Dicen que todos estamos rotos. Tal vez sea cierto, aunque las certezas masivas nunca me convencieron.
Los días de furia, rechazo y dolor inevitablemente llegan. Pero ya no trato de esconder esas emociones ni de negarlas. Las acepto, me pregunto de dónde vienen, cuál es su raíz. Y me encuentro cara a cara con mi sombra, con las cosas escondidas en lo profundo de mi alma. Quieren ver la luz, necesitan salir en forma de ira, de resentimiento, de celos, de egoísmo, de odio.
Y en esos momentos me detengo a contemplar con cierta tristeza lo humana que soy,lo lejos que estoy de un ideal de mí misma que construí en mi mente tantos años, repitiéndome que era víctima del mundo.
Soy esa dualidad: el ángel y el monstruo. Esa aterradora conjunción soy yo. La que llora y después se levanta, la que odia y ama al mismo tiempo, la que quiere lastimar con palabras y, a la vez, quiere comprender. La que siente empatía y rechazo.
Me da miedo mi corazón. El ángel quiere ganar, hacerse fuerte amando. Amar es verse a uno mismo y ver al otro. Sin disfraces.
Aprendo a amar sanamente, sin control ni apegos obsesivos. Qué difícil. Qué milagro. Qué maravilla.