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viernes, 22 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 14 y 15.

 Capítulo 14.

Los días en América habían pasado casi como un soplo para Richard. Nunca había imaginado antes que le costaría tanto separarse de una mujer y que extrañaría tanto su presencia. La ausencia de Clarice se le había hecho casi insuperable durante esos pocos días. Todas las cosas que veía o escuchaba le recordaban a ella. La llamaba por teléfono para escuchar su voz y su calidez lo envolvía por completo, como la fragancia de las rosas en la primavera. 

Ni bien llegó a Londres tomó el tren a Luxemburgo, el primero que encontró. Su prisa por verla se acrecentaba a medida que el tren se acercaba a la ciudad pero no le había contado nada a Clarice de su inminente llegada; Rich quería darle la sorpresa. 

Descendió a eso de las 11 de la noche. A pesar de ser verano, no había tanta gente en las calles pues se trataba de un día laborable. 

Richard tomó un taxi y llegó a la casa de Clarice. Las luces estaban encendidas, señal de que ella estaba allí. Tocó el timbre y se escondió detrás de un árbol que había en la entrada. Clarice abrió la puerta y se extrañó por no ver a nadie, miró hacia todos lados y cuando dio media vuelta para volver a entrar, Richard la tomó de la cintura por detrás y ambos cayeron al piso entre risas. 

Clarice le dio un beso de bienvenida allí mismo, sobre la alfombra. 

¡Me has engañado!- le dijo ella- creía que todavía estabas en América. 

Quise darte la sorpresa- dijo él, levantándose del piso.

Pues lo lograste. 

Se sentaron en uno de los sillones y empezaron a hablar de todo lo ocurrido en esos días. Richard contó que el disco ya estaba terminado y que tendrían un periodo de vacaciones de pocas semanas. Clarice se alegró por esa novedad y le confesó cuánto lo había extrañado. El diálogo comenzó a ponerse un tanto más ríspido cuando ella comenzó a hablar de sus visitas a Berlín. 

No te entiendo Clarice- dijo Richard- ¿estás conmigo o todavía con él?

Yo no te entiendo a ti- manifestó ella- ya te dije lo que siento por ti y sabes que estamos juntos. Pero él es todavía mi esposo- dijo en cambio- y no tiene a nadie que se preocupe por él ni vaya a verlo. Sería muy desagradable de mi parte que lo abandonara ahora. 

Richard guardó silencio. Sabía, internamente, que ella tenía razón pero no podía con sus celos. 

- ¿Y qué pasaría si él despertara?- se atrevió a preguntar por fin.

- No puedo ver el futuro, Rich…pero te aseguro que, a su tiempo, hablaría con él para decirle que ya no hay nada entre nosotros. 

- ¿En verdad harías eso?

- Te lo aseguro- aseveró Clarice. 

Richard sabía que ella era sincera, que su amor era verdadero. Podía leer en sus ojos que él era el único hombre que le importaba, más allá de cualquier otra cosa. 

Sintió el calor que provenía de la piel de Clarice y se aproximó a ella para envolverse otra vez en ese intenso suspiro de pasión en el que se encontraban. Sus manos se unieron y sus labios también, buscando avivar el deseo que los había estado torturando esos días separados. 

Clarice apagó la única luz que se encontraba encendida en la casa y volvió a unirse con él en el sillón. Richard le acarició el cuerpo ya desnudo, sintiendo cada espacio de su piel como propio, intensamente.

La luz de la luna, colándose por los ventanales, le agregaba quizás un toque místico al encuentro amoroso. Clarice se aferró a la espalda de él y cerró los ojos para experimentar mejor el sinfín de sensaciones que Rich le provocaba. 

Permanecieron los dos desnudos, sobre el sillón. La luz de la luna seguía iluminándolos. 

¿Te gustaría tener hijos algún día, amor?- preguntó Clarice después de mucho tiempo de silencio. 

Mira, siempre dije que no quería tener hijos. Si te pones a pensarlo, es una locura traer niños a este mundo enfermo. 

Pues a mí sí me gustaría tener un hijo, Richard- dijo ella, algo decepcionada- un hijo es un milagro. 

Bueno, no te pongas así- pidió él- ya habrá tiempo para hablar de eso. Además- dijo, cambiando de tema- te traje lo que te prometí. 

Richard se incorporó y volvió a vestirse; Clarice hizo lo mismo. 

Te traje las cámaras fotográficas- afirmó, sacándolas del bolso. 

Clarice estaba feliz y se dispuso a probar cada una de las cámaras. Se sacó infinidad de fotos con Richard y él le enseñó cómo manejar funciones de algunas más sofisticadas. Con esas cámaras, Clarice imaginó que sería cuestión de poco tiempo tener su propio estudio fotográfico y dejar por fin ese trabajo aburrido. 

Eran las dos de la mañana y, sin embargo, Clarice llamó a Susan por teléfono para contarle las novedades. Habló un buen rato, ante el asombro de Richard, y después colgó.  

Mi amor, entiendo que sea tu mejor amiga, ¿pero te atiende a las dos de la madrugada?- preguntó asombrado. 

Sí, ella sufre de insomnio- dijo Clarice- así que no tiene problema. 

¿Tampoco tiene una pareja que se moleste por eso?

No, nunca le conocí una pareja formal a Su, todos fueron ocasionales- respondió Clarice. 

Es raro…- reflexionó Richard.

No si sabes lo que le pasó…

Richard la miró, intrigado. 

Fue una noche de verano, teníamos catorce años- empezó Clarice- y permiso de nuestras madres para salir, pero debíamos volver temprano. Después de bailar, insistí para irnos a casa pero Susan dijo que podíamos ir un rato al lago a fumar. La idea no me gustaba, pero finalmente me convenció y fuimos- Clarice apretó las manos- Allí estuvimos bastante tiempo…y cuando nos íbamos apareció un tipo con un arma que nos obligó a desnudarnos…Susan lloraba y se sacaba la ropa, mientras que yo no me movía, no me desvestía…de verdad que estaba paralizada por el miedo. Así que el tipo se acercó más a mí y me gritaba que me desvistiera o me mataría. En esa locura, soltó su arma y quiso usar la fuerza, entonces empecé a correr y agarré a Susan del brazo- Clarice lo contaba con los ojos cerrados, como reviviendo cada escena- corrimos y corrimos, hasta que ella se tropezó, quise levantarla y no pude. El tipo se tiró sobre nosotras y sólo yo pude escapar…

¿Y la violó?- preguntó Richard, con temor. 

Clarice afirmó con un gesto. 

Yo fui a pedir ayuda, pero cuando llegamos ya era tarde- contestó llorando. 

Y qué mas podías hacer- acotó Rich, conmovido- ¿por lo menos atraparon al desgraciado? 

Sí- dijo ella- todavía está preso. Pero Susan no ha podido conformar una pareja nunca. Se la ha pasado en el psicólogo desde entonces. 

Pobre mujer, imagino que debe ser algo espantoso- reflexionó él. 

Pero en ese momento, Richard no imaginaba hasta qué punto esa revelación que acababa de hacerle Clarice iba a ser crucial para la vida de ambos. No sabía que detrás de toda la historia de Susan y Clarice se escondían secretos aún más oscuros y profundos que ése. 



Capítulo 15.

Dos meses después…


Se acercaba el final del verano cuando Clarice terminó de montar su propio negocio. Richard la había ayudado a conseguir el lugar y el precio más conveniente. Susan había decorado todo con colores opacos, como a Clarice le gustaba. Todo iba de maravillas: ya la habían contratado para sacar fotografías en una convención de salud muy importante de Luxemburgo y diferentes artistas se habían mostrado interesados en su técnica para tomar fotos. Clarice se especializaba en tomar fotografías artísticas o que expresaran algo más allá de lo visible u obvio. 

Hablaba por teléfono todos los días con Richard, que se encontraba en una larga gira por Europa. A pesar de extrañarlo horriblemente, Clarice se sentía feliz con su nuevo emprendimiento y así pasaban calmadamente sus días. 

A Berlín ya no iba los martes sino el día en que su nuevo trabajo se lo permitiera. Martin continuaba en la misma situación y Clarice ya no esperaba cambios ni soñaba con que despertara. Se habían acercado de un diario para pedirle su testimonio acerca de él pero ella se negó rotundamente. El doctor había vuelto a insinuar la posibilidad de desconectar el respirador, pero Clarice respondió con la misma negativa. Ella pensaba que no tenía derecho a decidir sobre la vida de Martin, y creía que su muerte debía ser natural, sin intervenciones humanas. 

Era un día lunes cuando el final de esta historia comenzó a tejerse. Clarice estaba en su negocio, tomando café, con una temperatura ambiente de 15 grados y el otoño sintiéndose cada vez más cerca. Estaba nublado y ventoso, cerca de las cinco de la tarde. 

Susan entró y dejó su bufanda colgada. 

¡Hace tanto frío! – exclamó

Sí, realmente- dijo Clarice. 

¿Te pasa algo?- preguntó Susan, observándola bien

No, nada- dijo Clarice- sólo tengo un malestar estomacal, creo que me cayó mal el almuerzo. 

Estás pálida- observó Susan- ¿por qué no te vas a tu casa?

No, no puedo cerrar el negocio hasta las 8- respondió Clarice- podrían venir clientes. 

Yo me quedaré- afirmó Susan- y si vienen clientes, me fijaré en tu agenda tus horarios y arreglaré todo. 

Clarice dudó un poco pero Susan insistió y tuvo que aceptar. Le agradeció a su amiga por cubrirla y salió del negocio. 

**********************************************

Pisaba las hojas del parque con las botas, a medida que se acercaba a casa. Siempre le había gustado hacerlo, desde niña. Le encantaba el crujir de las hojas secas bajo los pies, la remontaba a su infancia, a sus calles. Pensó en qué estaría haciendo Richard en ese momento…rogaba que no encontrara a otra mujer para reemplazarla y era inevitable para ella convivir con los celos, pero trataba de no pensar en ello. Aunque era imposible no pensar en Richard en ese instante o en esa circunstancia…

Antes de llegar a su casa, pasó por la farmacia. Lo había postergado durante semanas, pero era el momento de hacerlo. 

Llegó a casa y dejó sus cosas, al tiempo que encendía las luces. Extrajo la pequeña caja que había comprado y leyó cuidadosamente las instrucciones. Se dirigió al baño y cumplió con todos los pasos a seguir. Estaba sentada allí, esperando…pero no sabía lo que esperaba, no sabía lo que quería. Ella quería tener un hijo pero Richard no; ya se lo había dejado claro. ¿Y qué pasaría entonces si ella estaba embarazada? ¿Qué haría él? Los minutos transcurrían con una lentitud desesperante. 

Finalmente, extrajo la muestra y observó, temblando y conteniendo el aliento, las dos líneas. Estaba embarazada. Pensó mil cosas al mismo tiempo, y todas ellas fueron interrumpidas por el sonido del teléfono. 

Con la muestra todavía en la mano, se dirigió a contestar. 

Hola- dijo inexpresivamente

¡Hola Clarice!- exclamó un hombre del otro lado

¿Quién habla?- contestó confundida

Soy el doctor Shelley

Ah, doctor… ¿pasó algo con Martin? 

¡Sí!- exclamó el médico- ¡despertó, Clarice! Martin ha despertado

Permaneció boquiabierta, sin poder reaccionar, hasta que la vista se le empezó a nublar. La casa completa comenzó a dar vueltas a su alrededor y Clarice se desplomó sobre el piso, desmayada. 

Aún sostenía la prueba de embarazo en la mano. 



miércoles, 20 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 12 y 13.

 Capítulo 12.

El día era perfecto: soleado y con una temperatura más que agradable. Caminaban de la mano, recorriendo la ciudad y regalándose mutuamente todo el amor que por tanto tiempo habían reprimido. 

Clarice bromeó acerca de la capacidad de Richard de pronosticar el tiempo, preguntándole si ese día llovería o no. Él siempre tenía una salida inteligente y graciosa para responderle, lo que los llevaba inevitablemente a soltar una carcajada espontánea. 

Clarice nunca se había sentido tan plena y dichosa, no recordaba haberse sentido de esa forma ni siquiera con Martin. 

Richard se daba cuenta de que tampoco había sentido nunca algo parecido por ninguna otra mujer. Él había salido con muchas, algunas ocasionales y otras, formales; pero lo que sentía por Clarice era abismalmente diferente y superior. Rich sabía que él siempre debería convivir con el miedo de que Martin despertara, pero prefería asumir ese riesgo a perderla. 

