Buscar este blog

jueves, 26 de noviembre de 2020

Volverá, segunda parte.

   Todos estaban de pie, cerca de la puerta,  menos Tomás, que se había sentado.  Los cuatro amigos se miraron unos a otros, buscando la respuesta a una pregunta que nadie se atrevía a hacer. Finalmente, Camila habló, temerosa: - Tu novia nos llamó por teléfono para invitarnos. Tomás los miró y un relámpago iluminó la pequeña habitación: -Yo no tengo novia. Recibí un e- mail de ustedes, diciendo que querían venir a cenar por mi cumpleaños. Ante el terrible estupor que vio en los rostros de los invitados, Tomás arribó a la conclusión lógica: - Fue Clara. Ella nos reunió a todos aquí, para vengarse. No lo soporto más- exclamó - su fantasma me persigue como un cazador. Tengo sus gritos acá- lloró, golpeándose enérgicamente la cabeza.  El pánico había comenzado a devorar los últimos vestigios de cordura que les quedaban. Ellos sabían que no habían sido tan inocentes, a pesar de tener diez años en ese entonces. Clara era la chica de la escuela de la que todos se burlaban por ser introvertida y tímida. No ayudaba que viviera sola, con un padre alcohólico. Aquel día, Tomás la había invitado a su casa con el fin de divertirse todos a costa de ella; pero  se les había ido de las manos. Ahora, veinte años después de ese infausto día, el fantasma de Clara volvía, como retornan a la superficie todos los secretos que tanto nos empeñamos  en ocultar.

   El viento golpeó con inusitada inclemencia la puerta del balcón y las luces se apagaron. José agarró a Tomás por un brazo y le exigió que le entregara las llaves. Las mujeres gritaban y Diego intentaba calmarlas. De repente, Tomás se paró y sus ojos cambiaron de color. Espantado, José lo soltó. Los cuatro amigos se arrumbaron contra  la puerta, pálidos por el terror. El cabello de Tomás también cambió de rubio a negro, como las alas de un cuervo.  Habló con una voz sepulcral, pero claramente era una voz femenina: -¡Ayúdenme! ¡Déjenme salir!- exclamó, estirando un brazo hacia ellos. A partir de allí, todo fue confusión, gritos, horror. Querían salir de la casa pero el miedo los paralizaba como el veneno de una serpiente que, poco a poco, se expande por la sangre dejándonos  inmóviles. 

   El vecino del departamento de al lado escuchó los gritos y  fue a buscar al encargado del edificio. Regresaron con la llave maestra y abrieron, aunque ya no escuchaban más que silencio.  Se encontraron con cinco personas tiradas en el piso, muertas, como comprobaron luego.  Cuando llegó la policía y el equipo forense, declararon muerte por infarto. Los investigadores buscaron, sin éxito,  pruebas durante meses de la presencia de una sexta persona esa noche, puesto que razonaban que era imposible que cinco jóvenes murieran por un paro cardíaco al mismo tiempo, sin razón aparente. Los vecinos de Tomás declararon que siempre lo veían solo, pero lo escuchaban conversar con una mujer bastante seguido. Lo curioso para la policía fue que no encontraron a ningún testigo que la hubiera visto.  Cuando hicieron una investigación más exhaustiva dieron con la historia de Clara y, aunque no les pareció una coincidencia, tampoco pudieron encontrar una explicación lógica. Los muertos no vuelven. Los fantasmas no matan a nadie. Salvo, claro, los que viven dentro de nosotros.


domingo, 22 de noviembre de 2020

Volverá, primera parte.

 Volverá.

“La mayor parte de la espantosa noche había transcurrido, y la que estuviera muerta se movió de nuevo, ahora con más fuerza que antes”

“Ligeia”, Edgar Allan Poe.

   No  me gusta festejar mi cumpleaños. ¿A quién puede agradarle la idea de volverse un año más viejo  y esa estúpida frase hecha de que hay que dar gracias por estar vivo? ¿A nadie más se le ocurre pensar que cada año que pasa es un peldaño que descendemos hacia la tumba? En fin, nunca me agradó. Desde niño ya odiaba los globos, los payasos, los bonetes y los invitados insoportables. La torta me resultaba asquerosa porque nunca mi madre me preguntó cómo me gustaba; todo lo hacía según su parecer y placer. Así que no me pidan ahora que celebre mi cumpleaños número treinta como si fuese todo un acontecimiento. Brindo, simplemente, por esta noche de junio, de tormenta y  de profecías. 

