela ocupaba sus pensamientos. La sentía tan inalcanzable, tan plena de virtudes, tan por debajo de su vana existencia, que quería llorar. Sin embargo, y en vez de eso, optó por convertirse en el candidato, en el hombre perfecto para su adorada diosa impoluta. Se esforzó mucho más en los estudios, mejoró su aspecto con ejercicio físico y algunos cambios de imagen. Trabajó infatigablemente hasta su mayoría de edad para hacerse digno.
Ese sábado de calor era el día señalado: atravesaría los treinta metros que lo separaban de su casa y la invitaría a salir. Esos metros que durante años habían sido un enorme abismo. Ese sábado todo tendría sentido; ahora él era el candidato, era el hombre ideal. Caminó con decisión hasta la puerta y, sin miedo, pulsó el timbre.
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Ángela era una joven romántica e inteligente. Sus padres siempre le habían inculcado el valor por sí misma y por los otros. Era hermosa, eso era cierto, pero no se limitaba a las apariencias. Le interesaba descubrir lo que se escondía en el alma de la gente.
Desde que había llegado al nuevo vecindario, se había sentido atraída por su vecino. Vivía en la casa de enfrente y tenía un dejo de melancolía y ensoñación que la cautivaban. Hubiera querido acercarse a él con un pretexto cualquiera, de esos que usan los enamorados desde que el mundo es mundo. Pero había algo en Martín que no se lo permitía, parecía demasiado indiferente. Ángela no perdió las ilusiones y esperó. Le dedicaba poemas absurdos (como los que escriben los enamorados) en las solitarias noches de verano. Lo veía pasar y sentía que el corazón se le achicaba y doblaba en mil pedacitos.
No obstante, con el paso de los años, comenzó a desilusionarse: se había vuelto un engreído, un petulante. Se había graduado con el mejor promedio del colegio y se notaba que había transformado su cuerpo haciendo deportes. Las chicas comentaban que Martín se estaba esforzando para ser diferente con el propósito de alcanzar el amor de una joven. Allí, Ángela terminó de decepcionarse. “Seguramente estará enamorado de una porrista”, pensó. Decidió desterrar esa fantasía de su vida, definitivamente.
Cuando un sábado de calor Martín tocó el timbre de su casa, ella ya lo había olvidado. El diálogo fue breve: él la invitó a salir, para conocerse, según sus palabras; ella no pudo mentirle y le contó que en un tiempo él le había interesado pero que ahora ya no. Cerró la puerta y nunca volvió a pensar en Martín.
Él, por su parte, la odió con la misma violencia con que antes la había amado. Se mintió a sí mismo, convenciéndose de que Ángela era demasiado insignificante para lo que él era ahora.
Terminó casándose con la candidata idónea para él, dada su nueva vida: una mujer fría, desapegada y carente de imaginación, devota sólo de su apariencia y de su cuenta bancaria.
Y Martín acabó viviendo esa vida de manual, previsible y desgastante, que tanto empeño había puesto en combatir durante su juventud. Al igual que Edipo, por querer evitar la tragedia, ésta se había cumplido.