Se acabaron las palabras. Las reemplazó el hielo del silencio. Ese espacio en espiral donde no hay simbolismos. Todos nos mirábamos sin vernos, alrededor de la mesa con ese lugar vacío. Ruidos de cubiertos, de vasos, de cuerpos que querían desaparecer para no sentir el dolor. Lo indecible había ocurrido.
Diecinueve inviernos después, todavía evitamos tu nombre. Está ahí, en el aire.
Gravitando como tu alma. En la luz absoluta. Sin palabras. Ya no hacen falta.
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