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lunes, 11 de enero de 2021

El profundo mar, capítulo 1.

 

Mar del Plata, Argentina, 1988. 

“…and my heart was heavy as stone” “...y mi corazón era tan pesado como una piedra”.

Capítulo 1.

Olivia llegó a casa  a las 6 de la mañana como todos los días. Introdujo la llave con sigilo en la cerradura, no quería despertar a su padre, quien dormía en la habitación contigua a la sala. De todos modos, él se despertaba y levantaba religiosamente todos los días a las 8 en punto. No faltaba tanto para esa hora. 

Entró cansada como siempre y dejó su campera colgada en el lugar que correspondía. Todo tenía que estar en orden para cuando su padre despertara u Olivia sabía que habría problemas. A él le gustaba el orden y la pulcritud. Se irritaba con facilidad si las cosas no estaban perfectamente limpias y en su lugar. Así era en casa y así se jactaba de ser en la vida: recto y con una moral intachable. Juan Vander era militar retirado, tenía 60 años y había servido a la patria durante toda su vida; ahora gozaba de su tiempo libre en su casa a la vera de la playa en Mar del Plata, donde se había mudado con su única hija diez años atrás. La señora Vander había muerto en Buenos Aires en 1978, justamente el día después de que su hija cumpliera quince años. Luego de aquél funesto suceso, el señor Vander había pedido su retiro para poder mudarse con Olivia a un lugar más tranquilo que la capital. De esa manera podría dedicarse a cuidarla y hacer que terminara de educarse. 

A Olivia le había gustado la ciudad costera  desde el principio; era hermosa, tranquila, con no muchos habitantes y donde los días pasaban de forma agradable y simple. No había muchos acontecimientos que sobresaltaran la paz de aquel lugar. Ella tenía una sola amiga allí, Ana, quien le había conseguido el empleo que ahora tenía Olivia. Un trabajo que le permitía vivir dignamente y sin apuros, a pesar de que su padre no había aprobado desde el principio que ella trabajara. Según él, la había educado con el fin de que encontrara un muchacho de buena familia con quien casarse para que la mantuviera como Dios mandaba. Pero ese muchacho nunca llegaba para la joven, o bien nunca era aprobado por su padre. El que no era inmoral, era un pobre desgraciado que no estaba a la altura de su hija. Al señor Vander parecía no conformarle ningún candidato de Olivia. Y ella se veía en la obligación siempre de terminar la relación, pues desde muy pequeña había aprendido a obedecer sin protestar las órdenes de su padre. 

Olivia subió las escaleras con cuidado y entró en su cuarto. Se desvistió y se fue directo a la ducha, ritual que repetía todas las mañanas antes de irse a dormir. La noche no había estado tan mal, aunque sí un poco aburrida. 

Se metió a la cama con los primeros rayos del sol asomando y se durmió profundamente hasta el mediodía, tal cual era su rutina diaria. 

A las doce en punto, el despertador sonó. Lo desactivó con rapidez y se vistió de prisa. Se peinó, lavó la cara y cepilló sus dientes. A Vander le gustaba que su hija demostrara orden en su vida, tal cual él se lo había inculcado. 

Bajó las escaleras y entró en la cocina cuando su padre miraba las noticias, como todos los días a la misma hora. 

  • Buenos días, papá- saludó ella con un beso

  • Buenos días, Olivia- contestó seriamente-¿cómo dormiste?

  • Bien, por suerte. Hace bastante calor pero pude descansar igual- y continuó- ¿qué quiere almorzar hoy?

  • Hoy podemos comer carne con una ensalada, hace demasiado calor- acotó.

  • Muy bien, ya la preparo- dijo la chica poniéndose a trabajar. 

Mientras ella cocinaba, siempre su padre la interrogaba acerca de su trabajo. 

  • ¿Qué tal estuvo anoche la abuela de Ana?- preguntó él.

  • Bien, papá. Como siempre. Hay veces que se pierde un poco con la mente, ya sabe cómo está de enferma…pero por lo demás, bien. 

  • No va ningún hombre allí, ¿verdad?

  • No, papá. Sólo estamos nosotras dos todas las noches y ocasionalmente la visita Ana. Nadie más.

  • Espero que no me mientas. Ya sabés que cualquier muchacho que te pretenda debe cumplir con mis expectativas primero. Mi hija vale mucho como para entregársela a cualquiera- sentenció. 

Olivia asintió  y continuó su tarea. Ya estaba acostumbrada a eso y, a decir verdad, no le interesaba ningún hombre. No necesitaba uno para complicarse la existencia y mucho menos un marido que la sometiera igual que su padre. Prefería morir soltera a subyugarse a otro hombre por el resto de su vida. Al menos su padre moriría en algún momento y allí por fin ella sería libre. 

Olivia dispuso la mesa para comer. Vander bendijo la comida, como todos los días, y luego almorzaron con la televisión apagada y en completo silencio. Todo lo que sucedía diariamente en aquella casa era como un ritual, que debía cumplirse a rajatabla. La música no podía escucharse a un volumen alto, y el señor Vander sólo permitía en la casa la visita de Ana.  

Así pasaban los días. Verdaderamente Olivia vivía bajo la disciplina militar; en realidad, siempre había vivido de la misma manera y al parecer su destino estaba marcado a fuego, su vida sería siempre igual. 

Eran las siete de la tarde y Santa Clara del Mar ofrecía una vista estupenda de un día de verano. Un atardecer adorable que a Álex le daba exactamente igual. No la entendía, aunque se esforzaba. Más de un mes atrás, Natalia le había pedido que se separaran un tiempo. Argumentó que estaba cansada de soportar sus viajes, su inestabilidad y su vida bohemia. Según Natalia, el tiempo de andar por los bares cantando, a la espera de una oportunidad en  el mundo de  la música, había caducado. Álex y ella habían discutido toda una madrugada, tratando de llegar a un arreglo, pero no había sucedido. Natalia se mantuvo firme en su decisión; Álex lloró pidiéndole que se quede, prometió estar más tiempo en casa pero ella había pensado días y noches en el asunto y estaba convencida de que separarse un tiempo la ayudaría a dilucidar si quería tener una vida con él o no.

Mientras conducía su auto por las calles del pueblo, Álex pensaba adónde iría a parar todo aquél asunto. No se sentía con fuerzas ni ganas de comenzar otra relación. Se sentía cobarde como para mostrarle sus debilidades a otra mujer que no fuera Natalia. La amaba. Por eso había hecho buena letra durante ese mes y no había buscado ninguna compañía femenina. Quería volver con ella, quería que ella supiera que él podía serle fiel y que la esperaba. Hasta cuándo esperaría… no lo sabía. 

Llegó a casa y sus pensamientos se interrumpieron cuando sonó el teléfono.


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