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martes, 23 de julio de 2019

"Esperando"

Esperando. “Y antes de partir, confieso, que acertaste si creías que han sido un sueño mis días”. “Un sueño dentro de un sueño”, Edgar Allan Poe. Caminaba por la plaza con paso lento, las hojas crujían debajo de sus botas. El otoño era su estación preferida. Se deleitaba viendo a los árboles cada vez más desnudos, escuchando la canción del viento a través de ellos. Se sentó en el mismo banco de aquel día, tan lejano ahora. Veinticinco años habían pasado, pero el recuerdo estaba tan claro en su memoria, que casi le asustaba. Se acordaba de la música que sonaba en la radio aquel día de primavera, del olor de las tostadas por la mañana, que se mezclaba con el de los jazmines de la entrada. Recordaba el sabor del mate recién hecho, que se le había revuelto en el estómago con la ansiedad que sentía por verlo. Hasta se veía a sí misma poniéndose los pantalones y la camisa rosada y después caminando hacia la plaza. Había esperado una hora en aquella ocasión pero él nunca había llegado a la cita. Esperó y esperó en vano. Él nunca apareció. Ahora, tantos y tantos años después de aquella mañana de septiembre, estaba otra vez allí, en el mismo banco, con otra ropa pero con el mismo sentimiento. De repente, vio a un hombre de unos cincuenta años que se acercaba a ella. Lo reconoció de inmediato y tuvo que respirar profundo para controlar la emoción. - ¿Cómo estás?- dijo él, al sentarse a su lado. - Bien- contestó ella, simplemente. - Sé que esto es incómodo- dijo él- pero no voy a andar con rodeos. Te busqué y te pedí que nos encontráramos porque necesito un favor. Y vos sos la única que me puede ayudar. Ella guardó silencio, esperando a que continuara. - Sé que me diste en adopción cuando era un bebé. Cuando crecí, me buscaste pero nunca quise que formaras parte de mi vida. Fue una decisión mía. Pero ahora…ahora tengo que saber…hace años que sueño con explosiones, gritos y gente huyendo- trató de explicarse- y cuando me despierto, esos gritos me parecen tan reales que los sigo escuchando. ¿Es solo un sueño o es un recuerdo?- preguntó finalmente. Ella lo miró profundamente. En los ojos de su hijo había preguntas, pena pero, sobre todo, había dolor. - Para responderte, tengo que hablarte de una chica muy joven, viviendo en un país en guerra- le contestó- y de cómo su pueblo fue bombardeado una noche y tuvo que salir de allí con su hijo en brazos. De repente, Ingrid se despertó. Estaba en su cama, la misma de siempre. Miró el reloj y vio que eran las cuatro de la madrugada. Al menos en su sueño, ella le contaba la verdad. Al menos en su sueño, su hijo la escuchaba. No la dejaba sola en una plaza, con la terrible sensación de pasar la vida esperando por un momento que nunca llegaría. Cerró los ojos, esperando volver a soñar con él. Esperando el abrazo que nunca le dio. Esperando que aquel sueño fuera posible. Esperando. Esperando.

domingo, 21 de julio de 2019

Prólogo de mi primera novela.

Prólogo. Septiembre de 2019. Las sierras de Córdoba, Argentina. La nieve cayendo con intensidad. El paisaje pintado de blanco y ligeramente salpicado con un gris de nostalgia. Salir al aire libre no parece ser la mejor opción para esa tarde, dada la temperatura. Pero hay un hombre que camina en soledad por las calles de La Falda. Las sierras, donde tanta paz encontró alguna vez, le parecen monstruosas, le recuerdan lo que una vez tuvo y perdió. No parece percibir lo gélido de la nieve sobre la hierba cuando decide sentarse, ni el frío del invierno cordobés colándose por sus poros. Ya había demasiado hielo en su alma. Demasiado silencio, demasiado caos. Los pensamientos culposos lo atormentaban: si no se hubiera obsesionado con ella, si no se hubiera enamorado, si nunca la hubiera conocido…entonces, ¿qué habría pasado? ¿Acaso no es la pregunta que todos nos hacemos alguna vez? ¿Qué hubiera sucedido si en aquel momento tomaba otra decisión? Nunca lo sabría. Mientras la desolación lo ensombrecía, Julián comenzó a recordar esa noche de verano en Córdoba, tres años antes, de madrugada, cuando no podía conciliar el sueño y solo escuchaba el canto de los grillos y del viento. Tenía que trabajar pronto en un nuevo libro pero no lograba escribir nada que le satisficiera. De pronto, una idea surgió como un fuego que se enciende inesperadamente. Se levantó, encendió la computadora y comenzó a escribir casi de forma automática, para no perder la súbita inspiración: Hay una mujer transparente como la espuma, blanca como la sal. Su cabello es negro como el abismo y sus ojos son profundos como el infinito. No puede hablar pero necesita que la ayuden, implora por alguien que la arranque del laberinto de su mente, de su propia oscuridad, de sus miedos. Julián todavía hoy no comprendía de dónde había surgido esa historia. En aquel entonces, también ignoraba que esa mujer, que él describía tan vivamente, en verdad existía y que se encontraba en Buenos Aires, internada en un neuropsiquiátrico. Todo lo que pasó después de que escribiera esas líneas fue tan vertiginoso como increíble. Y, curiosamente, fueron los años en los que sintió con toda seguridad que realmente estaba vivo y no solo que existía. Ella se lo había enseñado. Eva. Comenzó a nevar con más intensidad. Julián sintió que el llanto se le agolpaba en la garganta y no podía hacer nada por reprimirlo. El empleado del cementerio se acercó en ese momento: - Disculpe, señor. ¿Qué tumba me dijo que quería encontrar? Julián respiró profundo antes de contestar.