Llegaron hasta una feria de artesanos y comenzaron a caminar por todos los puestos. 

¿Y vas a comprarte el terreno que vimos aquélla vez?- preguntó Clarice. 

Si, creo que sí. ¿Tú quieres que lo compre?- dijo él, sonriendo. 

-Podrías comprarlo, así estamos más cerca- contestó ella, rodeándole el cuello con los brazos. 

-Bueno, tampoco vamos a vivir toda la vida separados, ¿no?- dijo él, mientras la abrazaba por la cintura- algún día vamos a vivir juntos…

-Supongo que sí- dijo Clarice. 

Hizo una pausa, mirándolo a los ojos. 

-Te voy a extrañar cuando te vayas esta noche, Rich.

-Yo también, mi amor- respondió él- pero me tengo que ir con la banda a Estados Unidos, es inevitable. 

-Sí, ya lo se- dijo ella, resignada- y yo tendré que volver a mi trabajo mañana. 

-Pues yo creo que ya es hora de que dejes ese trabajo que odias y pongas un estudio fotográfico, ¿o no?

Clarice volvió a sonreír. 

-No sé…no es mala idea, pero tendría que conseguir un buen lugar y máquinas más profesionales. 

-Máquinas es lo que tengo de sobra en casa. La próxima, te las traigo.  

-¿Y cuánto vas a tardar en volver?- preguntó ella. 

-Una semana o diez días a más tardar- contestó Richard- pero te prometo que lo primero que voy a hacer es venir a verte. 

Una hora más tarde, se dieron un largo e intenso beso de despedida aguardando la partida del tren. En avión era mucho más corto el viaje, pero Rich odiaba volar. 

El tren se alejó, por fin, y Clarice se sintió algo vacía sin él, pero sabía que tendría que acostumbrarse a aquella vida si deseaba permanecer a su lado por mucho tiempo. 


Llegó el lunes por fin. Costaba levantarse y despojarse de todas las emociones vividas en el fin de semana para volver a la rutina. Clarice entró a la oficina con un semblante nuevo y definitivamente con otra actitud. Ese lunes sería muy diferente desde el comienzo hasta el final y ella sabía, íntimamente, que al día siguiente le tocaría enfrentar una situación no muy grata, pero necesaria. 

Trabajó normalmente hasta las 20. 30 h y se dirigió, como cada lunes, a tomar el tren a Berlín. Iba triste, tal vez melancólica, pero no dio un paso atrás. Mientras el tren avanzaba, Clarice pensaba que ya era hora de pensar un poco en ella, aunque aquello sonara egoísta. Lo que le había pasado a Martin era espantoso, horrible… pero ella no tenía la culpa. Ella no había cortado los frenos del automóvil, ella no había inventado que él veía a otra mujer. En realidad, lo que Clarice había imaginado, durante casi nueve años, era que Martin y ella eran el matrimonio perfecto, que él era fiel, que no le mentía, ni la maltrataba. El dolor por haber perdido a su hijo y el accidente de su esposo, la habían llevado a crear un mundo de fantasía, ideal, pero que sólo había existido en su cabeza durante ese tiempo. A cualquier persona que Clarice veía en el hospital o en su trabajo, le contaba lo buen esposo que Martin había sido, lo mucho que se amaban…pero en el rincón más profundo de su ser, ella sabía que mentía; que había mentido una y otra vez, de forma conciente y reiterada, hasta creerse ella misma esa mentira, hasta convencerse a sí misma de esa fantasía. 

La realidad era, precisamente, que Martin y Clarice se habían conocido en un bar nocturno, que habían intercambiado números telefónicos y que ella se había sentido atraída por él, tal vez por ser de mayor edad. Que en poco tiempo, él decidió que se casarían y que ella lo aceptó. Que Martin no quería tener hijos, armó un escándalo cuando supo que Clarice estaba embarazada, y que, además, nunca había dejado de frecuentar a su exmujer. 

Mientras el tren seguía avanzando, Clarice lloraba de rabia y de dolor, al recordar cómo habían sido las cosas en realidad. Pero dejó la tristeza a un lado cuando recordó que ahora tenía a alguien que la había devuelto a la vida y a la realidad, alguien a quien amaba profundamente. Por primera vez y de verdad. 

Capítulo 13.

Llegó al hospital el martes muy temprano. Caminó de forma segura y decidida, esta vez no sería como las anteriores,  habría un antes y un después. 

Entró a la habitación, donde una enfermera estaba terminando de acomodar la cama. La mujer la saludó cordialmente y le preguntó cómo había estado el viaje, como de costumbre. Cuando la enfermera dejó la habitación, Clarice dejó su bolso y se sentó en la silla, junto a la cama. Ella sabía que Martin podía escucharla, el doctor se lo había repetido todo ese tiempo. Le tomó la mano, gélida y pálida. 

Hola Martin- empezó a hablar- Todo ha ido bien esta semana, hubo algunos cambios, algunas cosas pasaron…en este último tiempo hubo cosas que modificaron mi vida, de muchas maneras-Clarice cerró los ojos y guardó silencio un minuto- Quiero decirte que te perdono por todo lo que pasó, por lo que me hiciste. Que nadie se merece lo que te está pasando a ti, yo lo sé- dijo escapándosele una lágrima- pero que yo debo seguir con mi vida. Tengo que continuar, Martin, aunque me cueste- apretó un poco más la mano de él y continuó- yo voy a seguir viniendo todos los martes, igual. Quiero que sepas que no te voy a abandonar, voy a seguir aquí firme, junto a ti. 

Martin permanecía igual, impasible. Sin mostrar rasgos de vida, de asombro o de dolor.

Ese día Clarice se fue de Berlín más temprano que de costumbre. Ya no se quedaría hasta entrada la tarde, como solía hacerlo. 

Cuando volvía en el tren a Luxemburgo, sintió que había hecho lo correcto, lo que debía hacer. No sabía si era verdad que él la escuchaba pero al menos tenía el consuelo de haber expresado sus sentimientos de forma genuina. 

Dio un suspiro de alivio y se durmió con el ruido del viento que silbaba estruendosamente a su alrededor. 


Al día siguiente, Clarice y Susan tomaban el té en un bar, en las afueras de la ciudad. Susan no salía de su asombro al escuchar a Clarice contar su encuentro sexual con Richard en un cine destruido. 

¡No puedo creer que hiciste eso!- le decía entre risas. 

No te rías tanto- pidió Clarice- me avergüenza un poco haberlo hecho. 

No tienes de qué avergonzarte, por favor- pidió Susan- hiciste lo que tenías ganas de hacer. 

El mozo trajo más té y las interrumpió un momento. 

¿Fuiste a Berlín ayer?- retomó la palabra Susan 

Si.

¿Y?

-Todo sigue igual- respondió Clarice- pero a partir de lo de Richard me di cuenta de que no podía seguir engañándome, pretendiendo que todo estaba bien. 

-No te entiendo.

-Tú sabes bien que Martin y yo nunca fuimos felices, siempre con esa mujer acechando. Sabes que le dije mil veces que la denunciara, que dejara de darle dinero, que dejara de verla, y nunca me hizo caso. 

-Me acuerdo perfectamente- dijo Susan- yo viví todo eso contigo. Como también recuerdo el escándalo que armó cuando quedaste embarazada y te gritó que no lo quería tener. 

Clarice bajó la cabeza, volviendo al dolor de ese momento. 

-Ayer le dije que lo perdono- retomó la palabra- que lo perdono y que voy a seguir yendo a verlo. Pero que mi vida sigue y que el amor con él se acabó. 

-Me parece perfecto, Clarice. Es lo que tendrías que haber hecho hace bastante tiempo- remarcó Susan- lo que no entiendo es por qué te empeñaste todos estos años en verlo como a un dios. 

-No se, Susan- contestó Clarice- tal vez porque me sentía responsable del accidente. 

-¿Vas a empezar con eso otra vez?- cortó Susan.

-Es que hay algo que nunca te dije…- insinuó Clarice.

Susan la miró...

-El día del accidente, por la mañana, salí a hacer compras en el auto de Martin. Cuando salí del negocio donde había parado, vi que en el vidrio delantero habían escrito “Puta” con lápiz labial. Me imaginé inmediatamente que era esa mujer y borré la inscripción con un poco de alcohol- siguió Clarice- cuando volvía a casa, noté que los frenos fallaban…

-¿Pero cómo no te pasó nada, entonces?- interrumpió Susan, horrorizada. 

-Porque conducía muy lentamente y había poco tránsito. Llegué a casa de milagro y choqué contra la puerta de nuestro garage. No fue nada, en sí. 

¿Y no le dijiste a Martin lo de los frenos?- preguntó Susan.

-Claro que le dije, le conté todo. Pero él dijo que eran inventos míos para justificar que había chocado, y empezó a gritarme que no sabía manejar, que era una inútil, y todo lo demás.

-Pues entonces, ¿qué culpa tienes tu? ¡ninguna!- exclamó Susan- merecido tiene lo que le pasó, por subestimarte. 

¡Susan!- exclamó Clarice, reprobando ese comentario

 Sabes que tengo razón- acotó ella- ¿y a la policía se lo dijiste? 

-Si, pero no me hicieron caso. Concluyeron en que fue un accidente y punto. 

-Bueno, lo importante es que esa mujer no volvió a molestarte, ¿no?

-No, nunca. Martin siempre la nombraba, creo que se llamaba Lucy- recordó Clarice. 

-Bueno, eso ahora ya pasó. Lo importante es tu presente, ¿verdad?

Clarice sonrió nuevamente al recordar a su amor… ¿qué estaría haciendo en América? 

Donde se encontrara, lo único que  deseaba era que estuviera pensando en ella. 




sábado, 16 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 10 y 11.

 Capítulo 10.  


No va a llover- explicaba Richard, sentado ya en el restaurante frente a Clarice- para eso tiene que bajar mucho más la presión atmosférica.

Clarice miró por la ventana, hacia el cielo. Volvió a mirar a Rich y le dijo.

¿Estás seguro? Mira que hay muchas nubes…

Estás hablando con un profesor de Geografía, Clarice- río él

Me olvidaba- rió ella también- profesor de Geografía, baterista, fotógrafo, ¿algo más?

Sí- dijo él con un poco más de seriedad- enamorado de ti. 

Clarice sonrió levemente. 

Yo también te amo, Richard. Y sabes que no lo diría si no es cierto, ¿verdad?

Lo se, Clarice. Se que esto es duro para ti, por eso quiero que me digas cómo seguimos esto. Quiero que lo manejes tú. 

No sé…ahora estoy un poco aturdida. Pero podemos ser una pareja, ¿no?

Podemos serlo a partir de este momento, sí- afirmó él- puedes venir a mi casa o yo ir a la tuya, como quieras. También tengo una casa en el campo, te va encantar cuando la conozcas. 

Llegó la cena en ese instante. 

¿Tú piensas comer eso?- dijo ella observando su menú vegetariano. 

Así es. ¿Quieres un poquito?

No gracias, no me gusta esa comida- afirmó ella. 

¡Menos mal que te gusto yo!- rió Richard. 

Clarice rió también y se dispuso a comer. No creía todavía que estaba allí, con él, como muchas veces lo había imaginado. De pronto, se acordó de Martin. Su semblante mutó un instante y se paralizó un momento. ¿Qué le iba a decir si algún día despertaba? ¿Que se había enamorado perdidamente de otro, mientras él estaba casi muerto? ¿Qué iba a responder él…? No había otra explicación para dar más que la verdad, pero esa verdad sería para Martin muy difícil de aceptar…

¿Qué te pasa?- interrumpió él su silencio. 

Nada…-dijo Clarice, reaccionando- que me acordé de que en dos horas sale el tren, y me tengo que ir.

Se levantó y Rich detrás de ella. 

¿Te vas?- preguntó él, extrañado

Sí, me voy.

Ok- dijo él, pagando la cuenta- mi casa está cerca, ¿vamos?

No, prefiero que no- afirmó Clarice

Pero faltan dos horas para que salga el tren, ¿qué vamos a hacer?

Caminemos por ahí- propuso ella.

Richard notó la tensión que ella sentía y también se dio cuenta de que le tenía miedo, pero no podía entender por qué. 

Mientras caminaban, ya casi de madrugada en Londres, Clarice no hablaba. Él la abrazó y ella dejó que lo hiciera, pero sin dudas, algo estaba mal. 

Llegaron a un viejo cine, casi en ruinas, en una calle poco transitada. Se escuchaba sólo el ruido del viento, silbando en las copas de los árboles y algún que otro automóvil, a lo lejos. Richard le dio la mano a Clarice y la invitó a entrar con él. 

