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sábado, 24 de octubre de 2020

Déjà vu, tercera parte.

Pero más de un año había pasado ya de todo eso y la idea de convertirse para siempre en Inés Achával se estaba haciendo cada vez más fuerte. 

   Llegó al bar como todos los días, pero sintiendo una extraña, inquietante sensación en el estómago. No era nuevo el sentimiento. Lo tenía desde que había percibido que Gabriel, el dueño de la cafetería, la miraba de un modo distinto. Los intentos de Inés por asfixiar ese sentimiento, que se alimentaba de miradas, palabras y elocuentes silencios, resultaron inútiles. Para ella, aceptar que estaba enamorada era catastrófico. Ocupar el corazón de otro fingiendo ser alguien más  era una ficción con fecha de caducidad. 

   Inés saludó a Gabriel, dejó sus cosas y comenzó a preparar las mesas. Era muy temprano y el viento azotaba los ventanales que contemplaban al imponente mar. 

  • Hoy al mediodía me gustaría que te quedaras a almorzar conmigo- la voz de Gabriel se asemejó a un eco que quiebra repentinamente  el silencio.

   Inés se dio vuelta y lo miró ridículamente nerviosa. 

  • Está bien- asintió, simplemente. 

   La mañana transcurrió casi eternamente para ambos. Gabriel le encargó a la cocinera que dejara preparados dos platos de pasta y un postre, antes de que la mujer se retirara. El local cerró a las dos de la tarde. Cuando ambos se sentaron, uno frente a otro, él comenzó a hacer realidad en palabras lo que ella tanto temía (y deseaba). Le dijo que no podía apartarla de su pensamiento, que la amaba, que estaba convencido de que ella era la mujer de su vida. Inés se perdió en su mirada profunda, celeste, clara como el cielo de verano. Y cuando se besaron, se dijo que era posible que Martina muriera para siempre, que era necesario matarla dentro suyo de una vez. Porque Inés quería ser feliz con Gabriel y nada iba a impedírselo. Nadie. Ni siquiera sus padres, a quienes llamaba una vez por semana desde un teléfono público pero nunca les decía dónde estaba. Ellos se habían acostumbrado y ya no preguntaban. Le rogaban que volviera, le contaban que nunca habían vuelto a saber de Aldo desde que ella desapareciera. Pero ella no se fiaba de él. Y ahora mucho menos pensaba en volver. En Río Grande había encontrado al amor de su vida y no estaba en sus planes renunciar. 

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   Los días pasaban y se convertían en meses, pero ya no eran iguales o rutinarios. Cada uno de ellos, junto a Gabriel, era un mundo por descubrir. Una sensación de plenitud que ninguno de los dos había experimentado jamás. Una noche, en casa de Inés y siendo ya tarde, él dijo algo que la dejó pasmada:

  • Sabés, mi amor, que ya van tres o cuatro veces que llaman al bar y preguntan por una tal Martina Montes. No sé quién es el ridículo que no se cansa de molestar. Ya le dije bien claro que no conozco a nadie con ese nombre.

La expresión inefable en el rostro de ella, su nerviosismo, pusieron en alerta a Gabriel. Martina estaba asomando en el rostro de Inés; aterrada, temblorosa.

  • No me digas que vos sabés quién es…- atinó a decir él, sorprendido. 

  • No, claro que no- respondió ella, recomponiéndose un poco- Lo que me extraña es que alguien llame siempre por lo mismo, no parece una broma. ¿Decís que es un hombre? ¿Es siempre  la misma voz?- inquirió.

  • Sí, es el mismo tipo. 

   Inés se excusó con su novio, aduciendo cansancio. Cuando él se fue, se derrumbó sobre la cama y, después de llorar un buen rato, comenzó a pensar en las opciones que tenía. No eran muchas: ir a la policía (algo que ya había intentado sin conseguir nada), volver a desparecer sin dejar rastro (imposible que estuviera huyendo toda la vida)…No. Su única posibilidad de retomar su vida era  asesinar a Aldo. Y si él la estaba vigilando, cercando, ella estaría preparada.  Había comprado un arma, un revólver, cuando vivía en Buenos Aires, para protegerse de él. La había llevado consigo en el viaje al sur y la conservaba aún. 


jueves, 15 de octubre de 2020

Déjà vu, segunda parte.

