Desde esa noche, cargaba siempre el revólver en su cartera, fuera a donde fuera. Se encontraba en un estado permanente de alerta y nerviosismo. Se daba vuelta en la calle, presintiendo que alguien la seguía, mirando sobre su hombro continuamente. Se exaltaba fácilmente cada vez que se abría la puerta del bar y entraba un cliente, temiendo que fuera él.
El cambio en su comportamiento fue advertido enseguida por Gabriel, que no lograba sacarle una palabra acerca de lo que sucedía. Sabía que Inés ocultaba algo, siempre lo había sabido. No tenía teléfono celular ni computadora. Usaba siempre un teléfono público de las cabinas que se encontraban frente al bar. Nunca hablaba de su vida antes de llegar a Río Grande. Y ahora, luego de escuchar el nombre de una aparente desconocida, mutaba radicalmente su conducta. A pesar de que la amaba como a nadie, Gabriel no podía tapar el sol con un dedo. Pensó que lo más sensato era empezar por investigar quién era Martina Montes. Puso ese nombre en el buscador de Facebook y encontró varias cuentas, pero una le llamó la atención: su propietaria había retirado todas las fotos personales y la cuenta estaba inactiva desde hacía un año o más. Sin embargo, varias personas escribían en su biografía preguntando dónde estaba, si se había ido voluntariamente, por qué había renunciado a su trabajo; le rogaban que contestara si, al menos, se encontraba bien. Pero no había ninguna respuesta. Las fechas de la desaparición de Martina Montes con la de la llegada de Inés a su vida coincidían increíblemente. La verdad revelada asoló todas sus ilusiones: Inés era Martina. Todas las preguntas que se hacía a sí mismo debían tener una respuesta. Y, sin dudarlo, fue a buscarlas.
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Cuando llegó a la casa de Martina, llamó insistentemente pero ella no salía. Todo estaba en completa oscuridad; la luz mortecina de un farol en la calle iluminaba apenas la silueta de Gabriel en la puerta. El ruido del agua del mar rompiendo contra la costa era lo único que quebrantaba el silencio lúgubre de esa noche de invierno. Un vecino que salía a sacar la basura, al verlo parado allí, le dijo que Inés había salido un rato antes, caminando rumbo a la costa. Gabriel siguió sus pasos con rapidez. El viento le golpeaba la cara a medida que avanzaba y el corazón se le agitaba en el pecho, incontenible.
La divisó parada sobre el puente. Algo en su interior le dijo que se apresurara. Sintió el frío de la muerte más intensamente que el del clima fueguino. Gabriel corrió gritando su nombre, el verdadero: Martina. Cuando ella lo oyó, en medio de su quebranto y la niebla nocturna, recordó inmediatamente su sueño. Se estaba cumpliendo punto por punto. El hombre que corría por la playa y gritaba Martina desesperadamente no podía ser otro que Aldo, nadie más la conocía por ese nombre. Martina tenía la perturbadora sensación de haber vivido esa escena antes, incluso mucho antes de su sueño premonitorio. De pronto, empezaron a aparecer recuerdos en su mente como flashes: una adolescente de pelo largo y mirada extraviada, parada en aquél mismo lugar. Un hombre corriendo por la playa, desesperado, gritándole que no se arrojara al mar. Pero la muchacha del pelo color miel, saltaba. Abrumada por un dolor insoportable, se perdía entre las olas y la oscuridad. El hombre caía sobre la arena, desolado. Pero no estaba solo, una pequeña niña de tres años se encontraba a su lado y parecía no entender qué pasaba.
Ese recuerdo tan sombrío la perturbó. El abismo debajo de ella era tentador.
Y saltó.
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En el preciso instante en que golpeaba mi cuerpo el agua helada, lo recordé todo. Mi hermana se suicidó, se tiró de ese mismo puente hace veintidós años. Esa es la pesadilla que me persigue desde hace tanto tiempo, y se enredó en mi mente con todo lo que me pasó con Aldo. Mis padres nunca quisieron hablar del tema, me dijeron que Luisina había muerto en un accidente. Pero no. Yo la vi, yo la vi. Yo estaba allí con mi papá cuando ella saltó…Vivíamos aquí. Mis primeros años los pasé en esta ciudad. Cuando Luisina murió, nos fuimos a Buenos Aires. Recuerdo a mis padres llorando, diciendo a los vecinos y amigos que venían a darles las condolencias que ella no había soportado su enfermedad. Todo había quedado sepultado en la memoria, pero mientras me dejaba arrastrar por las olas, mar adentro, entendí que el destino me había traído hasta a este lugar nuevamente para que recordara, para que cerrara aquella herida lacerante. De repente, cuando ya no tenía más oxígeno, vi una pequeña luz en el centro de aquella oscuridad. Todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Perdí la noción del tiempo y del espacio, hasta que escuché una voz detrás de mí. Escucharla era tan sublime como disfrutar de una puesta del sol en la playa. Volví a aquel día, meses atrás, cuando Gabriel me habló de amor por primera vez.
Inés, ¿te quedás hoy a almorzar conmigo?
Era mi oportunidad. No iba a desperdiciarla. No iba a morir como mi hermana. No iba a seguir escapando del pasado, como mis padres. Yo iba a elegir cómo vivir. Nadie más que yo iba a decidir cuál sería mi camino. Ni siquiera el destino.
Sí, me quedo con vos- le contesté a Gabriel- Me quedo para siempre, si querés. Para vivir mil días y mil noches a tu lado, para ver caer la lluvia juntos y alguna estrella fugaz. Para decirte una y otra vez cuánto me gustan tus ojos espejados, tu sonrisa perfecta.
Pero eso sí, antes tenés que saber muchas cosas de mí. Sentate, dale. Tengo que contarte quién soy y por qué vine hasta aquí. Tengo que enfrentarme a mi pasado para comenzar de verdad a vivir. Mirame bien: no soy Inés. Me llamo Martina. Martina Montes.