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lunes, 1 de junio de 2026

Extraños. Capítulo 19.

 Capítulo 19.

La soledad lo golpeaba salvajemente. A pesar de que muchas veces en la vida había estado solo, sin pareja o incluso sin amigos, Richard sentía por primera vez que el dolor le ganaba; sentía un inmenso hueco en el pecho que nada más podía enmendar el amor de una mujer. Su sonrisa, el recuerdo de su voz, su perfume natural…todo permanecía intacto en sus sentidos, todo estaba inalterable dentro de él, salvo porque Clarice ya no estaba más en su vida. Él la había echado torpemente, cegado por sus celos y su egoísmo, tal vez. Ya no importaba, daba exactamente igual en qué circunstancias sus destinos se habían separado. El hecho puntual era que ya no la veía, ni escuchaba, ni tocaba, ni besaba…Richard se encontraba cada vez más perdido e indiferente. La vida para él, ahora se tornaba grisácea e insípida. Nada lo conformaba, ni lo colmaba.

Sus amigos le decían que había estado mal con Clarice y que la llamara para disculparse, pero él no sabía cómo hacerlo; no era capaz de encontrar las palabras para pedirle perdón y suplicarle que volviera con él, decirle que su vida sin ella se reducía a la misma nada. 

Era el último día de la gira europea, al fin se terminaba, pues todos estaban esperando el momento para volver a casa. Richard estaba tirado en su cama del hotel, luego del último show. Miraba fijamente al techo cuando golpeó la puerta Tom. 

¿Qué pasa?- preguntó sin abrir la puerta.

-Hay una exposición de arte en el hotel, en la sala de conferencias. ¿Quieres bajar?- preguntó Tom, desde el pasillo.

-No, vayan ustedes- contestó. 

-Te va a gustar, Rich- insistió Tom- además con Tim estábamos pensando en ver la muestra para renovarnos un poco para el próximo disco. 

-¿Quién expone?- preguntó sin ganas.

-Una artista internacional, Clara Shaw- señaló Tom

Richard se sentó en la cama, de un salto. Era la madre de Susan. 

Se incorporó y le respondió a Tom que ya bajaba. Nunca supo por qué hizo eso, por qué le despertó curiosidad conocer a la madre de Susan. Simplemente, se vistió y bajó. 

Clarice seguía viviendo con Martin, aunque todavía se negaba a tener relaciones íntimas con él. Martin no le reprochaba nada, conciente de que era necesario esperar a que las cosas se calmaran y que Clarice entendiera que él era la única persona que ella tenía en el mundo. A menudo, había querido averiguar quién era Richard pero ella no hablaba del tema. 

Clarice seguía adelante con su vida y con Martin, sólo por su hijo. Ese bebé era su única razón de ser y lamentaba que nunca conociera a su verdadero padre, pero el niño necesitaría uno y Martin se había ofrecido a serlo. Clarice sabía que no sería lo mismo, pero Richard no había querido escucharla y ella se convenció de que él no la amaba tanto como lo proclamaba, pues de haber sido así, la hubiera esperado hasta resolver su situación. 

Así pasaban sus semanas, entre su trabajo y su casa. 

Esa noche, revisaba los bolsillos de la campera de Martin para meterla al lavarropas, cuando encontró una pequeña nota adentro. Iba a tirarla, pero instintivamente la abrió y leyó: “Te espero mañana, en el puente, a las 7 de la tarde. Lucy”. Clarice tambaleó un poco y abrió los ojos para releer sin poder creerlo… ¡otra vez esa mujer! Se llenó de indignación contra su marido y pensó en armarle un escándalo cuando volviera…pero luego reflexionó y llegó a la conclusión de que sería mejor encontrarlos juntos para terminar de una buena vez con esa pesadilla. 

Volvió a guardar la nota en el bolsillo de la campera y simuló frente a Martin que todo seguía igual. 


La exposición era sumamente interesante. Se notaba que la señora Shaw era un artista con una percepción muy especial acerca del mundo y, sobre todo, del caos, como se llamaba una de sus esculturas. 

