Mi voz te trajo del abismo, te llamó desde las costas del océano, desde la otra orilla. Caminaste sobre el agua para encontrarme, recorriste distancias en medio de la noche para abrazarme. Y estabas ahí, silente y mágico.
Nos miramos por un instante y comprendimos que estábamos hechos a la medida del otro, que habíamos atravesado una vida entera para reunirnos por fin. Sé que sentiste lo mismo que yo. Esa emoción, ese fuego interior que parece consumir hasta los huesos. Toqué tu cuerpo desnudo y contuve el aire. La sensación era abrumadora, amenazaba con desarmarme. Nos acostamos juntos e hicimos el amor hasta que solo pudimos ver el rostro del otro, hasta que solo pudimos sentir la piel caliente, salada del otro.
Y entonces, no hizo falta preguntarse nada. No hubo dudas. No hubo necesidad de pararse a pensar si eso era amor o no. Simplemente, supe que el amor era vos.