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domingo, 27 de diciembre de 2015

"El candidato"

El candidato. Toda la vida (o eso creía él) se había preparado para ese momento. Ya no había personas, mundos ni rutinas que se interpusieran entre ella y él. Era un chico de pueblo, tímido y soñador; su nombre era Martín. Sus expectativas al volverse adolescente no habían ido más allá de su corto horizonte: terminar la escuela, casarse y vivir esa vida de manual, previsible y desgastante. Pero todo se transformó cuando la vio por primera vez, mudándose a la casa de enfrente, caminando con su vestido salmón y dos trenzas cayéndole prolijamente a ambos lados de la cabeza. Supo entonces que ella era su motivo para vivir, su motor, su pasión. Se enteró por su madre que se llamaba Ángela y que era hija única. Una compañera de clase le confió que Ángela era la mejor alumna, abanderada y con sueños de estudiar arte y filosofía. Él comenzó entonces una alocada carrera hacia la obsesión: la esperaba para verla pasar a determinadas horas, la contemplaba como quien mira boquiabierto la realización de un milagro y, poco a poco, solo Ángela ocupaba sus pensamientos. La sentía tan inalcanzable, tan plena de virtudes, tan por debajo de su vana existencia, que quería llorar. Sin embargo, y en vez de eso, optó por convertirse en el candidato, en el hombre perfecto para su adorada diosa impoluta. Se esforzó mucho más en los estudios, mejoró su aspecto con ejercicio físico y algunos cambios de imagen. Trabajó infatigablemente hasta su mayoría de edad para hacerse digno. Ese sábado de calor era el día señalado: atravesaría los treinta metros que lo separaban de su casa y la invitaría a salir. Esos metros que durante años habían sido un enorme abismo. Ese sábado todo tendría sentido; ahora él era el candidato, era el hombre ideal. Caminó con decisión hasta la puerta y, sin miedo, pulsó el timbre. ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Ángela era una joven romántica e inteligente. Sus padres siempre le habían inculcado el valor por sí misma y por los otros. Era hermosa, eso era cierto, pero no se limitaba a las apariencias. Le interesaba descubrir lo que se escondía en el alma de la gente. Desde que había llegado al nuevo vecindario, se había sentido atraída por su vecino. Vivía en la casa de enfrente y tenía un dejo de melancolía y ensoñación que la cautivaban. Hubiera querido acercarse a él con un pretexto cualquiera, de esos que usan los enamorados desde que el mundo es mundo. Pero había algo en Martín que no se lo permitía, parecía demasiado indiferente. Ángela no perdió las ilusiones y esperó. Le dedicaba poemas absurdos (como los que escriben los enamorados) en las solitarias noches de verano. Lo veía pasar y sentía que el corazón se le achicaba y doblaba en mil pedacitos. No obstante, con el paso de los años, comenzó a desilusionarse: se había vuelto un engreído, un petulante. Se había graduado con el mejor promedio del colegio y se notaba que había transformado su cuerpo haciendo deportes. Las chicas comentaban que Martín se estaba esforzando para ser diferente con el propósito de alcanzar el amor de una joven. Allí, Ángela terminó de decepcionarse. “Seguramente estará enamorado de una porrista”, pensó. Decidió desterrar esa fantasía de su vida, definitivamente. Cuando un sábado de calor Martín tocó el timbre de su casa, ella ya lo había olvidado. El diálogo fue breve: él la invitó a salir, para conocerse, según sus palabras; ella no pudo mentirle y le contó que en un tiempo él le había interesado pero que ahora ya no. Cerró la puerta y nunca volvió a pensar en Martín. Él, por su parte, la odió con la misma violencia con que antes la había amado. Se mintió a sí mismo, convenciéndose de que Ángela era demasiado insignificante para lo que él era ahora. Terminó casándose con la candidata idónea para él, dada su nueva vida: una mujer fría, desapegada y carente de imaginación, devota sólo de su apariencia y de su cuenta bancaria. Y Martín acabó viviendo esa vida de manual, previsible y desgastante, que tanto empeño había puesto en combatir durante su juventud. Al igual que Edipo, por querer evitar la tragedia, ésta se había cumplido.