¿No está prohibido entrar aquí?- preguntó.

Nadie nos puede ver a esta hora- contestó Richard. 

Entraron con cuidado y vieron que aún estaban la pantalla inmensa y las butacas. El lugar tenía una atmósfera muy cálida, hasta parecía que todavía se escuchaba el ruido de los aplausos del público, luego del final de una gran película. 

Se sentaron y la luz era muy poca. Hubo un silencio y después Richard empezó a hablar.

-Este cine pertenecía a un hombre que empezó muy de abajo y que tenía el sueño, desde niño, de tenerlo. Durante años  fue el más concurrido de Londres. El hombre cobraba la entrada mucho más barata porque quería que la gente fuera al cine, no le interesaba el rédito económico.

Clarice escuchaba atentamente, mirándolo.

El problema fue- continuó Rich- que un día perdió a alguien muy querido por él y con ello, el interés por todas las demás cosas, incluso por el cine. Se hizo jugador, bebedor compulsivo y perdió todo el dinero que tenía. Ahora vive en la calle- continuó Rich- y nunca más pudo sobreponerse. La pregunta es, Clarice ¿tienes miedo de que le pase lo mismo a Martin?- dijo enfrentándola- ¿tienes miedo de que despierte y no pueda sobreponerse a la idea de vivir sin ti?

Clarice no había imaginado para dónde iba la historia o con qué fin. Guardó silencio bastante tiempo, hasta que tuvo una respuesta. 

-Sí, tengo miedo, la verdad. Yo sé que te amo, Richard- dijo en cambio- y que por él también siento amor, pero no como de una mujer a un hombre. El problema es- continuó Clarice- que no sé si él lo va a entender. 

-Pero tampoco sería justo que lo engañaras, diciéndole que tu amor por él sigue intacto y quedándote con él por pena, ¿o no?- planteó Rich. 

-No, claro que no. Lo que siento por ti, creo que lo sentí desde el primer día que te vi, en el tren…y no puedo hacer nada con eso- reflexionó ella- no puedo cambiar mi corazón. 

Richard le tomó el rostro y la besó otra vez. Con un movimiento certero, la hizo sentar encima de él. Una gota de lluvia cayó sobre los dos. Clarice separó su boca de la de él y miró hacia arriba.

¿Ves que te equivocaste? Está lloviendo- dijo casi susurrando- hay una gotera en el techo. 

Hace mucho que dejé de ser profesor- acotó él, que estaba más ocupado en bajarle el cierre del vestido. 

Eso es cierto- respondió ella, deslizando una mano por debajo de la camisa de él.

Clarice sintió la mano cálida de Rich en su espalda y la boca de él en su cuello. Respiraban los dos cada vez con más dificultad y se fueron envolviendo lentamente uno en el otro, como en una simbiosis. Ella le desabrochó el pantalón, en el frenesí de la pasión y luego se acomodó de mejor manera sobre él. Se tomó fuertemente de su espalda, aunque se sentía un poco incómoda con la posición. 

Te dije que fuéramos a mi casa- le susurró Richard en el oído, entrecortadamente. 

Así es mejor, mi amor- balbuceó ella

El sudor les perlaba el rostro y se empapaban un poco más con las gotas de lluvia que caían del techo. Ella se movía sobre él, cada vez más rápidamente. Richard escuchaba los quejidos de Clarice en su oído; pegada a él por el sudor y la excitación. Le terminó de quitar le vestido y él se sacó la camisa. No existía una sensación más placentera que sentir la piel desnuda de ella, en contacto con la suya. 

Afuera, la lluvia comenzó a caer más intensamente. En el viejo cine se escuchaba el sonido del agua cayendo como una catarata, y también se oían las quejas y movimientos de los dos amantes, que estaban por llegar al clímax. 

Una brisa amenizó la noche y detuvo la lluvia cuando todo terminó. Clarice emitió un profundo suspiro y se paró para volver a vestirse. Richard hizo lo mismo y luego dijo:

¿Te vas a ir igual? Estás empapada, mi amor. 

Clarice se acercó y le acomodó el pelo.

Sí, me voy. Pero quiero que tú vengas conmigo- dijo sonriendo. 

Está bien- dijo Richard, dándole un pequeño beso en los labios- vamos a mi casa, que busco algunas cosas.

Salieron del cine y buscaron un taxi. En el camino, Clarice llamó por teléfono a Susan, para avisarle que se iba y que ya le contaría todo la próxima vez. 

Una hora más tarde, cuando el tren arrancó, Clarice apoyó su cabeza en el hombro de Richard y se sintió tan feliz que olvidó todo lo que había a su alrededor, incluso el mundo que la rodeaba.  


Capítulo 11. 


Llegaron a Luxemburgo por la mañana y se dirigieron a la casa de Clarice. Era una casa hermosa y amplia. Martin la había comprado años antes, cuando tenía una empresa de turismo. Martin y Clarice habían llegado a ser muy ricos, pero el dinero se le había esfumado a ella durante los años de calvario de él en el hospital y ahora sólo sobrevivía con su sueldo de empleada administrativa. 

Clarice le contó esta historia a Richard, sentados en el living, con café de por medio.


-Yo me fui del pueblo en el que crecí después de terminar la escuela, a los 18 años. Soy hija de una madre soltera, nunca conocí a mi padre. Le dije a mi mamá que quería estudiar fotografía y arte y ella me dio el permiso; me envió a la capital, donde viví con una tía esos años. Dos años después de estar viviendo ahí, yendo a la facultad, Susan me envió una carta, diciéndome que quería mudarse conmigo…al parecer, tuvo un problema con la madre, bastante grave, y la echó de la casa. Así que se vino a vivir aquí, a esta ciudad conmigo. Una noche salimos y conocí a Martin y bueno…nos enamoramos. No hay mucho más para decir. 

-¿Y qué hay con todo ese asunto de su exmujer?

-Bueno, ella le pedía dinero siempre, me molestaba cada vez que podía…

-Tenían hijos, entonces…-arriesgó Rich.

-No, no tienen hijos. Pero creo que Martin le tenía miedo, ahora pienso que tal vez lo chantajeaba con algo. 

-¿Y nunca te pusiste a pensar que quizás fue ella la que le cortó los frenos del auto a tu marido? – reflexionó Richard, seriamente. 

-No, no lo creo. La policía investigó y concluyó en que fue un accidente. Yo nunca la vi, no la conozco y desde el día en que Martin cayó en coma no volvió a molestarme. Así que la olvidé- terminó Clarice. 

-Bueno, al no estar él, pienso que se acabó su obsesión- reflexionó Richard. 

-Yo estaba segura de que me engañaba con ella, pero ahora ya ni vale la pena pensar en eso- dijo Clarice.

No, mi amor-respondió él- ahora piensa en mí. 

Clarice se aproximó más a él y le tomó las manos. 

-Todo el tiempo pienso en ti, Richard. Desde que te conocí, no paro de pensar en ti…hasta la locura. 

-Te amo, Clarice. Te prometo que vamos a ser muy felices juntos. 

Richard puso una mano en la cintura de ella y la otra, sobre su rostro. Se besaron intensamente, sintiendo el calor que despedían sus cuerpos. El beso era cada vez más profundo a medida que pasaban los minutos y la urgencia de los dos también se intensificaba. Él la levantó en brazos y ella le señaló dónde estaba su habitación. Cuando la dejó sobre la cama y quedó encima de ella, le dijo:

-¿Lo ves? Aquí es mejor. 

Clarice rió, siempre reía cuando estaba con él. 

Mientras Richard le quitaba la ropa y sentía su boca por todo el cuerpo, un ligero estremecimiento le erizó la piel. Recordó que sobre esa cama había hecho el amor muchísimas veces con su esposo…pero no dejó que ese recuerdo la paralizara. Había entendido por fin que Susan tenía razón, que su vida continuaba y que no era culpa de ella que su corazón hubiera vuelto a sentir amor. Que nunca había estado en sus planes enamorarse de un inglés en un tren. 


lunes, 11 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 8 y 9.

 Capítulo 8.

Llegó a la habitación del hotel envuelta en desesperación y rabia. ¿Quién se creía que era para decirle todo eso? ¿Qué podía saber él acerca de su matrimonio, de su desesperación, de su dolor? ¡Nada! ¡Nada podía saber! Clarice se sacó la ropa con furia, casi rompiéndola. “Debería haberlo abofeteado” pensó “de esa manera me hubiera librado del odio que siento ahora”. Al fin y al cabo, había resultado ser un imbécil como todos los que se habían acercado a ella en esos años. Sólo quería convencerla de que olvidara a Martin para poder acostarse con ella y nada más. Clarice se metió a la ducha y empezó a llorar con desesperación. Otra vez se quedaba sola. 


Soy un imbécil, ¿te das cuenta?- le decía a Tim, en un bar

La verdad es que estuviste muy duro con ella, Rich- concedió Tim- no es la mejor estrategia para lograr el sí de una mujer, precisamente.

No me pude contener, soy así de frontal, tu lo sabes- dijo tomándose la cabeza.

¿Y ahora?

Ahora me odia y no me quiere ver más. ¿Te das cuenta? ¡Me dio tanto trabajo que confiara en mi!... Y ahora yo mismo lo arruiné todo- dijo casi llorando. 

¿La llamaste para pedirle disculpas al menos?- preguntó Tim

Sí, claro. Pero no me atiende. Y ya no la veré más- presagió Rich. 

Estaba resignado, vacío. 

Al final, Richard pensó que sería lo mejor; Clarice y él nunca hubieran sido felices con el acecho implícito de otro hombre. Un hombre con el cual él no podía competir, un hombre que siempre estaría entre ellos como una amenaza latente, agazapada. 

Se dio cuenta de que era lo mejor, de que Clarice tenía razón y, secretamente, se prometió olvidarla. Borró de su agenda su número telefónico y también el de su empresa. Ya no tendrían que ir a Berlín, pues esa etapa del disco había concluido. Eso implicaba no tener motivo para volver a verla. 

Claro que, borrarla de su corazón, eliminarla de ese lugar…eso iba a ser un tanto más difícil.


Seis meses después. 


Promociones, habla Clarice Beckett ¿en qué lo puedo ayudar? 

Soy yo, Clarice- dijo la mujer del otro lado del teléfono

Ah, hola Susan- saludó Clarice- ¿pasa algo?

Nada malo. Resulta que me acabo de enterar de que hay una exposición importantísima de arte en Londres, este sábado. 

¿Quién expone?- preguntó Clarice.

Grimmel, el artista plástico y fotógrafo. 

Ah, si- exclamó Clarice- es excelente. ¿Y quieres que vayamos a Londres juntas? 

¡Exacto! ¿Qué te parece si cenamos hoy y ultimamos los detalles?

La casa de Clarice era solitaria, demasiado fría. Se había vuelto fría desde el momento del accidente. 

Llegó, como todos los días, y fue al cuarto del bebé, el cuarto que ella misma había preparado casi nueve años atrás. Miró que estaba cada cosa en su lugar, tal como ella lo había puesto. En esos meses, Clarice se había dado cuenta de que su vida funcionaba exactamente así, como estaba el cuarto: cada cosa en su lugar, todo ordenado, todo prolijo…el problema residía en que ella era infeliz, todo lo infeliz que una mujer podía llegar a ser, todo lo miserable y mediocre que una vida podía llegar a ser. 

Y además de todo eso, había echado de su vida a la única persona que había sido capaz de devolverle la alegría, al único hombre que le había recordado lo que era sonreír…

Se alejó del cuarto justo cuando Susan tocaba el timbre. 

La idea es que nos vayamos en avión a Londres, el sábado por la mañana- explicó Susan durante la cena- nos quedamos en alguna pensión u hotel y a la noche nos vamos a la exposición. 

Perfecto- dijo Clarice- ¿y cuándo volvemos? 

El lunes, Clarice. Porque yo necesito hacer una entrevista de trabajo allí, ese día- continó Susan

Ah, sí- recordó Clarice- esa que me comentaste. Pero yo no puedo quedarme hasta el lunes, Su- dijo en cambio- recuerda que por la noche me voy a Berlín. 

Clarice, no va a pasar nada porque no vayas un martes- acotó Susan.

No empecemos- cortó Clarice- yo me vuelvo el mismo sábado por la noche, en el tren. 

Clarice, al menos quédate hasta el domingo- pidió Susan

¿y para qué?