    Le costó volver a conciliar el sueño, como siempre le sucedía. La luz de la mañana despejó tibiamente sus fantasmas; era imposible que Aldo la encontrara ahí, en ese lugar recóndito.

    Se levantó, se vistió y se preparó para comenzar la rutina diaria: recorría en bicicleta quince calles hasta el bar donde trabajaba y al que había llegado un año antes. En ese momento había fabricado una historia cuidadosamente estudiada, convincente: se llamaba Inés Achával, tenía veinticinco años y, luego de la muerte de sus  padres en un accidente, se había quedado sola en el mundo. Por ese fatal motivo, había resuelto cargar sus cosas y su melancolía en un baúl y partir hacia el sur del país, a comenzar una vida nueva. En esa vida nueva, ella era una persona solitaria, reservada, parca. Y no podía ser menos. Tener una amistad implicaría que, en algún momento, la mentira se desmoronara y se descubriera la verdad. Y eso no podía pasar. Nadie debía enterarse de que ella era, en verdad, Martina Montes; una mujer feliz, independiente, con un trabajo estable, familia y amigos…hasta que el destino urdió la telaraña donde quedó atrapada. Aldo era un hombre atractivo, inteligente y posesivo; ingeniero en sistemas, además. Martina se deslumbró inmediatamente con él y, ahogando las señales de alerta que su voz interior profería, se entregó por completo a una relación tan enfermiza como para matar lentamente a cualquiera: celos irrisorios, desconfianza, violencia. Cuando ella decidió terminar el noviazgo, fue todavía peor. Aldo comenzó a acecharla hasta convertir su vida en una novela negra, digna de una historia de Agatha Christie: amenazas, teléfonos sonando a toda hora, mensajes por debajo de la puerta, apariciones repentinas en su trabajo. Pero la estocada final fue la bomba casera que colocó en casa de los padres de Martina. La detonó en un momento en que ellos no se encontraban; su objetivo de provocar terror era claro. 

   Acudir a la policía fue inútil: no había pruebas y por las amenazas solo le impusieron una restricción perimetral.  Martina sabía que nunca iba a detenerse. Pero cuando la desesperación la estaba encerrando en un callejón sin salida, un amigo le sugirió que despareciera sin dejar rastro. Por lo menos por un tiempo. Él mismo le ofreció conseguirle un documento de identidad falso, puesto que tenía algún contacto en el registro civil que podía tramitarlo. Al principio, la idea de dejar toda su vida, trabajo, casa, padres, amigos, le parecía descabellada y extrema. Pero con el correr de los días, entendió que no había más solución. Sacó un pasaje en micro a Bahía Blanca, por internet. Luego, metió su ropa en una valija, dejó una nota sobre  la mesa explicando a sus padres (que seguro irían a buscarla) su decisión de irse lejos y sin rumbo, advirtiendo que ella misma se comunicaría. Dejó su celular, computadora y un telegrama de renuncia listo, con instrucciones para ser enviado.  Cerró la puerta tras de sí, ignorando que sería la última vez que estaría en ese lugar, y se fue en un taxi a la terminal. Ya en Bahía Blanca, decidió, sin pensarlo demasiado, irse a Tierra del Fuego. Pagó en efectivo el boleto para no dejar rastros con la tarjeta de crédito. Cuando llegó a su destino, destruyó todas las credenciales que la identificaban como Martina Montes pero conservó su verdadero documento de identidad. Tal vez porque era su refugio en medio de tanta mentira, su única atadura a  una vida que soñaba con recuperar algún día.


jueves, 8 de octubre de 2020

Fragmento de mi cuento "Déjà vu".

 


    Un grito pavoroso resonó en la madrugada gélida de Río Grande. Hizo eco en el Mar Argentino y volvió, como en una curva elíptica, a su dueña. A pesar del frío invernal de Tierra del Fuego, Inés estaba empapada en sudor, en su cama. Pero era un sudor frío que le perlaba el rostro. La pesadilla siempre se repetía: Aldo la encontraba allí, la perseguía por la costa y la asesinaba arriba del puente, arrojando luego su cuerpo inerte al mar. El detalle más alarmante de tan terrible sueño era que no la llamaba Inés, sino Martina, que era su nombre real. Y cuando él pronunciaba ese nombre, ella sabía que había sido descubierta, que su farsa forzosa había acabado, que tenía los minutos justos para despedirse de la vida. ¿Pero qué era real y qué era fantasía, bruma, ensoñación? Ya no lo sabía.