  Luego de este inesperado e inquietante discurso, Tomás Weller alzó la copa  de cristal que sostenía con su mano derecha  e inspiró a sus invitados a hacer lo mismo. Eran solo cuatro: Camila, Diego, Luz y José. Amigos de la infancia, del barrio; luego, compañeros de primaria y secundaria. Más adelante, cada uno había tomado rumbos distintos y no se habían visto ni hablado en los últimos doce años. Por eso, el llamado de la novia de Tomás invitándolos a su cena de cumpleaños los había tomado por sorpresa. Ella les aclaró que se presentaría en la casa  más tarde, para darle una sorpresa al novio.  Aceptaron por la idea de que un reencuentro después de tanto tiempo prometía diversión.  La velada  había sido correcta, algo aburrida, a decir verdad. Los temas de charla se habían agotado rápidamente. No habían tenido en cuenta que, en estos casos, siempre se finge que la vida va bien (a pesar de todo).  Así que, para el momento del brindis,  sonrieron pensando en que pronto se irían, excusándose con alguna frase típica.  Sin embargo, las palabras del anfitrión los asustaron un poco. La lluvia que caía copiosamente en aquella noche de invierno, tampoco ayudaba a despojarlos de esa sombra de temor que parecía pender sobre ellos, como una espada encima de sus cabezas. ¿Profecías? , preguntó Luz. No te entiendo, dijo José. Diego y Camila esbozaron una sonrisa, pensando que pronto Tomás también reiría. Pero no. Permanecía absorto, tomando algún sorbo de champagne. Después de un minuto que pareció eterno, dejó la copa sobre la mesa y prosiguió a explicarse: Sí, una profecía. En mi fiesta de cumpleaños número quince, ¿se acuerdan?  ¿Recuerdan también que jugamos al juego de la copa? Sí, ¿quién podría olvidar aquella noche?... En fin, el espíritu que invocamos me hizo una profecía…-Ella volverá- lo interrumpió Camila. Exacto- continuó Tomás- ella volverá dentro de quince inviernos. Miró hacia fuera un momento, por la ventana que daba al balcón, y contempló la oscuridad sin miedo.- ¿Es decir…hoy?- vaciló Diego. El dueño de casa solo asintió. Los invitados querían mantener la calma, aferrándose a la idea de que Tomás estaba jugándoles una broma. Ella- retomó la palabra- Clara. No me digan que no los persigue en sus sueños, que no piensan en ella, que no los tortura recordar…  -¡Basta, Tomás!- gritó  José, levantándose de la silla- no sé qué te pasa pero no es mi problema. Me voy. Se dirigió a la puerta y los demás lo siguieron, pero no pudieron abrirla. Ya sin paciencia, y con todos a punto de sufrir un colapso nervioso, Diego sacudió a Tomás, exigiéndole que abriera. -Es que ustedes no entienden- dijo el dueño de casa- ella quería que estuviéramos todos aquí, esta noche. 

 -¡Solo era un juego!- gritó Luz, fuera de sí. -Sí, un juego-la interrumpió Tomás-  Pero la encerramos en esa caja y murió de un infarto, porque resultó ser claustrofóbica. La sacamos cuando ya no oímos más sus gritos y luego empezamos a gritar nosotros, cuando vimos que había muerto. Vinieron mis padres y a mí se me ocurrió decir que se había desvanecido de la nada. El forense lo declaró como una muerte súbita. Solo nosotros cinco  sabemos lo que pasó. Ella va a volver hoy- sentenció- Y lo sé porque ustedes se pusieron de acuerdo para venir, aunque yo no los haya invitado.  


martes, 17 de noviembre de 2020

Para siempre.