Por ahí te encuentras con tu fotógrafo, baterista y no sé qué más es…

Vegetariano es también- aclaró Clarice- pero no me voy a encontrar con él en una ciudad tan inmensa. 

Al menos podrías pedirle disculpas por haberlo echado de tu vida de esa manera- sugirió Susan

Ya basta- cortó Clarice- aunque esté arrepentida ya es tarde. Tal vez fue lo mejor.


Londres era hermosa en verano. Repleta de gente en las calles, en los bares, en los lugares públicos. Todo parecía renacer luego de la crudeza del invierno y ciertas cosas parecían volver a la vida después de un letargo. 

Susan y Clarice se encontraban en la exposición. Grimmel era un artista fuera de serie: combinaba la fotografía con las artes plásticas. Clarice estaba francamente impresionada, recorría los pasillos observando cuidadosamente cada obra. Tenía puesto un vestido color verde agua de seda, que le llegaba a las rodillas, y unas sandalias transparentes. 

Alguien se paró junto a ella y Clarice reconoció el perfume inmediatamente. Cuando giró su cabeza, vio a Richard a su lado, mirándola. Sus ojos no habían cambiado, seguían siendo tan inquietantes como siempre; Clarice sintió que toda la galería se estaba cayendo en pedazos, a su alrededor. Miró hacia arriba, extrañada, desviando sólo por unos segundos su mirada de los ojos de Richard…pero se dio cuenta de que todo seguía igual en su entorno. Lo que se caía a pedazos, en realidad, era su orgullo, su omnipotencia, sus excusas y la falsedad en la que había estado viviendo todos esos años. 



Capítulo 9.


¿Cómo has estado Clarice?- preguntó por fin, después del silencio.

Bien- dijo ella algo aturdida por lo imprevisto del encuentro- ¿y tu?

Bien también- dijo él, que aún disimulaba un poco su estupor y nerviosismo. 

Los dos se miraron y guardaron silencio otra vez. La gente iba y venía por los pasillos, ajena a lo que pasaba entre ellos dos. 

Qué casualidad encontrarnos aquí, ¿verdad?- dijo Clarice.

Pues más sorprendido estoy yo- replicó él- tú vives en Luxemburgo. 

Sí, pero a Susan le fascinan estas cosas y me invitó a venir. Por cierto- dijo mirando hacia su izquierda- aquí viene.

Susan se aproximó hacia donde ellos se encontraban, sin saber que se trataba de Richard. Clarice los presentó. 

Susan, él es Richard. Richard, ella es Susan, mi amiga de toda la vida. 

Susan no pudo evitar hacer un gesto de sorpresa y Clarice la miró, rogándole tácitamente que se callara. 

Hola Richard, por fin te conozco- dijo Susan- soy Susan Shaw. 

Mucho gusto, Susan- dijo él- tu apellido me suena familiar…

Ah, puede ser porque su madre es una escultora muy reconocida en nuestro país- intervino Clarice- Clara Shaw. 

¡Ah!- exclamó Rich- exactamente. De allí me sonaba. Tu madre es una artista estupenda, Susan.

Muchas gracias- dijo la aludida- aunque hace años que no la veo, la verdad. 

Bueno- cortó Clarice- sigamos la recorrida.

Si no les molesta, yo ya vi casi todo- intervino Susan- y además también encontré a un amigo. Así que te veo después, Clarice. 

Clarice sabía que la estaba dejando sola a propósito y se puso más nerviosa.

No me parece, Susan. Vinimos juntas- replicó Clarice acompañando las palabras con gestos trabajados, dándole a entender que no la dejara sola.  

¡Pero Clarice!- dijo su amiga, riendo- no te vas a perder aquí. Llámame después- dijo despidiéndose.

Se despidió también de Richard y se fue. 

Clarice estaba nerviosa, no sabía qué decir. Richard la observó una vez más y no podía creer lo hermosa que era. Todo lo que tanto trabajo y esfuerzo le había costado en ese tiempo, el empeño que había puesto en olvidarla, en arrancarla de su alma…todo se había esfumado como las palabras en la noche. Al verla, sus sentimientos habían resurgido de una manera impetuosa, volcánica, incontrolable.

Siguieron caminando por la muestra, aunque aquello sólo era un trámite para evitar mirarse y hablar de ciertos asuntos. 

¿Y cómo sigue tu esposo?- preguntó por fin.

Sigue igual- contestó ella.

Lo lamento- dijo Rich.

Calló un momento y volvió a tomar la palabra.

Clarice, quiero pedirte perdón, sinceramente, por lo que pasó la última vez que nos vimos. Fui un bruto.

No te preocupes, Rich-dijo ella- yo me enojé pero con el tiempo pude comprender que muchas cosas que me dijiste eran ciertas.

¿Cómo qué?

Como que no me quiero atrever a vivir, a sentir algo más- dijo casi suspirando- pero me es muy difícil hacerlo. Entenderlo es una cosa, pero ponerlo en práctica me da mucho miedo. 

Richard sabía de lo que ella hablaba. No sabía qué decir, no quería abrir la boca y arruinar todo otra vez. 

De repente, las luces se apagaron. Todas. El salón quedó en completa oscuridad y se empezó a escuchar el murmullo de la gente. 

Los altavoces anunciaron: “informamos a los presentes que hubo un pequeño desperfecto que ya estamos solucionando. Por favor, permanezcan todos en sus lugares”.

Clarice no veía nada. Sólo sintió una mano que se deslizó por su cintura primero y comenzó a ascender hasta llegar a uno de sus pómulos. Clarice sintió la mano de Richard pero no dijo nada, ni siquiera se movió. La mano le acarició el cabello y volvió a descender, hasta llegar a su boca. Uno de los dedos le acarició los labios e instintivamente Clarice cerró los ojos, aunque todo estaba en completa oscuridad. Escuchó las bocinas de los automóviles, mientras sentía que la otra mano de Richard la tomaba por la cintura y la atraía hacia él. Sus rostros quedaron pegados y ella sintió la respiración de él humedeciéndole la cara. 

Acercaron más sus rostros y se besaron en el medio de un frenesí. Clarice sentía debilidad en las piernas, mientras él la besaba, apoderándose de ella, sosteniéndola en sus brazos.

Ella se separó un momento para respirar y él la volvió a atraer. Le fascinaba lo que sentía en el cuerpo cuando la tenía pegada a él, pudiendo adivinar cada recoveco de su ser sin necesidad de tocarla con las manos. 

Las luces volvieron a encenderse. Estaban abrazados y mirándose, frente a frente. 

Clarice pensó que el beso había sido demasiado breve pero mejor de lo que había imaginado. Durante esos meses había fantaseado con la idea de besarlo pero no sabía qué iba a sentir si es que alguna vez sucedía. 

¿Y ahora qué hacemos?- preguntó él, alejándose un poco.

No se- dijo ella, tímidamente. 

Vamos a comer a un lugar que conozco, ¿te parece?

Vamos.

Richard le tomó la mano y empezaron a caminar hacia la salida. Cuando estuvieron afuera, Clarice preguntó.

Rich, ¿tú sabías que yo venía? 

¿Cómo podía saberlo, Clarice?- preguntó frente a ella. 

Es que es mucha casualidad que nos encontráramos…

¿Por qué no dejas de buscarle una explicación a todo?- pidió Rich- tal vez es el destino que nos quiere unir. 

Eso sonó cursi- rió Clarice.

Estoy muy lejos de ser cursi- rió él también- pero, extrañamente, de verdad pienso lo que te dije. 

Clarice se acercó y puso su mano sobre la mejilla de Richard. Lo acarició con ternura y buscó sus labios otra vez. Él la besó con cierta dulzura y templanza.

La noche estaba callada, fresca, ideal.

 Y en ese beso cálido pactaron secretamente y, sin decirlo, que ya uno pertenecía al otro y que, sin importar las circunstancias, esa fusión no podría destruirse. 


viernes, 8 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 6 y 7.

 Capítulo 6.

No era algo fácil de asumir o de pensar; no era algo banal o simple, algo que a uno le pase todos los días. Era nada más ni nada menos que amor. Amor… ¡pero amor era el de Clarice con Martin! ¡Eso era amor! No la atracción tortuosa y porfiada que sentía por Richard. El problema residía en que Clarice ya no estaba segura de que sólo fuera atracción; y allí, a partir del mismo instante en que se lo empezó a plantear, desde el momento en que Richard se metió definitivamente dentro de ella, Clarice supo que tenía que hacer algo. ¿Pero qué? ¿Qué hacer cuando uno tiene una contradicción tan grande en su interior? ¿Qué hacer contra los designios del corazón? Cada martes miraba a Martin en la cama y sentía un dolor inmenso, pero más que dolor, ahora sentía culpa. Culpa por sentir lo que sentía por otro hombre, culpa por desear que ese hombre la besara y la acariciara, culpa por continuar con su vida, en realidad; mientras que él se encontraba muerto en esa cama y por causa de Clarice. Ella sabía que por más esfuerzo que pusiera, nunca iba a poder vivir alegremente, como cualquier otro mortal. El destino se había ensañado con ella. 

No podía continuar pensando o iba a enloquecer. Tomó su bolso y su abrigo y salió a la calle.


Estaban las dos sentadas frente a frente en un bar. Era domingo y las calles estaban repletas de gente y niños corriendo por las plazas.

¿Qué pasa Clarice?- dijo Susan- hace media hora que estamos aquí y no me lo dijiste todavía.

Clarice reunió valor. Le hacía falta.

Conocí a alguien.

¿Alguien?

Sí, a un hombre- aclaró Clarice- lo conocí en el tren a Berlín.

No lo puedo creer, Clarice- dijo Susan- es la primera vez en todos estos años que me hablas de un hombre.

Yo tampoco lo puedo creer, te lo juro. Es algo que me tiene muy mal, Susan- dijo Clarice, pasándose las manos por el rostro

A ver, vayamos por partes: ¿pasó algo entre ustedes?

No, nada.

¿Y por qué?- quiso saber Susan.

Bueno, porque recién nos estamos conociendo. El problema, en realidad, es lo que yo siento por él. 

Susan se quedó en silencio. Sabía que para Clarice eso era muy duro, muy difícil de asumir. 

No sé lo que siento- retomó la palabra- pero sé que es algo fuerte. Tal vez sea mi soledad, tanto tiempo…

Espera- interrumpió Susan- en estos ocho años nunca te acercaste a otro hombre por soledad o angustia; así que ahora no pongas esa excusa. 

Es verdad- contestó Clarice suspirando- es que Richard y yo tenemos mucho en común: amamos la fotografía, nos gustan las mismas cosas, compartimos muchas opiniones sobre cosas de la vida. Y además…

Y además es guapo, ¿no?- preguntó Susan, sonriendo.

La verdad que sí- admitió Clarice.

Bien, te gusta un hombre. ¿Eso te parece anormal?

En mi circunstancia, sí. Es que tú no entiendes: no sé qué hacer- planteó Clarice- si sigo adelante con él, voy a traicionar a mi esposo, tarde o temprano; y si no lo veo más…

Si no lo ves mas, ¿qué?- indagó Susan

No se, no se qué me puede pasar. Pero tengo una necesidad muy grande de verlo y de estar con él. ¿Qué hago?

Por el momento, hasta que no le pongas nombre a eso ‘fuerte’ que sientes, esperar. 

¿Y qué voy a esperar?

Espera a que las cosas se den solas. Si él está interesado en ti, te va a llamar. Y ahí decidirás si lo quieres seguir viendo o no. Pero una cosa sí te digo: piensa bien lo que vas a hacer, porque las oportunidades muchas veces se presentan una sola vez- continuó Susan- y aunque tú quieras serle fiel a Martin, tienes que saber que la situación cambió, que todo cambió. Entiende de una vez que tu vida sí continúa, aunque te duela. Tú eliges cómo vivirla. 

Lo dices como si fuera algo tan fácil- acotó Clarice, mirando por la ventana.


Las noches de Berlín eran aún más atrayentes que los días. En la noche, todas las cosas cobraban vida nueva, los bares y clubes nocturnos se atestaban de gente, los nativos y turistas recorrían las calles en busca de distracción, diversión y (porqué no) amor. 

Se encontraban los tres en su club preferido, tomando tragos y hablando de música. Cada noche en aquélla ciudad les parecía mágica e inspiradora para crear. Ya habían tomado unas cuantas cervezas demás cuando llegó el turno de las confesiones. Tim contaba peripecias de su familia, Tom comentaba lo difícil que le resultaba estar separado de Nat tantos días y Richard no hablaba. Tom y Tim sabían que algo lo estaba perturbando, desde hacía un tiempo, y sospechaban que era la mujer del tren. 