Los tres paseaban por las galerías y comentaban sus impresiones, pero Richard estaba concentrado en la señora Shaw, que se encontraba hablando con algunos asistentes, en un rincón. Cuando se quedó sola, Rich vio el momento oportuno para acercarse. 

-¿Cómo está señora Shaw?- dijo extendiendo su mano- soy Richard Hughes. 

-Encantada, Richard. Y llámeme Clara, por favor- pidió con una modesta sonrisa. 

-Clara- repitió Rich- sus creaciones son asombrosas. Sigo su trabajo desde hace años. 

-Es muy amable, Richard- respondió Clara- ¿siempre le ha interesado el arte? 

-Así es, soy músico y también fotógrafo aficionado- contestó él. 

-Ah, pues yo lo felicito a usted. Para ser fotógrafo se necesitan percepciones especiales, ver cosas que otros no ven. Había una niña en mi pueblo que amaba la fotografía- recordó la señora. 

-¿Clarice Beckett? 

La mujer se sorprendió.

-¿Cómo lo sabe?

La conozco desde hace un tiempo- contestó Rich- como también conozco a su hija, Susan. 

El rostro de Clara mutó inmediatamente, pasando del asombro al espanto en un segundo. Permaneció en silencio, hasta que Richard la interrumpió. 

-¿Dije algo inapropiado?

-No- contestó la mujer- pasa que hace mucho tiempo que nadie me nombra a mi hija. 

Miró fijamente a un punto, como recordando algo, y luego retomó la palabra, sobresaltada. 

-¿Acaso Susan sigue siendo amiga de Clarice?

-Así es- dijo Rich- es su única amiga, de hecho. 

Richard miraba a Clara pero no entendía absolutamente nada, no comprendía la reacción de esa mujer, evidentemente en contra de su hija. 

-Disculpe, ¿hay algo malo en eso?- preguntó Rich. 

-Dígale a Clarice que se aleje de Susan cuanto antes- respondió la mujer, ya con la voz trastornada- cuanto antes. 

-No la entiendo- respondió Rich, confundido. 

-Nunca pensé que Susan iría detrás de Clarice- decía Clara, que parecía estar hablando consigo misma

-¿Me puede decir qué pasa?- intervino Richard. 

-Hace once años que no veo a Susan, porque es un monstruo- explicó, tomándose la cabeza- cuando ella tenía catorce años…

-Está bien, Clarice ya me lo contó todo- interrumpió Rich. 

-Todo no- dijo Clara, mirándolo fijamente- luego de ese día, Susan empezó a culpar a Clarice por haber dejado que la violaran. Claro que ella no tenía culpa alguna, pero Susan estaba cegada. Prometió, cada día, que se vengaría de Clarice. Se convirtió en un monstruo, sin moral- continuó- la mandé al psiquiatra pero terminó siendo peor. 

-¿Cómo pudo ser peor?- preguntó Rich- ¿no era un buen profesional?

-No era un profesional- corrigió Clara- era un estafador que había comprado el título. Lo supe mucho después. 

-¿Y usted echó a Susan de su casa?- preguntó Richard, cada vez más espantado por la historia. 

-No, ella se fue- continuó Clara, con la voz invadida por la angustia- se fugó con el falso psiquiatra, luego de robarme todos los ahorros de mi vida de mi caja fuerte. Nunca más la vi. 

-¿Y por qué dice que Clarice debe alejarse de ella?

Porque Susan juró que iba a vengarse de ella y lo va a hacer, tarde o temprano. Tiene que advertírselo- casi suplicó Clara- Susan es capaz de cualquier cosa. Recuerdo que cuando iba a terapia con ese farsante volvía diciendo que en el consultorio el tipo la llamaba de otra manera, por una canción de los Beatles que él escuchaba. Me parece que era…Lucy. 

Richard quedó pasmado y sin habla. Tragó saliva un momento y tenía temor de hacer la última pregunta. 

-¿Cómo se llamaba el falso psiquiatra, Clara? 

Clara lo miró un momento, dándose cuenta de que Rich había descubierto algo. 

-Martin, Martin Lane. 

Richard soltó el vaso que sostenía en su mano y el vidrio se deshizo en mil pedazos contra el piso.