Alguna vez te dije que lo nuestro era para siempre, que no había vuelta atrás. Asentiste tímidamente. Claro: te daba miedo entregarte a un amor pasional, furioso, como nunca lo habías conocido. Yo podía ver la vacilación en tus ojos, que siempre fueron tan auténticos, tan de decir la verdad. Pero sabía que me amabas y que era cuestión de tiempo (¡vaya frase hecha!) para que lo aceptaras. 

Y un día lo hiciste. Apareciste en mi casa con las valijas en la mano y la adrenalina en el cuerpo. “Lo hice”, me dijiste. Te abracé con fuerza, me aferré a vos con el impulso de la sangre que me estallaba en las venas

Después, cuando los otoños fueron pasando como en una película, vinieron los enojos, las crisis. Ya no te deleitabas escuchando mi risa, ya no te parecía de otro mundo mi mirada. No podía soportar tu ausencia estando allí, a mi lado. Pero muy dentro de mí, comprendía que miraras atrás, que añoraras tanto como yo esa fantasía, ese espejismo que nos unió. 

Un día, llegó lo inevitable: me dijiste que te ibas, que ya tu corazón no lo toleraba más. Quise convencerte, ¡cómo lo intenté! Pero no hubo caso, ya lo habías decidido. Tanto te conocía que supe que no podría disuadirte. Así que hice lo único que podía hacer… ¿acaso tenía otra salida? ¿Alguien puede culparme? 

Axel contemplaba el cuerpo de Clara en el ataúd. Todos se acercaban a darle las condolencias. “¿Por qué hizo esto?”, preguntó una de sus amigas, con pesar. “No lo sé”, le contestó él. “Ella no estaba bien este último tiempo”, dijo otra conocida. “¿No te dejó una nota, nada?”, le volvieron a preguntar al viudo. 

“Nada”, contestó él, apretujando la carta en su bolsillo. La que él había escrito. 

Días atrás le había encargado a Clara que comprara el veneno más potente que existiera contra las ratas. Ella accedió con tal de no comenzar otra pelea inútil, de las tantas que tenían en el último tiempo; pero la verdad era que nunca había visto ratas en la casa. 

Antes de que cerraran el féretro, Axel le dedicó una última mirada llena de conmiseración. Besó su frente helada y susurró…te dije que era para siempre


viernes, 6 de noviembre de 2020

Déjà vu, última parte.

 Desde esa noche, cargaba siempre el revólver en su cartera, fuera a donde fuera. Se encontraba en un estado permanente de alerta y nerviosismo. Se daba vuelta en la calle, presintiendo que alguien la seguía, mirando sobre su hombro continuamente. Se exaltaba fácilmente cada vez que se abría la puerta del bar y entraba un cliente, temiendo que fuera él. 

   El cambio en su comportamiento fue advertido enseguida por Gabriel, que no lograba sacarle una palabra acerca de lo que sucedía. Sabía que Inés ocultaba algo, siempre lo había sabido. No  tenía teléfono celular ni computadora. Usaba siempre un teléfono público de las cabinas que se encontraban frente al bar. Nunca hablaba de su vida antes de llegar a Río Grande. Y ahora, luego de escuchar el nombre de una aparente desconocida, mutaba radicalmente su conducta. A pesar de que la amaba como a nadie, Gabriel no podía tapar el sol con un dedo. Pensó que lo más sensato era empezar por investigar quién era Martina Montes. Puso ese nombre en el buscador de Facebook y encontró varias cuentas, pero una le llamó la atención: su propietaria había retirado todas las fotos personales y la cuenta estaba inactiva desde hacía un año o más. Sin embargo, varias personas escribían en su biografía preguntando dónde estaba, si se había ido voluntariamente, por qué había renunciado a su trabajo; le rogaban que contestara si, al menos, se encontraba bien. Pero no había ninguna respuesta. Las fechas de la desaparición de Martina Montes con la de la llegada de Inés a su vida coincidían increíblemente. La verdad revelada asoló todas sus ilusiones: Inés era Martina. Todas las preguntas que se hacía a sí mismo debían tener una respuesta. Y, sin dudarlo, fue a buscarlas. 