¿Y quién es la chica del tren, Rich?- preguntó Tom finalmente.

Rich ya tenía algunas copas encima y tardó un poco en contestar, como si hubiera estado buscando las palabras justas en su cabeza para responder. 

Es una amiga- dijo simplemente.

Pues para ser una amiga, la miras con mucho cariño- rió Tim. 

Le tengo cariño- acotó Rich.

Pues yo diría que le tienes mucho cariño- subrayó Tom- el otro día viniste hablando con ella durante todo el viaje.  

Tom, ¿tu nos observaste ese día?- preguntó Rich, en cambio.

Tom afirmó con la cabeza.

Y ¿cómo crees que me mira o me trata ella a mí?- volvió a preguntar Richard.

Pues yo estoy seguro de que le gustas- respondió Tom

Si, creo lo mismo- intervino Tim.

Richard permaneció en silencio, pensando.

Rich, en serio- cortó Tim el silencio- si los dos se gustan, ¿por qué estás tan mal? ¿cuál es el problema con ella?

El problema es que está casada- contestó Richard, bebiendo más cerveza.

Tom y Tim se miraron instantáneamente. 

Bueno, ¿y es feliz con el marido?- preguntó Tom finalmente.

¡Qué va a ser feliz!- exclamó Rich- el tipo está muerto. 

Pero entonces es viuda- dijo Tim, confundido.

No, no… está muerto pero no del todo- explicó Rich, manoteando otra cerveza.

¡Estás más ebrio de lo que pensé!- exclamó Tom. 

Sí, estoy ebrio- afirmó Rich- pero estoy diciendo la verdad: el tipo tuvo un accidente y está en coma hace ocho años. 

Tom y Tim se volvieron a mirar, comprendiendo entonces lo difícil de la situación. 

Bueno, hermano, eso sí que es complicado- le dijo Tim- ahora entiendo. 

No se si lo puedes entender- dijo Rich, mirando hacia un punto en el vacío- lo que yo siento por ella no lo sentí jamás por nadie. Ninguna mujer me gustó así. 

¿Le hablaste de tus sentimientos?- preguntó Tom

No abiertamente, pero se lo di a entender. 

¿Y?- dijo Tim. 

Dijo que no tiene problema en que seamos amigos. Pero yo voy a seguir insistiendo- afirmó Rich. 

Y, mientras tanto, ruega que no se despierte el marido- bromeó Tom, quitándole seriedad a la conversación. 

Los tres rieron tan sonoramente que la gente se dio vuelta para mirarlos. 




Capítulo 7.


Era día sábado en Berlín. Hacía frío y la ciudad se vestía de invierno. La gente llevaba largos abrigos y bufandas coloridas. La noche había caído unas horas antes y Richard se encontraba en su habitación del hotel, solo. Había estado mirando al techo durante una hora, pensando concienzudamente en la manera de despojarse de todo aquello que sentía, de cruzarse con cualquier mujer que le hiciera pasar un buen rato y nada más. Pero Rich sabía interiormente que eso no iba a posibilitar que olvidara, mágicamente, a la mujer del tren. Que con eso no iba a volver el tiempo atrás para tomar un tren antes o después que ella, y de esa manera no conocerla nunca; no sentir esa tristeza invencible que experimentaba por no tenerla, al menos no como él quería. 

Su teléfono celular empezó a sonar insistentemente. No quería atender, pues probablemente sería uno de los muchachos que lo invitaría a algún bar y no deseaba salir a ningún lado. Dejó que sonara y se fue a bañar. 

Al salir de la ducha, vio que tenía tres llamadas perdidas del mismo número, que le era desconocido. Observó, también, que le habían dejado un mensaje de voz. Marcó el número de la casilla y escuchó:

“Richard, soy yo, Clarice. Estoy en Berlín, si tu andas por aquí también, me gustaría que nos encontráramos. Estoy hablando de un teléfono público, pero puedes llamarme a mi celular si escuchas este mensaje. Adiós”. 

Richard se maldijo por no haber contestado a tiempo, mientras marcaba el número de Clarice. 

Hola Richard- contestó ella, finalmente. 

Hola, Clarice. Perdona por no contestar, estaba bañándome- se excusó Rich.

No hay problema. ¿Tienes planes para esta noche?- indagó Clarice.

Salir contigo- contestó él.

Perfecto- dijo Clarice sonriendo- dentro de una hora hay una exposición de fotografía en una galería, a una cuadra del hospital. ¿Sabes dónde es?

Si, claro. Ahí te veo- dijo Rich. 


Era un fotógrafo muy bueno. Rich había escuchado hablar de él y muy bien. 

Se encontraba ya dentro de la galería cuando vio llegar a Clarice, vestida con una falda larga, un abrigo y una bufanda. Se acercó a él y Richard notó que tenía algo diferente en la mirada, se dio cuenta de que esa noche sería especial.

Hola Clarice. Estás hermosa- le dijo Rich.

Seguramente a todas les dices lo mismo- rió Clarice.

La verdad que sí-admitió él- pero la diferencia es que a ti te lo digo de verdad.

Clarice permaneció en silencio, frente a él, tratando de entender lo que le quería decir. 

Te lo digo desde el corazón- aclaró Richard. 

Ella continuó en silencio, impactada. No sabía qué decir exactamente. 

Bueno, vamos a recorrer- dijo él finalmente.

Empezaron a caminar por la galería y comentaban cada fotografía. Algunas eran de guerra, cosa que aprovechaban para hablar de política. 

Se rozaban las manos en muchas ocasiones, intentando establecer contacto físico, pero ninguno de los dos se atrevía a tomarse de la mano efectivamente. 

A ésta le falta luz- dijo ella, señalando una fotografía de un niño a lo lejos, en un paisaje. 

Si el fotógrafo le hubiera dado más luz, se perdía el espíritu de la foto, Clarice- opinó Rich. 

Que sería…-contestó ella, dejándole en suspenso la respuesta.

Es una foto melancólica y sobre todo, solitaria. No puede tener más luz, a mi entender- explicó él. 

Podría ser- dijo Clarice con la vista fija en la foto. 

Richard no pudo evitar contemplarla y se dio cuenta en ese instante preciso, en ese momento profundo, cuán grande era lo que sentía por ella; cuán intrincados estaban sus destinos también. Sabía que ya no había paso atrás, entendía que Clarice se había metido dentro de él, hasta el rincón más escondido de su ser. 

De pronto, sintió una necesidad inminente de decírselo. Le pidió salir de la galería un momento. Clarice lo siguió, intrigada por el repentino cambio de planes. 

¿Qué pasó Rich?- preguntó ya afuera.

Se encontraban en una calle poco iluminada pero se pararon frente a frente, con un puente detrás por donde circulaban numerosos coches. 

Clarice, mira- empezó Richard- no es fácil lo que tengo que decirte…pero es algo que siento, algo que ya no puedo ocultarte. 

Clarice lo miraba, intuyendo por dónde pasaría la confesión. 

Lo que quiero decir- continuó él- es que me impactaste desde el primer instante en que te vi, Clarice. Y que después de eso, nunca pude dejar de pensar en ti. 

Y… ¿quieres saber lo que siento yo?- preguntó ella. 

Richard sólo asintió con un gesto, expectante de la respuesta de Clarice.

Bueno, la verdad es que yo también siento algo parecido por ti, no puedo mentirte, pero…

Sí, ya lo se- cortó él- estás en una situación difícil.

Exacto- Clarice hizo una pausa- tu conoces bien mi historia, Rich. No puedo ignorar que me haces muy bien, que me encanta tu compañía…por eso te llamé para salir; pero mentiría si te diera alguna esperanza, Richard. No creo que sea posible una relación entre nosotros y…

¿Pero por qué te cierras así?- interrumpió él- ¿por qué no me quieres dar una oportunidad? 

Porque soy casada- lo enfrentó ella, algo irritada.

Con todo mi respeto, Clarice, eso no es un matrimonio- la enfrentó también Rich. 

¿Y tu qué puedes saber de eso?- preguntó ya furiosa. 

Se que un matrimonio son dos personas viviendo juntas y amándose. Pero igual ése no es tu problema, Clarice. Déjalo así- cortó Richard. 

¿Y cuál es mi problema?- preguntó ella.

Los autos pasaban por el puente a gran velocidad, detrás. Pero no iban tan rápido como el corazón de Clarice, que parecía desbocarse. 

Tu problema- la volvió a enfrentar Rich- es que te escondes detrás de lo que le pasó a tu marido para dejar de vivir, para no tomar responsabilidades y pasar desapercibida por la vida; para no sentir nada en absoluto. Porque tienes miedo- continuó con firmeza- de sentir, de sentir algo nuevo y dejar lejos el pasado y el sufrimiento. Te aterra salir del lugar donde te escondiste todos estos años, viendo cómo la vida te pasaba delante de tus ojos. 

Clarice lo observaba y, a medida que hablaba, se le llenaban los ojos de lágrimas. Cada palabra se le clavaba como un cuchillo traicionero por la espalda. 

Se hizo un silencio, hasta en el puente. Clarice se enjugó las lágrimas, se acomodó la bufanda para no sentir más el frío espantoso que sentía y sentenció:

No quiero que nos volvamos a ver, nunca.

Dicho esto, dio media vuelta y caminó un trecho, hasta la parada de taxis. Allí tomó uno y se perdió en la noche de Berlín. 


lunes, 4 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 4 y 5.

 Capítulo 4.


El teléfono de Richard sonaba con insistencia. Lo sacó de su campera luego de un rato de buscarlo, sin recordar dónde lo había puesto. 

-Soy Tim, ¿dónde estás?

-Viajando en tren a Luxemburgo, tengo que resolver un asunto ahí- contestó mirando por la ventanilla. 

-¿A Luxemburgo?- preguntó Tim- ¡son muchas horas de viaje!

-Es nuestro día libre, ¿no?- sugirió Rich- además sabes que odio volar. 

-Sí, claro. Me imagino que debe ser importantísimo para que vayas hasta allí. 

Cuando cortó la comunicación, Rich se dio cuenta de que era la locura más grande que había hecho en su vida. Pero no le molestaba, algo le decía que debía ir; y Richard confiaba en su intuición más que en nada.


Clarice trabajaba en su oficina personal pero no podía concentrarse. Las palabras de su amiga, la noche anterior, habían comenzado a hacer el efecto que el mar hacía con las rocas de la orilla: esas verdades empezaron a penetrar lentamente en la oscuridad de su interior, desgastándola. 

Escribía en la computadora y atendía el teléfono pero recordar esa conversación no la dejaba en paz. De pronto, cerca de las dos de la tarde, recibió una llamada interna. 

-Clarice, recuerda que tienes cita con un cliente en el bar de la esquina- dijo la jefa del otro lado. 

-Ah, es verdad. Lo había olvidado, ya me voy.

Clarice no recordaba haber hablado por teléfono con ningún Richard, el único que conocía era el del tren a Berlín pero era imposible que fuera el mismo tipo. Igualmente se encaminó al lugar del encuentro. Tenía puesto un sweater verde y un pantalón azul con unas botas. Caminó lo más rápido que pudo para no ser impuntual. 

Entró al bar y comenzó a buscar entre las mesas, viendo si alguien le hacía algún gesto para que lo reconociera. De pronto, sintió una voz detrás de su espalda.

-Me buscas a mí, Clarice.

Ella se dio vuelta de inmediato y no podía creer a quién estaba viendo. 

-¿Pero qué haces tú aquí?- preguntó por fin- ¿me estás siguiendo? 

-No, no te estoy siguiendo- contestó Rich.

-¿Pero qué tienes en la cabeza?- exclamó Clarice- te dije que…

-Sí, sí. Sé lo que me dijiste pero quiero construirme una casa en este país y por eso llamé- comentó él, acercándose un poco más. 

-¿De verdad esperas que crea eso?- preguntó Clarice furiosa- la semana pasada me pediste mi teléfono y ahora dices que me llamas por trabajo… 

-¿Me vas a ofrecer los servicios de tu empresa sí o no?- interrumpió Richard.

Clarice se tomó la cabeza y se acomodó el pelo, intentando calmarse.

Invitó a Richard a sentarse en una de las mesas, no tenía alternativa. 

-Bien, dime qué tipo de vivienda quieres y dónde la quieres construir. 

-Pues para eso debería caminar un poco por la ciudad y fijarme, porque no conozco nada por aquí- sugirió Richard. 

