Costó mucho sacrificio,dolor. En el camino, hubo muchas ocasiones en que quise volver, retirarme. Sentí que me quedé sin nada, que de la vida que había conocido, solo quedaban cenizas. Me quedé sin fe, sin sueños, sin propósito. Pero íntimamente, una fuerza divina, superior a mi entendimiento, me guiaba hacia esa luz chiquita que vislumbraba a la distancia.
En el viaje comprendí que tenía que crear sueños nuevos, una vida distinta. Empecé a ser yo misma, tambaleando, pero sabiendo que esa niña que fui tenía que asomarse y salir al mundo.
La etapa final de la transformación de la mariposa fue permitirme amar sin máscaras, sin prejuicios, a cara limpia. Alguien me enseñó que amar de verdad es aceptar al otro tal cual es y dejarlo ser. Sin controlar, sin esperar que cambie. Y es que no todos los amores están destinados a concretarse. Pero aun así, los verdaderos, los que mueven los cimientos de tu vida, dejan una marca eterna.
Ahora miro atrás y veo que todo tuvo sentido. Ahora sí ME VEO. Soy YO.