*****************************************************************************

   Cuando llegó a la casa de Martina, llamó insistentemente pero ella no salía. Todo estaba en completa oscuridad; la luz mortecina de un farol en la calle iluminaba apenas la silueta de Gabriel en la puerta. El ruido del agua del mar rompiendo contra la costa era lo único que quebrantaba el silencio lúgubre de esa noche de invierno. Un vecino que salía a sacar la basura, al verlo parado allí, le dijo que Inés había salido un rato antes, caminando rumbo a la costa. Gabriel siguió sus pasos con rapidez. El viento le golpeaba la cara a medida que avanzaba y el corazón se le agitaba en el pecho, incontenible. 

   La divisó parada sobre el puente. Algo en su interior le dijo que se apresurara. Sintió el frío de la muerte más intensamente que el del clima fueguino. Gabriel corrió gritando su nombre, el verdadero: Martina. Cuando ella lo oyó, en medio de su quebranto y la niebla nocturna, recordó inmediatamente su sueño. Se estaba cumpliendo punto por punto. El hombre que corría por la playa y gritaba Martina desesperadamente no podía ser otro que Aldo, nadie más la conocía por ese nombre. Martina tenía la perturbadora sensación de haber vivido esa escena antes, incluso mucho antes de su sueño premonitorio. De pronto, empezaron a aparecer recuerdos en su mente como flashes: una adolescente de pelo largo y mirada extraviada, parada en aquél mismo lugar. Un hombre corriendo por la playa, desesperado, gritándole que no se arrojara al mar.  Pero la muchacha del pelo color miel, saltaba. Abrumada por un dolor insoportable, se perdía entre las olas y la oscuridad. El hombre caía sobre la arena, desolado. Pero no estaba solo, una pequeña niña de tres años se encontraba a su lado y parecía no entender qué pasaba. 

   Ese recuerdo tan sombrío la perturbó. El abismo debajo de ella era tentador.

   Y saltó.

*****************************************************************************

       En el preciso instante en que golpeaba mi cuerpo el agua helada, lo recordé todo. Mi hermana se suicidó, se tiró de ese mismo puente hace veintidós años. Esa es la pesadilla que me persigue desde hace tanto tiempo, y se enredó en mi mente con todo lo que me pasó con Aldo. Mis padres nunca quisieron hablar del tema, me dijeron que Luisina había muerto en un accidente. Pero no. Yo la vi, yo la vi. Yo estaba allí con mi papá cuando ella saltó…Vivíamos aquí. Mis primeros años los pasé en esta ciudad. Cuando Luisina murió, nos fuimos a Buenos Aires. Recuerdo a mis padres llorando, diciendo a los vecinos y amigos que venían a darles las condolencias que ella no había soportado su enfermedad. Todo había quedado sepultado en la memoria, pero mientras me dejaba arrastrar por las olas, mar adentro, entendí que el destino me había traído hasta a este lugar nuevamente para que recordara, para que cerrara aquella herida lacerante.  De repente, cuando ya no tenía más oxígeno, vi una pequeña luz en el centro de aquella oscuridad. Todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Perdí la noción del tiempo y del espacio, hasta que escuché una voz detrás de mí. Escucharla era tan sublime como disfrutar de una puesta del sol en la playa. Volví a aquel día, meses atrás, cuando Gabriel me habló de amor por primera vez. 

  • Inés, ¿te quedás hoy a almorzar conmigo?

Era mi oportunidad. No iba a desperdiciarla. No iba a morir como mi hermana. No iba a seguir escapando del pasado, como mis padres. Yo iba a elegir cómo vivir. Nadie más que yo iba a decidir  cuál sería mi camino. Ni siquiera el destino. 

  • Sí, me quedo con vos- le contesté a Gabriel- Me quedo para siempre, si querés. Para vivir mil días y mil noches a tu lado, para ver caer la lluvia juntos y alguna estrella fugaz. Para decirte una y otra vez cuánto me gustan tus ojos espejados, tu sonrisa perfecta. 

Pero eso sí, antes tenés que saber muchas cosas de mí. Sentate, dale. Tengo que contarte quién soy y por qué vine hasta aquí. Tengo que enfrentarme a mi pasado para comenzar de verdad a vivir. Mirame bien: no soy Inés. Me llamo Martina. Martina Montes.