-Ya sé: quieres que yo te acompañe- dijo Clarice. 

-Si no es mucha molestia- dijo él con una sonrisa. 

Clarice no podía negar que él había desarrollado una estrategia muy buena y se preguntó si en realidad no era alguien que quería tomarle el pelo. Después de todo, ella no se consideraba una mujer tan atractiva como para que un tipo hiciera todo eso por ella. 

-¿Dónde vives?- preguntó ella.

-En Londres, soy inglés.

-Me imaginaba por tu acento. Y dime una cosa-continuó ella- ¿viniste hasta Luxemburgo sólo por esto?

-Sólo por esto- remarcó él, sonriendo.

-Por la casa- dijo ella, sonriendo también.

-Exactamente- aseguró Richard sin dejar de mirarla. 

Clarice lo miró a los ojos y se perdió un instante dentro de ellos. Era innegable que era un hombre atractivo. 

-Vamos, entonces- dijo ella levantándose de la silla.

Richard se sorprendió un poco. 

- Perfecto- dijo- traje mi cámara de fotos.  

Luxemburgo era un país hermoso: tenía pequeños lagos, pues corría el río Alzette por ahí; edificios y construcciones con características medievales y góticas; bosques, colinas, lugares recreativos y playas. 

Richard no dejaba de asombrarse con cada cosa que le mostraba Clarice, que servía de guía turística. Sacaron fotos a la catedral de Notre – Dame, a los monumentos de las plazas, al lago, a los antiguos castillos un poco más alejados de la ciudad. Clarice había vuelto a sacar fotos después ocho años, su emoción por volver a las cosas simples que tan feliz la habían hecho se hacía visible en su expresión de felicidad. 

Cansados ya de tanto caminar, se sentaron finalmente en la plaza, frente a la catedral. Hacía frío y ya estaba oscureciendo. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.

-¿Y? ¿Te gustó algún lugar de los que están en venta?- preguntó Clarice.

-De hecho, sí- contestó Rich- me gustó ese que está cerca de la colina y de la playa. Sería hermoso tener una casa allí.

-Sí, pero es muy caro. ¿Viste el precio?

-No hay problema por eso, tengo el dinero. 

-Pues es mucho dinero. ¿A qué te dedicas?

-Soy músico, en una banda de rock. Toco la batería- contestó Richard.

Clarice se sorprendió un poco con esa novedad. No veía a Richard como un famoso músico, más bien lo veía como una persona simple y corriente. Ni siquiera vestía costosamente. 

Richard adivinó sus pensamientos.

-¿Te sorprendí, no?- preguntó- no tengo el perfil de una estrella y Dios me libre de tenerlo algún día. 

-Me sorprendes para bien, la verdad- dijo Clarice.

Richard le sonrió, sentado a su lado en el banco de la plaza y Clarice sintió algo muy fuerte en su interior. Algo le estaba pasando con él y no podía negarlo. 

-Gracias por la tarde que me diste, Richard. Hacía mucho que no tomaba fotografías y eso me hizo recordar quién era antes- dijo Clarice, conmovida.

-¿Antes de qué?- preguntó Rich.

-Antes del accidente. 

Richard supo que algo estaba por salir del interior de Clarice pero consideró prudente callar en ese momento. El silencio fue largo, los automóviles pasaban por la calle con prisa, las personas volvían a sus casas. Ya estaba la noche instalada. Pero Clarice sentía, por primera vez, que era el momento de que se disipara la oscuridad de su vida y así empezar a confiar en alguien. 

-Pasó hace ocho años pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer- empezó a relatar- En realidad, Martin y yo nos conocimos en una fiesta, poco después de que yo llegara a esta ciudad para estudiar. Él era mayor que yo, unos diez años. Todo fue rápido, empezamos a salir y al poco tiempo me pidió matrimonio. En ese momento, no dudé. Lo quería. Todo iba perfecto hasta que quedé embarazada y él no se puso muy contento. Discutíamos todos los días porque Martin seguía viendo a su exmujer, a escondidas. Según él, porque ella tenía muchos problemas. El día del accidente volvimos a discutir por lo mismo y yo salí de casa hecha una furia, tomé las llaves de la camioneta y me fui. Manejaba como una loca, desesperada, fuera de mí. Martin me siguió en su auto y al parecer sus frenos fallaron y el auto cayó por una pendiente. Llamé inmediatamente a una ambulancia. Como había sucedido cerca de la frontera con Alemania, lo llevaron al hospital más cercano de ese país y luego, al de Berlín. Nunca más lo pude traer a Luxemburgo porque sería peligroso para él- Clarice hizo una pausa para contener la emoción- ha estado en coma desde entonces. Los médicos dicen que puede estar así para siempre o que algún día puede despertar, no se sabe- terminó. 

-¿Y el bebé que esperabas, Clarice?- preguntó Rich, también conmovido por el relato.

Lo perdí- dijo bajando la cabeza- ese mismo día me dio una hemorragia y lo perdí.   

-Y ahora te sientes culpable por lo que le sucedió a tu esposo, ¿verdad? Y también al bebé…- dijo Richard

-Cada día de mi vida- contestó ella- lo llevé directo a la muerte y lo que es peor: a la muerte en vida. Y además, por eso perdí a mi hijo- dijo tomándose la cabeza- yo fui la culpable de todo. 

-Pues yo no creo que tengas la culpa, Clarice. Tú no podías saber lo que iba a pasar, ¿o sí? Además, tu marido no colaboró con la situación ni te cuidó, con todo ese asunto de su ex. 

-Puede ser…pero ahora el que está en esa cama es él, no yo. 


Richard se dio cuenta de que era imposible tratar de convencerla en ese momento. En cambio, dijo que su tren a Londres partiría en breve y que se tenía que ir. 

Se despidieron allí, en la plaza.

-Perdón por agobiarte con mis problemas- pidió Clarice.

-No me molestaste, al contrario: me halaga que hayas confiado en mi, Clarice. ¿Podemos seguir en contacto?- preguntó- si no te incomoda, claro.

Clarice tenía que tomar una decisión en ese mismo instante y dudó…

-Seguro, podemos- dijo al final.

Extrajo una pequeña libreta de su bolso y anotó ahí su teléfono celular. Le extendió el papel a Richard. 

Él se subió a un taxi y finalmente se fue.

Clarice volvió caminando a su casa y se convenció de que un hombre tan maravilloso y lleno de vida, jamás iba mezclarse con alguien como ella. Eso sólo pasaba en los cuentos, en las historias de ficción. No en la vida real. 


Capítulo 5.

El tren avanzaba hacia Londres otra vez. Era de noche y Richard quería concentrarse en escribir una canción en un pequeño anotador que llevaba, pero la historia que le había contado Clarice se le presentaba continuamente, como uno de esos recuerdos que vienen a la cabeza una y otra vez, sin que podamos evitarlos. Nunca hubiera esperado que las cosas se plantearan así. Ahora entendía el por qué de sus desplantes y reacciones; lo que le había pasado a su esposo era muy grave. Sin duda, ella se encontraba unida a él más por la culpa que por el amor y ese sentimiento de responsabilidad por lo que había pasado que tenía Clarice, no sería fácil de vencer. Más bien,imposible. Intentaba ponerse en el lugar de ella y no podía, no se lo imaginaba. 

En este punto, Richard comenzó a replantearse si sería conveniente seguir desarrollando algún tipo de relación con Clarice. No quería salir herido y tampoco quería que ella sufriera más todavía. ¿Qué haría? En sus sentimientos más íntimos y escondidos, sabía que sentía por ella algo muy distinto, algo especial, pues Clarice era una mujer especial. Lo que no sabía era hasta dónde ese sentimiento lo iba a llevar o hasta dónde él iba a poder controlarlo.


Llegó a su casa a las nueve de la noche. Aquél no había sido un día corriente o común…Clarice pensó que era sorprendente cómo la vida se proyectaba: durante años es posible vivir de la misma manera sin que nada nos emocione, nos cambie, o nos reavive…y de pronto, con la misma ligereza y fuerza con que se aviva una llama de fuego, así nos sorprende el destino. Nunca había planeado su encuentro con Richard en el tren, ni luego su breve diálogo en el bar. Jamás había imaginado que él haría semejante viaje sólo para verla a ella y, muy a su pesar, Clarice se daba cuenta de que tenía con él una conexión muy especial, que trascendía las superficiales fronteras de la atracción física y se movía hacia el terreno de los sentimientos. Nunca había conocido a nadie como él, con ese sentido del humor mezclado con convicciones fuertes acerca de la realidad y del mundo. 

Se tiró arriba de la cama, vestida como estaba, y cerró los ojos. Se dio cuenta de que ya no había marcha atrás…pensó que, aunque quisiera, ya no podría rechazar su compañía pues un poco de él ya se había metido dentro de ella. Era lo más extraño que Clarice había sentido jamás por alguien y eso la asustó un poco…después de muchos minutos en silencio, empezó a pensar en sus labios y en qué sentiría si los tocara, si los besara…

El teléfono sonó y la devolvió a la realidad.

Hola- contestó Clarice.

Hola, soy yo- dijo Susan del otro lado- Clarice me quedé muy mal después de nuestra charla de anoche, te quiero pedir perdón, de verdad.

No te preocupes, no me pidas perdón- dijo Clarice- tú me quieres ayudar y yo te entiendo. 

¿De verdad? ¡No sabes el alivio que siento!

Sí, de verdad. Hoy estuve pensando en lo que me dijiste, durante todo el día y la verdad es que puede que tengas razón- concedió Clarice. 

Me alegra que lo hayas pensado, Clarice. Y dime, ¿el cambio se debe sólo a mis palabras o hay algo más?- preguntó Susan.

¿Qué más puede haber, Susan?- mintió Clarice- es sólo eso.


*******************************************************************************************



Dos semanas después.


Iban camino a Berlín otra vez, en el tren. Richard no hablaba, los demás reían y comentaban diferentes cosas a su alrededor pero él se mantenía en silencio, pensando. Pensaba en que en esas dos semanas no se había atrevido a llamar a Clarice. No les había contado nada a sus amigos todavía, pues le parecía que primero debía meditarlo él para después pedir una opinión ajena. Los demás notaban su hermetismo de las últimas semanas pero ya lo conocían y sabían que pronto contaría lo que le estaba pasando. 

De pronto, los altavoces del tren anunciaron Luxemburgo. Richard pareció salir de su ensimismamiento. 

¿Qué día es hoy?- preguntó dando un salto en el asiento. 

Hoy es lunes, Rich- contestó Tim algo sorprendido.

Richard miró inmediatamente hacia el lugar donde estaba subiendo la gente…y la vio. Para él era como una aparición, como un espejismo. A veces sentía que ella no era real, porque de otra manera no se explicaba qué magnetismo secreto o invisible fuerza lo llevaba hasta Clarice. Con ninguna mujer le había pasado jamás eso. 

Mientras él sentía todo eso; Clarice se acomodó en su asiento habitual. Estaba triste otra vez, sola. Sus pronósticos se habían cumplido, pues Richard no había llamado nunca. Odiaba la idea de extrañarlo, porque él no era más que un desconocido con el que había pasado una linda tarde...y todo se había quedado en eso y nada más. Por otro lado, le parecía mejor que así fuera.

Clarice sintió que alguien la estaba observando y cuando levantó la cabeza, vio a Richard. Experimentó una rara alegría en su interior por volver a verlo pero no lo exteriorizó en su expresión: apenas lo saludó moviendo la cabeza. Richard le devolvió el saludo y le agregó una leve sonrisa. Clarice desvió la mirada. 

Al cabo de unos quince minutos, Rich se decidió y se paró de su asiento. Fue hasta donde estaba ella y se sentó en el asiento contiguo, que estaba vacío. Clarice lo miró sin decir nada. 

Hola, Clarice, ¿cómo has estado?- preguntó.

Muy bien ¿y tú?

Bien. Perdóname por no haberte llamado pero he estado ocupado- se excusó Rich.

No te preocupes- dijo ella. 

Traigo conmigo las fotos que sacamos- dijo él, extrayéndolas del bolsillo de su campera. 

Clarice empezó a mirar las fotos y a sonreír recordando los momentos en que las habían sacado. Se aproximaban cada vez más sus cuerpos mientras miraban las fotos, uno muy cerca del otro.  

De verdad que eres muy buena sacando fotos- comentó Richard bastante impresionado. 

Clarice giró la cabeza para agradecerle y sus rostros quedaron casi juntos.

No hay mucha ciencia- dijo ella, tragando un poco de saliva- estudié fotografía.

