Pero más de un año había pasado ya de todo eso y la idea de convertirse para siempre en Inés Achával se estaba haciendo cada vez más fuerte.
Llegó al bar como todos los días, pero sintiendo una extraña, inquietante sensación en el estómago. No era nuevo el sentimiento. Lo tenía desde que había percibido que Gabriel, el dueño de la cafetería, la miraba de un modo distinto. Los intentos de Inés por asfixiar ese sentimiento, que se alimentaba de miradas, palabras y elocuentes silencios, resultaron inútiles. Para ella, aceptar que estaba enamorada era catastrófico. Ocupar el corazón de otro fingiendo ser alguien más era una ficción con fecha de caducidad.
Inés saludó a Gabriel, dejó sus cosas y comenzó a preparar las mesas. Era muy temprano y el viento azotaba los ventanales que contemplaban al imponente mar.
Hoy al mediodía me gustaría que te quedaras a almorzar conmigo- la voz de Gabriel se asemejó a un eco que quiebra repentinamente el silencio.
Inés se dio vuelta y lo miró ridículamente nerviosa.
Está bien- asintió, simplemente.
La mañana transcurrió casi eternamente para ambos. Gabriel le encargó a la cocinera que dejara preparados dos platos de pasta y un postre, antes de que la mujer se retirara. El local cerró a las dos de la tarde. Cuando ambos se sentaron, uno frente a otro, él comenzó a hacer realidad en palabras lo que ella tanto temía (y deseaba). Le dijo que no podía apartarla de su pensamiento, que la amaba, que estaba convencido de que ella era la mujer de su vida. Inés se perdió en su mirada profunda, celeste, clara como el cielo de verano. Y cuando se besaron, se dijo que era posible que Martina muriera para siempre, que era necesario matarla dentro suyo de una vez. Porque Inés quería ser feliz con Gabriel y nada iba a impedírselo. Nadie. Ni siquiera sus padres, a quienes llamaba una vez por semana desde un teléfono público pero nunca les decía dónde estaba. Ellos se habían acostumbrado y ya no preguntaban. Le rogaban que volviera, le contaban que nunca habían vuelto a saber de Aldo desde que ella desapareciera. Pero ella no se fiaba de él. Y ahora mucho menos pensaba en volver. En Río Grande había encontrado al amor de su vida y no estaba en sus planes renunciar.
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Los días pasaban y se convertían en meses, pero ya no eran iguales o rutinarios. Cada uno de ellos, junto a Gabriel, era un mundo por descubrir. Una sensación de plenitud que ninguno de los dos había experimentado jamás. Una noche, en casa de Inés y siendo ya tarde, él dijo algo que la dejó pasmada:
Sabés, mi amor, que ya van tres o cuatro veces que llaman al bar y preguntan por una tal Martina Montes. No sé quién es el ridículo que no se cansa de molestar. Ya le dije bien claro que no conozco a nadie con ese nombre.
La expresión inefable en el rostro de ella, su nerviosismo, pusieron en alerta a Gabriel. Martina estaba asomando en el rostro de Inés; aterrada, temblorosa.
No me digas que vos sabés quién es…- atinó a decir él, sorprendido.
No, claro que no- respondió ella, recomponiéndose un poco- Lo que me extraña es que alguien llame siempre por lo mismo, no parece una broma. ¿Decís que es un hombre? ¿Es siempre la misma voz?- inquirió.
Sí, es el mismo tipo.
Inés se excusó con su novio, aduciendo cansancio. Cuando él se fue, se derrumbó sobre la cama y, después de llorar un buen rato, comenzó a pensar en las opciones que tenía. No eran muchas: ir a la policía (algo que ya había intentado sin conseguir nada), volver a desparecer sin dejar rastro (imposible que estuviera huyendo toda la vida)…No. Su única posibilidad de retomar su vida era asesinar a Aldo. Y si él la estaba vigilando, cercando, ella estaría preparada. Había comprado un arma, un revólver, cuando vivía en Buenos Aires, para protegerse de él. La había llevado consigo en el viaje al sur y la conservaba aún.