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martes, 28 de junio de 2022

Un pequeño relato de Navidad.

 “Es como si nos desvaneciéramos en la suciedad de la memoria”. 

  Era el año 1946, poco después de terminada la guerra. Yo era entonces una muchacha de sueños, de pelo castaño y mirada apasionada. El mundo era hostil en aquel momento, efímero; el mundo dolía como nunca, pero yo estaba dispuesta a enfrentarlo con ese coraje que te regala la juventud. 

Fue en casa de mis abuelos. Toda mi familia era alemana y habíamos escapado del horror que se vivía en Europa, migrando a la Argentina. Allí, en Córdoba, durante mi primera Navidad calurosa y entendiendo a medias el español, conocí a Diego. Era un cordobés alegre, optimista, que enseñaba los dientes cada vez que reía con ganas. Lo amé desde el momento en que lo vi y él también a mí. Me decía “Hannah, sos la chica más linda del mundo”, cada vez que nos escapábamos al lago, a las  montañas o a cualquier otro lugar que pudiéramos. Junto a Diego el tiempo era relativo, la vida estaba llena de colores y la oscuridad de mi pasado quedaba eclipsada muy lejos, muy atrás. 

¿Y qué pasó, abuela? ¿Por qué se separaron? ¿Tu familia no lo quería? 

No, no fue eso. Un año después de conocernos, Diego se enfermó. Los médicos que lo trataron nunca supieron qué le pasaba, su vida se consumió lentamente hasta que murió. Solo tenía veinte años. Nunca sentí tanto dolor, nunca había llorado tanto, ni cuando tuvimos que salir de Alemania en medio de las bombas. Mis padres creyeron que era mejor mudarnos a Buenos Aires, para olvidar. Aquí conocí a su bisabuelo y el resto de la historia ya la conocen. Así que hoy, 24 de diciembre, hace exactamente 75 años que lo vi por primera vez. Por eso no quiero salir del asilo a festejar con ustedes, ¿me entienden, no? Quiero recordarlo sola, como cada Navidad. 

Los chicos se fueron. La mitad de ellos no creyó la historia, la abuela Hannah tenía más de noventa años y era posible que el tal Diego nunca hubiera existido. 

Hannah murió esa misma noche, dedicando su último pensamiento en este mundo a su amor perdido. 

Pocos años después, durante unas vacaciones en las sierras de Córdoba, una de sus bisnietas recorría un museo fotográfico cuando descubrió una foto: era la abuela Hannah,su nombre estaba colocado en el epígrafe. Junto a ella, un chico abrazándola. "Jóvenes disfrutando del verano de 1947", se leía. Lili pidió una copia al museo y se llevó la fotografía a su casa. 

Está allí, en un rincón de la sala, junto al árbol de Navidad. Cuando algún familiar siente curiosidad, ella responde que esa foto representa la esperanza. Esperanza de qué,es la pregunta que sigue. Esperanza de que el amor renace, resurge de una u otra forma. Aún después del horror, del paso del tiempo...o de la misma muerte.

   

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