Pero eso no es todo, además tienes que ser creativo y tener otra mirada de las cosas- contestó él, mirándola a los ojos. 

Es verdad, Richard. Y yo creo firmemente que tú tienes otra mirada de las cosas.

¿Sí?- preguntó Rich.

Sí, absolutamente. No te conozco casi…pero podría jurar que tú eres alguien que busca más allá de las cosas aparentes, que ves todo de otra manera. 

Richard continuaba mirándola pero no sabía qué contestarle, ni siquiera podía pensar en algo inteligente para decir en ese momento y que lo hiciera quedar bien ante los ojos de ella. Clarice no era ese tipo de mujer, no necesitaba que un hombre la impresionara, sino que fuera auténtico. Y Richard se encontraba atontado por la presencia de ella, sintiendo un vehemente deseo de besarla hasta quitarle el aliento. 

Bien- dijo Clarice alejándose un poco de él- gracias por mostrarme las fotos. 

¿Quieres tomar café, Clarice?- invitó Rich.

Está bien- concedió ella- y puedes contarme algo más de ti, de paso. 

Richard sonrió ampliamente y fue a buscar el café. 

Charlaron durante horas y parecía que la conversación nunca se terminaba. Cuando el tren se detuvo en Berlín, cada cual tomó su rumbo; pero una cosa era cierta: sus caminos en la vida se habían cruzado y nada iba a poder detener ya esa fusión.   


viernes, 1 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 2 y 3.

 Capítulo 2.

El tren llegó a Berlín aún de noche. Clarice había dormido mal y casi nada, como le pasaba siempre. Descendió y tomó un taxi allí. La ciudad aún dormía pero había gente en las calles, ruido de tránsito y pasos de los transeúntes que se dirigían a sus respectivos trabajos. Clarice miraba por la ventana del auto y pensaba en el hombre del tren… ¿Richard se llamaba? Sí, Richard. Richard… ¡qué hermoso nombre! Se encontró pensando de repente. El taxi se detuvo. Clarice pagó lo mismo de siempre y bajó. Entró al hospital, conociendo de memoria cada pasillo, cada recoveco, cada rostro. Ingresó a la sala pausadamente y se acercó a la cama: allí estaba, al igual que todos los días. Dormía profundamente, un respirador artificial lo asistía. Clarice le tomó la mano y sintió el frío pavoroso y seco que tanto odiaba; ese frío que le comunicaba implacablemente, cada vez que ella se presentaba allí, que Martin estaba más muerto que vivo. Y ella un poco estaba así…después de todo Clarice también estaba más muerta que viva. ¿O acaso se podía llamar vida a eso que ella llevaba adelante? Clarice no tenía planes, proyectos ni hijos. Había abandonado su profesión de fotógrafa para hundirse en una oficina repleta de papeles fríos y caras rígidas, había dejado todo lo que la hacía feliz para convertirse en una sombra, en un fantasma, para sufrir casi en carne propia lo que Martin estaba sufriendo. 

El médico entró a la sala.

Hola Clarice- saludó- hace frío ¿cierto?

Hola doctor. Sí, hace mucho frío el día de hoy- hizo una pausa- Por lo que veo, todo sigue igual- dijo mirando a Martin. 

Sí, no tengo novedades para ti. Todo sigue igual.

Clarice ya no se desesperaba, ni se decepcionaba, ya no preguntaba por qué. Había aprendido a aceptar las cosas tal y como estaban dadas. Tan sólo se quedó allí, sentada junto a él, hablándole al vacío. 



Trabajaban en el nuevo proyecto en un estudio de Berlín, una ciudad enigmática y brillante. Para los músicos y artistas era el lugar más inspirador, la ciudad que guardaba más secretos en sus calles y en su historia. Tom estaba trabajando con su voz en otra parte del estudio y Tim hacía lo suyo con su computadora. Richard decidió salir un momento a tomar un café. Mientras caminaba hacia el bar más cercano recordaba a la chica del tren y se asombraba de sí mismo por estar pensando en una extraña. Richard sabía que el corazón se regía por inverosímiles razones; cosas que, para cualquiera que intentara razonarlas, serían absurdas. La idea de que él se hubiera enamorado a primera vista era lo más ridículo que podía pasársele por la cabeza.

Entró al bar y, cuando se acercaba a la barra, vio a Clarice sentada en una de las mesas, sola. Rich se quedó tieso. No sabía si podría acercarse, después de cómo lo había tratado en el tren. Al fin, su impulso lo llevó directo a ella. 

Hola…-hizo una pausa, fingiendo no recordar su nombre- ¿Clarice?

Si, hola Richard- contestó ella muy sorprendida. 

Richard se alegró de que recordara su nombre.

Qué casualidad encontrarnos aquí, ¿verdad?- acotó él.

Es cierto, Berlín es una ciudad muy grande. 

Clarice tomaba su café fingiendo que no le importaba que él estuviera ahí. 

¿Puedo…?- preguntó Rich señalando la silla vacía. 

Si, claro- le contestó ella. 

Richard se sentó y observó algo que hasta el momento no había notado: el anillo en la mano de Clarice. 

¿Vives en Berlín?- preguntó.

No, vivo en Luxemburgo. Vengo aquí todos los martes, porque es mi único día libre en la oficina- explicó Clarice.

Richard observó la inmensa paz que tenía ella cuando hablaba, las leves sonrisas que esbozaba, lo perfecta que era su nariz, el cansancio que había en sus ojos. 

¿Me estás escuchando?- preguntó ella.

Claro que sí. ¿Y vienes por algo en especial?

Si, mi esposo está internado aquí enfrente. Como aquí tenían mejores equipos médicos, decidieron que se quedara en este hospital.

Richard iba a seguir preguntando pero se detuvo, algo le decía que no ahondara en ese tema. Se hizo un silencio, Clarice lo miraba disimuladamente pero no podía negar que era agradable y que tenía unos ojos muy bellos. 

¿No vas a pedirte un café? Tienes cara de que te gusta el café- dijo ella.

Soy adicto al café- repuso Rich, sorprendido

Pasa que puedo leer la mente de las personas, tengo ese poder- bromeó Clarice. 

No podía creer que estaba bromeando con alguien después de tanto tiempo. 

Y bien, ¿qué estoy pensando ahora?- continuó el juego él. 

Estás pensando en seguir la conversación y pedirme mi teléfono después, pero no te lo voy a dar- advirtió. 

No quiero el teléfono, con el número me conformo- dijo Rich, bromeando.

Clarice tragó el café de golpe y soltó una carcajada. 

Gracias por hacerme reír, Rich- dijo levantándose- me tengo que ir. 

¿Y el número?- preguntó él, incorporándose también. 

Lo lamento, pero no va a poder ser- contestó ella, mostrándole el anillo en el dedo. 

Tomó su cartera y salió del bar. 

Richard no iba a darse por vencido; que fuera casada era un obstáculo pero intuía que ella no era muy feliz en su matrimonio. Probablemente, si la seguía no iba a conseguir nada, parecía muy firme. ¿Qué podía hacer? La vio entrar al hospital y se acercó a pedir el café a la barra. Mientras lo tomaba, se le ocurrió preguntarle al camarero:

La chica con la que yo hablaba, ¿la conoces?

Sí, Richard- afirmó el camarero, con quien ya se conocía- es Clarice, viene siempre aquí. ¿Te gusta?- preguntó sonriendo.

Ni siquiera la conozco, no digas tonterías- contestó Richard 

Sé que el marido está internado aquí enfrente y ella sólo vive por él. 

¿Y qué le pasó al tipo? ¿tú sabes?

No lo sé bien, ella no habla mucho de eso. Sólo sé que este bar abrió hace un año y ella ya frecuentaba el hospital para visitar a su marido. 

¡Un año!- exclamó Rich- debe ser grave lo que tiene.

Richard no deseaba aprovecharse de esa situación, que era delicada, pero la veía tan mal que tenía curiosidad por saber qué pasaba en su vida. 

No te recomiendo que te involucres con ella, creo que es demasiado complicada su situación- completó el camarero, adivinando lo que pasaba por la cabeza de Rich. 

Si había algo que caracterizaba a Richard era que siempre tenía claro lo que quería.

Pues no pienso hacer eso, porque me intriga saber qué le pasa, Mart- contestó- y tú me vas a ayudar.

Mart hizo un gesto de sorpresa. 

Sí, tú- continuó Rich- tú le vas a preguntar a Clarice dónde trabaja, que te de el número de su trabajo, de lo demás me encargo yo.

¿Estás loco?- preguntó Mart mientras sacaba más café de la máquina- ¿con qué excusa le voy a sacar esa información?

Vamos, algo se te tiene que ocurrir. 

Mart vaciló un momento. 

Bien, veré qué puedo hacer- concedió finalmente. 



Clarice se encontraba otra vez junto a la cama de Martin, como todos los martes. Pero esta vez veía un pequeño sol en la oscuridad, ese martes en particular no estaba triste. Se encontró sonriendo en soledad, recordando su encuentro con Richard. 

De pronto, su semblante volvió a cambiar y miró a su esposo en la cama. No podía, no, no…había hecho bien. Ella sólo vivía por Martin y nadie se iba a interponer entre ellos. 


Capítulo 3.


Richard volvió a su casa una semana después. Por trabajo tenía que estar en la casa de Londres, pero hubiera deseado irse al campo lo más pronto posible. Le cansaba un poco la vida ajetreada de la ciudad, él era más reflexivo, más pacífico. Sin embargo, no podía quejarse. Las cosas con el nuevo disco estaban yendo de maravilla y pronto empezarían a grabar oficialmente. 

Se cercioró de que todo estuviera en orden, de que hubieran alimentado bien a sus mascotas durante su ausencia, y se tiró en el sillón de la sala a escuchar música. No era precisamente el disco, ni la música, ni la política lo que ocupaba su mente en ese momento; era una mujer. Una mujer enigmática, algo misteriosa, hermosa. Pero no con la belleza establecida por los patrones sociales, sino una belleza más profunda; algo que él había visto y que le había bastado para empezar a pensar en Clarice día y noche. “Para colmo Mart no me consiguió nada” pensó mientras sonaba su teléfono celular. Se fijó en la pantalla y era un mensaje de texto de Mart, justamente. “El número de la oficina es 0245879315442. Me debes una” 

Richard sonrió de satisfacción. Se incorporó inmediatamente y tomó el teléfono. Era una llamada internacional, pues era Luxemburgo. Empezó a marcar pero después dejó el teléfono. ¿Qué iba a preguntar? Se acordaba perfectamente de su nombre y apellido, pero no sabía a dónde demonios estaba llamando ni qué puesto ocupaba ella ahí. Dejó el teléfono y dudó un momento: no estaba bien lo que hacía, no podía confundirla con la situación que estaba viviendo ella, pero al mismo tiempo, tampoco sabía cómo era la historia en realidad…y Clarice le gustaba. “No puedo abandonar todo ahora”, pensó. Tomó nuevamente el teléfono y marcó. Esperó a que le contestaran y lo hizo una máquina. Marcó la opción para recibir instrucciones en inglés y ahí se enteró de que era una empresa constructora de viviendas. Esperó a ser atendido por algún empleado, mientras pensaba qué iba a decir. Una voz con un trabajado acento inglés contestó luego de un minuto.

Ventas. ¿En qué lo puedo ayudar?

Buenas tardes. Mi nombre es...Richard. Hace un tiempo llamé para pedir un presupuesto y me atendió otra empleada, la señora Beckett, ¿puede ser?

¿Clarice? No puede ser, ella no trabaja en ventas sino en promociones.

¡Ah! -exclamó Rich- exactamente, con ‘promociones’ hablé.

Bien, ¿y dice que ella le ofreció un plan de pagos?

Algo así, sí. En realidad, yo lo tendría que hablar con ella. ¿Me la puede pasar?- pidió.

Desafortunadamente, hoy es el día libre de la señora Beckett, señor. Pero puedo arreglarle un encuentro con ella, si quiere. Ella puede ir a su casa.

Richard no podía creer que todo le estaba saliendo tan bien. 

El problema es que yo vivo en Londres y no creo que ella venga hasta aquí- contestó- será mejor que yo vaya para allí. ¿Le avisa que iré mañana?

Perfecto, señor. Le daré la dirección de la oficina.




Era martes por la noche y Clarice recién llegaba a casa. Estaba destruida luego de su vuelta de Berlín, comprobando que no había avances, que todo seguía como siempre. 