sábado, 1 de enero de 2011

El corazón.
Un corazón púrpura, mitad sangre, mitad humo. Mitad humano, mitad vegetal. Negro como el abismo sepulcral de la noche; sangre que chorrea a borbotones pero no salpica… se petrifica, se derrite, desaparece… la sangre renueva y purifica el aire. El aire es como el viento al verano caluroso; la brisa que transfiere vida.
El corazón estuvo en cautiverio, estuvo dormido en un sopor insoportable, se vivificó con una ráfaga de cielo, murió durante interminables noches y pulsó otra vez en contados días. Los días son trozos congelados de eternidad. La eternidad es el misterio no resuelto del universo. El universo es un agujero negro en constante ebullición. Los agujeros negros existen en los jardines de primavera. Las cenizas se derraman en los jardines; las cenizas vuelven a la tierra y la vida vuelve a surgir, cíclicamente. El corazón de ceniza vuelve a latir. Su infinitud asombra al más escéptico, transforma al más cruel. Y me remonta a lo primigenio, al génesis, al principio de todo: el amor.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Un viaje quince años atrás

¿Te acordás de la época del cassette? ¿y la lapicera con la que se rebobinaba a mano el cassette para no gastar la pila del walkman? La época de la radio todo el día y correr a apretar el rec del grabador cuando pasaban tu canción favorita, insultar al locutor/a si te “pisaba “el tema, hablando encima. Ver el ranking de videos en la tele y esperar durante horas para ver ese video preferido, que después tardabas una semana en volver a ver. La época en la que no existía el cd pirata y había que esforzarse por comprarlo. Esa época en la que los programas de televisión no hablaban de siliconas, ni de tetas a cualquier hora del día, tampoco salía gente a contar hazañas sexuales mientras estabas almorzando en familia. Ese tiempo en el que respetábamos los verdaderos códigos de la amistad. La época en la que no sabíamos que existía internet, cuando no teníamos foro, ni chat, ni msn, ni twitter, ni facebook, ni mysapce y, en cambio, nos juntábamos con amigos en la plaza, jugábamos en la vereda y en el terreno baldío del barrio, escribíamos cartas en papel, dibujábamos sueños, caminábamos horas hasta conseguir el poster de nuestro cantante favorito; no sabíamos lo que pasaba en china en ese instante, pero sí sabíamos que el vecino de al lado tenía un problema. Y que podíamos ayudarlo.
¿Te acordás cuando eras inmensamente feliz sólo porque la radio justo te despertaba con tu tema preferido? Una época en la que no estábamos obsesionados morbosamente con el sexo sino con el amor, ese amor que probablemente es el mismo de hoy, pero que no estaba degradado ni disfrazado bajo la bandera de la supuesta liberación.
Cerrando un poquito los ojos en este viaje fugaz hacia mi pasado, me pregunté ¿entonces todo tiempo pasado fue mejor? Y la respuesta no la tengo todavía; no se cómo hubiera sido mi vida de haber tenido en aquél tiempo toda esta tecnología en mis manos…lo único que se es que esa infancia me permitió soñar despierta con un futuro y un presente que se sigue escribiendo con la huella de ese pasado.

jueves, 6 de mayo de 2010

Poesía libre

Lunas interminables, lunas infinitas,
Soles de papel y lluvias de cristal.
Lluvias sobre los campos y lluvias en la sequía.
Noche eterna…
Longeva soledad y tardía compañía.
Mis lunas pasaron y pasarán
en un eclipse sin final.
El final de las estrellas,
del otro lado del universo
me verá
con los ojos cerrados y esperando,
esperando una respuesta
tácita, nunca dicha,
que jamás será encontrada.