Arrojó el bolso arriba de una silla y se metió inmediatamente a la ducha. Al salir, se disponía a cocinar cuando sonó su teléfono. 

Hola, soy Susan , ¿cómo te fue en Berlín, Clarice?

Igual que siempre, amiga. Todo sigue igual- respondió Clarice con tristeza.

Me imaginaba- casi suspiró Susan- ¿qué te parece si voy para tu casa y cenamos?

Me encantaría, te espero- colgó Clarice. 

Susan era la mejor amiga de Clarice desde la infancia. Ambas se querían y no se ocultaban nada. Susan había sido un apoyo y soporte fundamental para ella cuando había sucedido la tragedia. Era su única amiga, en realidad. 

Clarice preparó algo de cenar y Susan tocó la puerta una hora después. 

Mientras comían, Clarice contaba acerca de su viaje de todos los martes y su amiga escuchaba atentamente. 

¿Pero qué dijo el médico en concreto?- intervino Susan.

Que no hay certezas, que no hay nada, como de costumbre.

¿Nunca te dan una esperanza?

Dicen que no me quieren mentir- aseguró Clarice- que puede que se despierte mañana, la semana que viene, dentro de 20 años o nunca. Insisten en desconectar el respirador pero yo no se los permito- afirmó- ni lo haré, nunca.

Susan escuchaba todo lo que decía. La veía llena de dolor, viviendo por inercia.

Escúchame bien Clarice, ¿te has puesto a pensar en que quizás Martin nunca se despierte?

Sí, lo pienso pero tengo la esperanza de que sí despierte y entonces…

¿Y entonces qué, Clarice? 

Y entonces volveremos a amarnos como antes y…

¡Por el amor de Dios! ¡Despiértate de una vez!- exclamó Susan- pongamos las cartas sobre la mesa, Clarice: Martin hace ocho años que está en coma, inconciente o como quieras llamarle. Habiendo pasado ocho años, es más probable que nunca despierte a que lo haga, ¿o no?

Es posible…-asintió con amargura.

Tú tienes 30 años ahora, ¿hasta cuándo te vas a condenar en vida por lo que pasó con Martin?

¿Adónde quieres llegar, Susan?

A que empieces a vivir de nuevo, que vuelvas a sacar fotos, que conozcas a un hombre, que vuelvas a lo que te hace feliz.

No, de ninguna manera. ¿Cómo le voy a ser infiel a mi esposo?- se enardeció Clarice.

Enójate conmigo, adelante. Pero te estoy diciendo la verdad: si Martin nunca se despierta, habrás muerto sola e infeliz, desperdiciando tu vida; y si despierta, serán como dos extraños. Podrían ser perfectamente dos extraños viviendo en mundos separados.

¡¿Pero qué sabes tú?!- estalló Clarice de rabia. 

¿De verdad piensas que un tipo que estuvo muerto ocho años va a volver a ser el mismo, así por arte de magia?

Susan, vete de mi casa- dijo Clarice entre lágrimas

Me voy, pero sé que cuando se te pase el odio, vas a pensar en lo que te dije.

Tomó su bolso y salió de la casa.

Clarice se desplomó sobre el sillón y lloró todo lo que tenía contenido en su interior desde aquél momento. Un sinfín de dolor y desesperación comenzó a brotar de sus ojos verdosos. Aunque odiaba admitirlo, Susan tenía razón. Pero Clarice no se atrevía a cruzar la barrera, no quería vivir, no tenía el valor para continuar con su vida olvidándose del pasado. 

Se aferró a los almohadones del sillón y se quedó dormida, pensando en lo aburrido y rutinario que sería el día siguiente en la oficina. 

No sabía cuán equivocada estaba. 



jueves, 30 de abril de 2026

We might as well be strangers.



I don’t know your face no more or feel your touch that I adore”

Capítulo 1. 

Clarice salió del trabajo corriendo como todos los lunes, a las 9 en punto de la noche. Llevaba a cuestas unas cuantas carpetas, un maletín de la oficina y unas botas que le dificultaban correr, pero que debía usar para estar presentable en el trabajo. Continuó corriendo, topándose con los mismos rostros de todos los lunes por la noche, esquivando casi los mismos autos, sintiendo el mismo vértigo y cansancio de siempre, el cansancio de la vida. La vida…la vida no había sido justa con Clarice, si por justicia entendemos esa correspondencia entre lo que hacemos y lo que recibimos a cambio, lo que sembramos y lo que cosechamos, que en realidad difícilmente sea lo mismo siempre. Clarice era un buen ejemplo de eso: su vida había rodado cuesta abajo por una colina ocho años atrás y ella sentía que seguía yéndose abajo cada día, en el medio de ese abismo de soledad y oscuridad, sin que nada pudiera detener la tragedia. A veces deseaba que por una vez, alguien volviera el tiempo atrás para corregir las equivocaciones, cambiar un par de decisiones, uno o dos nombres propios…pero no…el tiempo era para Clarice su enemigo infalible y, a la vez, su mejor aliado. 

Pero es necesario que volvamos a la historia, a ese lunes que parecía insignificante pero que traería el cambio que Clarice esperaba como un prisionero a su libertad. 

Llegó a la estación donde paraba el tren, allí en Luxemburgo. Según ella tenía entendido, provenía de París y recorría gran parte de Europa. El tren se detuvo, hacía mucho frío. La puerta se abrió y Clarice entregó su boleto y subió. Se acomodó en el mismo asiento de siempre y dejó sus cosas allí, en el asiento contiguo. Conocía los rostros de casi todos los pasajeros, luego de años de viajar en ese tren. Sabía que la señora de enfrente tenía un hijo viviendo en otra ciudad, que la mujer que estaba más atrás viajaba por trabajo, que el hombre que se sentaba a su izquierda viajaba por placer. Clarice siguió inspeccionando las caras de los pasajeros hasta que descubrió a cuatro jóvenes que nunca había visto hasta entonces y algo más le llamó la atención: uno de ellos llevaba una cámara de fotos. 


Yo quería que trajeras la digital- dijo Tom, en pose de niño caprichoso- con esta hay que esperar a que reveles las fotos. 

Pues a mí me encanta revelar las fotos- contestó Richard, sacándole la cámara de las manos. 

Richard llevaba puesto un pantalón de jean, sus zapatillas preferidas, abrigo y una bufanda. Se encontraba algo cansado pero feliz de compartir esa nueva experiencia con la música y la banda a la que pertenecía. A menudo, Rich reflexionaba acerca de su vida y veía que había acertado en casi todas sus decisiones: era un profesor de Geografía y defensor de los derechos humanos y la naturaleza, vegetariano por elección pero, fundamentalmente, Richard era un músico y eso era algo primordial y hasta necesario en su vida. Sin embargo, y con mucha frecuencia, Rich también se cuestionaba si la música era lo único que podía llenarle el alma, si el amor de una mujer o tal vez de un hijo, no podría tomar ese lugar algún día. Pero el amor siempre había sido para él un espejismo, Rich se daba cuenta de que el amor ideal era sólo un cuento de los románticos, armonioso, pero cuento al fin. 

Tom lo sacó de sus cavilaciones. 

¿Por qué te mira tanto esa mujer?- preguntó señalando disimuladamente hacia su izquierda- ¿la conoces?

Rich volvió la cabeza para mirar y vio a una mujer de unos treinta años, de cabello oscuro y tez blanca. No era precisamente hermosa, ni tampoco tenía atractivos a simple vista, pero había algo en su forma de mirar que le llamó la atención. 

No la conozco- dijo por fin.

Pero te mira fijamente- acotó Tim

Pero estoy seguro de que no la conozco- dijo Rich volviendo a mirarla.

Quizás quiere decirte algo pero no se atreve- arriesgó Tom- ¿por qué no vas y le preguntas?

¿Y qué se supone que le diga?- preguntó Rich, un poco irritado por la insistencia.

‘¿Me miras porque soy demasiado atractivo?’- lo imitó Tom

¡Eso es lo que tú dirías!- exclamó Rich.

Los demás rieron con la broma pero Richard continuaba perturbado por la insistencia de esa mujer. Se levantó de su asiento, pretendiendo ir al baño. Caminó en dirección a ella, quien dejó de mirarlo inmediatamente, como saliendo de un trance. Clarice hizo lo posible por disimular y mirar por la ventanilla. Richard pasó a su lado y siguió su camino hacia el baño. Al volver, no pudo contenerse y se paró frente a ella. 

Hola- saludó.

Clarice lo miró y tardó en contestar. 

Hola- dijo tímidamente. .

Me estabas mirando hace un rato. ¿Acaso nos conocemos?

Ah, no, no- balbuceó ella, aturdida por la vergüenza- es que…yo…no te miraba a ti, sino a tu cámara de fotos. Es igual a la que yo tengo-explicó. 

¿Y crees que te la robé?- contestó Rich, riendo.

No, claro que no- repuso Clarice- es que hace años yo me dedicaba a la fotografía, de forma profesional y ver tu cámara me llevó otra vez al pasado. Discúlpame, por favor- pidió. 

No, no te preocupes…- Rich hizo una pausa esperando a que ella dijera su nombre.

Clarice, Clarice Beckett. 

Richard Hughes- dijo extendiendo su mano para estrechar la de Clarice.

Al apretar su mano, Rich sintió dentro de él un fuego desconocido y enigmático. Jamás había pensado que el tacto y la mirada de una perfecta extraña podían despertarle esa curiosidad, ese deseo de conocerla. Clarice era sencilla y sin maquillaje, su rostro se veía cansado después de todo un día de trabajo pero Richard veía algo más allá de lo superfluo o aparente, aunque no sabía qué era. 

Clarice soltó la mano de Rich.

Lamento haberte molestado- dijo

No me molestaste, Clarice- respondió Rich- y creo que ambos compartimos la pasión por la fotografía, ¿o no?

No- cortó ella- yo ya no me dedico a eso; y si me disculpas, preferiría dormir ahora. 

Rich se quedó un momento paralizado por la reacción de ella y luego se encaminó a su asiento otra vez. 

¿y? ¿Quién era?- preguntó Tim.

Fue una confusión, nada más- dijo Rich, acomodándose en su lugar. 

Clarice fingía dormir pero no podía. Su cabeza trabajaba al ritmo de un caballo desbocado. No podía permitir que ningún hombre se le acercara, no lo había permitido en esos años. Su fidelidad hacia Martin era lo único que le quedaba, lo único que le daba algo de sentido a su vida maltrecha y sin un camino seguro. 

Lo que Clarice no se imaginaba era hasta dónde ese encuentro fortuito cambiaría el curso de toda su existencia; lo que Richard no podía ver en ese instante era que el destino le estaba poniendo por fin y delante de sus ojos a quien siempre había esperado. 


miércoles, 29 de abril de 2026

Novedades

Hola,espero que se encuentren bien! 
Les cuento que voy a publicar una historia inédita, que escribí hace unos 18 años. 
Se llama como una de mis canciones favoritas:  We might as well be strangers (traducida como Podríamos ser dos desconocidos). 
Ojalá les guste! 

domingo, 26 de abril de 2026

El monstruo del campamento.

 

La piel en el fogón. Quemada, cuarteada, herida. Nadie hizo nada para detenerla, todos miraron con pasividad y hasta con gracia. Festejaron incluso.

Estaban tomando mate una noche, en un campamento de verano. Ese era SU momento, lo sentía, lo imaginaba desde hacía años. El fuego, su crepitar, su color anaranjado, ese calor abismal que invitaba a hundirse, le dieron el coraje que necesitaba. Iba a exponerlo, a vociferar lo que el monstruo le había hecho. Cómo no tenía paz desde aquel momento, cómo esas imágenes la acechaban, sobre todo por la noche, en su cama.  Pero ya no. Estaba dispuesta a quitarle la máscara a Mr. Hyde, costara lo que costara. Entonces algo pasó en la ronda, su madre se levantó, la tomó del brazo y se lo acercó al fogón; ella aulló de dolor, gritó mientras la piel se chamuscaba y el olor de la carne quemada invadía el campo, el aire, el río. El brazo se convirtió en cenizas mientras su madre sonreía y los demás espectadores aplaudían como idiotas, como autómatas.

 Incapaz de emitir un sonido, sintió el toque en su brazo, ahora intacto, que la devolvió a la noche. Miró la pava en el fogón y el alma se le tornó en hielo. No me vas a felicitar, preguntó su madre. Ella la miró con ojos vacíos, húmedos; se tocó la piel del brazo para comprobar que estaba allí.

Tu mamá y yo nos vamos a casar, dijo el monstruo.